miércoles, 25 de junio de 2014

Sosonia Capítulod 13 y 14.- Dulces Sueños/La plaga


DULCES SUEÑOS


Coletas y Rojita estaban tomados de las manos mientras paseaban en el parque. La vista era hermosa, el sol que cubría su piel se antojaba tónico y la brisa que ese día soplaba era refrescante. Se sentaron bajo la sombra de un árbol y se miraron a los ojos durante un largo momento que les resultó placentero. Se acercaron poco a poco y estaban a punto de darse un beso cuando…

Unos insistentes y entrometidos toques en la puerta se hicieron oír. Coletas, por demás enojado, se levantó de la cama teniendo el entrecejo fruncido por la irritación que en él se hacía presente mientras se dirigía a la puerta. Quien fuera la persona que estuviera tocando su puerta se notaba desesperada por los fuertes golpes que propinaba a ésta. Abrió la puerta y con sorpresa, disfrazada de enfado, se dio cuenta que Hijo era nada más y nada menos que el interventor de sus lindos sueños. Se veía muy emocionado.


¡Mira, Coletas, mira! Por fin tengo la película de “La venganza de la novia III” en mis manos. Dicen que está más terrorífica que la uno y la dos juntas. ¡Vamos a verla, vamos a verla, vamos a verla!

Hijo, es la una de la mañana. Tengo mucho sueño y estoy mega cansado —le respondió Coletas y su tono de voz verificó sus palabras.

Por favor, por favor, por favor. Quiero verla, ¿sí? Por favor. No te imaginas el trabajo que me costó convencer a mi papá de dejarme venir a estas horas para ver la película. ¡Por favor! —Hijo se hincó.

Levántate —pidió Coletas agotado—. Está bien, vamos a verla.

Y sin esperar un minuto más, los dos tomaron asiento en el sillón de la sala del ojinegro y comenzaron a ver el filme.


Triple estaba en su casa muy emocionado diciendo cosas como:

¡Por fin tengo la película “La venganza de la novia III”! Y dicen que está más terrorífica que la uno y la dos juntas.

Así que también hizo correr la película dispuesto a verla mientras se convencía a sí mismo de su valentía.

A mí nada me asusta.

Una vez la película hubo terminado, Triple se ubicaba en su cama, acurrucado y muerto del susto.

No pasa nada. No existe nada de eso. Soy valiente, muy valiente.

Un búho se escuchó en la oscuridad de la noche, entre la espesura del bosque y logró que Triple lanzara un grito poco digno de un hombre. El viento también hizo de las suya y se escuchó haciendo que a los oídos del chico fueran espeluznantes chillidos. Volvió a gritar levantándose de la cama, tomó a dos de sus secuaces y los sacó fuera del lugar y les ordenó:

Cuiden que nadie entre.

El par de jóvenes asintieron, más somnolientos que nada. La mañana atrapó a un Triple desvelado, frustrado y ojeroso. Salió y se encontró con sus secuaces dormidos. Los miró con ojos cansinos aunque con un deje de molestia y les gritó:

Les dije que cuidaran la entrada, ¡no que se quedaran dormidos en ésta!

Los secuaces se alzaron con velocidad y sonriendo, se adentraron a la casa.


En Sosonia, Rojita, Flor, Lin-Lin y Coletas caminaban hacia la casa de Hijo, a quien no había visto en todo lo que llevaba la mañana y eso había extrañado a todos, por lo que decidieron ir a buscarlo. En el camino se encontraron con el buscado, aunque lo notaron develado y desaliñado. La playera la llevaba al revés, tenía calcetines de diferente color y en pie usaba un tenis mientras en el otro usaba un zapato.

¿Qué te pasó? —le preguntó su novia atónita de ver su vestimenta.

Ya perdiste la cordura —aseguró Lin-Lin.

No, perdió más que eso. También perdió la dignidad —corrigió Coletas.

Jajaja —se burló Hijo sarcástico—. Lo que pasa es que ayer Coletas y yo nos trasnochamos viendo la película de “La venganza de la novia III”.

Oh, dicen que está más terrorífica que la uno y la dos— comentó Rojita.

Y juntas —completó Flor.

Ah, ¿no me digas que el valiente de Hijo se asustó?— se burló Lin-Lin.

Bueno yo… Este…—balbuceó Hijo sin tener nada bueno que decir, realmente. Bostezó—… Pues sí… la verdad es que… Mira, sí tú la hubieras visto también te asustabas, de verdad. Era tan terrorífica que… que… sólo de pensar en ella me dan escalofríos.

Pues, para que te dejara así, lo creo— Lin-Lin apuntó a Hijo—. Lo que no entiendo, es que si tú y Coletas la vieron anoche juntos, ¿por qué Coletas no está como tú de…desvelado?

Ah, eso es porque… ¡Espera un segundo! Es cierto. ¿Por qué tú no estás tan desvelado como yo, Coletas? —Hijo se interesó por el punto aquel.

Yo… bueno…—Coletas no sabía qué contestar, estaba en un gran lío. Menos mal que Rijita lo sacó de éste al decir:

Lo que sucedes es que Coletas es muy valiente y no se asusta tan fácilmente, ¿verdad?

Pues, ah… ¿Sí? —no estaba seguro. Recordó la noche anterior:

Hijo y Coletas se encontraban sentados en el sillón y la película corría sin contratiempo alguno. Hijo se mantenía emocionado, en suspenso, asustado… En fin, tenía de todo. A su lado, Coletas posaba su cabeza en el respaldo del sillón… dormido.

Como sea… ¡Hijo! ¿Cómo se te ocurre salir así a la calle? —preguntó Coletas intentado desviar el tema, señalando las fachas de su amigo.

