lunes, 14 de abril de 2014

Sosonia



Sosonia es una historia es mi primera, la que hizo que me sumergiera en el mundo de la escritura. Nota: Es algo absurda, pero es comedia y para todas las edades. Además que es cómo una serie, cada capítulo es una historia nueva. Espero sea de su agrado.


EL MAL CASO DE LAS PÍLDORAS PARA EL DOLOR DE CABEZA

Una mañana muy alegre, Coletas Velasco un joven de 15 años, que posee ojos negros, cabello negro y piel morenita, él salió a practicar su discurso de entrada para recibir, dentro de una semana, el premio de: “El mejor atleta de Sosonia”.

Sosonia es de extensión amplia, pero la mayoría del terreno está ocupado por bosques, a uno de ellos se le conoce como “el bosque Misterioso”; Sosonia también posee un lago llamado MC, un río que lleva el nombre del pueblo y dos montañas, una ubicada en el noreste y la otra en el suroeste. El pueblo más cercano a Sosonia es Krill, que queda a una hora de él. En cambio, la ciudad más cercana queda a 3 hrs. Aprox. Será un pueblo pequeño, pero los que viven allí son muy felices.


En eso, llegó Hijo Wills su mejor amigo de cabello negro, ojos azules y piel blanca, lo saludó e iniciaron una conversación. Al pasar un rato, llegó Feliz Forever el chico de 16 años que se dice ser el joven más feliz del pueblo. Llegó muy alegre y comenzó a decir:

—La armonía es…

Fue interrumpido por Flor Remus, la novia de Hijo, morena, cabello negro semi-largo y que posee unos encantadores ojos verdes, que muy preocupada, preguntó a los tres jóvenes:

—¿Han visto a Rabitt?

Rabitt era su mascota, un lindo conejo de color café.

—No, no lo hemos visto— contestaron al unísono.

Rojita, la mejor amiga de Flor, una joven pelirroja de un rojo claro, tez blanca, ojos cafés y que está profundamente enamorada de Coletas, saludó a todos. Su vista se dirigió al joven Wills, quien muy molesto, debido a que fue interrumpido, decidió marcharse. Tiempo después, los demás deciden irse también.


Al día siguiente, Coletas se levantó de su cama y, como todas las mañanas, hizo su rutina diaria. Fue al baño, se lavó la cara para despertarse, fue a la cocina y le dio de comer a Reloj, un perro de raza dálmata. Al acabar de atender a su perro, una punzada en la cabeza lo sorprende. Se dirigió a su botiquín médico a revisar si tenía pastilla para ese dolor. Sin embargo, se dio cuenta que no tenía. Buscó en todos los rincones de su hogar, sin éxito. Se dirigió al pueblo a conseguir las susodichas píldoras, pero no encontró lo que buscaba. Ni siquiera en las tiendas de “Píldoras para el dolor de cabeza”.


Un poco retirado de allí, atrás de un árbol, Triple Júnior de Lizaldy, un joven de 17 años, bastante atractivo, alto de tez blanca, cabello castaño claro y ojos verdes lo observaba con unos binoculares y estaba burlándose de él, diciendo:

—Pobre de Coletas, sin medicina y con ese dolor de cabeza— riéndose más—, yo Triple, le ganaré y, otra vez, seré el mejor en Sosonia.

Triple es un buen deportista, pero no tanto como Coletas y por eso lo considera su rival y lo que más quiere en el mundo es vengarse de él. Esto se debe a que él era el mejor del pueblo antes de que Coletas llegara y ahora no es más que su sombra. También vive lejos del pueblo, eso sí, no vive solo, mantiene a seis personas a los cuales los hizo sus secuaces; aunque no les paga nada por trabajar, les da comida, ropa, techo, etc.


Hijo iba caminado hacía su casa y vio a Coletas, sentado en una banca de la plaza, agarrándose la cabeza y poniendo muecas como de dolor. Se acercó a él y le preguntó:

—¿Te sientes mal?

Coletas asintió, porque con el dolor no podía ni hablar.

—Ah, ¿te duele la cabeza?— Coletas volvió a asentir—. Vamos a mi casa— continuó Hijo—, le preguntamos a mi papá si tiene una aspirina.

Así, los dos se marcharon a la casa de hijo. Llegaron a la tienda de donas, Braket Wills es dueño de un negocio de donas y vaya qué donas tan ricas vende. Pues a pesar de que Sosonia es un pueblo pequeño, se venden muy bien y no sólo eso, sino que su negocio ha crecido mucho, pues un par de veces a la semana transporta gran cantidad de sus ricas donas a la Ciudad. Su personalidad es la de un niño, pues es muy juguetón. Su mejor amigo es el padre de Flor.

—Pa, fíjate que a Coletas le duele la cabeza y nos preguntábamos si tienes algo para el dolor —preguntó ansioso Hijo.

—Claro que sí— contestó Braket a ambos.

Buscó, buscó y buscó… y buscó más pero encontró de todo, excepto píldoras para el dolor de cabeza.

—Lo siento, hijo. Creo que no tengo— le contestó Braket a su pobre hijo.

Hijo suspiró y le dijo a Coletas animado:

—No te preocupes, vamos a ayudarte —echó un vistazo a su papá, para observar que el hombre se encontraba entretenido mirando todas las cosas que había encontrado—. ¡No! Más bien, yo voy a ayudarte.

De esa manera salieron de la donería y se dirigieron a la casa de Gordo Padilla, un joven de complexión rechoncha, es bastante distraído. Se caracteriza por ser chismoso y el que sabe más que cualquier persona en el pueblo. Hijo tocó la puerta de los Padilla, ya que Coletas no podía debido al terrible dolor de cabeza. El joven de 19 años se hizo ver y con ello la pregunta de Hijo:

—Oye, amigo, ¿no tienes algo para el dolor de cabeza?

—Oh, sí, claro que sí. Ahorita vengo —entró a su casa.

Mientras tanto Hijo y Coletas se sentaron en una roca que estaba por allí.

Se quedaron ahí sentados como cinco minutos, por lo que el dolor de Coletas incrementó aún más. Gordo por fin salió y consigo llevaba un gran mazo y estaba a punto de darle con él a Coletas en la cabeza, cuando Hijo lo detiene asustado.

—¡No Gordo! A eso no me refería con el dolor de cabeza, sino a pastillas para quitar el dolor, no provocarlo.

—Ah. A eso te referías —comprendió el adolecente —No, no tengo, lo siento.

Aún con el dolor de cabeza y enfadado, Coletas estuvo a punto de marcharse e Hijo lo detuvo.

—Espera. No te desanimes, aún hay muchas personas a quienes podemos pedirles algo para el dolor.

Con eso, los dos se dirigieron al bosque, el bosque que divide el rio Sosonia y a duras penas llegaron a la morada de los tres vagabundos; Fea, Payaso y Jumbo. Los tres trabajaban con Triple, pero a diferencia de los seis que viven con él, ellos no son recompensados con ropa y esas cosas, debido a que no son secuaces “oficiales”. Trabajan por él por Fea, quien está profundamente enamorada de Triple.

—¿Ustedes tienen algo para quitar el dolor de cabeza? Es para Coletas —preguntó Wills, deseoso de que dijeran que dijeran que sí.

Jumbo Villas, de 19 años, de pelo negro, ojos negros, tez blanca, el más tonto de los tres, el más flojo de los tres y el que más se mete en problemas, les dijo:

—Claro que…

No pudo continuar con la oración por que sintió un pellizco y miró a Fea Mebale, le regresó la mirada enfadada, para luego contestar:

—No, no tenemos.

—Está bien. Gracias de todos modos —contestó Hijo empujando a Coletas—. Vámonos ya. Me da mucho miedo estar aquí.

Cuando los invitados no deseados se fueron, Payaso de cabellos pelirrojos, tez blanca y ojos caoba miró con intriga a su amigo, para después preguntarle:

—¿Qué pasó? ¿Por qué esa reacción?

—Porque Fea me pellizcó —se quejó mientras se sobaba la parte afectada.

—Imagínate que el jefe se entera de que ayudamos a su enemigo —habló la mujer —Ya nos hubiera andado con él.

Ya sin darle mucha importancia a lo sucedido, los tres hicieron su rutina diaria.

Hijo y Coletas iban saliendo del bosque, para ir al centro de Sosonia, cuando se topan con Mio Natán Lemurs, de cabello rubio de tono fuerte, chino y esponjado,  piel güera. El joven más torpe del pueblo. La persona que el 80% de lo que hace le sale mal y el que es más alérgico de todo en el pueblo, mencionó al ver a Coletas e Hijo.

—El Sr. Braket me dijo que Coletas necesitaba una aspirina para el dolor de cabeza. Venía a buscarlo, porque yo tengo una caja, aquí está —aun algo retirado, les enseña la caja.

Estaba a punto de llegar, tan solo le faltaba cruzar el puente de madera para cruzar del otro lado del río, cuando, accidentalmente, tropieza y suelta la caja, la cual cae al agua.

—Ups…— Mio observó la caja de aspirinas hundirse en el agua, tragó saliva con dificultas y levantando su vista, sus ojos grises observaron a Hijo y Coletas lo miraron enojados. Sin duda, si las miradas mataran él ya estaría muerto, así que pidió suplicante, casi llorando—. No… no me peguen, por favor  —sin esperar a que sus suplicios fueran siquiera escuchados, salió corriendo del susto.

Coletas estaba tan desesperado que gritó, lo que provocó que Hijo se asustara, pero después le mencionó para calmarlo un poco.

—Espérame un momentito en tu casa. Es mejor que vayas a descansar, voy a buscar a Feliz para ver si tiene pastillas o algo para quitar el dolor.

Sin remedio alguno, Coletas le hizo caso, porque ya no aguantaba, por lo que se encaminó a su hogar a descansar ya que, por todo lo que pasó este día, el dolor le era ya insoportable. Sin embargo, sus planes fueron frustrados al ver a Triple, que estaba enfrente de su casa, con sus aliados.

—¿Buscabas esto? —le dijo Triple al verlo mostrándole un frasco pequeño de píldoras.

Coletas, hartó, se fue contra él para tratar de quitarle el frasco, pero Triple, claro estaba, no se iba a dejar.


Cuando Hijo llegó al centro del pueblo, buscó a Feliz, porque no lo halló en su casa, lo encontró sentado en la plaza leyendo un libro. Wills se acercó a él y le dijo algo cansado:

—Feliz, fíjate que a Coletas le duele la cabeza y me preguntaba si no tenías algo.

—No, no tengo. Pero recuerda que la paciencia es…

—¡Rayos! —lo interrumpió.

Y como nadie lo escuchaba, Feliz se fue un poco enojado, pero se repetía una y otra vez:

—Recuerda, la paciencia es fundamental para la felicidad.

Hijo tuvo la intención de regresar con Coletas y en el camino se encontró a Rojita y Flor.

—¿Qué sucede, Hijo? ¿Por qué buscabas a Feliz?— le preguntó Flor al recordar que momentos antes le había preguntado por él.

Hijo les contó todo lo que pasaba con Coletas y cuando acabó de contarles, Rojita les dijo:

—¿Qué esperan? Vamos con Coletas.

Con esto, se dirigieron a la casa de Coletas. Después de caminar un rato, Flor gritó:

—¡Miren!

Ambos voltean e Hijo pregunta:

—¿Qué? ¿Un monstruo?

—No —exclamó Rojita alegre—, es Rabitt.

Hijo furioso les recordó.

—Oigan, chicas. ¿Qué sucede con Coletas?

Flor cogió a su mascota y así, se fueron a casa de su amigo.


Mientras tanto, Coletas y Triple, se mantenían entretenidos, peleando. Pues, cuando Coletas tenía el frasco, Triple se lo quitaba y cuando Triple lo tenía, Coletas se lo quitaba y así sucesivamente y de esa manera estuvieron un largo rato, hasta que llegaron Hijo, Flor y Rojita. En ese momento, el turno de tener el frasco fue del mayor.

—Miren quien tiene el frasco —comentó Hijo apuntando al castaño.

Triple al verlos, les dijo a sus secuaces:

—Atrápenlos.

Ellos muy obedientes, los rodearon incluyendo a Coletas, quien muy enojado y cansado, le gritó y chifló a Reloj. Cuando el perro salió de la casa y los secuaces lo vieron no tardaron en salir corriendo, lo que hizo que Triple muy enojado les gritaran:

—¡No corran, cobardes! ¡Es solo un perrito!

En ese momento, Reloj saltó para proporcionarle una mordida en el trasero y ese hecho lo obligó a que soltara el frasco.

—¡Ah! ¡Espérenme!

Y salió corriendo con un dolor terrible, en la retaguardia.

Coletas tomó el bote, fue a su casa, se tomo la píldora y dentro de un rato suspiró de alivio al no haber más dolor y muy agradecido, se dirigió a sus tres mejores amigos.

—Qué a gusto me siento. Gracias amigos, muchas gracias.


Mientras tanto, Triple en su casa se quejaba de su gran y terrible dolor, pues el pobre ni podía sentarse, preguntó a sus secuaces:

—¿No tienen una pastilla para el dolor?



EL TROFEO

Una mañana, cuando el sol entró por la ventana de la casa de Coletas, él se levantó muy alegre, porque ese mismo día a las ocho y media de la noche, recibiría su premio de: “El mejor atleta de Sosonia”, así que comenzó a ensayar su discurso de cinco minutos. En eso, tocaron la puerta. Coletas se dirigió a abrirla, encontrándose con Hijo.

