DULCES
SUEÑOS
Coletas
y Rojita estaban tomados de las manos mientras paseaban en el parque.
La vista era hermosa, el sol que cubría su piel se antojaba tónico
y la brisa que ese día soplaba era refrescante. Se sentaron bajo la
sombra de un árbol y se miraron a los ojos durante un largo momento
que les resultó placentero. Se acercaron poco a poco y estaban a
punto de darse un beso cuando…
Unos
insistentes y entrometidos toques en la puerta se hicieron oír.
Coletas, por demás enojado, se levantó de la cama teniendo el
entrecejo fruncido por la irritación que en él se hacía presente
mientras se dirigía a la puerta. Quien fuera la persona que
estuviera tocando su puerta se notaba desesperada por los fuertes
golpes que propinaba a ésta. Abrió la puerta y con sorpresa,
disfrazada de enfado, se dio cuenta que Hijo era nada más y nada
menos que el interventor de sus lindos sueños. Se veía muy
emocionado.
—¡Mira,
Coletas, mira! Por fin tengo la película de “La venganza de la
novia III” en mis manos. Dicen que está más terrorífica que la
uno y la dos juntas. ¡Vamos a verla, vamos a verla, vamos a verla!
—Hijo,
es la una de la mañana. Tengo mucho sueño y estoy mega cansado —le
respondió Coletas y su tono de voz verificó sus palabras.
—Por
favor, por favor, por favor. Quiero verla, ¿sí? Por favor. No te
imaginas el trabajo que me costó convencer a mi papá de dejarme
venir a estas horas para ver la película. ¡Por favor! —Hijo se
hincó.
—Levántate
—pidió Coletas agotado—. Está bien, vamos a verla.
Y
sin esperar un minuto más, los dos tomaron asiento en el sillón de
la sala del ojinegro y comenzaron a ver el filme.
Triple
estaba en su casa muy emocionado diciendo cosas como:
—¡Por
fin tengo la película “La venganza de la novia III”! Y dicen que
está más terrorífica que la uno y la dos juntas.
Así
que también hizo correr la película dispuesto a verla mientras se
convencía a sí mismo de su valentía.
—A
mí nada me asusta.
Una
vez la película hubo terminado, Triple se ubicaba en su cama,
acurrucado y muerto del susto.
—No
pasa nada. No existe nada de eso. Soy valiente, muy valiente.
Un
búho se escuchó en la oscuridad de la noche, entre la espesura del
bosque y logró que Triple lanzara un grito poco digno de un hombre.
El viento también hizo de las suya y se escuchó haciendo que a los
oídos del chico fueran espeluznantes chillidos. Volvió a gritar
levantándose de la cama, tomó a dos de sus secuaces y los sacó
fuera del lugar y les ordenó:
—Cuiden
que nadie entre.
El
par de jóvenes asintieron, más somnolientos que nada. La mañana
atrapó a un Triple desvelado, frustrado y ojeroso. Salió y se
encontró con sus secuaces dormidos. Los miró con ojos cansinos
aunque con un deje de molestia y les gritó:
—Les
dije que cuidaran la entrada, ¡no que se quedaran dormidos en ésta!
Los
secuaces se alzaron con velocidad y sonriendo, se adentraron a la
casa.
En
Sosonia, Rojita, Flor, Lin-Lin y Coletas caminaban hacia la casa de
Hijo, a quien no había visto en todo lo que llevaba la mañana y eso
había extrañado a todos, por lo que decidieron ir a buscarlo. En el
camino se encontraron con el buscado, aunque lo notaron develado y
desaliñado. La playera la llevaba al revés, tenía calcetines de
diferente color y en pie usaba un tenis mientras en el otro usaba un
zapato.
—¿Qué
te pasó? —le preguntó su novia atónita de ver su vestimenta.
—Ya
perdiste la cordura —aseguró Lin-Lin.
—No,
perdió más que eso. También perdió la dignidad —corrigió
Coletas.
—Jajaja
—se burló Hijo sarcástico—. Lo que pasa es que ayer Coletas y
yo nos trasnochamos viendo la película de “La venganza de la novia
III”.
—Oh,
dicen que está más terrorífica que la uno y la dos— comentó
Rojita.
—Y
juntas —completó Flor.
—Ah,
¿no me digas que el valiente de Hijo se asustó?— se burló
Lin-Lin.
—Bueno
yo… Este…—balbuceó Hijo sin tener nada bueno que decir,
realmente. Bostezó—… Pues sí… la verdad es que… Mira, sí
tú la hubieras visto también te asustabas, de verdad. Era tan
terrorífica que… que… sólo de pensar en ella me dan
escalofríos.
—Pues,
para que te dejara así, lo creo— Lin-Lin apuntó a Hijo—. Lo que
no entiendo, es que si tú y Coletas la vieron anoche juntos, ¿por
qué Coletas no está como tú de…desvelado?
—Ah,
eso es porque… ¡Espera un segundo! Es cierto. ¿Por qué tú no
estás tan desvelado como yo, Coletas? —Hijo se interesó por el
punto aquel.
—Yo…
bueno…—Coletas no sabía qué contestar, estaba en un gran lío.
Menos mal que Rijita lo sacó de éste al decir:
—Lo
que sucedes es que Coletas es muy valiente y no se asusta tan
fácilmente, ¿verdad?
—Pues,
ah… ¿Sí? —no estaba seguro. Recordó la noche anterior:
Hijo
y Coletas se encontraban sentados en el sillón y la película corría
sin contratiempo alguno. Hijo se mantenía emocionado, en suspenso,
asustado… En fin, tenía de todo. A su lado, Coletas posaba su
cabeza en el respaldo del sillón… dormido.
—Como
sea… ¡Hijo! ¿Cómo se te ocurre salir así a la calle? —preguntó
Coletas intentado desviar el tema, señalando las fachas de su amigo.
—Supongo
que exageré, ¿no creen?
—Sí,
lo creemos y creemos más que eso, loco —sentenció Lin-Lin.