Supongo que exageré, ¿no creen?

Sí, lo creemos y creemos más que eso, loco —sentenció Lin-Lin.

Hijo, vamos a tu casa, necesitas descansar. No te ves bien, nada bien —le propuso la amable morena.

De acuerdo. Yo también creo que debo descansar —se sinceró el chico lanzando otro bostezo. Así, los cinco amigos se dirigieron a casa de Hijo.


En casa de Triple, él y sus secuaces estaban planeando qué hacer para que el castaño pudiera vengarse de Coletas; sin embargo, Triple no podía concentrarse en su objetivo debido al agotamiento de su cuerpo y mente.

Si no descanso un poco mi plan nunca funcionará.

Jefe, aún no tenemos un plan —informó un secuaz.

Tienes razón, es más correcto decir: Si no descanso un poco no podré realizar un plan, así que mejor iré a despejar mis ideas. Daré un paseo.

Triple se dirigió a la puerta para salir, pero antes de hacerlo se detuvo en el umbral y pensó un poco. Se dijo:

Mejor me llevo a alguien… Por si las dudas —y tomó a dos de sus secuaces y se los llevó con él.

Estaban por llegar a la plaza después de mucho caminar, cuando Triple no pudo dar más de sí y cayó rendido al suelo, dormido. Sus dos secuaces se dieron prisa para levantarlo. Lo zarandearon con fuerza en vano intento de avivarlo.

¡Jefe, jefe, despierte! ¡Vamos, jefe! ¡Ya!

Le gritaron sin resultados. Sólo se escucharon los claros ronquidos de Triple. Uno de los secuaces soltó a su líder y gritó, para ver así despertaba:

¡Mire, jefe, su novia!

El otro secuaz también soltó a Triple y éste volvió a dar al suelo. El secuaz le dijo a su compañero:

El jefe no tiene novia.

Claro que sí.

Claro que no. No seas torpe.

Sí, sí tiene. ¿Y Nin-ning qué?

No seas idiota, ella no es su novia.

¿Ah, no? Yo creía que sí.

Pues no.

Uf, pobre del jefe.

Sí… ¿Y tú? ¿Tienes novia?

Bueno, he tratado de conquistar a una chica que la verdad me trae loquito de atar.

¿Y es bonita?

La verdad es que sí, está muy bonita y… Oh, mira ese hormiguero que está allí.

Es verdad; y observa cómo las hormigas se están subiendo arriba del jefe.

Ah, sí, el jefe…

Los dos secuaces se miraron y gritaron al unísono:

¡Jefe!

Corrieron a levantar a Triple, que no se dio por enterado. Rescataron a su mandamás sacudiéndole todas las hormigas.

¿Le picaron?

No, creo que no.

Genial; oye, ¿dónde lo ponemos que ya me cansé de sostenerlo?

Pues… Ah, ya sé. En una banca.

Estado de acurdo con esto, los dos secuaces dejaron a Triple en una de la plaza para que descansara sin interrupción alguna.

El jefe debe estar cansadísimo.

¿Por qué lo dices?

Porque no se despierta con y para nada.

Tienes razón. Hey, ¿escuchaste que los muchachos jugarían a las damas chinas en la casa?

No, ¿en serio? —el otro asintió—. ¡Genial! Me encanta ese juego.

¿Qué tal si vamos a ver el juego?

¡Claro! ¡Vamos!

Los dos secuaces se fueron a la casa y dejaron completamente solo a Triple; pero éste, ni cuenta se dio ya que soñaba algo realmente placentero. Soñó que por fin se vengaba de Coletas, que todos lo respetaban, lo querían y que era un gran héroe. Incluso soñó que se casaba con la chica de sus sueños; pero bueno, el caso es que estaba dormido y en toda la plaza no se escuchaba nada más que sus ronquidos.


Coletas, Hijo, Rojita, Flor y Lin-Lin estaban en la habitación del Wills.

No sé, chicos, me late que no voy a poder dormir.

No digas tonterías, Hijo, y descansa un poco ya —le pidió Coletas.

En verdad siento que no podré dormir.

No te preocupes, Hijo, sólo inténtalo y te prometemos que no nos moveremos de aquí hasta que hayas quedado bien dormido— le prometió Flor.

¿Me lo prometen?

Claro —aseveraron todos.

Hijo se acomodó en su cama y como al cabo de cinco minutos, comenzó a roncar. Los demás, al asegurarse que ya no despertaría, se fueron de la casa en silencio para no despertar a su amigo. Ya afuera, Lin-Lin vio su reloj y notó la hora por lo que bramó:

¡Maldición! Voy a llegar tarde al trabajo. Debo irme.

Nosotros te acompañamos —habló Rojita.

¿Van a ir al restaurante a comer? —preguntó la mayor del grupo.

Yo no creo, quiero estar pendiente de Hijo —informó la pareja del mencionado.

Yo también quiero estar pendiente de él —advirtió Coletas y Rojita dijo lo mismo, pero añadió a su prima:

Podemos acompañarte tan sólo, ¿no?

Todos asintieron estando de acuerdo y emprendieron el recorrido al restaurante. Mientras atravesaban la plaza lograron escuchar el sonido característico que alguien hace al estar roncando. Curiosos decidieron ir a investigar quien provocaba los ruidos. Caminaron por donde les pareció los ronquidos se hacían más fuertes encontrándose con Triple, que seguía acostado a lo largo de la banca.

Otro que perdió el juicio —declaró Lin-Lin al verlo.

Parece que hay epidemia de falta de sueño —comentó Flor con algo de sátira.

Bien, mejor para mí —Coletas se sintió aliviado—, hoy no me molestará.

Todos soltaron la carcajada. Rojita recordó:

Será mejor irnos, si no, Lin-Lin llegará tarde al trabajo.