—Hola Coletas —fue el saludo de Hijo—. Mira, mi papá te manda estas donas.

—Gracias.

—De nada. ¿Qué estás haciendo?... Ah, ya sé. Ensayas tu discurso. ¡Cielos! Si fuera tú, yo estaría nerviosísimo. ¡Mira! Ni siquiera puedes decirle a Rojita lo que sientes por ella, imagínate ahora, hablar enfrente de todo el pueblo que estará en el auditorio Sonia. ¡Oh! Yo sí que me pondría nervioso. ¿Qué tal si mi discurso no les gusta? ¿Qué sería de mí?... Bueno, sólo vine a entregarte las donas, así que adiós.

Hijo se marchó, mientras tanto, Coletas se quedó pensando en lo que le dijo preocupándose un poco, ya que, por un lado tenía razón.

—Es cierto. Si no le puedo declara mi amor a Rojita, ¿cómo diré ese discurso en público?— se dijo Coletas.

A las siete y media de la noche, Coletas salió directo al auditorio para llegar puntual. Estaba caminado tranquilamente y cuando acaba de cruzar el puente, escuchó una voz que le habla:

—Hola Coletas.

El chico dirige su vista a donde supo provino la voz, encontrándose con Dulce Choki, una joven un año mayor que Coletas, dueña de una cabellera rubia, ojos azul celeste y piel blanca. A pesar de su físico envidiable, ella no es muy dulce como lo dice su nombre, odia a Rojita porque a ella también le gusta Coletas. Es muy presumida, solo habla de sí misma y es de padres separados pero con dinero.

—Hola Dulce… ¿Qué haces aquí? —la saludó extrañado de verla en ese lugar.

—Pues, obvio,  vine a recogerte.

Coletas movió los ojos de un lado a otro, tratando de encontrar una salida.

—Lo que pasa es qué… Como ya se me hizo tarde, tengo que llegar temprano, así que voy a cruzar por el bosque —apuntó las sombras oscuras que invadían el bosque.

—Oh ya veo —mencionó desilusionada mirando a esa dirección —Sabes, recuerdo que tengo cosas que hacer. Así que nos vemos en el auditoria, adiós.


Con ello, la rubia dio media vuelta para emprender su camino, mientras que Coletas se giraba del otro lado y mirando la oscuridad del bosque, camino a esa dirección, por otro lado, Triple estaba observando a su enemigo, escondido desde una gran roca que se encontraba por ahí. Mientras inhalaba aire, le comentó a sus secuaces:

—¿Huelen eso?

Sus secuaces, que estaban detrás de él, comenzaron a olerse para ver si no apestaban, luego Triple siguió hablando:

—Ese es el olor de la derrota. Este día, por fin podré ganar y vengarme de Coletas. Este es el plan: Haré que llegue tarde. ¡No! Más bien haré que no llegue jamás —una risa malvada salió de su garganta, luego se dirigió a sus secuaces y les ordenó chasqueando los dedos—. Ustedes, ¿qué hacen aquí? Hagan su trabajo, rápido.

Sus secuaces se fueron a su posición.


Coletas seguía caminado. No sabía con exactitud dónde estaba el auditorio, pues nunca había ido a éste, y el hecho de ir a ese lugar de noche, por el bosque —el que nunca había visitado —, no ayudaba mucho. Curiosamente, Coletas vio unas señales que indicaban hacia dónde estaba el auditorio, por lo que decidió seguirlas. Sin embargo, las señales lo condujeron a la espesura del bosque. Confundido, comenzó a caminar, sin saber muy bien a dónde ir para tratar de encontrar una salida, sin éxito. En eso, accidentalmente pisa una cuerda, claro que él no la vio, y quedó colgando de un pie.

Triple salió de detrás de un árbol.

—Vaya, vaya. Que desafortunado encuentro tuvimos, “amigo mío” —se burló—. No te preocupes, yo personalmente recogeré tu trofeo.

Y sin dejar de reír, Triple se dirigió al auditorio Sonia.


Todos en el auditorio esperaban a que iniciara la ceremonia. Dulce caminaba hacía su asiento. Al pasar junto a Mio, éste le saludó:

—Hola Dulce, ¿cómo has estado?

Ella ni se molesto en dirigirle la mirada y siguió su camino.

—¡No puede ser! —se dijo Mio —Dulce me pisó el pie. ¡Soy tan feliz!

Dulce se topó con Flor, Hijo y Rojita y los saludó:

—Hola Hijo, hola Flor —miró a Rojita y después de escudriñarla de pies a cabeza saludó de la misma manera, pero sin ganas—. Ah, hola Rojita.

Sin más, ella se apartó, pero se encontraba tan enojada de sólo verle la cara a Rojita que se decía, para tranquilizarse mientras se sentaba en su lugar:

—Recuerda Dulce, eres dulce y perfecta. Soy perfecta, muy perfecta.

Delante de ella, se encontraban Fea y Payaso, el último comentó al notar algo extraño en su jefa:

—¿A quién esperas, Fea? Luces demasiado ansiosa.

—No, no a nadie —le contestó un poco distraída y para desviar aquella conversación, preguntó—. ¿Dónde está Jumbo?

—No lo sé, no soy su nana, ni su niñera, él ya está grandecito o eso parece; así que él debe cuidarse solo.

En eso, cómo si hubiese sido invocado, Jumbo se acercó y se notaba muy cansado.

—Hola chicos… ¿Qué hacen?

Payaso preguntó inquisitivo.

—¿En dónde te metiste, Jumbo?

Antes de que Jumbo pudiera responder, llegó la policía y los acompañaba Braket, que muy molesto mencionó a la policía:

—¡Oigan! Allí está el que trató de robarse mis donas. Atrápenlo.

—¿Te sigue la policía? —preguntó Fea mirándolo con seriedad.

—Sí. Eso parece, ¿no?

—Ya te he dicho un billón de veces que hagas ejercicio, gordo, para que puedas correr y escaparte fácilmente de la policía —le recordó Payaso.

Y con eso, Jumbo salió corriendo y algunos policías lo siguieron, pero un par de ellos se detuvieron y uno de ellos le preguntó al otro:

—Oye, amigo. ¿Esos dos de allí no se querían llevar una caja de fruta de la Sra. Sarah?

—Es verdad, son ellos. Vamos a atraparlos.

Cuando Fea y Payaso se dieron cuenta de las intenciones de los uniformados, ambos gritaron:

—¡Espéranos Jumbo!

Y también salieron corriendo.


Arriba del escenario y detrás del telón, Reyd Mandamás, el alcalde de Sosonia de 43 años y el que por ser la máxima autoridad en el pueblo, siempre dirige las ceremonias, fiestas y demás festividades, estaba observando el alboroto que tenían la policía y los tres vagabundos.

—Que esto se acabe de una buena vez —bostezó. A Mandamás le encanta su trabajo, aunque la mayor parte del tiempo duerme más que un bebé—. Sólo quiero ir a dormir a mi casa, estoy cansado y más por ese ruido.

Se abrió el telón e inició la ceremonia:

—Bienvenidos sean al auditorio Sonia. Cómo saben, hoy les entregare a ciertas personas un trofeo por aportar algo a Sosonia.

Todos gritaron y aplaudieron tomando sus lugares. Excepto los tres, los policías y Braket, quienes todavía estaban en su alboroto.


Mientras tanto, Triple y sus secuaces entraron al auditorio. Subieron al segundo piso, y se quedaron cerca de una ventana. Fue cunado Fea lo ve y se detiene provocando que sus dos amigos también lo hicieran.

—¡Mira!

—¿Qué? ¿Una moneda? —preguntó Jumbo ilusionado mientras buscaba con su mirada la moneda.

Cómo los tres se detuvieron, los policías los atraparon y se los llevaron a la cárcel… otra vez.


En tanto, Coletas trataba de soltarse de la trampa que le puso Triple. Intentó moverse de un lado a otro para tratar de salir. La rama en la que se encontraba la cuerda amarrada, se rompió y Coletas cayó al suelo. Se levantó adolorido, sobándose la cabeza (choya, maseta, cocoyo, etc.).

Mirando su reloj, que era de lucecita, se dio cuenta que iba a llegar tarde a la ceremonia. Miró a todos lados hasta que, de lejos, alcanzó a ver unas luces, pequeñas y diminutas luces, no eran luciérnagas, y se dirigió hacia ellas. (Recuerden, no eran luciérnagas).


Con Triple, uno de sus secuaces lo golpeó levemente en el hombro para llamar su atención. Triple enojado le gritó:

—¡¿Ahora qué?! No vez que estoy disfrutando esto. Cuando mencionen a Coletas y vean que no ha llegado, yo Triple, me robaré el trofeo —rió.

El secuaz, sin tener otra opción, le gritó en el oído dejándolo casi sordo:

—¡El enemigo se acerca!

Metiendo el dedo en el oído afectado, Triple le mencionó son voz fuerte.

—¡No grites, que no estoy sordo! —Luego, reaccionó a las palabras de su secuaz—. ¿Cómo que se acerca?

Triple empujó a su subordinado y miró por la ventana, gracias a la luz de afuera diviso a Coletas acercándose al auditorio, además que su semblante no se veía pacifico.

—¿Por qué no me dijiste antes? —Preguntó Triple a su secuaz—. ¿Qué esperan, holgazanes? Vayan y deténganlo. Sólo faltan pocos minutos para que lo mencionen.

Y así hicieron, los seis trataron de detenerlo, plantándose frente a él con los brazos extendidos.

—Felicidades, Coletas —gritó uno y otro le dio un zape.

—Tonto. Tratamos de impedir que vaya por el trofeo, no halagarlo para que vaya por el trofeo.

—Ah, de veras.

Sin embargo, Coletas se abrió paso entre ellos, sin dificultad y siguió. Los secuaces no supieron qué más hacer para detenerlo.

Triple, observó toda la escena.

—¡¿Qué tengo que hacer todo yo?!

Y tuvo que bajar las escaleras e ir por Coletas y tratar de que no pusiera un pie en el auditorio.


En el escenario había un baile y cuando terminara, anunciarían a Coletas. Detrás del escenario se encontraban Reyd, Hijo, Flor y Rojita. El mayor les informó:

—Si su amigo, este…—Reyd trató de recordar el nombre del muchacho.

Hijo estuvo a punto de decírselo, pero Reyd lo interrumpió:

—No, no me digas. Este… Coletas, sí. Coletas. Si Coletas no llega en este momento, para cuando termine el baile, no podré darle su trofeo. No es que esté en contra de… del que mencione hace rato, es sólo que así son las reglas.

Hijo trató de convencerlo:

—Pero, señor, yo personalmente se lo puedo entregar. A lo mejor y está… no sé… Por algo llegó tarde.

—Lo siento, chicos. Pero sí —guardó silenció por unos segundos —Pero si el susodicho sabe que la puntualidad es muy importante. Además, él prometió llegar a tiempo. Si tuvo algo urgente que atender debió llamar o avisar para dar el anuncio de que no podía venir. Pero no lo hizo. Así que prácticamente no se va a presentar.


Sin que nadie supiera, afuera del auditorio, Triple y Coletas se peleaban a puño cerrado. Triple lo abrazó por la espalda fuertemente, para que no se le escapara. En ese momento, una persona pasaba por ahí, seguramente el conserje o algo y los vio por las farolas que los iluminaban débilmente. Sin embargo, por su mente pasó cualquier cosa menos que se peleaban, así que los miró extrañamente, casi con susto. Cuando Triple y Coletas se dieron cuenta de la extraña mirada que les lanzaba esa persona, inmediatamente Triple soltó a Coletas y éste trató de tomar el aire que Triple le había sacado por aquel fuerte abrazo. Se hicieron los inocentes.

La persona, que aún los veía extraño, se alejó desapareciendo en las penumbras. Triple miró ambos lados para ver si no había otra persona mal pensada y cuando estuvo seguro de que no, volvió a abrazar a Coletas con la intención de que se perdiera la entrega del trofeo. Pero en esta ocasión, Coletas sí se zafó de él y corrió al auditorio.


Cuando terminó el baile, Reyd iba a nombrar a Coletas y antes de hacerlo, entra el susodicho, por la puerta diciendo:

—¡Esperen! Ya llegué, ya estoy aquí.

Reyd, fastidiado por querer sólo ir a la cama, dijo:

—Como sea. Le entregó este trofeo a Coletas Velasco porque se lo merece y yo ya me voy a dormir.

Todos aplaudieron.

Triple, que ya había entrado al auditorio, vio como el Sr. Reyd le entregaba el trofeo a su enemigo. Se enojó mucho, se dirigió a Coletas.

—Tú crees que me has vencido. Pero volveré y me vengaré de ti. Ya lo verás…— se detiene. Pues un trofeo lo golpea en el rostro. Rojita se lo lanzó. Esto provocó la risa de todos, mientras Rojita decía:

—¿Querías un trofeo? Ahí lo tienes.


Con esto, todos vivieron felices, excepto Triple y sus secuaces, pues Triple se desquitó con ellos. Tampoco vivieron felices Fea, pues ella vive preocupada por Triple, Payaso, por estar preocupado por Fea y Jumbo, por no comer esa tarde.

Fin…

—Oigan. Mi discurso salió genial. No fue tan malo después de todo —comentó Coletas.


EL PRIMER PREMIO

Bien, la historia comienza así:

Estaba Coletas afuera de su casa, sentado en el porche, almorzando tacos, lo que indicaba que era muy de mañana y ésta era además muy soleada. Cuando muy concentrado estaba Coletas saboreando sus tacos, llegó Hijo y le dijo:

—Coletas, ven conmigo. Pasa algo en la plaza del pueblo, vamos a ver.