—Hijo,
vamos a tu casa, necesitas descansar. No te ves bien, nada bien —le
propuso la amable morena.
—De
acuerdo. Yo también creo que debo descansar —se sinceró el chico
lanzando otro bostezo. Así, los cinco amigos se dirigieron a casa de
Hijo.
En
casa de Triple, él y sus secuaces estaban planeando qué hacer para
que el castaño pudiera vengarse de Coletas; sin embargo, Triple no
podía concentrarse en su objetivo debido al agotamiento de su cuerpo
y mente.
—Si
no descanso un poco mi plan nunca funcionará.
—Jefe,
aún no tenemos un plan —informó un secuaz.
—Tienes
razón, es más correcto decir: Si no descanso un poco no podré
realizar un plan, así que mejor iré a despejar mis ideas. Daré un
paseo.
Triple
se dirigió a la puerta para salir, pero antes de hacerlo se detuvo
en el umbral y pensó un poco. Se dijo:
—Mejor
me llevo a alguien… Por si las dudas —y tomó a dos de sus
secuaces y se los llevó con él.
Estaban
por llegar a la plaza después de mucho caminar, cuando Triple no
pudo dar más de sí y cayó rendido al suelo, dormido. Sus dos
secuaces se dieron prisa para levantarlo. Lo zarandearon con fuerza
en vano intento de avivarlo.
—¡Jefe,
jefe, despierte! ¡Vamos, jefe! ¡Ya!
Le
gritaron sin resultados. Sólo se escucharon los claros ronquidos de
Triple. Uno de los secuaces soltó a su líder y gritó, para ver así
despertaba:
—¡Mire,
jefe, su novia!
El
otro secuaz también soltó a Triple y éste volvió a dar al suelo.
El secuaz le dijo a su compañero:
—El
jefe no tiene novia.
—Claro
que sí.
—Claro
que no. No seas torpe.
—Sí,
sí tiene. ¿Y Nin-ning qué?
—No
seas idiota, ella no es su novia.
—¿Ah,
no? Yo creía que sí.
—Pues
no.
—Uf,
pobre del jefe.
—Sí…
¿Y tú? ¿Tienes novia?
—Bueno,
he tratado de conquistar a una chica que la verdad me trae loquito de
atar.
—¿Y
es bonita?
—La
verdad es que sí, está muy bonita y… Oh, mira ese hormiguero que
está allí.
—Es
verdad; y observa cómo las hormigas se están subiendo arriba del
jefe.
—Ah,
sí, el jefe…
Los
dos secuaces se miraron y gritaron al unísono:
—¡Jefe!
Corrieron
a levantar a Triple, que no se dio por enterado. Rescataron a su
mandamás sacudiéndole todas las hormigas.
—¿Le
picaron?
—No,
creo que no.
—Genial;
oye, ¿dónde lo ponemos que ya me cansé de sostenerlo?
—Pues…
Ah, ya sé. En una banca.
Estado
de acurdo con esto, los dos secuaces dejaron a Triple en una de la
plaza para que descansara sin interrupción alguna.
—El
jefe debe estar cansadísimo.
—¿Por
qué lo dices?
—Porque
no se despierta con y para nada.
—Tienes
razón. Hey, ¿escuchaste que los muchachos jugarían a las damas
chinas en la casa?
—No,
¿en serio? —el otro asintió—. ¡Genial! Me encanta ese juego.
—¿Qué
tal si vamos a ver el juego?
—¡Claro!
¡Vamos!
Los
dos secuaces se fueron a la casa y dejaron completamente solo a
Triple; pero éste, ni cuenta se dio ya que soñaba algo realmente
placentero. Soñó que por fin se vengaba de Coletas, que todos lo
respetaban, lo querían y que era un gran héroe. Incluso soñó que
se casaba con la chica de sus sueños; pero bueno, el caso es que
estaba dormido y en toda la plaza no se escuchaba nada más que sus
ronquidos.
Coletas,
Hijo, Rojita, Flor y Lin-Lin estaban en la habitación del Wills.
—No
sé, chicos, me late que no voy a poder dormir.
—No
digas tonterías, Hijo, y descansa un poco ya —le pidió Coletas.
—En
verdad siento que no podré dormir.
—No
te preocupes, Hijo, sólo inténtalo y te prometemos que no nos
moveremos de aquí hasta que hayas quedado bien dormido— le
prometió Flor.
—¿Me
lo prometen?
—Claro
—aseveraron todos.
Hijo
se acomodó en su cama y como al cabo de cinco minutos, comenzó a
roncar. Los demás, al asegurarse que ya no despertaría, se fueron
de la casa en silencio para no despertar a su amigo. Ya afuera,
Lin-Lin vio su reloj y notó la hora por lo que bramó:
—¡Maldición!
Voy a llegar tarde al trabajo. Debo irme.
—Nosotros
te acompañamos —habló Rojita.
—¿Van
a ir al restaurante a comer? —preguntó la mayor del grupo.
—Yo
no creo, quiero estar pendiente de Hijo —informó la pareja del
mencionado.
—Yo
también quiero estar pendiente de él —advirtió Coletas y Rojita
dijo lo mismo, pero añadió a su prima:
—Podemos
acompañarte tan sólo, ¿no?
Todos
asintieron estando de acuerdo y emprendieron el recorrido al
restaurante. Mientras atravesaban la plaza lograron escuchar el
sonido característico que alguien hace al estar roncando. Curiosos
decidieron ir a investigar quien provocaba los ruidos. Caminaron por
donde les pareció los ronquidos se hacían más fuertes
encontrándose con Triple, que seguía acostado a lo largo de la
banca.
—Otro
que perdió el juicio —declaró Lin-Lin al verlo.
—Parece
que hay epidemia de falta de sueño —comentó Flor con algo de
sátira.
—Bien,
mejor para mí —Coletas se sintió aliviado—, hoy no me
molestará.
Todos
soltaron la carcajada. Rojita recordó:
—Será
mejor irnos, si no, Lin-Lin llegará tarde al trabajo.