Emprendieron el camino y cuando estuvieron a punto de salir de la plaza, se encontraron con Dulce y al verla, a Lin-Lin se le ocurrió una travesura.

Oye, Dulce, ¿traes maquillaje que me puedas prestar? —Cuestionó teniendo en sus labios una maléfica sonrisa.

Sí —afirmó la rubia y de su bolsa que traía colgado de su brazo sacó un estuche de considerable tamaño en el cual había pinturas, maquillajes, sombras, lápices labiales, etc.

¿Siempre llevas eso contigo? —preguntó Lin-Lin mientras tomaba el estuche.

Claro, no ves que una mujer no es mujer sin maquillaje y espejo. Por cierto, creo que te verías bien, maquillada.

No es para mí —decretó la chica aún con la sonrisa mientras se alejaba de todos a paso veloz.

Los otros se miraron extrañados y, queriendo salir de la duda del porqué Lin-Lin actuó tan raro, fueron tras ella encontrándose con que la joven maquillaba a Triple.

¿Qué? ¿Era para Triple? —indagó Dulce, ahora ella sorprendida.

Qué malos son— aseguró Flor sin molestarse en detenerlos.

Ay, Flor, tienes que tener sentido del humor —dijo Rojita con cara divertida.

Ja, y tú peleándole al Hijo que es un niño —recordó Coletas a Lin-Lin. Ella dejó su tarea de fastidiar a Triple y mirando al pelinegro le contestó:

No empieces; además, tienes que admitir que esto es divertido.

Coletas pareció meditarlo un momento. Teniendo claras sus ideas, asintió y sonrió. En eso, Lin-Lin iba a ponerle labial al bello durmiente en un tono rosa pastel, cuando Dulce la detuvo.

Espera, a Triple no le queda ese color. Está mejor el rojo carmesí —y le entrego el lápiz.

Lin-Lin terminó de embellecer a Triple y no pudo evitar reírse a carcajada abierta, provocando que los demás hicieran lo mismo. En eso, vieron que el durmiente estuvo a punto de despertar y todos corrieron del lugar para salvarse de lo que fuese, sin notar que Triple no hizo más que acomodarse mejor.

Qué divertido… ¡Rayos! Los chefs me van a colgar —anunció Lin-Lin mirando nuevamente su reloj—. Sólo tengo menos de cinco minutos para llegar. Y yo, puedo ser de todo, menos una irresponsable —y así se dirigieron al restaurante, que ya no quedaba lejos, excepto Dulce que siguió su camino.


Hijo dormía en su cama, pero al contrario de Triple, él tenía una pesadilla. Soñaba que estaba en un lugar que él no conocía. En eso, vio a Coletas parar por allí; no obstante, Coletas tenía una mano rota, usaba un collarín y estaba todo moreteado. Hijo se acercó a él, mas éste, al verlo, se alejó de él, diciendo:

Aléjate. Eres una amenaza, tramposo. Nuestra amistad se terminó desde ese momento. Traidor, doble cara…

Hijo retrocedió un par de pasos observando incrédulo como Coletas se alejaba de allí, de él. Entonces, apareció Rojita y le encaró propinándole una fuerte bofetada.

Eres un… un… ¡Malvado! ¿Cómo pudiste?

En eso, Hijo divisó a Flor e intentó acercársele para preguntar qué sucedía; pero ella se alejó de él con el rostro transfigurado por el pavor, como el terror de alguien que tiene frente a sí a un asesino. Hijo logró alcanzarla y la tomó por el brazo. Ella empezó a gritar con histeria y él trató de calmarla diciéndole que le haría daño. Entonces, Coletas hizo acto de presencia nuevamente y con su único brazo funcional sujetó a Flor salvándola del agarre de Hijo. La puso detrás de él y le gritó al que se llamó su amigo alguna vez.

¡Déjala en paz! No la molestes traidor.

Y Coletas lo empujó con violencia reiteradas veces hasta que Hijo se acercó al borde de un precipicio. Sin evitarlo, cayó…

Hijo se levantó de la cama muy asustado. Respiró hondo para tranquilizarse.

Fue sólo una pesadilla. Ah, no pasa nada —se dijo con alivio mientras se limpiaba el sudor de su frente y volvía a tumbarse en el colchón, pero esta vez no durmió.


Los dos secuaces de Triple corrían con todo lo que deban a la plaza, mientras discutían.

Es increíble que hayas dejado al jefe solo —reprochó uno de ellos.

Ah, no; a mí no me eches la culpa. Tú empezaste con lo de las damas chinas y dijiste que fuéramos a ver el partido.

Bien pudiste haberme dicho que no y así nos hubiéramos ahorrado el lío en el que estamos.

Anda, sígueme echando la culpa que al cabo qué.

Los secuaces llegaron a la plaza y se dirigieron a donde sabían habían dejado a Triple. Al verlo, no pudieron evitar reírse de él. La impresión de verlo maquillado fue demasiada para este par de tontos. Ninguno de ellos dejó de reírse hasta que notaron que Triple tenía un chapulín en el estómago.

Mira lo que tiene el jefe.

No te apures, yo lo mato.

El secuaz se quitó el zapato y el otro le advirtió:

No le vayas a pegar al jefe.

¿Qué me crees?

El secuaz se acercó a Triple cuidadosamente para que el chapulín no se asustara y se fuera. Entonces… golpeó y golpeó a Triple por todos lados sin notar que el chapulín había saltado lejos de allí, por lo que el torpe del secuaz siguió golpeando a Triple, quien obviamente despertó ante la agresión y gritó:

¡Oye… ¿qué?!... ¿¡Rayos!?... ¡Au, au, au!... Espera… ¡Torpe!...