—No puedo —respondió Coletas—. ¿No ves que estoy saboreando estos ricos tacos del restaurante los Mil Gustos?

—Bueno, come rápido —sugirió Hijo.

Así, comió más rápido, lo que hizo que dejara de saborear sus tacos pues se los comía tan rápido que, en una de esas, se atragantó y casi se ahoga, pero Hijo le ayudó a recuperar el aire dándole unos golpecitos en la espalada. Coletas terminó su comida y los dos se dirigieron a la plaza. Cuando llegaron, Reyd estaba dando un discurso ante el pueblo.

—Gente de Sosonia, hoy, esta mañana, habrá un concurso cerca del lago MC. Habrá tres pruebas y al ganador se le dará un premio… y un premio, premio.

Entre el público, se encontraba Triple, que decía para sí mismo.

—Por fin voy a demostrar mis grandes habilidades y le ganaré a Coletas y todos dirán: “¡Mira! Coletas es el más grande bobo”. Ganaré este premio y me vengaré. El otro día no funcionó mi plan, pero hoy sí.

No muy lejos de Triple, Hijo le dijo a Coletas:

—Oye amigo, ¿por qué no te metes a la competencia? Eres muy bueno y seguro le ganaras a cualquier oponente.

Coletas aceptó participar y Reyd mencionó a la muchedumbre:

—Como vemos, ya tenemos a un participante, ahora, ¿quiénes serán los otros?

De entre la multitud alguien gritó:

—Yo, yo, yo le entro a la competencia…— el yo, yo, yo gritó, cuando Triple lo empujó para informar:

—Yo Sr. Reyd, yo acepto competir.

Mientras Coletas y Triple se miraban enojados, llenos de furia, Reyd comunicó:

—Muy bien, vamos entonces a la primera prueba.

Reyd condujo a los participantes al lago MC y detrás de ellos, los del pueblo de Sosonia y, por supuesto, Larry y Harry que son los comentaristas que harían más emocionantes la competencia.

Llegando al lago MC, Reyd anunció:

—La primera prueba en una carrera, quien llegué primero a la meta, será el campeón, ya saben cuál es la meta.

Los tres participantes se colocaron en sus posiciones y al escuchar: “en sus marcas, listos, ya comiencen” empezaron a correr. Triple tomó la delantera, detrás de él yo…yo y al último Coletas. Triple se decía:

—Coletas no me va a ganar, necesita más que correr —y rio tanto, que por tanto reír, perdió energía y sin darse cuenta, Coletas lo arrebasó y también yo…yo. Triple, perplejo, gritó—: ¡¿Qué?! ¡¿Cómo es que?!

Así que se esforzó por correr más rápido hasta que alcanzó a yo…yo y sin misericordia gritó:

—¡Quítate, tonto! ¡Hazte a un lado!

Lo empujó muy enojado. Yo…yo cayó al suelo rodando y no paró hasta que terminó el vuelo que llevaba con la carrera.

—¿Por qué a mí? —Se preguntó yo…yo, mientras gemía de dolor—. ¡Creo que se me fracturó el pie! Mugre Triple. Pero esto no se queda así… ¡Juro que me vengaré de él!

Desde su lugar, Reyd vio todo y este en vez de amonestar a Triple por tramposo, se dijo:

—Bueno, creo que nada más quedan dos participantes —bostezó—. Voy a dormir un rato.


—Oye amigo —habló Harry.

—¿Qué pasó? —contestó Larry.

—Mira, Triple lo que quiere es ganar y está haciendo trampa, ¿cómo ves?— comentó Harry.

—Bien lo que dicen Harry. ¿Para qué competir si no te divertirás?

—Tienes razón Larry, aunque no lo dijiste bien, pero tienes razón. Veamos la carrera amigo, nuestros participantes ya mero llegan al bosque Misterioso.


Mientras tanto, Triple, que no quería que Coletas le ganara la carrera  —otra vez—, tomó un atajo al bosque misterioso. Ya, en medio de este, lo único que se escuchó fueron sus gritos y llantos.

Así, Coletas llegó a la meta, ganando la carrera. Luego, se miró a Triple salir del bosque misterioso y arrastrándose hacía la meta, musitó todo adolorido y moreteado:

—¡Hay Dios! ¿Qué hay en ese bosque? —cayó derrotado.

En el interior del bosque misterioso, yo…yo rió frenético mientras miraba sus herramientas de tortura colocadas estratégicamente entre los árboles y arbustos. Con su risa, volaron los pájaros muy asustados, lo que hizo que Reyd despertara de su siesta y todo norteado, preguntó:

—¿Qué? ¿Qué sucedió? ¿Quién ganó? ¿Ya me puedo ir a mi casa a dormir? ¡Yo ya me voy a dormir!

De esta manera, Coletas ganó la primera prueba.

—La segunda prueba consiste en llegar a la otra orilla del lago MC —informó Harry.

—Pero, ¿crees que Triple haya aprendido la lección, Harry?— preguntó su colega.

—Eso quien sabe, es muy arrogante.

Para la segunda prueba, le dieron un bote a cada uno de los participantes, quienes comenzaron a remar. A medio lago, Triple se aventó al agua para ir nadando al bote de Coletas y hacerle un hoyo para que se hundiera, bueno, ese era su plan pero se acordó que no sabía nadar y comenzó a gritar:

—¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Ayúdenme, no sé nadar!

Alguien de la multitud, que observaba la carrera de botes, se aventó al agua y ayudó a Triple a regresar al bote, pero mientras eso sucedía, Coletas llegó a la orilla ganado esta vez —otra vez —la carrera.

En el bote, Triple remó hasta la orilla, pero antes de llegar a ella, el bote comenzó a hundirse y él volvió al agua. Gritó otra vez:

—¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡No sé nadar!

Pataleó hasta descubrir que el agua le llegaba a las piernas. Se puso como jitomate cuando escuchó cómo se reían de él. Salió todo empapado del agua mientras alguien despertaba a Reyd, quien dijo:

—Tenemos un ganador, así que le entregó este premio a…— trató de recordar.

—¡Coletas! —gritó alguien de entre el público.

—Sí, Coletas. Le entrego este premio a Coletas porque ganó estas dos carreras.

—¿Pero cómo? —gritó enojado Triple, haciendo berrinche—. Pero, ¡usted dijo que eran tres!

El Sr. Reyd les mencionó a todos:

—Sí, son tres. Pero la competencia que sigue es muy especial. Al que gane se le dará el premio, premio. Ganará el que suba a esa montaña y me traiga una flor de Atikulta, que sólo la pueden encontrar en ese lugar.


Un comentarista le dijo al otro:

—Oye amigo, crees que con la vergüenza que le pasó a Triple, ¿aprenda a no vengarse y hacer trampa?

—Eso quien sabe —contestó el otro.


Con esto, los dos corrieron a la montaña. Triple, como siempre se dijo:

—Esto será muy fácil. Oh, va a ser tan fácil, cómo quitarle un dulce a un bebé. Está vez ganaré —y volvió a reír.

Nadie vio como del lago, salió yo…yo, cojeando, con una mueca de dolor en su rostro, pero satisfecho cuando vio el taladro manual que tenía en las manos. Sin embargo, se puso muy serio, cuando vio a los dos participantes subir la montaña. Con su pie lastimado no podía seguirlos, así que debía idear otro plan y rápido.

En la cima de la montaña, Triple se dijo, tratando de buscar esa extraña y exótica flor de Atikaluta:

—Sí. Pero un bebé muy terco.

Cuando se dio cuenta que Coletas ya tenía esa flor, así que Coletas comenzó a bajar de la montaña. Muy enojado, Triple, al descubrir esto, dijo:

—¡¿Qué?! Esa flor es mía. Yo la encontré.

Sin más, se fue tras Coletas para quitarle la flor. Como Coletas no se iba a dejar quitársela, comenzaron a pelear y, en una de esas, Coletas soltó la flor, pero Triple saltó para poder tenerla y cuando la consiguió, dijo:

—¡Sí! ¡Ya la tengo! Como dije: cómo quitarle un dulce a un bebé.

Luego, de pronto, descubrió que estaba en el aire y gritó:

—¡Oh, oh, oh!

Así, rodó cayendo hasta abajo y hasta que llegó abajo, no dejaron de escucharse sus gritos de dolor. Pero eso sí, la flor lo acompaño, pues en ningún momento la soltó.

Una vez abajo, completamente agotado, Triple dijo, sin poder levantarse del suelo:

—Miren todos, yo Triple de Lizaldy traje la flor, no Coletas. Le he ganado a Coletas —y con un gran sacrificio, levantó la mano para enseñar la flor.

—Sí Triple, ya la vimos —respondió Reyd—. Traigan el premio. Triple se lo ha ganado.

Triple se levanta muy feliz mientras decía.

—¡Sí! Mi primer premio. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —rio contento, pero el dolor en todo su cuerpo hizo que dejara de reír.

Alguien se abrió paso por entre la multitud y yo…yo se acercó apoyándose en una muleta.

—Aquí está el premio —dijo yo…yo entregando una caja muy adornada a Reyd.

Reyd la tomó y luego se la dio a Triple, quien muy emocionado, tomó la caja y abrazándola enamorado, mencionó:

—¡Por fin gané! ¡Yo le gané a Coletas!

Triple abrió la caja y se quedó boquiabierto, tanto así, que la baba resbaló por su barbilla, luego, absorbiéndose la baba, gritó enojado:

—¡¿Cómo?! ¡¿Qué?! ¡¿Quedé tan molido para ganar una caja de donas?! —se volvió a Coletas diciéndole—. Tú crees que estoy vencido… auch… pero no lo estoy… auch… auch… ¡Volveré!... ¡auch!... a vengarme… auch, auch, auch.

Así, Triple se fue a su casa a descansar. Viéndolo partir, Coletas le dijo a Hijo:

—¿Qué le sucede? ¿Cuál es su problema?

—No tengo la menor idea —contestó Hijo sin importarle mucho—. Vámonos.

Y allá, un poco retirado de los espectadores, yo…yo, miró con triunfo el premio chapado en oro y dijo con júbilo:

—Nadie se burla de mí, Benji Benjino merece este premio… o sea, yo.

Lo que indica que Benji Benjino no tenía el pie roto.


EL REINO DEL MAL

Era de noche en Sosonia. Flor se encontraba en casa de Rojita, porque ella la invitó a una fiesta de pijamas. Hablando de varios temas, Flor comentó sobre la fiesta que se daría el día siguiente en el restaurante los Mil Gustos.

—¿Vas a ir a la fiesta? Dicen que va a ser fabulosa y lo mejor es que las chicas invitan a los chicos. Imagínate, sería tu oportunidad de invitar a Coletas… yo invitaré a Hijo.

—Hijo y tú son novios —comentó la pelirroja acompañada de una risita divertida —Pero tienes razón. Mañana lo voy a invitar… pero como amigos.

El par de amigas cenaron, se pusieron a jugar un rato y finalmente se fueron a dormir.


A la mañana siguiente, todas las chicas estaban invitando a los chicos a la fiesta. Cerca del restaurante, estaban Coleta e Hijo sentados en una de las dos bancas que se encuentran bajo la marquesina del restaurante. Entonces Hijo le comentó a su amigo.

—Coletas, como ya sabes, hay una fiesta esta noche y existe la novedad de que las mujeres invitan a los hombres, ¿crees que Rojita te invite a la fiesta?

—Sí— le contesto Coletas muy confiado.

Sin embargo, la duda lo asaltó y, sonriéndole a Hijo, le mencionó:

—Ahorita vengo.

Y se fue a buscar a Rojita, para que cuando lo viera, lo invitara. Rato después de que se fue, llegaron Rojita y Flor a donde se encontraba Hijo y éste se dirigió a Rojita:

—¡Oh, mira! Qué casualidad. Coletas se acaba de ir y quién sabe para donde.

—Tú eres su mejor amigo, Hijo. ¿No sabes a donde se fue? —preguntó Flor.

—Soy su amigo, no su guardaespaldas —contestó Hijo.

Rojita decidió ir a buscarlo.

—¿Quieres ir conmigo a la fiesta? —preguntó Flor a su novio cuando Rojita se fue.

—Claro, ¿por qué no? Somos pareja, ¿no?

En tanto, Rojita y Coletas se buscaban mutuamente y, así estaban las cosas: cuando uno estaba en cierta parte y se iba, el otro llegaba al mismo lugar. Así se la pasaron un rato, hasta que Dulce se encontró  a Coletas y esta le dijo muy sensual y dulce:

—Hola Coletas. Estaba pasando por aquí y no sé, me preguntaba si… ¿quisieras ir a la fiesta de esta noche, conmigo?

Coletas se puso algo nervioso por la invitación y tratando de buscar una salida, —nuevamente —dijo balbuceando:

—Bueno… yo… no puedo… porque… por… porque… ya me invitó Rojita.

Al escuchar esta última parte, el aspecto de Dulce cambió radicalmente a rabia:

—¡¿Qué?! —gritó furiosa—. ¡Rojita! Está bien, adiós— y se fue.

De camino, Mio N. se ponía enfrente de Dulce, pues quería llamar su atención, ya que tenía la esperanza de que lo invitara a la fiesta. Cada vez que ella caminaba un poco él se ponía enfrente y hasta hacía todo tipo de poses; pero como siempre, lo ignoraba. A pesar de esta indiferencia por parte de ella, Mio nunca se desanimaba en esas cosas del amor —y eso que es pesimista en todo —.