Emprendieron
el camino y cuando estuvieron a punto de salir de la plaza, se
encontraron con Dulce y al verla, a Lin-Lin se le ocurrió una
travesura.
—Oye,
Dulce, ¿traes maquillaje que me puedas prestar? —Cuestionó
teniendo en sus labios una maléfica sonrisa.
—Sí
—afirmó la rubia y de su bolsa que traía colgado de su brazo sacó
un estuche de considerable tamaño en el cual había pinturas,
maquillajes, sombras, lápices labiales, etc.
—¿Siempre
llevas eso contigo? —preguntó Lin-Lin mientras tomaba el estuche.
—Claro,
no ves que una mujer no es mujer sin maquillaje y espejo. Por cierto,
creo que te verías bien, maquillada.
—No
es para mí —decretó la chica aún con la sonrisa mientras se
alejaba de todos a paso veloz.
Los
otros se miraron extrañados y, queriendo salir de la duda del porqué
Lin-Lin actuó tan raro, fueron tras ella encontrándose con que la
joven maquillaba a Triple.
—¿Qué?
¿Era para Triple? —indagó Dulce, ahora ella sorprendida.
—Qué
malos son— aseguró Flor sin molestarse en detenerlos.
—Ay,
Flor, tienes que tener sentido del humor —dijo Rojita con cara
divertida.
—Ja,
y tú peleándole al Hijo que es un niño —recordó Coletas a
Lin-Lin. Ella dejó su tarea de fastidiar a Triple y mirando al
pelinegro le contestó:
—No
empieces; además, tienes que admitir que esto es divertido.
Coletas
pareció meditarlo un momento. Teniendo claras sus ideas, asintió y
sonrió. En eso, Lin-Lin iba a ponerle labial al bello durmiente en
un tono rosa pastel, cuando Dulce la detuvo.
—Espera,
a Triple no le queda ese color. Está mejor el rojo carmesí —y le
entrego el lápiz.
Lin-Lin
terminó de embellecer a Triple y no pudo evitar reírse a carcajada
abierta, provocando que los demás hicieran lo mismo. En eso, vieron
que el durmiente estuvo a punto de despertar y todos corrieron del
lugar para salvarse de lo que fuese, sin notar que Triple no hizo más
que acomodarse mejor.
—Qué
divertido… ¡Rayos! Los chefs me van a colgar —anunció Lin-Lin
mirando nuevamente su reloj—. Sólo tengo menos de cinco minutos
para llegar. Y yo, puedo ser de todo, menos una irresponsable —y
así se dirigieron al restaurante, que ya no quedaba lejos, excepto
Dulce que siguió su camino.
Hijo
dormía en su cama, pero al contrario de Triple, él tenía una
pesadilla. Soñaba que estaba en un lugar que él no conocía. En
eso, vio a Coletas parar por allí; no obstante, Coletas tenía una
mano rota, usaba un collarín y estaba todo moreteado. Hijo se acercó
a él, mas éste, al verlo, se alejó de él, diciendo:
—Aléjate.
Eres una amenaza, tramposo. Nuestra amistad se terminó desde ese
momento. Traidor, doble cara…
Hijo
retrocedió un par de pasos observando incrédulo como Coletas se
alejaba de allí, de él. Entonces, apareció Rojita y le encaró
propinándole una fuerte bofetada.
—Eres
un… un… ¡Malvado! ¿Cómo pudiste?
En
eso, Hijo divisó a Flor e intentó acercársele para preguntar qué
sucedía; pero ella se alejó de él con el rostro transfigurado por
el pavor, como el terror de alguien que tiene frente a sí a un
asesino. Hijo logró alcanzarla y la tomó por el brazo. Ella empezó
a gritar con histeria y él trató de calmarla diciéndole que le
haría daño. Entonces, Coletas hizo acto de presencia nuevamente y
con su único brazo funcional sujetó a Flor salvándola del agarre
de Hijo. La puso detrás de él y le gritó al que se llamó su amigo
alguna vez.
—¡Déjala
en paz! No la molestes traidor.
Y
Coletas lo empujó con violencia reiteradas veces hasta que Hijo se
acercó al borde de un precipicio. Sin evitarlo, cayó…
Hijo
se levantó de la cama muy asustado. Respiró hondo para
tranquilizarse.
—Fue
sólo una pesadilla. Ah, no pasa nada —se dijo con alivio mientras
se limpiaba el sudor de su frente y volvía a tumbarse en el colchón,
pero esta vez no durmió.
Los
dos secuaces de Triple corrían con todo lo que deban a la plaza,
mientras discutían.
—Es
increíble que hayas dejado al jefe solo —reprochó uno de ellos.
—Ah,
no; a mí no me eches la culpa. Tú empezaste con lo de las damas
chinas y dijiste que fuéramos a ver el partido.
—Bien
pudiste haberme dicho que no y así nos hubiéramos ahorrado el lío
en el que estamos.
—Anda,
sígueme echando la culpa que al cabo qué.
Los
secuaces llegaron a la plaza y se dirigieron a donde sabían habían
dejado a Triple. Al verlo, no pudieron evitar reírse de él. La
impresión de verlo maquillado fue demasiada para este par de tontos.
Ninguno de ellos dejó de reírse hasta que notaron que Triple tenía
un chapulín en el estómago.
—Mira
lo que tiene el jefe.
—No
te apures, yo lo mato.
El
secuaz se quitó el zapato y el otro le advirtió:
—No
le vayas a pegar al jefe.
—¿Qué
me crees?
El
secuaz se acercó a Triple cuidadosamente para que el chapulín no se
asustara y se fuera. Entonces… golpeó y golpeó a Triple por todos
lados sin notar que el chapulín había saltado lejos de allí, por
lo que el torpe del secuaz siguió golpeando a Triple, quien
obviamente despertó ante la agresión y gritó:
—¡Oye…
¿qué?!... ¿¡Rayos!?... ¡Au, au, au!... Espera… ¡Torpe!...