Y se movió y se movió. Tanto se movió que se cayó de la banca donde reposaba, boca abajo. El secuaz se asustó y le dio el zapato a su compañero, quien atinó a esconder la evidencia tras de sí. Recordó algo.

Espera un momento. El zapato es tuyo.

Le entregó el zapato a su dueño que presuroso se lo puso. Los dos secuaces dieron un par de pasos hacia atrás porque Triple seguía en el suelo, gimiendo de dolor. Un momento más duró así antes de levantarse muy enojado y mirándolos con reproche les gritó:

¡¿Cuál es su problema?!

Jefe yo —los secuaces comenzaron a reírse.

¿Qué? ¿De qué se ríen? —interrogó el ojiverde.

Jajaja, es que…—los secuaces simplemente no podía decirle que estaba maquillado porque la abundante risa no se los permitía. Los secuaces ya estaban rojos de tanta risa; ya hasta les dolía un costado de tanto reír. ¡El colmo! Se echaron sobre el suelo dejando escapar las carcajadas junto con ellas, las lágrimas.

¡Están dementes! —les gritó Triple alejándose de la plaza dejando a sus secuaces allí.

De camino a su casa, Triple observó que las personas se estaban riendo de algo, pero él no supo de qué e incluso notó que algunos jóvenes le daban el paso muy burlescos.

La gente está portándose muy amable y eso me asusta —se dijo con temor por lo que caminó más deprisa para llegar a su casa rápidamente.

En la plaza los secuaces aún en el suelo, estaban tratando de calmarse pues ya no podían reír más.

Ay, ay, este dolor de costado es horrible —aseguró uno de ellos.

A parte de eso, vamos a morir.

¿Ah, caray? ¿Por qué?

Por no decirle al jefe que estaba pintado y sí él se da cuenta, pues nos mata.

Ah… ¡Jefe, espere! —ambos gritaron y corrieron en busca de Triple.

Buscaron un buen rato por los alrededores y al no encontrarlo, se encaminaron a su morada. Allí lo encontraron, pero fue muy tarde, Triple estaba casi adentro.

¡No! —gritaron los dos sintiéndose ya en el féretro.

Triple entró a la casa y el resto de los secuaces, al verlo, también soltaron la carcajada. Uno de ellos le preguntó, aún riendo:

Jefe, ¿pero qué le pasó? Jajaja, ¿quién lo puso tan bonito? Jajaja.

Triple se preguntó de qué rayos hablaban todos, así que se dirigió al baño para verse en el espejo, descubriendo así, el lindo maquillaje que adornaba su rostro. El grito fúrico del castaño traspasó las risas de todos, haciendo que los secuaces se callaran. Triple comenzó a lavarse la cara mientras los dos secuaces que estaban afuera ingresaban a la casa. Una vez Triple hubo terminado de enjugarse, salió del baño y tomó a esos dos por la camisa y acercándolos a él, les inquirió furioso:

¡¿Quién me hizo esto?!

N-No, no sabemos —respondió uno de ellos.

¿Cómo que no saben? ¿Entonces para qué diantres los quiero si no saben hacer nada bien? ¡Díganme qué pasó! ¿Por qué no saben?

Es que nos fuimos cuando se quedó dormido.

¿Qué? ¡Par de inútiles! —Triple los soltó—. ¡Ah! Un día de estos voy a despedirlos.

Los secuaces se abalanzaron contra Triple, al escucharlo, mientras le rogaban:

No, jefe, por favor, no nos despida. Usted es todo lo que tenemos.

Triple se los saca de encima empujándolos.

Está bien ya basta. Era sólo una broma.

Los secuaces sintieron un enorme alivio ante las palabras escuchadas por su mayor. Triple, en cambio, se dijo a sí mismo:

¡Rayos! ¿Ahora con qué cara voy a salir a la calle?

Pues con la suya, ¿no? —le informó un secuaz.

No, idiota. No me refiero a eso —Triple respiró con profundidad para calmarse y llenarse de mucha paciencia—. Ahora, cada vez que la gente me vea…—Se imaginó a todos burlándose de él—. ¡Rayos! ¿Ahora qué voy a hacer?— piensa en un plan—. ¡Ustedes dos! —gritó a los dos secuaces que al principio lo acompañaron a la caminata—. Acompáñenme de nuevo al pueblo, pero esta vez hagan bien su trabajo, ¿entendido?

Así, los tres volvieron al pueblo.


Hijo seguía acostado sobre su cama, despierto, mirando el techo como si no hubiera un mañana. Entonces se levantó con toda la flojera del mundo, no porque fuera su deseo hacerlo, es más, si por él fuera se quedaba todo el día tumbado en su lecho, pero no pudo hacerlo así debido a que el hambre fue más poderosa que su ambición. Antes de salir de su habitación se arregló bien las ropas y, ahora sí, se dirigió a la cocina donde comió un par de donas, se tomó un vaso de leche y como postre engulló medio melón. Después de pasar otro rato, aburrido, decidió ir a buscar a sus amigos a ver si lo acompañaban al restaurante a comer. Antes de salir de su hogar, tomó una manzana para merendarla en el camino. No mucho después se encontró con sus amigos en el camino.

Hijo, ¿descansaste bien? —Flor fue la primera en saludarlo y preguntar.

No tan bien como yo quería, pero sí, algo.

Íbamos a tu casa, ¿a dónde vas tú? —fue el turno de Coletas interrogar.

Estaba buscándolos para preguntarles si me querían acompañar al restaurante a comer.

¿Para qué? Si ya estás comiendo —indagó Coletas nuevamente.

Esto no es comer —se defendió Hijo—. Esto es sólo un aperitivo, la entrada; así como lo fueron el medio melón que me comí, el par de donas y el vaso de leche.