Rojita por fin encontró a Coletas, y le preguntó:

—¿Te gustaría ir…?

—Sí —el moreno contestó antes de que terminara de formular la pregunta y antes de que hubiera alguna otra interrupción—. Me gustaría ir a la fiesta contigo.


De detrás de una casa salió Triple con sus secuaces.

—Conque Coletas irá a la fiesta, ¿eh? Es perfecto. En esa fiesta, como va a estar todo el mundo, cuando me vengué de él, sabrán que es un fracasado —y una malévola risa brotó de su garganta.


En la noche, todos se encontraban en la fiesta. Disfrutaban, comían, bailaban y bebían (refresco, porque no se permitía la cerveza, ni el vino tinto, ni el blanco, bueno, no permitían nada que tuviera alcohol). Triple entró por la puerta y sus secuaces también, excepto uno que entró por la ventana. Cuando Triple lo vio lo regañó:

—¡Hey, tú! Para algo existen las puertas. Entra como es debido.

Con esto, el secuaz tuvo que saltar de la ventana y entrar por la puerta —cojeando —. Triple y sus secuaces subieron al segundo piso del restaurante y, con una especie da caña de pescar iba a pescar a Coletas, que estaba abajo, Triple explicó:

—Con esta… cosa, sea lo que sea, pescaré a Coletas y podre vengarme. ¡Oh! Creo que ya pesqué un gran pez gordo y habló enserio, gordísimo, ¿pues que comió?

Triple trato de subirlo, pero batallando tanto que, hasta sus secuaces tuvieron que ayudarlo. Cuando lo subió por completo se dio cuenta de que no era Coletas, se trataba de Rayo Veloz.

—¡Rayos! Es Rayo —se dijo Triple asustado.

Todos conocían al joven de diecinueve años, un joven de cabello negro con rayos blancos y ojos negros penetrantes. Es el bravucón de Sosonia. Todos lo respetan y le tienen miedo, aunque, le tiene más miedo que respeto; no pueden hacerle nada porque se enoja con facilidad. Por esa razón la intimidación de Triple, quien sonrió, por otro lado, Rayo lo miró con furia y golpeó a Triple. Después, Triple caminaba, con un ojo morado, hacia el ponche, en un vaso se sirvió del líquido y le dijo a sus secuaces, quienes lo seguían de aquí para allá.

—Mi primer plan no funcionó —caminó hacía donde estaba Coletas—. Pero el segundo si va a funcionar: le echaré encima el ponche a Coletas y cuando lo moje, irá al baño a limpiarse y yo lo estaré esperando para así golpearlo y meter su cara en el excusado para que beba del agua. Después, lo sacaré frente a todos y diré, “aquí está su héroe” —nuevamente rio como desquiciado.

Antes de llegar con Coletas, se resbaló con una rebanada de pastel, que estaba en el suelo; cayó de posaderas sobre el pastel que era de chocolate, y el ponche que tenía le cayó a Rayo. Triple se levantó y al hacerlo, todos se rieron de él, por la mancha café que estaba en su retaguardia. Pero a Triple lo único que le importaba en ese momento era salir vivo de allí, por lo que dijo a Veloz.

—Ah, los accidentes, como ocurren de repente, ¿verdad?... Oh, pero mira qué hora son —miró su muñeca izquierda en la cual no había reloj alguno—. Yo ya debería de… huir.

Y salió corriendo,  pero volvió a resbalar con el pedazo de pastel. Se levantó rápidamente, sonrió apenado y volvió a salir corriendo.

Afuera del restaurante, el muy solitario joven se decía:

—Mi plan no funcionó, pero el tercero sí… Un segundo, no tengo ningún otro plan.

Y cabizbajo se sentó en una banca, tratando de idear otro plan. Cuando escuchó una peculiar canción:

—Solo, no tengo a nadie…

Triple volteó y vio a uno de sus secuaces y le indicó enfadado:

—¡Déjame en paz! ¡Estoy tratando de pensar!

El secuaz regresó a la fiesta y Triple siguió pensando.

—Tal vez…no. Puede ser…

—No, eso tampoco —dijo el secuaz que volvió.

—¿No te dije que te fueras?

El secuaz dejó a su jefe solo y entró al restaurante, nuevamente.

—¡Ya sé!— gritó Triple jubiloso.

Volvió a entrar a la fiesta y quedándose junto a la puerta dijo:

—Mi plan es…

Se abrió la puerta de improvisto, aplastando a Triple, por lo que queda estampado en la pared. Todos los que estaban en la fiesta, se volvieron a ver a quien había llegado, resultando ser Michigan City el bien conocido como “el extranjero solitario”, entró a la fiesta y empezó a bailar.

—Mi venganza queda pospuesta… por ahora —se dijo Triple sobándose el rostro y llevándose a sus secuaces con él para descansar a su casa.

Ese día fue muy pesado para él —no tan malo como aquel día que se lo llevaron a pescar y quiso pescar un pez con sus propias manos y el muy bobo se aventó al río y la corriente se lo llevó, enfrente había una cascada y… no quieren saber que pasó después —.


Al día siguiente, los tres chefs del restaurante, Jefe, Remmy y Coo, hablaban de temas en general, en una de esas sacaron el tema de la fiesta de la noche anterior; Jefe mencionó pensativo:

—Qué raro…

—Oh, hablas de que Michigan fue a la fiesta. ¡Cielos! Eso sí que fue muy raro —le dijo Coo.

—Y no sólo fue Michigan —comentó Remmy—. También fueron Rayo y hasta Triple. Ellos nunca van a esa clase de fiestas.

—Bueno, cambiando de tema, ¿a quién le toca ir a atender a los clientes?— preguntó Jefe.

—Yo no. Yo los atendí todo el día de ayer. ¡Todo! ¿Escuchan? Todo el día de ayer —Mencionó Remmy tratando de defenderse.

—A mí ni me miren —dijo Coo a la defensiva—. Yo los atendí toda la semana pasada… excepto ayer.

—Pues yo tampoco iré —comentó Jefe decisivo, luego pensándolo bien siguió—: Pero la gente no tiene la culpa de que no tengamos mesero. ¿Qué vamos a hacer?

—¿Qué tal si vamos a los tres? —sugirió Coo.

—De acuerdo —contestaron los otros dos chefs, así todos fueron a tender a la clientela. Un cliente poco usual era Ironio Xocoyote, un chico de tan solo 10 años misterioso, que no saben de dónde vino, quienes son sus padres o si de verdad es de Sosonia, pues rara vez se lo encuentran caminando por el pueblo.

—Hola Ironio —saludó Jefe.

—Hola chefs —contestó tan serio como es—. Por favor, no quiero que me digan Ironio, sólo llámenme Iro.

—De acuerdo —afirmaron los cocineros—. ¿Qué vas a pedir? ¿Lo de siempre?

—Si, por favor.

Poco después, llegaron Coletas, Rojita, Hijo y Flor y tomaron asiento.

—Hola chicos, ¿qué van a pedir? —les preguntó Coo acercándose a su mesa.

Coletas fue el primero en pedir:

—Un caldo de res.

—Tráigame lo mismo por favor —informó Rojita.

—Yo quiero… un famoso Moaito a la fritanga y… una masacota al cebiche —pidió Hijo.

—Una carne asada —finalizó Flor.

Cuando Coo acabó de apuntar los pedidos y se fue, Hijo se dirigió a Flor:

—Creí que tú sólo comías frutas y verduras.

—Puedo comer la carne que ¡yo! Quiera y las veces que ¡yo! Quiera —le contestó Flor un tanto enojada.

Y la pareja inició una discusión sobre la comida. Concentrados estaban en eso, cuando llegó Remmy y al verlos preguntó:

—¿Otra vez discutiendo?

—Sí, otra vez. Como siempre —le contestaron Coletas y Rojita al unísono.

Remmy entregó su comida a cada quien y, antes de irse, les dijo a Flor e Hijo:

—Oigan, chicos. Dejen de pelear. Parecen marido y mujer —con esto se fue.

—Tiene razón —dijo Flor a Hijo—. No hay por qué pelear.

Hijo asintió diciendo:

—Es cierto. Lo siento, Flor.

—No, yo lo siento Hijo.

—No, yo tuve la culpa, yo lo siento.

—No, Hijo, yo lo siento.

—Que no, no, no y más no. Que yo lo siento.

Empezaron a discutir de nuevo. Rojita, fastidiada de ambos, los interrumpió:

—Ya dejen de pelear. Se parecen a sus padres.

—Sí, ya dejen de pelear. Los dos tuvieron la culpa —afirmó Coletas.

Sabiendo que sus amigos estaban en lo cierto, dejaron de pelear y empezaron a comer.


La puerta del restaurante se abrió un poco y Triple asomó la cabeza hacía el interior.
—Allí está mi enemigo —se dijo. Entró y se quedó a un lado de la puerta —este plan será mucho mejor que los otros. Éste será el premio gordo. Mírenlo, se ve tan indefenso comiendo… un momento… ¿Por qué no lo agarro dormido y ya? Ah, como sea. Saltaré, lo tumbaré de la silla y… y… y luego pensaré en otra cosa. Creo que debo dejar de hablar solo. Parezco loco. Ah, sigo hablando solo. Ah, olvídenlo.


Los cuatro amigos estaban comiendo, cuando Hijo habló:

—¿Hey? ¿Dónde está mi vaso? Estaba aquí hace un segundo, ¿lo han visto?

—No —contestaron los tres al coro.

En eso, Remmy estaba pasando por allí y, como no vio el vaso que estaba en el suelo, se resbaló con él, e Hijo comentó:

—Ah… ya encontré mi vaso.

Los cuatro, apuradísimos, se levantaron a ayudar a Remmy. Al momento en el que Coletas se levantó, Triple saltó a donde estaba sentado.

—Oh, oh…— se lamentó.

Su barbilla pegó en la mesa y ésta se volteó con todo y su contenido, por ello, la comida le cayó encima al pobre de Lizaldy. Avergonzado, se levantó, se limpió, se retiro de allí y se sentó en uno en una mesa mientras, Coletas, Rojita, Hijo y Flor recogían el tiradero que hizo.

Triple, ya sentado, se preguntaba.

—¿Por qué mis planes nunca funcionan? ¿Cuál es el error?... ¡Ah! Sigo hablando solo. Aparte de que mis planes no funcionan, ¡hablo solo!

En eso, llegó Michigan enojado y mojado, se sentó en la misma mesa que Triple. Se quedaron un rato en silencio, así que Triple decidió romper el silencio preguntando:

—¿Qué te pasó?

— ¿Eh? Ah… no sabía que estabas aquí —le contestó Michigan con su extravagante acento.

—¡Genial! Ahora, aparte de que mis planes no funcionan y de que hablo solo, también soy invisible.

—Sí, tienes razón.

—¿Qué? ¿Tú también eres invisible?

—¡No! ¿Acaso no me ves? Lo que pasa es que estoy mojado porque me corrieron de ¡mi bosque! Unos tontos pistoleros.

—Ah caray, ah caray —dijo Triple asustado.

—Espérate —aclaró Michigan—. Unos pistoleros, pero con unas pistolitas de agua.

—Ah… ¿Con que de tu bosque, eh?

A City se también se le conocía que dice que es suyo y su refrán es “todo lo que veo es mío”. Es muy posesivo y vive solo muy alejado de Sosonia.

—Sí, mi bosque. Mío, mío, mío, mío…

En eso llegó Mio quien preguntó:

—¿Me hablaban?

—No. A ti ni quien te pele —dijo Triple.

—Oh… por eso está tan greñudo —apuntó Michigan, sorprendido.

Y Triple, mirándolo con irritación, informó:

—No me refiero a eso, sino a… ¡Bah! Olvídalo.

Mio se retiró, diciéndose tristemente:

—¿Por qué siempre me pasa eso a mí? Pero, no importa, esta canción siempre me consuela: “Nadie me quiere, todos me odian, mejor me como un gusanito. Le quitó la cabeza, le saco lo de adentro. Que rico gusanito”. Aunque sea alérgico a ellos.

Los dos miraron extrañados a Mio, en eso llegó Rayo y los ve con una cara de: “qué par de bobos”, por lo que les preguntó:

—¿A ustedes que les pasa? Parece que vieron un fantasma.

—Oh, no —respondió Michigan—. Era mucho peor que un fantasma y mucho más greñudo.

Triple le se dirigió a Rayo:

—Ven Rayo. Siéntate en la mesa de los fracasados.

—¡¿Qué me crees un fracasado?! —gritó Rayo enfurecido.

—¡No, no, no! Claro que no te creemos eso — respondió Triple asustado subiendo sus brazos a la altura de su pecho, en manera de defensa.

Rayo se sentó y volvió a repetirles la pregunta, un poco más fuerte para que lo escucharan:

—¡¿Y a ustedes que les pasa?!

—A mí me pasa —le respondió Triple—, que no puedo vengarme de Coletas, porque mis planes no funcionan.

—Y a mí me pasa, que todos me corren de mis propiedades, ¡que son mías!

Después que Michigan dijo esto, los tres se quedaron un momento callados, pensando en sus propios problemas. Sumergidos estaban en sus pensamientos, cuando una voz dijo:

—¿Qué tal si nos unimos?

Rayo y Michigan voltearon a ver a Triple y Michigan dijo:

—Es la peor idea que he oído en toda mi vida, greñudo.