Y
se movió y se movió. Tanto se movió que se cayó de la banca donde
reposaba, boca abajo. El secuaz se asustó y le dio el zapato a su
compañero, quien atinó a esconder la evidencia tras de sí. Recordó
algo.
—Espera
un momento. El zapato es tuyo.
Le
entregó el zapato a su dueño que presuroso se lo puso. Los dos
secuaces dieron un par de pasos hacia atrás porque Triple seguía en
el suelo, gimiendo de dolor. Un momento más duró así antes de
levantarse muy enojado y mirándolos con reproche les gritó:
—¡¿Cuál
es su problema?!
—Jefe
yo —los secuaces comenzaron a reírse.
—¿Qué?
¿De qué se ríen? —interrogó el ojiverde.
—Jajaja,
es que…—los secuaces simplemente no podía decirle que estaba
maquillado porque la abundante risa no se los permitía. Los secuaces
ya estaban rojos de tanta risa; ya hasta les dolía un costado de
tanto reír. ¡El colmo! Se echaron sobre el suelo dejando escapar
las carcajadas junto con ellas, las lágrimas.
—¡Están
dementes! —les gritó Triple alejándose de la plaza dejando a sus
secuaces allí.
De
camino a su casa, Triple observó que las personas se estaban riendo
de algo, pero él no supo de qué e incluso notó que algunos jóvenes
le daban el paso muy burlescos.
—La
gente está portándose muy amable y eso me asusta —se dijo con
temor por lo que caminó más deprisa para llegar a su casa
rápidamente.
En
la plaza los secuaces aún en el suelo, estaban tratando de calmarse
pues ya no podían reír más.
—Ay,
ay, este dolor de costado es horrible —aseguró uno de ellos.
—A
parte de eso, vamos a morir.
—¿Ah,
caray? ¿Por qué?
—Por
no decirle al jefe que estaba pintado y sí él se da cuenta, pues
nos mata.
—Ah…
¡Jefe, espere! —ambos gritaron y corrieron en busca de Triple.
Buscaron
un buen rato por los alrededores y al no encontrarlo, se encaminaron
a su morada. Allí lo encontraron, pero fue muy tarde, Triple estaba
casi adentro.
—¡No!
—gritaron los dos sintiéndose ya en el féretro.
Triple
entró a la casa y el resto de los secuaces, al verlo, también
soltaron la carcajada. Uno de ellos le preguntó, aún riendo:
—Jefe,
¿pero qué le pasó? Jajaja, ¿quién lo puso tan bonito? Jajaja.
Triple
se preguntó de qué rayos hablaban todos, así que se dirigió al
baño para verse en el espejo, descubriendo así, el lindo maquillaje
que adornaba su rostro. El grito fúrico del castaño traspasó las
risas de todos, haciendo que los secuaces se callaran. Triple comenzó
a lavarse la cara mientras los dos secuaces que estaban afuera
ingresaban a la casa. Una vez Triple hubo terminado de enjugarse,
salió del baño y tomó a esos dos por la camisa y acercándolos a
él, les inquirió furioso:
—¡¿Quién
me hizo esto?!
—N-No,
no sabemos —respondió uno de ellos.
—¿Cómo
que no saben? ¿Entonces para qué diantres los quiero si no saben
hacer nada bien? ¡Díganme qué pasó! ¿Por qué no saben?
—Es
que nos fuimos cuando se quedó dormido.
—¿Qué?
¡Par de inútiles! —Triple los soltó—. ¡Ah! Un día de estos
voy a despedirlos.
Los
secuaces se abalanzaron contra Triple, al escucharlo, mientras le
rogaban:
—No,
jefe, por favor, no nos despida. Usted es todo lo que tenemos.
Triple
se los saca de encima empujándolos.
—Está
bien ya basta. Era sólo una broma.
Los
secuaces sintieron un enorme alivio ante las palabras escuchadas por
su mayor. Triple, en cambio, se dijo a sí mismo:
—¡Rayos!
¿Ahora con qué cara voy a salir a la calle?
—Pues
con la suya, ¿no? —le informó un secuaz.
—No,
idiota. No me refiero a eso —Triple respiró con profundidad para
calmarse y llenarse de mucha paciencia—. Ahora, cada vez que la
gente me vea…—Se imaginó a todos burlándose de él—. ¡Rayos!
¿Ahora qué voy a hacer?— piensa en un plan—. ¡Ustedes dos!
—gritó a los dos secuaces que al principio lo acompañaron a la
caminata—. Acompáñenme de nuevo al pueblo, pero esta vez hagan
bien su trabajo, ¿entendido?
Así,
los tres volvieron al pueblo.
Hijo
seguía acostado sobre su cama, despierto, mirando el techo como si
no hubiera un mañana. Entonces se levantó con toda la flojera del
mundo, no porque fuera su deseo hacerlo, es más, si por él fuera se
quedaba todo el día tumbado en su lecho, pero no pudo hacerlo así
debido a que el hambre fue más poderosa que su ambición. Antes de
salir de su habitación se arregló bien las ropas y, ahora sí, se
dirigió a la cocina donde comió un par de donas, se tomó un vaso
de leche y como postre engulló medio melón. Después de pasar otro
rato, aburrido, decidió ir a buscar a sus amigos a ver si lo
acompañaban al restaurante a comer. Antes de salir de su hogar, tomó
una manzana para merendarla en el camino. No mucho después se
encontró con sus amigos en el camino.
—Hijo,
¿descansaste bien? —Flor fue la primera en saludarlo y preguntar.
—No
tan bien como yo quería, pero sí, algo.
—Íbamos
a tu casa, ¿a dónde vas tú? —fue el turno de Coletas interrogar.
—Estaba
buscándolos para preguntarles si me querían acompañar al
restaurante a comer.
—¿Para
qué? Si ya estás comiendo —indagó Coletas nuevamente.
—Esto
no es comer —se defendió Hijo—. Esto es sólo un aperitivo, la
entrada; así como lo fueron el medio melón que me comí, el par de
donas y el vaso de leche.