Típico en ti, Hijo —concluyó Coletas pensando que su amigo no tenía remedio.

Bueno, ya estuvo. ¿Me acompañan o no?

Está bien, vamos.

De camino al restaurante, Hijo se terminó su manzana y poco después su estómago se escuchó, pidiendo más alimento. El dueño se quejó.

Ay, qué hambre tengo.

Tragón, ¿de verdad tienes hambre? —cuestionó Coletas. A veces simplemente no podía acostumbrarse a su amigo.

Tanta que me comería un elefante —aseguró éste.

Es increíble que no engordes —exclamó Rojita.

Es cierto, debe ser muy difícil mantener tu físico —concordó Flor con una risita incluida.

La verdad es que sí. Tú sabes, tengo que hacer mucho ejercicio —informó Hijo, presumiendo.

Jajaja, no me hagas reír, ¿quieres? —pidió Coletas burlándose—. Mira, Hijo, si dormir en exceso es ejercicio, entonces éste te fascina.

¿Estás bromeando? Me encanta el ejercicio y el practicarlo me ayuda a ser un as en los deportes —volvió a presumir.

Uy, sí; por eso siempre te gano, ¿verdad? —los descubrió Coletas.

Hijo ya no dijo nada y su rostro se tornó rojo de vergüenza. El resto del camino lo hicieron en silencio. Cuando llegaron al restaurante y entraron, tomando asiento, vieron a Lin-Lin tomar el pedido de los demás clientes, presurosa. Esperaron con paciencia a que la joven se acercara a ella, lo que sucedió un rato después.

Hola —saludo a todos, luego se dirigió a Hijo—. ¿Descansaste?

Un poco, ¿por qué?

No, nada más. ¿Qué van a pedir?

Todos ordenaron su comida. Una vez lo hicieron, esperaron a que estuviera lista y llegó, los cuatro empezaron a degustar del manjar. Una vez terminaron, Hijo, satisfecho, vociferó:

¡Ah, por fin! Creo que ahora sí podré descansar bien y podré soñar con algo rico. Coletas, vamos a mi casa, tengo algo que mostrarte.

¿A mí?
Sí, quiero enseñarte el nuevo comic que salió del Sr. Espacio.

¿En serio? —la emoción no pudo ocultársele—. ¿No les molesta que nos retiremos? —les preguntó a las chicas.

En absoluto, vayan —accedió Flor teniendo el respaldo de Rojita.

Ambos les dieron las gracias y se fueron de allí. Una vez a solas, Flor comentó:

Qué chicos y sus cosas de hombres, ¿cierto?

Al escucharla, la pelirroja lanzó una leve risa y con sus dedos hizo el además de las comillas, respondiendo:

Sí, “cosas de hombres”.


Triple caminaba por la plaza. Bostezó y ante la acción uno de sus secuaces le preguntó:

¿Aún está cansado?

Claro que sí, no he podido descansar bien.

Repentinamente, Triple se detuvo provocando que sus subordinados lo imitaran. Observó con detenimiento como Coletas cruzaba la plaza mientras mantenía su conversación con Hijo.

¡Tú!

Coletas escuchó la inconfundible voz de Triple y viró su cabeza a donde supo, por la voz, que se encontraba su némesis. No le gustó para nada la apariencia enojada del otro.

¡Fuiste tú el que me pintó, ¿verdad?! —razonó Triple.

¿Eh? ¿Yo? No, claro que no…—pero Coletas no pudo seguir defendiéndose porque, al ver que Triple se le lanzaría encima con todas la intenciones de hacerlo pagar por algo que no hizo, salió corriendo. Los secuaces corrieron detrás de patrón e Hijo detrás de los secuaces.

Ahora sí, Coletas. ¡Me las vas a pagar! —gritó Triple, más que airado sin dejar de correr.

El pobre Coletas nada podía hacer, salvo seguir huyendo. El pelinegro entró al parque, por lo que todos los integrantes de la fila india que se había formado sin querer, entraron también. Coletas estaba ya cansado de correr tanto y de tener que soportar al tonto de Triple que no quería escucharlo para poder explicarle el malentendido.

Hijo, que era el de la cola, se detuvo y se dijo con respiración entrecortada, jadeando:

Lo siento… amigo… pero… ya… no… puedo más.

Con esto, se sentó bajo la sombra de uno de los copiosos árboles y, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormido. Después de unos minutos, Coletas pasó corriendo por allí y vio a su amigo dormido.

¿Hijo? ¿Estás dormido?

Se acercó al chico y, en efecto, dormía como un bebé. Lo miró unos instante más y un bostezo escapó de su boca. Las ganas de también dormir lo sorprendieron; pero no negándose el gusto tomó asiento a un lado del otro y cerró sus ojos. Momentos después, Triple, muerto de cansancio, llegó a donde estaban y al ver a Coletas, dijo:

Por fin… te tengo —se acercó a él y bostezó de manera prolongada—. Por fin… aquí y… ahora —volvió a bostezar—. Podré, podré…—se sentó a un lado del par, disfrutando de la sombra y sin darse cuenta, empezó a cabecear—. Podré… vengarme —fue la última palabra que salió de sus labios porque el cansancio previo y la fatiga de la carrera lo derrotaron, por lo que quedó dormido.

Los dos secuaces pasaron por allí y vieron a los tres dormidos al pie del árbol, bajo la fresca sombra de éste. Los dos intercambiaron miradas. Se encogieron de hombros, se acercaron a la sombra, se acomodaron en un buen lugar y decidieron acompañar al trío en su reposo.

Dulces sueños —dijo un secuaz antes de perder por completo la inconsciencia.