—¿Sigues con los greñudos? Greñudo —contestó Triple algo enojado, no tenía idea de que Michigan fuera tan irritante.

—¡A ver, ya basta, greñudos! —alzo la voz Rayo, también enojado—. La idea que tuvo Triple no es tan mala. Podemos unirnos, idear un plan y que el pueblo de Sosonia se dé cuenta que yo, digo, nosotros, somos los reyes.

—Claro que es una excelente idea —informó Triple, presumiendo—. Todas mis ideas son buenas, ¡muy buenas!

—¿Ah, sí?— inquirió Rayo sin creer nada—. Son tan buenas, que tus planes para vengarte funcionan a la perfección, ¿verdad?

Triple lo miró con furia y tratando de calmarse para no irse contra él —sabiendo de antemano quien sería el vencedor —informó:

—Qué tal si mejor nos vamos a otro lugar a hablar, sobre —miró ambos lados para ver si nadie los espiaba—, ya saben que.

—¿Qué de qué? —preguntó Michigan sin entender y también mirando a los lados.

Triple y Rayo le lanzaron una mirada de: “lo voy a matar por ser tan idiota” y salieron del restaurante.

—¡Hey! ¡Espérenme!— les gritó el extranjero.


Coletas, Rojita, Flor e Hijo, desde donde estaban sentados, se preguntaron qué tramaban esos tres, pues se les hacía raro que Triple, Rayo y Michigan, se hablaran, es más, ellos tres eran los más problemáticos del pueblo que nadie. Por diferentes razones, así que supusieron que no era para simplemente, “socializar”.



Cuando Triple, Rayo y Michigan, salieron del restaurante, Triple sugirió:

—¿Vamos a mi casa, chicos?

Rayo y Michigan estuvieron de acuerdo y los tres, se fueron a la casa de Triple. Rayo no propuso la suya porque no deseaba molestar a su madre, por otro lado, el hogar del extranjero quedaba muy lejos.

Rato después de que se fueron, salieron Coletas, Hijo, Rojita y Flor, del restaurante. La última informó:

—Vamos a mi casa. Tengo que darle de comer a Rabitt.

—Vamos —dijeron Rojita e Hijo.

—No, yo no puedo ir, lo siento —se disculpó Coletas—. Sucede que tengo que darle de comer a Reloj.

—Está bien, no hay problema —dijeron los tres.

Con esto, los amigos se despidieron de Coletas y se fueron a la casa de Flor, cuando llegaron, Braket estaba platicando con Todd Remus, su mejor amigo, padre de Flor y dueño de la tienda de jugos frente la tienda de donas.

—Hola papá —saludó Flor a su padre.

—¿Qué onda, pa? —ese fue el saludo de Hijo a su progenitor.

—Hola, buenas tardes —saludo cortésmente Rojita a ambos padres.

Todd y Braket saludaron a los chicos, con una gran sonrisa.

—¿A dónde vas? —preguntó Todd a su hija.

—A darle de comer a Rabitt —contestó ella con una sonrisa.

—Muy bien, hija.

Flor sonrió a su papá y dirigiéndose a Rojita e Hijo, les dijo:

—Vengan, entren.

Ellos así lo hicieron, dejado solos a los padres. Todd le comentó a Braket.

—Ah, los niños, como crecen tan rápido, ¿verdad? Sí. Sin duda, la madurez los está alcanzando y llegará el día en que no nos necesiten y ellos solos vayan a enfrentarse a la vida.

—Es cierto. Pero es inevitable que la madurez los alcance por mucho que desees, no puedes evitar que crezcan. Fíjate, a Hijo ya quiere que le salga bigote... ¿Vamos a jugar un videojuego?

—Ya rugiste león.

Los dos súper papás, acabando de hablar sobre la madurez, se fueron a jugar un videojuego, a la casa de Wills, donde Hijo tenía una consola.


Cuando Triple, Rayo y Michigan llegaron a la casa del primero y entraron, Triple vio el desastre que se observaba por todos lados y su televisión de pantalla plasma, ¡rota!

—¡¿Qué?! Pero, pero…¡Mi tele!

Sus secuaces dieron un paso atrás con una sonrisa de culpabilidad adornando sus rostros y, uno de ellos le secreteó a otro, susurrando:

—Te dije que el jefe se iba a enojar.

—Pero, pero, pero. ¡Mi tele!

Triple se encontraba realmente enojado, furioso, pero tratando de calmarse y controlarse, gritó a sus secuaces:

—¿No ven que tengo invitados? ¡Recojan este tiradero!

Los secuaces, asustados y apresurados, empezaron a recoger.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó Michigan desesperado.

—No te desesperes, amigo mío —comenzó Rayo—. En primer lugar, vamos a…

—¿Cómo? —lo interrumpió Triple—. ¿Qué… qué…? Tú no eres el jefe, ¿o sí?... No. No eres el jefe, no votamos.

Michigan estuvo de acuerdo, por lo que dijo:

—No, no votamos, por eso yo soy el jefe.

—No. ¡Yo soy el jefe! —mencionó Rayo con firmeza.

—¿Cómo creen? Sí yo soy el jefe —les informó Triple a los dos—. ¡Está bien! Vamos a votar y como yo soy el jefe mi voto vale por seis y el de mis secuaces, otros seis. Ahí lo tienen, doce votos a mi favor.

—Tus secuaces no cuentan —dijo Rayo serio.

—¿Y por qué no? —preguntó Triple con inocencia.

—Porque no son mis secuaces —finalizó Rayo.

Los tres empezaron a discutir para saber quién sería el jefe. Cuando Rayo les gritó:

—¡Miren, yo seré el jefe de este bando, les guste o no!

Michigan y Triple se miraron, Triple le dijo a Rayo, con burla:

—¿Tú? No me hagas reír…

Rayo lo miró con una mirada asesina y tenebrosa. A Triple se le puso la piel de gallina ante tal mirada.

—Está bien —sin más estuvo de acuerdo —Tú vas a ser el jefe, pero yo voy a ser el segundo al mando.

Michigan sorprendido preguntó, exaltándose:

—¿Tú? No, yo voy a ser el segundo al mando. Dime, ¿por qué tú?

Triple, acercándose a él, le dice con arrogancia y enfado:

—Aparte de que soy más inteligente, que tengo gente que me obedece y tú ¡no!

Michigan asustado, mencionó, en shock:

—A sí… a sí… a sí… a sí…

—Que buena respuesta, Michigan —dijo Rayo con sorna.

—Está bien, tú será el segundo al mando.

—Muy bien —les informó Rayo a los dos—. El equipo se llamará “Los rayos destructores”

—¡No! “La venganza de los explosivos”— opinó Triple.

Michigan, no de acuerdo, los corrigió:

—No. Ninguno. Se llamará “Mi reino”

Rayo y Triple intercambiaron miradas y se carcajearon. Triple, aún riendo, dijo:

—¿Qué? Es el nombre más ridículo que escuchado en todo el mundo.

Como nadie estaba de acuerdo en los nombre, empezaron a discutir, pero ahora por cómo se llamaría su equipo.

—¡Ya basta! —gritó Rayo—. El equipo se llamará “El reino de los rayos vengadores”, ¿ok?

—Bien —contestaron Triple y Michigan al coro.

Entonces, idearon ahora sí, sin interrupciones, un plan, Rayo les informó el plan:

—Paso uno: Robar la presidencia. Paso dos: Declarar nuestras intenciones al pueblo. Paso tres: Hacer de este lugar el reino de los rayos vengadores —una macabra risa salió de su boca, indicando que Rayo sería un muy buen villano. Poco después Michigan y Triple lo acompañaron en la risa.

Primero, obvio, iniciaron con el paso uno: Robar la presidencia.

Esa noche, los tres entraron a con mucho sigilo a la casa de Reyd. Gracias a Rayo, que maniobró con destreza un alambre para forzar la chapa, lograron entrar a la morada del alcalde. Reyd estaba tan profundamente dormido, que fue fácil atarlo y llevárselo a la casa de Michigan y esconderlo. ¿Y por qué a la cada de Michigan? Fácil, por ser la más alejada de Sosonia.

Cuando amaneció, ejecutaron el paso dos: Declarar sus intenciones al pueblo.

Se dirigieron a la presidencia, pero al desear entrar, notaron que estaba cerrada.

—Maldición, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Triple desesperado.

—Lo mismo que hicimos en la casa de Reyd —contestó Rayo—. Busquen un alambre y tráiganmelo.

Al encontrar el necesitado alambre, se lo dieron a Rayo y trató de abrir la puerta. Pero ésta no cedía y esto se debía a que había mucha más seguridad en la presidencia. Michigan veía aburrido como Rayo, con ayuda de Triple, trataba de abrir la puerta. Suspiró y les dijo:

—Yo creo que no se puede abrir con esta llave, ¿o sí?

Los dos miraron a Michigan sorprendidos. Rayo le arrebató la llave, la introdujo en la cerradura de la puerta, la giró media vuelta y la puerta se abrió. Rayo se dirigió a Michigan y le interrogó:

—¡¿De dónde tocayos sacaste esto?!

—Pues de anoche que entramos a la casa de Reyd —le contestó Michigan—. La tomé de su buró.

Triple y Rayo lo miraron furiosos y le gritaron:

—¡¿Por qué no nos dijiste?!

—Uy… qué delicados son.

—Bah, como sea —habló Rayo restándole importancia al asunto—. Hay que seguir con el paso dos, síganme.

Entraron a la presidencia y Rayo tomó un micrófono, lo encendió. Mientras hacía esto, Triple salió a traer quien sabe qué cosa (lean para averiguarlo). Rayo comenzó a decir:

—¡Gente de Sosonia! ¡Esta mañana, mi equipo y yo, estamos aquí para darles un anuncio muy importante! ¡Desde hoy en adelante nosotros gobernaremos el pueblo!

En todo el pueblo se escuchó un murmuro por parte de todas las personas. Se escuchaban preguntas como:

—¿Qué dice?

—¿A qué se refiere?

—¿Qué van a qué?

E incluso hubo algunas cómo:

—¿Dónde está mi papá?

Y la pregunta que más interesó al pueblo fue:

—¿Cómo unos jóvenes podrán gobernar?

Al ver la conmoción del pueblo, Rayo volvió a hablar:

—Ah, algo más. Si alguien se rehúsa a aceptar nuestro gobierno, destruiremos por completo el pueblo y a todos los que viven en él.

Las personas no tuvieron más remedio que obedecer y la primera orden del nuevo gobierno fue, hacer una estatua de Rayo.

Rato después, se escuchó un estruendo y la tierra empezó a temblar. Todos se preguntaron:

—¿Qué es eso? ¿Qué sucede?

Se escuchó un silbido ensordecedor, parecido al de un tren. Todos se volvieron a donde venía el silbido y se dieron cuenta de que Triple conducía una gran máquina que destruía todo a su paso. Triple detuvo la máquina en la presidencia y gritó:

—¡He aquí la prueba de que quien no obedezca, será aplastado como una cucaracha! —rio malévolamente.

Triple se bajó de la máquina y Rayo mencionó a su nuevo equipo.

—Amigos míos, definitivamente este es un reino del mal. Ahora Michigan, tú tendrás todos los bosques, lagos y ríos de Sosonia. Tú, Triple, serás respetado y temido por todos y yo, tendré mí reino. ¿Y ven? Todos seremos felices.

—¡Sí! ¡Sí! ¡A festejar a la casa de Michigan! ¡Con pizza y refresco! Yo invito… pero ustedes pagan.

—Con esto —siguió Rayo—, hicimos el paso tres: Hacer de este lugar el reino de los rayos vengadores.

Con esto, se fueron a la casa de Michigan. Cuando llegaron, Triple cogió un paquete que estaba junto a la puerta.

—Miren, un paquete.

Michigan, buscando las llaves para abrir su casa, mencionó:

—¿Un paquete? Qué raro. Yo no recibo paquetes.

—Pues este paquete es para un tal… Bambi de parte de mamá —comentó Triple.

—¿Qué? ¿No? ¿O sí? —inquirió Rayo sorprendido.

Triple y Rayo se miraron y luego miraron a Michigan. Los dos soltaron la carcajada, pero a reventar. Triple comentó, aún riendo.

—Tú… tú, ¿tú te llamas Bambi? —soltó aún más la risa.

—Es el nombre más patético que he escuchado en toda mi vida —informó Rayo.

—Sí —estuvo de acuerdo Triple—. ¿Qué clase de nombre es ese? No me reía tanto desde que supe que mi oponente tenía nombre de mujer. Es decir, ¿Coletas? ¿Coletas Velasco? Que por cierto sería más bien Coletas del asco. Pero, por favor, ¿qué clase de nombre es Hijo, Payaso, Gordo o Fea? Bueno… en realidad eso si lo entiendo, pero… ¿Bambi?

Michigan estaba molesto y trató de defenderse.

—Pues…pues… ¿qué clase de nombre es Rayo?

—¡Hey! Me pusieron Rayo por mi padre, abuelo y así sucesivamente. Es un nombre de familia.

—Bueno —ahora miro al castaño —¿Qué clase de nombre es Triple?

—Mira, no sé por qué rayos me pusieron Triple, pero es mejor que ¡Bambi!

—Bueno, ya basta —los reprendió Rayo tratando de dejar de reír—. Hay que festejar por… ¡El nombre de Bambi!

Entraron a la casa. Claro, aún riendo por lo sucedido, aunque Michigan era el único que no festejaba, ya que estaba avergonzado, él no tenía la culpa que su madre fuera amante de esa película.