—Típico
en ti, Hijo —concluyó Coletas pensando que su amigo no tenía
remedio.
—Bueno,
ya estuvo. ¿Me acompañan o no?
—Está
bien, vamos.
De
camino al restaurante, Hijo se terminó su manzana y poco después su
estómago se escuchó, pidiendo más alimento. El dueño se quejó.
—Ay,
qué hambre tengo.
—Tragón,
¿de verdad tienes hambre? —cuestionó Coletas. A veces simplemente
no podía acostumbrarse a su amigo.
—Tanta
que me comería un elefante —aseguró éste.
—Es
increíble que no engordes —exclamó Rojita.
—Es
cierto, debe ser muy difícil mantener tu físico —concordó Flor
con una risita incluida.
—La
verdad es que sí. Tú sabes, tengo que hacer mucho ejercicio
—informó Hijo, presumiendo.
—Jajaja,
no me hagas reír, ¿quieres? —pidió Coletas burlándose—. Mira,
Hijo, si dormir en exceso es ejercicio, entonces éste te fascina.
—¿Estás
bromeando? Me encanta el ejercicio y el practicarlo me ayuda a ser un
as en los deportes —volvió a presumir.
—Uy,
sí; por eso siempre te gano, ¿verdad? —los descubrió Coletas.
Hijo
ya no dijo nada y su rostro se tornó rojo de vergüenza. El resto
del camino lo hicieron en silencio. Cuando llegaron al restaurante y
entraron, tomando asiento, vieron a Lin-Lin tomar el pedido de los
demás clientes, presurosa. Esperaron con paciencia a que la joven se
acercara a ella, lo que sucedió un rato después.
—Hola
—saludo a todos, luego se dirigió a Hijo—. ¿Descansaste?
—Un
poco, ¿por qué?
—No,
nada más. ¿Qué van a pedir?
Todos
ordenaron su comida. Una vez lo hicieron, esperaron a que estuviera
lista y llegó, los cuatro empezaron a degustar del manjar. Una vez
terminaron, Hijo, satisfecho, vociferó:
—¡Ah,
por fin! Creo que ahora sí podré descansar bien y podré soñar con
algo rico. Coletas, vamos a mi casa, tengo algo que mostrarte.
—¿A
mí?
—Sí,
quiero enseñarte el nuevo comic que salió del Sr. Espacio.
—¿En
serio? —la emoción no pudo ocultársele—. ¿No les molesta que
nos retiremos? —les preguntó a las chicas.
—En
absoluto, vayan —accedió Flor teniendo el respaldo de Rojita.
Ambos
les dieron las gracias y se fueron de allí. Una vez a solas, Flor
comentó:
—Qué
chicos y sus cosas de hombres, ¿cierto?
Al
escucharla, la pelirroja lanzó una leve risa y con sus dedos hizo el
además de las comillas, respondiendo:
—Sí,
“cosas de hombres”.
Triple
caminaba por la plaza. Bostezó y ante la acción uno de sus secuaces
le preguntó:
—¿Aún
está cansado?
—Claro
que sí, no he podido descansar bien.
Repentinamente,
Triple se detuvo provocando que sus subordinados lo imitaran. Observó
con detenimiento como Coletas cruzaba la plaza mientras mantenía su
conversación con Hijo.
—¡Tú!
Coletas
escuchó la inconfundible voz de Triple y viró su cabeza a donde
supo, por la voz, que se encontraba su némesis. No le gustó para
nada la apariencia enojada del otro.
—¡Fuiste
tú el que me pintó, ¿verdad?! —razonó Triple.
—¿Eh?
¿Yo? No, claro que no…—pero Coletas no pudo seguir defendiéndose
porque, al ver que Triple se le lanzaría encima con todas la
intenciones de hacerlo pagar por algo que no hizo, salió corriendo.
Los secuaces corrieron detrás de patrón e Hijo detrás de los
secuaces.
—Ahora
sí, Coletas. ¡Me las vas a pagar! —gritó Triple, más que airado
sin dejar de correr.
El
pobre Coletas nada podía hacer, salvo seguir huyendo. El pelinegro
entró al parque, por lo que todos los integrantes de la fila india
que se había formado sin querer, entraron también. Coletas estaba
ya cansado de correr tanto y de tener que soportar al tonto de Triple
que no quería escucharlo para poder explicarle el malentendido.
Hijo,
que era el de la cola, se detuvo y se dijo con respiración
entrecortada, jadeando:
—Lo
siento… amigo… pero… ya… no… puedo más.
Con
esto, se sentó bajo la sombra de uno de los copiosos árboles y, sin
darse cuenta, se quedó profundamente dormido. Después de unos
minutos, Coletas pasó corriendo por allí y vio a su amigo dormido.
—¿Hijo?
¿Estás dormido?
Se
acercó al chico y, en efecto, dormía como un bebé. Lo miró unos
instante más y un bostezo escapó de su boca. Las ganas de también
dormir lo sorprendieron; pero no negándose el gusto tomó asiento a
un lado del otro y cerró sus ojos. Momentos después, Triple, muerto
de cansancio, llegó a donde estaban y al ver a Coletas, dijo:
—Por
fin… te tengo —se acercó a él y bostezó de manera prolongada—.
Por fin… aquí y… ahora —volvió a bostezar—. Podré,
podré…—se sentó a un lado del par, disfrutando de la sombra y
sin darse cuenta, empezó a cabecear—. Podré… vengarme —fue la
última palabra que salió de sus labios porque el cansancio previo y
la fatiga de la carrera lo derrotaron, por lo que quedó dormido.
Los
dos secuaces pasaron por allí y vieron a los tres dormidos al pie
del árbol, bajo la fresca sombra de éste. Los dos intercambiaron
miradas. Se encogieron de hombros, se acercaron a la sombra, se
acomodaron en un buen lugar y decidieron acompañar al trío en su
reposo.
—Dulces
sueños —dijo un secuaz antes de perder por completo la
inconsciencia.