 
LA PLAGA




Era una tarde soleada y bonita en Sosonia. Mio Natán caminaba de manera despreocupada por el parque observando de manera detallada su alrededor y de vez en cuando, detenerse a apreciar la belleza de las flores. En ese momento se encontraba en ese lugar del pueblo porque deseaba encontrar piedras de extraña apariencia o color que pudieran unirse a su colección. Sí, una extraña afición, pero así era él.



Ya había dado con algunas peñas y las llevaba guardadas en una pequeña mochila que llevaba consigo. Concentrado estaba en realizar su labor, que no notó que el tiempo se le pasó volando hasta que su estómago lo resintió gruñendo sonoramente, indicándole al rubio que debía alimentarse. Pensó calmar su hambre de manera lujosa, por lo que decidió ir al restaurante. Estaba por salir del parque cuando un objeto extraño, ubicado en el pastizal, llamó su atención.



Pero qué cosa tan rara ¿Qué será? —se preguntó mientras tomaba el objeto y lo analizaba con sus grises ojos.



El objeto parecía una roca, lo único fuera de lo usual era que éste tenía muchas perforaciones minúsculas en todo su rededor. Se encogió de hombros y, seguro de que lo investigaría más tarde, echó la “piedra” junto con las demás. Tuvo que empujar las otras hasta más al interior porque la estrecha mochila no permitía la entrada a otra cosa. Con esfuerzo, Mio logró que por fin entrara a los límites del macuto, mas no pudo cerrarla porque la “roca” esa quedó un tanto fuera del cierre. Se la llevó abierta al restaurante.



Al llegar, buscó una mesa libre, se sentó al encontrarla y pidió lo que deseaba comer. No esperó demasiado y, una vez estuvo frente a su festín, lo devoró con alegría. Al terminar, pagó la cuenta, se levantó, tomó su mochila, la que había dejado apoyada en una de las patas de la silla, y se la puso. No se dio cuenta que la cosa extraña se le cayó y rodó hasta que se le terminó el vuelo de la caída, quedando en una esquina escondida del restaurante. Mio se fue.



Ya terminada la jornada de trabajo, en la noche, lo chefs cerraron el restaurante y cada quien se fue a su respectivo hogar sin saber que dentro del restaurante pasaba algo que le ocasionaría problemas a muchos de allí; ya que, del objeto que Mio había encontrado, comenzaron a salir unos pequeños bichos que fueron extendiéndose hasta que invadieron todo el lugar.



A la mañana siguiente, Jefe, que siempre era el que llegaba temprano para abrir el restaurante, se encontró con algo sumamente asqueroso y nauseabundo una vez hubo abierto las puertas del local. Los bichitos estaban en el suelo, el baño, ¡la cocina! El chef cerró la puerta sorprendido y con ganas de vomitar. Sacó su súper celular y llamó a Remmy…



De rato, el otro cocinero llegó y observó, confundido, a Jefe sentado en las escaleras.



¿Qué sucede? ¿Por qué la urgente llamada? —inquirió el inventor de platillos.



Una plaga, Remmy, una espantosa y horrible plaga.



¿Cómo? Nunca, jamás, en toda la existencia de Los mil gustos ha habido plagas. ¿Cómo pudo suceder algo así? —el desconcierto era evidente en la voz de Remmy.



No lo sé, es…



¿Sucedió algo? —interrumpió Coo, quien acababa de llegar, muy agotado—. Te oíste bastante ansioso y preocupado cuando me hablaste.



Hay una plaga en el restaurante —le dio las malas noticias Jefe.



¿Cómo así? —el menor del trío se sorprendió ante el anuncio.



No lo sabemos, es lo malo —argumentó Remmy.



Los tres chefs se sumieron en un largo e incómodo silencio, mientras cada uno formulaba una lógica idea del porqué pudo haberles pasado algo tan… poco higiénico. Tiempo después, hicieron su aparición Lin-Lin y Rojita. Las dos se extrañaron de encontrar a los cocineros fuera del restaurante, con el entrecejo fruncido además.



¿Chefs? —intentó sacarlos de su ensimismamiento Rojita.



¿Oigan? Bueno, perdonen la tardanza, pero no creo que sea como para que se molesten tanto, ¿o sí? —se preocupó Lin-Lin, ya que pensó que sus patrones estaban enojados con ella por llegar un poco tarde al trabajo.



No, no es eso —habló por fin Coo—. Lo que ocurre es que hay una plaga en el restaurante.



¿Una plaga? —se escandalizó Rojita—. ¡Qué horror!



Los tres adultos asintieron.



¿Por qué no llamamos a un exterminador? Ellos son los expertos en cuanto a qué hacer en este tipo de casos, ¿no? —cuestionó Lin-Lin razonando las cosas.



No es tan sencillo —comentó Remmy—. Si llamamos al exterminador todos se enterarán de la plaga y si todos se enteran, se entera Reyd y si Reyd se entera… —suspiró de manera prolongada antes de dar el ultimátum—. Clausuran el restaurante.



Los presentes hicieron un mohín de susto ante la simple mención de este hecho. ¡Ni pensarlo! Los mil gustos eran parte importante de Sosonia y los trabajadores de allí lo eran aún más. ¿Qué sería de ellos sin el restaurante? En eso, llegaron Coletas e Hijo.



¿Qué pasa? —preguntaron al coro al sentir el ambiente decaído.



Hay una plaga en Los mil gustos —les informó Rojita.



¿Qué? —unieron nuevamente sus voces al exclamar sorprendidos. Coletas continuó—: Eso es un grave problema.



Sí, ¿qué no saben que pueden clausurar el restaurante? —apoyó Hijo a su amigo.



Por supuesto que lo sabemos, ¿qué piensas? —contestó Lin-Lin sintiéndose molesta por la pregunta tonta de Hijo.