En el pueblo, todos trataban de construir la estatua que pidió Rayo cuando Hijo dijo muy enfadado:

—¡No podemos hacer esta estatua!

—¡Claro, amigo! ¡Yo estoy contigo! —dijo Coletas, apoyándolo.

—Sí —siguió Hijo—. Necesitamos una foto.

Todos lo miraron con irritación.

—¿Qué?— se defendió Hijo.

Coletas, muy decidido, les dijo a todos:

—¡No debemos permitir que nos manipules de esta manera! ¡Somos libres de decidir!

—Es cierto lo que dices Coletas —afirmó Rojita.

Entonces, llegaron Feliz, Dulce, Braket, Todd, Mio y Gordo.

—No sé por qué —comentó Feliz—, pero siento que uno de ustedes tiene un plan.

Coletas les contó sus planes. Todos estuvieron de acuerdo, por lo que Gordo informó:

—Hay un problema. Los seis secuaces de Triple nos están vigilando. ¿Qué vamos a hacer?

Coletas pensó un momento, luego, habló:

—Sí, pero son solo seis, no podrán con todo el pueblo.

Coletas corrió a la presidencia, tomó el mismo micrófono que al principio tenía Rayo y empezó a dar un “discurso” en el cual dijo que no deben permitir que esos tres los manejaran a su antojo y que el que estuviera a favor de hacer una revuelta gritaran ¡Sí! Todo el pueblo gritó con un fuerte y rotundo, ¡Sí!

—¡Si, si, si, si, si! —gritaba un secuaz, cuando otro secuaz le dio un zape en la cabeza y le mencionó:

—Tonto, van a hacer una revuelta. Sí el jefe se entera, será nuestro fin —y el muy tonto siguió diciendo:—. Ahora ve y dile al jefe que hay una revuelta.

El secuaz rápidamente obedece a su compañero y fue y le avisó lo sucedido a Triple.

Mientras tanto, Coletas quien ya había salido de la presidencia, se acercó a sus amigos y les indicó:

—Miren, Rojita, Hijo, Flor, Feliz y yo, iremos a detener a los malos; el Sr. Braket, el Sr. Todd, Dulce, Mio y Gordo irán a buscar al Sr. Reyd, ¿de acuerdo?

Todos asintieron indicando que estaban de acuerdo. El equipo No.1, fue a la casa de Michigan a detener a los malos para evitar que siguieran con su reino. El equipo No. 2 fue a buscar al Sr. Reyd a su casa y luego a la presidencia.


El secuaz, cansado, llegó a la casa de Michigan, tocó la puerta. Adentro de la casa Triple se dirigió a abrir la puerta, al ver a su secuaz, preguntó:

—¿No deberías estar vigilando al pueblo?

El secuaz le contestó, entrecortadamente y tratando de recuperar el aliento:

—Jefe… en el pueblo… hay un… rodeo.

—¿Un rodeo? —preguntó Triple sorprendido.

—Sí, jefe.

—¿Y qué tiene de malo un rodeo?

—Bueno, creí que se iba a enojar.

Rayo y Michigan, que habían escuchado todo, se acercaron a ellos y Rayo trató de corregir al secuaz:

—¿No querrás decir más bien, una revuelta?

El secuaz se quedó algo pensativo y luego respondió:

—Ah sí, eso.

—Ah, bueno —habló Triple al entenderlo mejor—, eso es otra cosa, es decir, un… ¡¿Qué?! ¡¿Por qué no me dijiste antes?!

Los cuatro, presurosos, salieron de la casa de Michigan con la intención de detener la revuelta. En el camino se encontraron al esquipo No. 1, dirigido por Coletas.

—Ahí están, jefe. El que inició la revuelta. Coletas y sus amigos —le informó el secuaz a Triple.

Rayo, enojado, le dijo a Coletas:

—Coletas, tú pagarás por causar la revuelta…

—Alto ahí —lo interrumpió Triple—. Sí alguien aquí va a vengarse de Coletas, ese voy a ser yo, no tú. Yo.

—Pues si vas a vengarte de él, creo que es el momento adecuado —comentó Rayo.

Coletas y Triple empezaron a discutir y los demás observaban como discutían. Aprovechando la situación, Michigan, Rayo y el secuaz, se fueron de allí y se dirigieron al pueblo donde empezaba la revuelta. Feliz le mencionó a Coleta:

—Coletas, mira. Esos están escapando.

Coletas tuvo la intención de ir detrás de ellos, pero Triple lo detuvo, así que los demás tuvieron que ir detrás de ellos.


El equipo No. 2, buscaba, buscaba y buscaba, pero no encontraban a Reyd. En ese momento, Mio tuvo una idea de dónde —tal vez —podría estar.

—Yo… Yo creo que puede estar en la casa de Michigan. Después de todo, allí fueron a festejar, ¿no? Debió ser por algo.

Todos se detuvieron de buscar y se miraron. Corriendo, fueron a la casa de Michigan.

El equipo No. 1 se dirigía al pueblo y el No. 2 a la casa de Michigan. Al llegar a ésta, vieron la puerta abierta, pues en ningún momento Triple, Rayo, Michigan o el secuaz la cerraron. Por este motivo, entraron sin dificultad y al ver que no había nadie, empezaron a buscar en todos lados, incluso bajaron al sótano donde, precisamente, se encontraba Reyd amarrado, boca abajo. Dulce preguntó asustada:

—¿Está muerto?

—No te preocupes. Está soñando muy bonito —la tranquilizó Todd.

Braket trató de despertarlo, zarandeándolo con algo de fuerza. Cuando Reyd logró despertar, preguntó, norteado:

—¿Qué? ¿Dónde estoy?

Lo desataron y le contaron todo lo que había sucedido en su “ausencia”.



El equipo uno trató de detener a Rayo y a Michigan, pero no podían pues ellos corrían muy rápido. Triple, quien les dio alcance, al darse cuenta de que todo iba de mal en peor se fue a su colosal máquina y al subir a ella, gritó:

—¡Esto te pasa pueblito por desobedecer!

Encendió la máquina y barrió con todo lo que se le puso enfrente. Cundo de repente, Coletas, que logró subir a la máquina gracias a que se subió con mucho cuidado a una de sus grandes llantas, trató de apagar la máquina. Claro está, Triple no se iba a dejar, por lo que empezaron una pelea sobre la máquina, ésta se movía de un lado a otro. Al percatarse de esto, Rayo gritó furioso:

—¡Triple, no es momento de pelear…!

Y ¡Pum! Feliz le dio un golpe en pleno rostro.

—Es malo pelear, pero bueno defenderse —se dijo mientras observaba a Rayo en el suelo.

En eso, llega el equipo dos con el Sr. Reyd y él preguntó, aún desorientado:

—¿Qué sucede aquí?

Volvieron a explicarle todo.

—Tenemos que detener esa máquina y a los malos —sugirió Gordo cuando, de la nada, llegó Iro y mencionó:

—Ellos se hacen llamar “El reino de los rayos vengadores”.

Todos dirigen su atención a la máquina, para cuidarse de ella y cuando se volvieron a donde estaba Iro, éste ya no estaba. Hijo comentó:

—Ese chico cómo que me da miedo.

Triple y Coletas estaban bien entretenidos. Uno al no querer parar la máquina y el otro al sí querer detenerla. Rojita, al verlos, dijo:

—Tenemos que ayudar a Coletas.

Pero no podían hacerlo porque si se acercaban mucho podrían ser tragados por esa peligrosa máquina.


Fea y Payaso observaban la escena y la mujer le mencionó a Payaso:

—Triple necesita ayuda.

—Es cierto, hay que ir a ayudarlo —concordó Payaso.

—¿Pero dónde está Jumbo? —se inquirió Fea.

—No lo sé, siempre se nos pierde —en eso llegó Jumbo y Payaso siguió:—. Mira, ya lo encontré.

Jumbo, que no cabía en sí de felicidad, les comentó, cansado:

—Observen amigos lo que conseguí. Como nadie está cuidando las tiendas, aproveche para tomar unas cuantas cositas.

Detrás de él había una bolsa tan grande que —sin duda —, batallaba mucho con ella. Cuando se escuchó un grito proveniente de Payaso:

—¡La máquina viene hacia nosotros!

Los tres salieron corriendo. Jumbo tuvo que dejar la bolsa para poder correr, así que al pasar la máquina sobre la bolsa, arrasó con todo lo que ésta contenía. Jumbo se acercó y llorando se dijo con el corazón roto:

—¿Por qué? ¿Por qué a mí? Ya tenía todo y...y ahora es talco. Pobrecitas cosas.

Fea y Payaso se lo tuvieron que llevar arrastrando porque del berrinche que hizo, no pudo ni caminar.


Triple y Coletas estaban empujándose, que los muy tontos, se cayeron al suelo. Cuando azotaron en el piso, Triple se levantó tan enojado que se lanzó contra Coletas y empezaron a pelear, de nuevo.

Gordo gritó despavorido:

—¡La máquina no tiene control!

Tenía razón, la máquina no tenía control. Todos los del pueblo gritaron. Todos pensaban en sus últimos deseos. Triple se levantó del suelo y ordenó a sus secuaces:

—¡Vámonos, chicos…! —en eso, Coletas le dio un fuerte golpe en la quijada y cayó rendido.

—Ni creas que te vas a escapar —le informó Coletas con la respiración entrecortada.


Rayo se levantó del suelo y preguntó extrañado:

—¿Qué sucedió? —vio que la máquina estaba descontrolada, así que salió corriendo.


Todos pensaron que era el fin y, algunos se lamentaron:

—Ya no tenemos pueblo, ya se acabó. Adiós a Sosonia.

La máquina se dirigía a donde estaba el restaurante “Los Mil Gustos” cuando, de nuevo, de la nada Iro se subió a la máquina y presionó el botón de apagado, por lo qué la máquina se detuvo antes de llegar al restaurante. Triple se levantó del suelo y, sobándose la barbilla, reprochó:

—¿Por qué no pensaron en eso?

Todos felicitaron a Iro, por su acto heroico y también felicitaron a los valientes que estuvieron a punto de dar su vida por Sosonia, bueno, no es para tanto, pero también los felicitaron. En cambio, a lo villanos los encarcelaron.

Todos los del pueblo, volvieron a sus vidas normales y ayudaron a reparar lo que quedó destruido del pueblo gracias a “El reino de los rayos vengadores”. Finalmente, todos volvieron a ser felices.


Los villanos se estaban quejando porque la celda en donde estaban era del vuelo de una habitación para una persona y allí estaban nueve personas. Triple dijo, molesto:

—¿Por qué no nos metieron en una celda más ¡grande!?

Michigan “Bambi” se lamentó:

—Es nuestro merecido. Yo sabía que no teníamos que hacer eso, fue una pésima idea… auch mi pie.

— ¡¡¡Cállate, Bambi!!!— le gritaron Triple y Rayo enfurecidos.



Dato interesante:

Rayo estaba muy triste, tanto, que casi lloraba, mientras se decía:

—Feliz me pegó. Nadie antes me había pegado en mi vida. ¡Y mucho menos un hippie!


 
EL PAQUETE



Todo comenzó en la donería Braket. Braket estaba jugando con las figuras de acción de Hijo.



—¡Morirás Doctor Oscuro! ¡Pum! ¡Pach! El que morirá serás tú Sr. Espacio pues has caído en mi trampa muajajaja.



En eso, escuchó que la puerta se cerraba. Braket rápidamente escondió los “juguetes” debajo del mostrador e Hijo, quien bajaba las escaleras, preguntó:



—Oye papá, ¿no has visto mis muñecos de acción?

—¿Qué? —Balbuceó Braket—. Este ¡No! Son tus juguetes no míos. Tú deberías saber en donde los guardaste.

—Sí papá, pero ayer los dejé en la vitrina y ya no están.

—Pues… yo no sé donde están.

—Aunque… sabes que se me hace más raro…— Hijo miró el reloj ubicado arriba del mostrador—. Ya es tarde. Me tengo que ir. Hasta luego.

Hijo salió de la donería a prisa, al hacerlo, Braket suspiró profundamente y, tomando de nuevo los “juguetes”, volvió a jugar con ellos.


Hijo corría rápidamente por las calles hasta que se encontró con Coletas, éste, al verlo le preguntó:

—¡Hijo! ¿A dónde vas con tanta prisa?

—Es que iba a buscarte a la presidencia, Coletas.

—Pero Hijo, hoy es domingo, no trabajo.

—Ah, ya veo… es cierto. Pero bueno, ya te encontré.

—¿Y para qué me querías?

—Ah, sí, es cierto. Es que te iba a comunicar sí ya viste el periódico.

—No, ¿por qué?

—Lo que pasa es que ya salió la nueva película de “Los increiboys: La batalla decisiva”. Dicen que está increíble.

—¿En serio? Pues me gustaría verla.

—Sí, a mi también.

Mientras platicaban, caminaron a la plaza y después hacia la presidencia. Al llegar a ésta, decidieron descansar un poco.

—Y por eso se quedó sin dedo, ¿cómo ves Coletas?

—Chido, esa no me la sabía.

Tiempo después, se acercó a ellos una persona muy seria, traía puesto un smoking color crema, una corbata rayada rojo con blanco, un sombrero café, y tenía lentes oscuros. En pocas palabras, extraño.

—El Sr. Reyd —dijo en un susurro.

—¿Cómo? —preguntó Coletas al no escuchar bien.

—¿Dónde puedo encontrar al Sr. Reyd? Necesito entregarle este paquete. Es muy importante.