LA
PLAGA
Era
una tarde soleada y bonita en Sosonia. Mio Natán caminaba de manera
despreocupada por el parque observando de manera detallada su
alrededor y de vez en cuando, detenerse a apreciar la belleza de las
flores. En ese momento se encontraba en ese lugar del pueblo porque
deseaba encontrar piedras de extraña apariencia o color que pudieran
unirse a su colección. Sí, una extraña afición, pero así era él.
Ya
había dado con algunas peñas y las llevaba guardadas en una pequeña
mochila que llevaba consigo. Concentrado estaba en realizar su labor,
que no notó que el tiempo se le pasó volando hasta que su estómago
lo resintió gruñendo sonoramente, indicándole al rubio que debía
alimentarse. Pensó calmar su hambre de manera lujosa, por lo que
decidió ir al restaurante. Estaba por salir del parque cuando un
objeto extraño, ubicado en el pastizal, llamó su atención.
—Pero
qué cosa tan rara ¿Qué será? —se preguntó mientras tomaba el
objeto y lo analizaba con sus grises ojos.
El
objeto parecía una roca, lo único fuera de lo usual era que éste
tenía muchas perforaciones minúsculas en todo su rededor. Se
encogió de hombros y, seguro de que lo investigaría más tarde,
echó la “piedra” junto con las demás. Tuvo que empujar las
otras hasta más al interior porque la estrecha mochila no permitía
la entrada a otra cosa. Con esfuerzo, Mio logró que por fin entrara
a los límites del macuto, mas no pudo cerrarla porque la “roca”
esa quedó un tanto fuera del cierre. Se la llevó abierta al
restaurante.
Al
llegar, buscó una mesa libre, se sentó al encontrarla y pidió lo
que deseaba comer. No esperó demasiado y, una vez estuvo frente a su
festín, lo devoró con alegría. Al terminar, pagó la cuenta, se
levantó, tomó su mochila, la que había dejado apoyada en una de
las patas de la silla, y se la puso. No se dio cuenta que la cosa
extraña se le cayó y rodó hasta que se le terminó el vuelo de la
caída, quedando en una esquina escondida del restaurante. Mio se
fue.
Ya
terminada la jornada de trabajo, en la noche, lo chefs cerraron el
restaurante y cada quien se fue a su respectivo hogar sin saber que
dentro del restaurante pasaba algo que le ocasionaría problemas a
muchos de allí; ya que, del objeto que Mio había encontrado,
comenzaron a salir unos pequeños bichos que fueron extendiéndose
hasta que invadieron todo el lugar.
A
la mañana siguiente, Jefe, que siempre era el que llegaba temprano
para abrir el restaurante, se encontró con algo sumamente asqueroso
y nauseabundo una vez hubo abierto las puertas del local. Los
bichitos estaban en el suelo, el baño, ¡la cocina! El chef cerró
la puerta sorprendido y con ganas de vomitar. Sacó su súper celular
y llamó a Remmy…
De
rato, el otro cocinero llegó y observó, confundido, a Jefe sentado
en las escaleras.
—¿Qué
sucede? ¿Por qué la urgente llamada? —inquirió el inventor de
platillos.
—Una
plaga, Remmy, una espantosa y horrible plaga.
—¿Cómo?
Nunca, jamás, en toda la existencia de Los mil gustos ha habido
plagas. ¿Cómo pudo suceder algo así? —el desconcierto era
evidente en la voz de Remmy.
—No
lo sé, es…
—¿Sucedió
algo? —interrumpió Coo, quien acababa de llegar, muy agotado—.
Te oíste bastante ansioso y preocupado cuando me hablaste.
—Hay
una plaga en el restaurante —le dio las malas noticias Jefe.
—¿Cómo
así? —el menor del trío se sorprendió ante el anuncio.
—No
lo sabemos, es lo malo —argumentó Remmy.
Los
tres chefs se sumieron en un largo e incómodo silencio, mientras
cada uno formulaba una lógica idea del porqué pudo haberles pasado
algo tan… poco higiénico. Tiempo después, hicieron su aparición
Lin-Lin y Rojita. Las dos se extrañaron de encontrar a los cocineros
fuera del restaurante, con el entrecejo fruncido además.
—¿Chefs?
—intentó sacarlos de su ensimismamiento Rojita.
—¿Oigan?
Bueno, perdonen la tardanza, pero no creo que sea como para que se
molesten tanto, ¿o sí? —se preocupó Lin-Lin, ya que pensó que
sus patrones estaban enojados con ella por llegar un poco tarde al
trabajo.
—No,
no es eso —habló por fin Coo—. Lo que ocurre es que hay una
plaga en el restaurante.
—¿Una
plaga? —se escandalizó Rojita—. ¡Qué horror!
Los
tres adultos asintieron.
—¿Por
qué no llamamos a un exterminador? Ellos son los expertos en cuanto
a qué hacer en este tipo de casos, ¿no? —cuestionó Lin-Lin
razonando las cosas.
—No
es tan sencillo —comentó Remmy—. Si llamamos al exterminador
todos se enterarán de la plaga y si todos se enteran, se entera Reyd
y si Reyd se entera… —suspiró de manera prolongada antes de dar
el ultimátum—. Clausuran el restaurante.
Los
presentes hicieron un mohín de susto ante la simple mención de este
hecho. ¡Ni pensarlo! Los mil gustos eran parte importante de Sosonia
y los trabajadores de allí lo eran aún más. ¿Qué sería de ellos
sin el restaurante? En eso, llegaron Coletas e Hijo.
—¿Qué
pasa? —preguntaron al coro al sentir el ambiente decaído.
—Hay
una plaga en Los mil gustos —les informó Rojita.
—¿Qué?
—unieron nuevamente sus voces al exclamar sorprendidos. Coletas
continuó—: Eso es un grave problema.
—Sí,
¿qué no saben que pueden clausurar el restaurante? —apoyó Hijo a
su amigo.
—Por
supuesto que lo sabemos, ¿qué piensas? —contestó Lin-Lin
sintiéndose molesta por la pregunta tonta de Hijo.