Qué genio el tuyo, hoy —Hijo se mantuvo alejado de la pelinegra por seguridad.



Entonces, apareció Dulce, con su típica expresión melosa y los saludó a todos.



Hola… Se ven terriblemente mal, ¿ha sucedido algo? —indagó al notar también, el extraño ambiente que se formaba con ese grupito.



Hay una plaga en el restaurante —le comunicó Rojita.



¿Una plaga? No te creo ni una palabra —le dijo Dulce nada amigable y se encaminó al restaurante. Todos intentaron detenerla, pero ella los ignoró por completo y abrió la puerta del lugar. Se llevó la misma sorpresa que Jefe al principio del día. Un gran y agudo grito salió de sus cuerdas vocales.



¡Quítenmelos! ¡Quítenmelos! —chilló alocada pensando que se le habían subido los animalillos esos y muy asustada se aferró del brazo de Coletas. El muchacho se inquietó y un nerviosismo extraño lo invadió al darse cuenta de que Rojita los miraba muy seria. A duras penas se zafó de Dulce.



Yo no sé ustedes, pero yo voy a deshacerme de esa plaga. No podemos permitir que cierren el restaurante para siempre —dijo Coletas muy decidido.



Es cierto —concordó Hijo—. No podemos permitir que nos quiten algo que apreciamos.



Todos estuvieron de acuerdo en esto y, resueltos, trataron de pensar en cómo acabar con la plaga repugnante. Estaban tan absortos en sus pensamientos, que apenas notaron que Triple llegó al cuadro que en ese momento conformaban todos ellos. Lo miraron pensativos, mucho muy pensativos y hasta cierto grado, con profundidad alarmante. Triple lo notó.



¿Qué? Ahora hasta llegar a un lugar público es malo, ¿o qué?



Lin-Lin lo vio con abatimiento y se comentó:



Uf, más plaga por deshacernos.



¿Y por qué tan pensativos? —preguntó Triple.



Hay una plaga en el restaurante —notificó Hijo. Sus jóvenes amigos lo sisearon.



¿Una plaga? —Triple se sorprendió aún más—. ¡Wow!



Lin-Lin le dio un zape Hijo en la nuca y, acercándose al ojiverde, espetó:



Sí, una plaga. Ese tipo de accidentes pueden ocurrirle a quién sea y dónde sea, ¿no crees?



No, sí, está bien; pero no te preocupes, mi amor. Yo te protegeré de esa horrenda plaga —aseguró el castaño y, tomando desprevenida a Lin-Lin, rodeó el cuello de ella con su brazo. Ella enrojeció y tembló de ira.



Si no te alejas romperé tu quijada —sus palabras se ahogaron por la furia contenida.



Lo haré si me das un beso —chantajeó de Lizaldy.



Al escucharlo, Lin-Lin no esperó invitación y le pisó el pie cargando todas las fuerzas que el enojo le dio, luego, le propinó un puntapié en la pierna. Se alejó de él.



Auch, auch, grrr, comienzo a gustarle —se auto convenció Triple.



Mira, Triple —habló Coletas, enojado y es que su sola presencia lo sacaba de quicio—, esto a ti no te incumbe; así que por qué no le haces un favor al mundo y te desintegras.



¿Qué me habrá querido decir? —Se preguntó el joven en un susurro—. Bien, pero recuerda, Coletas, me vengaré y te tengo en la mira.



Cuando estaba a punto de alejarse de allí, Hijo le pidió:



Que nadie se entere de la plaga que después clausuran el restaurante.



Sus amigos volvieron a chichearlo.



¿Clausurar el restaurante? —repitió Triple.



Los chefs asintieron. El castaño posó su vista en Coletas y lo notó triste ante la posibilidad de la clausura.



Si Reyd llegara a enterarse, ¿qué pasaría? ¿Se sentirían mal? ¿Tú, Coletas? —inquirió con malicia formulando un plan para hacer pagar al joven atleta.



No lo harías —exclamó Coletas notando las intenciones de Triple.



Yo creo que sí. Por vengarme de ti… mmm… sí —y salió como bala disparada a la presidencia. El grito de Coletas nombrándolo no lo detuvo.



Coletas, no debes permitir que vaya y le diga Reyd. Tienes que detenerlo —le dijo Rojita.



Sí, en tanto, ustedes piensen cómo deshacerse de la plaga.



Pero date prisa, no está muy lejos de la presidencia —lo apuró Jefe. Así, Coletas corrió tras Triple—. Muy bien; he aquí el plan. Dulce y Lin-Lin ustedes irán rápidamente a una tienda y compran insecticida, todo el que necesiten y del más potente que haiga. Rojita e Hijo, ustedes quédense con nosotros y ayúdenos a que ningún bicho salga del restaurante. No queremos que esto se extienda.



Con esto, todos hicieron tal y como Jefe les había ordenado.





Triple corría por las calles teniendo tras de sí a un muy furioso Coletas, pisándole los talones. El mayor lo miró y le dijo:



No esta vez, Coletas. Hoy seré yo el que gane.



Ja, eso piensas, ¿eh? Pues…. ¡sorpresa! —y el morocho se lanzó al suelo tomando el pie de Triple haciendo que éste callera al suelo sin ninguna protección, pues ni las manos puso, por lo que su barbilla fue la que recibió gran parte del impacto de la caída. El golpe fue lo suficientemente fuerte como para nortearlo un poco, dándole a los demás valioso tiempo.





Dulce y Lin-Lin entraron presurosas al restaurante con bolsas en las que se encontraba el potente repelente contra insectos.



Agh, ¡qué asco! Voy a vomitar —se quejó Dulce sintiendo náuseas.