—Sí, aquí trabaja —le contestó Coletas—. Pero por ahora no se encuentra. Se fue de vacaciones y llega hasta mañana.

—Entiendo. Pero mañana no podré venir, ¿le puedes entregar este paquete, chico?

—Claro, está bien. Yo se lo entrego —le dijo Coletas sin pensarlo.

El extraño señor le entregó el paquete y, acercándose a él le dijo, amenazante:

—Recuerda, este paquete es muy, pero muy importante —se alejó de Coletas—. Debes entregárselo directamente al Sr. Reyd y no puede ser abierto por nadie más, ¿entendido?

Coletas asintió. El señor se fue. Cuando estuvieron solos,  Hijo dijo emocionado:

—Que señor tan más extraño, ¿no crees?— miró el paquete—. A ver. Vamos a abrirlo.

—¡Oh, no! Me lo encargaron a mí y si es abierto seguro me echan la culpa solamente a mí, así que ¡no! ¿Acaso no oíste lo que dijo el señor? Debe ser abierto por el Sr. Reyd, no por otra persona.

—Sí, lo escuché —concordó Hijo—. Pero, debe ser algo muy importante o misterioso para que sea abierto sólo por el Sr. Reyd.

—Sí.

Después, los dos se fueron a sus respectivas casas.


Triple, quien se escondía detrás de un arbusto, escuchó la conversación y le dijo a sus secuaces, que estaban escondidos junto a él:

—Conque a Coletas le encargaron un paquete... y por lo visto, es muy importante. Pero, ¿qué tal si mañana no lo entrega? ¡Por fin! Con esto podré vengarme. Pues si le quito ese paquete nadie volverá a confiar en él, nunca más.


A la mañana siguiente, Coletas se levantó muy temprano para entregar el paquete. Salió de su casa y fue directo a la presidencia, pero no se imaginaba que Triple lo estaría esperándolo para quitarle ese paquete de sus propias manos.

—Vaya, vaya. Qué… desagradable sorpresa ¿no crees, mi queridísimo “amigo”, Coletas?— lo saludó Triple muy burlesco.

Coletas, al verlo, rápidamente escondió el paquete tras de sí y no contestó.

—¿No crees que es una mañana muy bonita para… no sé, entregar algo importante? —siguió Triple—. Bien, creo que yo ya me voy.

Y como si nada, pasó a un lado de Coletas. Coletas suspiró y se dirigió a la presidencia. Al estar a punto de abrir la puerta para entrar, sin darse cuenta, Triple lo sujetó, de espaldas a él, por el cuello con su brazo, asfixiándolo, moviéndolo de un lado a otro. Coletas no tuvo más remedió que soltar el paquete para poder liberarse de Triple, éste, al ver que Coletas soltó el paquete, liberó a su oponente, lo empujó sin consideración y con velocidad, levantó el paquete y salió corriendo. Coletas estaba con la respiración entrecortada y algo cansado, pero no se iba a dar por vencido, corrió detrás de Triple.

Triple, al darse cuenta de que lo seguían, aumentó la velocidad. Los dos vieron, que más allá, en la distancia, venía Hijo en su bicicleta, al parecer acababa de hacer una entrega.

—¡No dejes que escape, Hijo! ¡Detenlo! —gritó Coletas a todo pulmón que, cansado, se detuvo.

—¡¿Qué?! —inquirió Hijo confundido, deteniéndose.

—¡Que le quites el paquete!

Hijo, presuroso, se montó de nuevo a la bici y salió detrás de Triple.

—¿Qué no puedo llevarme este paquete tranquilo? —se preguntó Triple al ver que Hijo estaba detrás de él, ya cansado de correr tanto.

Hijo pensaba en cómo detener a Triple y lo único que se le vino a la mente fue bañarlo. Así que destapó una botella, que tenía guardada para cuando le diera sed, y una vez que estuvo a un lado de Triple, le echó todo el contenido de la botella encima. Triple se detuvo y soltando el paquete, se limpió la cara diciendo, asustado:

—Me ahogo, me ahogo.

Hijo frenó al instante, bajó de la bicicleta, agarró el paquete y corrió a donde estaba Coletas.

—Ya lo tengo —le informó mostrando el paquete.

—Bien hecho, gracias.

Hijo le entregó el paquete y luego le mencionó:

—Date prisa, ve a la presidencia antes de que Triple se recupere de su trauma.

—Sí. A ver si llego antes de que él me lo vuelva a quitar.

—¡Mira! Te presto mi bici, agárrala.

Coletas asintió, tomó la bici y se puso en marcha.

Triple se recuperó y cansado, observó a lo lejos como Coletas se dirigía, de nuevo, a la presidencia, por lo que decidió tomar un atajo cruzando la plaza.

Faltaba poco para que Coletas llegara cuando Triple, que había llegado al mismo tiempo, se arrojó sobre él, tumbándolo de la bici. Cuando los dos cayeron al suelo, Triple se levantó del suelo adolorido y agotado, así que una vez más, tomó el paquete, se subió a la bici y se dirigió al parque.

Coletas se levantó y sobándose el brazo izquierdo observó cómo Triple iba al parque, por lo que corrió detrás de él.

Cuando Triple entró al parque, miró hacia atrás y vio a Coletas corriendo detrás de él, fatigoso. Se dijo con burla:

—Qué tonto. Nadie volverá a confiar en ti, Coletas.

Como estaba distraído observando a Coletas, no se fijó que enfrente de él se encontraba un árbol. Las raíces del árbol estaban un poco afuera de la tierra, por lo que, cuando fue directo al árbol, podría decirse que trató de escalarlo. Pero, como es imposible subir un árbol con una bicicleta, teniendo en cuanta las leyes de la gravedad, Triple cayó al suelo y la bici cayó arriba de él.

—¡Auxilio! ¡Auch! ¡Quítenme esta bici de encima! —gritó Triple muy, pero muy adolorido.

En ese momento, Coletas llegó a donde estaba Triple, tomó el paquete e iba a salir corriendo, pero recordó que la bici no era suya, era de Hijo, así que sin otra opción le quitó la bici de encima y se subió a esta, pedaleando con fuerza, yéndose de ese lugar.

Triple se levantó del suelo adolorido y quejándose, se dijo:

—¡Ay! No funcionó el plan “A”. Vamos al plan “B”.

Sacó un boqui-toqui y llamó a sus secuaces.


Cuando Coletas estaba por llegar a la presidencia, de nuevo, se topó con Hijo y éste lo llamó:

—¡Coletas!

Coletas se detuvo.

—No vayas a la presidencia —le advirtió.

—¿Por qué no?

—Fui a la presidencia y el Sr. Reyd todavía no llega.

—Sí, pero de todos modos tengo que estar allí antes de que llegue.

—Está bien, pero ¿no podemos ir a comer primero?

—Hijo, no pienses en comer ahora, esto es muy importante.

Coletas se bajó de la bici y se dispuso a entregársela a Hijo, pero éste le dijo:

—No Coletas, la vas a necesitar, ya que Triple no te va a dejar en paz hasta que tenga ese paquete.

—Sí, pero no creo que esté en condiciones para perseguirme, no por ahora.

Con esto, los dos se fueron a la presidencia, pero antes de que llegaran se dieron cuenta de que los secuaces de Triple los estaban esperando.

—Oh, no —dijo Coletas preocupado.

—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó Hijo.

—Olvidé por completo que Triple tiene a sus secuaces. Hijo, vámonos.

Los dos corrieron dirigiéndose a la plaza. Uno de los secuaces los vio y les gritó a los otros:

—Miren allá. ¡Es Coletas! ¡Vamos!

Los secuaces salieron corriendo tras ellos. Coletas se detuvo antes de llegar a la plaza pues se dio cuenta de que Triple venia corriendo de allí y cuando llegó a él, le dijo:

—Coletas, no puedes hacer nada. Estás acorralado, así que dame el paquete.

Coletas miró a todos lados, no sabía qué hacer. En ese instante, vio que Hijo se alejó de los secuaces y de Triple.

—¡Rápido, pásame el paquete! —gritó su amigo del otro lado.

Coletas, sin pensarlo un poco, se lo lanzó e Hijo lo acachó, como Hijo tenía la bicicletas se subió a ésta y pedaleó dirigiéndose a la presidencia. Cuando Triple vio lo sucedido, le dijo a sus secuaces:

—¡Ustedes tres, que Hijo no llegué a la presidencia! Y ustedes, vengan conmigo.

Así que tres de sus secuaces se fueron detrás de Hijo y lo otros se fueron con Triple. Coletas se fue detrás de los secuaces que querían detener a Hijo para tratar de detenerlos.

Hijo estaba a punto de llegar a la presidencia, pero uno de los secuaces lo tumbó de la bici. Lo primero que Hijo hizo fue golpearlo y después correr a la presidencia, pero mientras esto sucedía, Triple y la otra mitad de los secuaces, habían llegado poniéndose enfrente de la puerta para que no pudieran pasar.

—¡Dame ese paquete! —ordenó el mayor.

—¡Ni de broma!

Hijo no sabía qué hacer, pues detrás de él estaban otros secuaces. Estaba acorralado, por lo que no pudo hacer más que subir de nuevo a su bicicleta, esquivarlos a todos y dirigirse de nuevo a la plaza. Triple vio que uno de sus secuaces estaba a punto de comer un chocolate, por lo que se lo quitó y lo arrojó con todas sus fuerzas a Hijo, dándole justo en la cabeza logrando que perdiera el equilibrio y cayera al suelo.

Hijo enojado exclamó:

—¡¿Oye qué te pasa?!... Oh, un chocolate —tomó la barra y empezó a comerlo.

Uno de los secuaces le quitó el paquete mientras Hijo estaba distraído disfrutando su chocolate. Coletas se abrió paso entre los secuaces y le quitó el paquete al subordinado, empujándolo y le dijo a Hijo, que seguía en el suelo comiendo:

—No cabe duda de que contigo no se puede contar cuando tienes hambre.

Corrió a la presidencia, pero como Triple seguía frente a la puerta, no iba a permitir que se lo entregaran a Reyd, así que agarró tierra de una de las masetas que adornaban el lugar, y se la arrojó a Coletas. La arena cayó en sus ojos.

—¡Ah! —Gritó Coletas con dolor y llorando —¡Tramposo!

Coletas soltó el paquete para masajear sus ojos irritados. Triple tomó el paquete y corrió, en dirección a sus secuaces, al llegar, les dijo enojado:

—¡Ah! Si que en ustedes no se puede confiar. Vámonos rápido.

Coletas cayó al suelo de rodillas. De rato, se levantó y con los ojos rojos e irritados, se dispuso a seguir a Triple, pero Hijo lo detuvo.

—¡Coletas! Corriendo no lo vas a alcanzar. Sube, yo te llevo. Ahora estamos juntos en esto.

Coletas se subió a los diablos de la bicicleta y ambos, decididos, fueron a darle alcance a Triple. Como se entretuvieron un tiempo, Triple les llevaba ventaja, tanto así que alcanzaba a ver el lago MC. Cansado, se detuvo.

—Tal vez, sólo un descanso —se dijo tratando de regular su respiración.

Luego se dio cuenta de que detrás de él se acercaban Hijo y Coletas.

—¡Demonios! Mejor no.

Retomó la corrida, pero como estaba muy cansado, al igual que sus secuaces, Hijo y Coletas le dieron alcance y en una de esas, Coletas le quitó el paquete. Sin detenerse, los dos dieron la vuelta y se alejaron de allí.

Triple, muy enojado, les dijo a sus secuaces, quienes se encontraban descansando.

—¡No sean flojos! ¡Vayan tras ellos! ¡Rápido!

Haciendo caso a su líder, los secuaces corrieron tras ellos, después de que se fueron,  a Triple se le ocurrió otra idea, sacó el boqui-toqui y llamó a un secuaz.

—¡Deténganse! —los secuaces se detuvieron—. Escuchen, aquí les va el plan “C”. Esperen a Coletas e Hijo afuera de la donería Braket.

—Pero jefe, ¿cómo sabe que irán a la donería?

—Es una corazonada —les comunicó y luego les informó el resto del plan.

  
Al llegar a la donería, Hijo se detuvo y Coletas le preguntó extrañado por qué se había detenido y éste le contestó:

—Vamos a comer algo primero, ¿sí?

—¡¿Qué?! —inquirió Coletas sorprendido.

—Por favor. Me estoy muriendo de hambre. Creo que no tengo energías.

Coletas aceptó y los dos entraron a la donería y sin decir nada agarraron donas e Hijo le dijo a Braket:

—Lo siento papá, pero es una emergencia.

Salieron de la donería, pero al ver la bici se sorprendieron, pues las llantas estaban ponchadas y descubrieron que fueron los secuaces de Triple.

—Ay no, ¿qué vamos a hacer, ahora? —inquirió Coletas pensativo.

—Ven, tengo una idea.

Hijo jaló a su amigo a la parte trasera de la donería y sacó la motocicleta que usaba su papá para hacer las entregas. Los dos se montaron en la moto y arrancaron. De rato, Coletas e Hijo llegaron a la presidencia y, como siempre, Triple los estaba esperando, pues él se imaginó que sus torpes secuaces no lograrían detenerlos.

—Hijo, bájate de la moto, yo conduzco —dijo Coletas.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó su amigo sin entender.

—Sólo hazlo y, con cuidado, trata de colocarte atrás de Triple.