—Qué
genio el tuyo, hoy —Hijo se mantuvo alejado de la pelinegra por
seguridad.
Entonces,
apareció Dulce, con su típica expresión melosa y los saludó a
todos.
—Hola…
Se ven terriblemente mal, ¿ha sucedido algo? —indagó al notar
también, el extraño ambiente que se formaba con ese grupito.
—Hay
una plaga en el restaurante —le comunicó Rojita.
—¿Una
plaga? No te creo ni una palabra —le dijo Dulce nada amigable y se
encaminó al restaurante. Todos intentaron detenerla, pero ella los
ignoró por completo y abrió la puerta del lugar. Se llevó la misma
sorpresa que Jefe al principio del día. Un gran y agudo grito salió
de sus cuerdas vocales.
—¡Quítenmelos!
¡Quítenmelos! —chilló alocada pensando que se le habían subido
los animalillos esos y muy asustada se aferró del brazo de Coletas.
El muchacho se inquietó y un nerviosismo extraño lo invadió al
darse cuenta de que Rojita los miraba muy seria. A duras penas se
zafó de Dulce.
—Yo
no sé ustedes, pero yo voy a deshacerme de esa plaga. No podemos
permitir que cierren el restaurante para siempre —dijo Coletas muy
decidido.
—Es
cierto —concordó Hijo—. No podemos permitir que nos quiten algo
que apreciamos.
Todos
estuvieron de acuerdo en esto y, resueltos, trataron de pensar en
cómo acabar con la plaga repugnante. Estaban tan absortos en sus
pensamientos, que apenas notaron que Triple llegó al cuadro que en
ese momento conformaban todos ellos. Lo miraron pensativos, mucho muy
pensativos y hasta cierto grado, con profundidad alarmante. Triple lo
notó.
—¿Qué?
Ahora hasta llegar a un lugar público es malo, ¿o qué?
Lin-Lin
lo vio con abatimiento y se comentó:
—Uf,
más plaga por deshacernos.
—¿Y
por qué tan pensativos? —preguntó Triple.
—Hay
una plaga en el restaurante —notificó Hijo. Sus jóvenes amigos lo
sisearon.
—¿Una
plaga? —Triple se sorprendió aún más—. ¡Wow!
Lin-Lin
le dio un zape Hijo en la nuca y, acercándose al ojiverde, espetó:
—Sí,
una plaga. Ese tipo de accidentes pueden ocurrirle a quién sea y
dónde sea, ¿no crees?
—No,
sí, está bien; pero no te preocupes, mi amor. Yo te protegeré de
esa horrenda plaga —aseguró el castaño y, tomando desprevenida a
Lin-Lin, rodeó el cuello de ella con su brazo. Ella enrojeció y
tembló de ira.
—Si
no te alejas romperé tu quijada —sus palabras se ahogaron por la
furia contenida.
—Lo
haré si me das un beso —chantajeó de Lizaldy.
Al
escucharlo, Lin-Lin no esperó invitación y le pisó el pie cargando
todas las fuerzas que el enojo le dio, luego, le propinó un puntapié
en la pierna. Se alejó de él.
—Auch,
auch, grrr, comienzo a gustarle —se auto convenció Triple.
—Mira,
Triple —habló Coletas, enojado y es que su sola presencia lo
sacaba de quicio—, esto a ti no te incumbe; así que por qué no le
haces un favor al mundo y te desintegras.
—¿Qué
me habrá querido decir? —Se preguntó el joven en un susurro—.
Bien, pero recuerda, Coletas, me vengaré y te tengo en la mira.
Cuando
estaba a punto de alejarse de allí, Hijo le pidió:
—Que
nadie se entere de la plaga que después clausuran el restaurante.
Sus
amigos volvieron a chichearlo.
—¿Clausurar
el restaurante? —repitió Triple.
Los
chefs asintieron. El castaño posó su vista en Coletas y lo notó
triste ante la posibilidad de la clausura.
—Si
Reyd llegara a enterarse, ¿qué pasaría? ¿Se sentirían mal? ¿Tú,
Coletas? —inquirió con malicia formulando un plan para hacer pagar
al joven atleta.
—No
lo harías —exclamó Coletas notando las intenciones de Triple.
—Yo
creo que sí. Por vengarme de ti… mmm… sí —y salió como bala
disparada a la presidencia. El grito de Coletas nombrándolo no lo
detuvo.
—Coletas,
no debes permitir que vaya y le diga Reyd. Tienes que detenerlo —le
dijo Rojita.
—Sí,
en tanto, ustedes piensen cómo deshacerse de la plaga.
—Pero
date prisa, no está muy lejos de la presidencia —lo apuró Jefe.
Así, Coletas corrió tras Triple—. Muy bien; he aquí el plan.
Dulce y Lin-Lin ustedes irán rápidamente a una tienda y compran
insecticida, todo el que necesiten y del más potente que haiga.
Rojita e Hijo, ustedes quédense con nosotros y ayúdenos a que
ningún bicho salga del restaurante. No queremos que esto se
extienda.
Con
esto, todos hicieron tal y como Jefe les había ordenado.
Triple
corría por las calles teniendo tras de sí a un muy furioso Coletas,
pisándole los talones. El mayor lo miró y le dijo:
—No
esta vez, Coletas. Hoy seré yo el que gane.
—Ja,
eso piensas, ¿eh? Pues…. ¡sorpresa! —y el morocho se lanzó al
suelo tomando el pie de Triple haciendo que éste callera al suelo
sin ninguna protección, pues ni las manos puso, por lo que su
barbilla fue la que recibió gran parte del impacto de la caída. El
golpe fue lo suficientemente fuerte como para nortearlo un poco,
dándole a los demás valioso tiempo.
Dulce
y Lin-Lin entraron presurosas al restaurante con bolsas en las que se
encontraba el potente repelente contra insectos.
—Agh,
¡qué asco! Voy a vomitar —se quejó Dulce sintiendo náuseas.