Cierra la boca, princesita y ayúdanos a rociar el veneno; pero antes ponte esta mascarilla —le indicó Lin-Lin, así como a los demás.



Todos se colocaron la mascarilla y comenzaron a echar repelente mata bichos por todo el restaurante. No faltó ni el más pequeño recinto en el que no aplicaran el tóxico químico.



Muy bien, Hijo, trae los ventiladores para que el olor y lo que reste del veneno se vaya y no nos haga daño. Después, Rojita, traes las escobas, trapeadores, trapos, limpiadores y el cloro para limpiar todo esto y recoger los bichos muertos —ordenó Coo.



Ambos chicos se apresuraron a hacer lo que les habían ordenado. Una vez, ventilado un poco, iniciaron con la labor de limpiar todo el lugar con color y desinfectante.





Triple y Coletas peleaban en el suelo, ya llevaban así un bien rato. Entonces, Triple, dándole un estratégico golpe a Coletas, se lo sacó de encima y, sin perder un segundo, se irguió y corrió a la presidencia; le faltaba poco para llegar a ella. Subió las escaleras y abrió las puertas encontrándose con Reyd dormido. Se acercó a él y lo despertó zarandeándolo un poco.



¿Qué, qué es lo que quieren? —preguntó Reyd saliendo de su ensoñación, confundido.



Sr. Reyd, hay una plaga en el restaurante Los Mil Gustos.



¿Una plaga? No en mi pueblo —y despabilándose por completo y cumpliendo, por primera vez, con su puesto como líder del pueblo, Reyd tomó el teléfono y llamó a un exterminador. Terminó de hablar y él, junto con Triple, se encaminó al restaurante topándose con Coletas.



A un lado chico, voy a deshacerme de algo —le dijo Reyd con cara seria.



Sr., no es verdad lo que le dijo Triple, sólo quiere, quiere hacerlo molestar, es eso. En serio, no pasa nada, de verdad —suplicó Coletas colocándose frente a ellos.



Bueno, no estaría mal echarle un vistazo al restaurante, para corroborar las cosas —y sin pausar, Reyd siguió con su camino.



Pero… pero… pero… —Coletas estuvo a punto de decir algo, cuando Triple lo interrumpió.



Perdedor, te lo dije —y acelerando el paso, se puso a un lado de Reyd dejando atrás a un desconcertado Coletas.



En el restaurante, terminaron de limpiar absolutamente todo y gracias a que no apagaron los ventiladores, a la puerta y las ventanas abiertas y al olor de los químicos de limpieza, el restaurante olía a flores de primavera y ya no a insecticida. Todos se sentaron en las sillas, completamente agotados.





Reyd y Triple estaban a punto de llegar al restaurante y observaron una camioneta que tenía pintado un insecto tachado.



Ah, el exterminador.



¡Genial! —Triple estaba contento. Por fin, hoy sería el día que se vengaría de su enemigo. ¡Su día!



El exterminador bajó de la camioneta y saludó al par.



Buen día, Sr. Reyd, mmm… joven.



Buenos días. Allí está el restaurante —Reyd señaló el susodicho.



Y los tres se encaminaron al lugar, abrieron la puerta y… ¡se encontraron con un establecimiento de comida libre de insectos!



Vaya, sí era una broma —se dijo Reyd.



¿Qué? ¿Pero cómo…? ¡No es posible! —Triple estaba realmente confundido.



Bueno, si nadie me necesita iré a mi casa —anunció el exterminador y se fue.



Chico —le habló Reyd a Triple con mirada molesta—, estás en graves problemas. Haz hecho algo imperdonable.



¿Qué? ¿Mentirle? —cuestionó el joven sorprendido, porque en sí, no mintió.



Me importa un cacahuate la mentira, por despertarme.



En eso llegó Coletas y entró como si nada al restaurante. Triple lo miró con odio y le dijo:



Tú crees que me has vencido, pero no. Apenas empieza esta pelea, ¿me oyes? —e iracundo, Triple se fue de allí junto a Reyd.



Vaya que se lucieron con el restaurante —exclamó Coletas ya sin presiones—. Acabaron con la plaga muy rápido y el lugar les quedó mejor que antes.



En eso, Mio entró al restaurante y saludó al verlos.



Hola, ¿cómo están?



Ahora, muy bien —respondieron todos.



Mio recorrió el lugar con su mirada y ésta se detuvo al ver el extraño objeto del día anterior sobre una bolsa negra, que era de basura, que estaba en la entrada, lista para ser desechada.



Mejor me llevo esto —cogió la cosa—. Tengo entendido que es una especie de nido y podría ocasionar una plaga. Leí información sobre esto.



¿En serio? —preguntó Jefe con cólera. Todos miraron al pobre rubio, molestos, muy molestos para su gusto.



¿Les pasa algo? —inquirió él con tono inocentón. Los otros dejaron de lado lo ocurrido e, ignorándolo, empezaron a realizar sus labores.







Pero en serio, Sr. Reyd, había una plaga, no es mentira —intentó convencerlo Triple, encontrándose sentado en una silla como el castigo que le impuso Reyd.



¿Tú la viste?



Triple se quedó de piedra ante la pregunta del alcalde.



No…



Ves que no es cierto —Reyd se acomodó en su silla, dispuesto a dormir.



Maldición. Ese Coletas me engañó. Hizo que pasara una gran vergüenza; ahora con mayor razón lo odio más. ¡Pero esto apenas comienza!



Guarda silencio —lo calló Reyd enojado por el escándalo de Triple.



Lo siento.







¡¡¡El fin de la primera temporada!!!

¡¡¡No se pierdan la segunda, será mejor que ésta; te lo garantizan tus personajes favoritos de Sosonia!!!