—Cierra
la boca, princesita y ayúdanos a rociar el veneno; pero antes ponte
esta mascarilla —le indicó Lin-Lin, así como a los demás.
Todos
se colocaron la mascarilla y comenzaron a echar repelente mata bichos
por todo el restaurante. No faltó ni el más pequeño recinto en el
que no aplicaran el tóxico químico.
—Muy
bien, Hijo, trae los ventiladores para que el olor y lo que reste del
veneno se vaya y no nos haga daño. Después, Rojita, traes las
escobas, trapeadores, trapos, limpiadores y el cloro para limpiar
todo esto y recoger los bichos muertos —ordenó Coo.
Ambos
chicos se apresuraron a hacer lo que les habían ordenado. Una vez,
ventilado un poco, iniciaron con la labor de limpiar todo el lugar
con color y desinfectante.
Triple
y Coletas peleaban en el suelo, ya llevaban así un bien rato.
Entonces, Triple, dándole un estratégico golpe a Coletas, se lo
sacó de encima y, sin perder un segundo, se irguió y corrió a la
presidencia; le faltaba poco para llegar a ella. Subió las escaleras
y abrió las puertas encontrándose con Reyd dormido. Se acercó a él
y lo despertó zarandeándolo un poco.
—¿Qué,
qué es lo que quieren? —preguntó Reyd saliendo de su ensoñación,
confundido.
—Sr.
Reyd, hay una plaga en el restaurante Los Mil Gustos.
—¿Una
plaga? No en mi pueblo —y despabilándose por completo y
cumpliendo, por primera vez, con su puesto como líder del pueblo,
Reyd tomó el teléfono y llamó a un exterminador. Terminó de
hablar y él, junto con Triple, se encaminó al restaurante topándose
con Coletas.
—A
un lado chico, voy a deshacerme de algo —le dijo Reyd con cara
seria.
—Sr.,
no es verdad lo que le dijo Triple, sólo quiere, quiere hacerlo
molestar, es eso. En serio, no pasa nada, de verdad —suplicó
Coletas colocándose frente a ellos.
—Bueno,
no estaría mal echarle un vistazo al restaurante, para corroborar
las cosas —y sin pausar, Reyd siguió con su camino.
—Pero…
pero… pero… —Coletas estuvo a punto de decir algo, cuando
Triple lo interrumpió.
—Perdedor,
te lo dije —y acelerando el paso, se puso a un lado de Reyd dejando
atrás a un desconcertado Coletas.
En
el restaurante, terminaron de limpiar absolutamente todo y gracias a
que no apagaron los ventiladores, a la puerta y las ventanas abiertas
y al olor de los químicos de limpieza, el restaurante olía a flores
de primavera y ya no a insecticida. Todos se sentaron en las sillas,
completamente agotados.
Reyd
y Triple estaban a punto de llegar al restaurante y observaron una
camioneta que tenía pintado un insecto tachado.
—Ah,
el exterminador.
—¡Genial!
—Triple estaba contento. Por fin, hoy sería el día que se
vengaría de su enemigo. ¡Su día!
El
exterminador bajó de la camioneta y saludó al par.
—Buen
día, Sr. Reyd, mmm… joven.
—Buenos
días. Allí está el restaurante —Reyd señaló el susodicho.
Y
los tres se encaminaron al lugar, abrieron la puerta y… ¡se
encontraron con un establecimiento de comida libre de insectos!
—Vaya,
sí era una broma —se dijo Reyd.
—¿Qué?
¿Pero cómo…? ¡No es posible! —Triple estaba realmente
confundido.
—Bueno,
si nadie me necesita iré a mi casa —anunció el exterminador y se
fue.
—Chico
—le habló Reyd a Triple con mirada molesta—, estás en graves
problemas. Haz hecho algo imperdonable.
—¿Qué?
¿Mentirle? —cuestionó el joven sorprendido, porque en sí, no
mintió.
—Me
importa un cacahuate la mentira, por despertarme.
En
eso llegó Coletas y entró como si nada al restaurante. Triple lo
miró con odio y le dijo:
—Tú
crees que me has vencido, pero no. Apenas empieza esta pelea, ¿me
oyes? —e iracundo, Triple se fue de allí junto a Reyd.
—Vaya
que se lucieron con el restaurante —exclamó Coletas ya sin
presiones—. Acabaron con la plaga muy rápido y el lugar les quedó
mejor que antes.
En
eso, Mio entró al restaurante y saludó al verlos.
—Hola,
¿cómo están?
—Ahora,
muy bien —respondieron todos.
Mio
recorrió el lugar con su mirada y ésta se detuvo al ver el extraño
objeto del día anterior sobre una bolsa negra, que era de basura,
que estaba en la entrada, lista para ser desechada.
—Mejor
me llevo esto —cogió la cosa—. Tengo entendido que es una
especie de nido y podría ocasionar una plaga. Leí información
sobre esto.
—¿En
serio? —preguntó Jefe con cólera. Todos miraron al pobre rubio,
molestos, muy molestos para su gusto.
—¿Les
pasa algo? —inquirió él con tono inocentón. Los otros dejaron de
lado lo ocurrido e, ignorándolo, empezaron a realizar sus labores.
—Pero
en serio, Sr. Reyd, había una plaga, no es mentira —intentó
convencerlo Triple, encontrándose sentado en una silla como el
castigo que le impuso Reyd.
—¿Tú
la viste?
Triple
se quedó de piedra ante la pregunta del alcalde.
—No…
—Ves
que no es cierto —Reyd se acomodó en su silla, dispuesto a dormir.
—Maldición.
Ese Coletas me engañó. Hizo que pasara una gran vergüenza; ahora
con mayor razón lo odio más. ¡Pero esto apenas comienza!
—Guarda
silencio —lo calló Reyd enojado por el escándalo de Triple.
¡¡¡El
fin de la primera temporada!!!
¡¡¡No
se pierdan la segunda, será mejor que ésta; te lo garantizan tus
personajes favoritos de Sosonia!!!