Hijo hizo lo indicado y bajó de la moto. Triple estaba muy atento mirando a Coletas y cuando vio a Hijo acercarse, observó que no tenía el paquete, por lo que sin prestarle atención se dijo:

—Coletas, Coletas, sé que Hijo no tiene el paquete, ¿Querías engañarme?

Coletas se dirigió con la moto a donde estaba Triple; Triple tenía pensado tumbarlo al igual que lo hizo con la bici, pero antes de que Triple hiciera eso Coletas le lanzó el paquete a Hijo, Hijo lo acachó y dijo:

—Sí. ¡Ya lo tengo…! —Triple lo empujó e Hijo cae al suelo. Triple agarró el paquete y dijo muy feliz:

—Jajaja. Por fin lo tengo, te vencí.

En eso, Coletas agarró un extremo del paquete y peleándose, empezaron a jalarlo. Coletas ya fastidiado de todo esto, empujó a Triple con todo lo que pudo y este cayó arriba de Hijo, que todavía no se ponía de pie. Coletas rápidamente entró a la presidencia, donde por fin encontró al Sr. Reyd.

—Sr. Reyd, tenga este paquete. Lo cuide con mi vida.

—Ah, muchas gracias joven… eh… ¿cómo dijo que se llamaba?

—Coletas.

—Pues gracias, Coletas.

—Fue un placer Sr.

Reyd escudriñó el paquete cuidadosamente.

— ¿De quién podrá ser? Bueno, sólo hay una forma de saberlo.

Reyd abrió el paquete y ¡pum! Se encontró con algo inesperado. Un chorro de tinta que le ensució toda la cara. Al momento de que esto sucedió, entró la misma persona que le había entregado el paquete a Coletas y, riéndose, dijo:

—Caíste hermanito, fue la mejor broma del año, ¿no?

—¡Redy! Sabía que esto habría de pasar. Qué chistoso.

Redy Mandamás, hermano mayor de Reyd, no vive en Sosonia, su hogar y trabajo está en el pueblo vecino; Krill. Con esto, los hermanos se ríen sin control, pero Coletas que se quedó con la boca abierta al ver lo sucedido, furioso, se acercó a Reyd, le quitó el paquete, lo lanzó al suelo, brincó arriba de él y se fue de la presidencia enfadado y renegando. Al ver la actitud del chico, Redy le preguntó a Reyd:

—Ah, caray y ahora, ¿qué le pasa?

—No tengo idea.

Y volvieron a reír.
 

EL PLAN

Era de noche en Sosonia y Jumbo caminaba tranquilamente hacia su humilde morada. Al llegar vio a Fea y a Payaso, que se encontraban acostados en las hamacas.

—¿Dónde estabas, Jumbo? —preguntó Fea.

—Eh… pues… bueno… estaba… ah… en algún lugar.

—Pero ¿en qué tipo de lugar?

—Pues por allí, por allá, tú sabes.

—No, no sé. Payaso, ayúdame  a que Jumbo diga la verdad… ¿Payaso?

Jumbo y Fea se acercaron a donde estaba Payaso y se dieron cuenta de que estaba dormido.

—Shhh, vamos a dormir también nosotros —dijo Jumbo en voz muy baja.

—Está bien —concordó Fea en un susurro—. Pero mañana no te escapas, me dices dónde estabas.

—Sí, está bien, pero mañana, que ya es muy noche.

Así, se fueron a dormir y he aquí los seños de cada quien. Primero Fea, que soñaba con su príncipe azul, Triple, quien la quería mucho y le daba todo lo que pedía y estas dos personas vivieron felices para siempre; Payaso soñaba que Fea lo quería mucho e iban muy felices agarrados de la mano por una pradera; y Jumbo soñaba que era rico y compraba toda clase de comida y así nunca en su vida volvió a tener hambre y vivió feliz por siempre. Así nuestros amigos vivieron felices para siempre… claro, en sus sueños.

Al día siguiente se levantaron y se dieron los buenos días.

—Tuve un sueño muy bonito —les comentó Jumbo—. Soñé que era rico y comía mucho, ¿ustedes qué soñaron?

—Yo nada —contestó Fea indiferente.

—Ni yo —dijo Payaso mirando a Fea sonrojado.

—Ahora sí Jumbo, dinos a dónde fuiste ayer —ordenó la joven.

—Bueno, no me creerán, así que acompáñenme.

Así, los tres se dirigieron a Sosonia. Al llegar a la plaza, se dieron una gran sorpresa, pues vieron puestos de comida, bebidas, juegos y de más. Jumbo asintió ante la perplejidad de sus amigos e informó:

—Sí amigos, la feria llegó al pueblo.

—¿Sí es la feria? —preguntó Payaso inseguro.

—Pues vamos a investigar —ordenó Fea.

Tratan de investigar qué cosa está pasando y se encuentran con Coletas, Hijo, Rojita y Flor. Así que la líder, preguntó:

—¿No saben qué van a hacer aquí?

—¿No lo saben? —Cuestionó Rojita asombrada.

Los tres negaron con la cabeza.

—Pues esta noche habrá una quermés, aquí en la plaza — quien les informó fue Coletas.

—¡Sí! Dicen que va a ser de lo mejor —agregó Hijo ansioso y emocionado—. Habrá juegos, bebidas y lo mejor de todo, la comida, mmm. Por cierto, ya me dio hambre.

—¿En serio? —preguntó Fea pensativa.

—Bueno —comenzó Jumbo.

—Gracias —terminó Payaso.

Con esto, se fueron de allí y Payaso, al notar que Fea estaba un poco extraña le preguntó:

—¿Por qué pones esa cara?

—Esa cara es de: “tengo un plan” —comentó Jumbo, ya que la conocía muy bien.

—Así es —concordó Fea, por lo que, les contó su plan.

Por la noche, los tres amigos se fueron directo a la plaza, para poner en marcha su astuto plan. Al llegar Fea preguntó:

—¿Listos para el plan, chicos?

—Listos jefa —dijeron Jumbo y Payaso al mismo tiempo.

—Bien, en marcha.

Fea se fue a la izquierda del puesto de tacos y Jumbo y Payaso se fueron a la derecha.

Jumbo y Payaso iban caminando, como que buscaban algo. Así estuvieron un buen rato hasta que se toparon con Triple, quien saboreaba un rico algodón de azúcar, aparte era azul —claro, por si a alguien le interesa el color —.

—Primera fase del plan —le indicó Payaso a Jumbo en voz baja.

—¡Jefe, jefe, jefe! —gritaron asustados acercándose a Triple.

—¿Qué, qué, qué? —los miró con extrañeza.

—Dennos dinero —hablo Jumbo sin vergüenza. Payaso le dio un codazo y Jumbo continuó—. Digo, Fea está en problemas.

—¿Y? —dijo Triple un poco confundido.

—Déjame hablar a mí —pidió Payaso a Jumbo—. Lo que sucede es que, la detuvieron y… no piensan soltarla si no pagamos una fianza.

—¿Y por qué a ustedes no los detuvieron? —preguntó Triple aún confundido, sabiendo que si a uno lo atrapan, a los otros dos también, pues siempre estaban juntos.

—Bueno pues, este…— balbuceó Jumbo.

—Nos alcanzamos a escapar, pero Fea no —mencionó Payaso muy sonriente.

—De acuerdo —dijo Triple sacando su cartera—. ¿Cuánto necesitan?

—Mil pesos —dijo Jumbo.

Payaso le pegó con el codo en un costado y contestó:

—No se crea, con mil quinientos tenemos.

Jumbo golpeó a Payaso en el costado y rebatió:

 —Mentira, mentira, con tres mil pesos la hacemos.

Payaso golpea una vez más a Jumbo y sonriente le dice a Triple:

—No se crea, es broma. Unos doscientos pesos y ajustamos.

—¿Seguros? —les preguntó Triple con cara de “qué locos”.

—Sí, seguros —contestó Jumbo sobándose el costado y haciendo muecas de dolor. Triple les dio el dinero y los dos se fueron de allí, siguiendo su camino.

Mientras tanto, Fea caminaba con una libreta en mano. Ella apuntaba algo al pasar por cualquier puesto. Cuando terminó de apuntar, se sentó en una banca y empezó a echarle un vistazo a su libreta. Al terminar se dijo:

—Bueno, la segunda fase del plan ya está hecha. Espero que a Payaso y a Jumbo no se les complique la primera fase y puedan conseguir el dinero.

Payaso y Jumbo buscaban a Fea por todos lados de la quermés, entonces Jumbo le preguntó a Payaso:

—Payaso, ¿crees que el plan funcione?

—¿Qué pregunta es esa? Claro que sí va a funcionar.

—Sí, claro, yo sé que si va a funcionar el plan, pero…

Jumbo se detuvo y Payaso también.

—¿Pero qué? —inquirió el chico desesperado.

—Pero imagínate qué pasaría si el jefe se entera de que para eso le pedimos el dinero.

—Bueno, pues, ¡no lo creo! Después de todo hay mucha gente, no creo que se dé cuenta —mencionó Payaso muy seguro—. Ahora rápido, vamos a buscar a Fea, ya es muy tarde.

Los dos corrieron, para ir más deprisa.

Fea, que seguía sentada esperando a Payaso y a Jumbo, comenzaba a aburrirse. Estaba a punto de marcharse, cuando ve que sus subordinados se dirigían a ella corriendo. Cuando llegan a su lado, Payaso, algo cansado, le dijo:

—Aquí está, jefa, la primera fase del plan —le enseñó el dinero.

—Es perfecto. Aquí está la libreta. Tengo apuntado lo que debemos saber —les comentó Fea.

Jumbo tomó la libreta y empezó a leerla, una vez terminó, preguntó:

—¿Segura que es todo?

—Sí, es todo —respondió Fea—. Ahora sí, vamos a hacer lo que siempre hemos querido hacer… ¡vamos de compras!

Sin más, se fueron a comprar lo que estaba apuntado en la libreta.

EL RELOJ


Erase una vez un reloj que hacía tic-tac, tic-tac y nunca, pero nunca, dejaba de hacer tic-tac, tic-tac; ese reloj siempre despertaba y molestaba a la gente con su tic-tac, tic-tac y para no escuchar más el tic-tac, le quitaron las pilas y para siempre dejó de hacer tic-tac.


En Sosonia, Rojita caminaba hacia la plaza encontrándose con Hijo.

—Hola Hijo —saludó ella con una sonrisa.

—Hola Rojita. Me dirigía a la casa de Coletas. ¿Quieres venir?

—Vamos.

Así se encaminaron a la casa de Coletas, primero pasando por el bosque, cruzaron el puente para pasar el río, caminaron unos metros más y finalmente llegaron. Tocaron la puerta de la casa de Velasco, pero nadie respondió.

—Qué raro, ¿no está? —inquirió Hijo extrañado, es poco común que Coletas no estuviese a esa hora en casa, ya que del trabajo se pasaba a darle de comer a Reloj.

Sin poder hacer más, los dos se fueron de allí y a medio camino, se encontraron con Flor.

—Hola Flor —la saludó su novio —¿Venias con Coletas?

—Así es, mi papá lo busca porque quiere que le haga un favor.

—Acabamos de estar allí, pero parece que no se encuentra —le informó su mejor amiga.

— ¿A no? Es raro, ¿verdad? Pues vamos a buscarlo —sugirió Flor.

Así, los tres fueron a buscar a Coletas al centro del pueblo.


Dentro del bosque, Triple y sus secuaces caminaban hacia la casa de Coletas. El de mayor rango dijo a sus secuaces:

—He aquí el plan. Primero, tocamos…

—Oh, genial —lo interrumpió un secuaz.

Triple, enojado, le gritó:

—¡Cállate, torpe! Todavía no acabo… bueno, después de tocar, nos escondemos y cuando salga y no vea a nadie, podremos burlarnos de él.

Con eso en mente, los cuatro llegaron a la casa del enemigo y al tocar la puerta, se escondieron detrás de una hierba alta y esperaron con impaciencia a que el moreno abriera, pero nadie abrió la puerta.

— ¡Rayos! Mi plan no funcionó —chenqueó los dedos Triple frustrado.

—Qué novedad —soltó un secuaz sarcásticamente.

Triple, enfadado, le dio un zape y regresando al bosque se van a su humilde morada, rendido ya que de nuevo Coletas pudo escapar a su plan. A decir verdad nunca se le cruzo por la cabeza la idea de que el no estuviera en su casa.


Por otro lado, Coletas estaba en una tienda comprando una pila para un extraño reloj que se había encontrado. Lo había encontrado en su sótano. Cuando tuvo la pila en su poder, salió de la tienda y se dirigió a la donería Braket. Al llegar le preguntó Braket:

—¿Se encuentra Hijo?

—No, no está. Dijo que iba a tu casa.

—Bueno, gracias. Iré a buscarlo.

Salió de la donería y se encaminó a la plaza, encontrándose allí, a Rojita y Flor.

—Hola, ¿no han visto a Hijo?

—Hola Coletas —respondió Rojita muy feliz de verlo— Sí, ahorita viene, fue a ver al padre de Flor, ya que quería que le hicieran un favor.

—Estuvimos buscándote por todos lados, ¿dónde estabas? —preguntó Flor —Mi padre te necesitaba, por eso tuvo que ir Hijo a ayudarlo.

—Lo lamento, le estaba comprando una pila a este reloj que me encontré en el sótano —les informó Coletas enseñando el reloj.

En eso Hijo se acercó.

—Uy, qué milagro que te dejas ver —miró el reloj en las manos de su amigo—. Hey, ese es uno de esos relojes antiguos… qué aburrido.

Tic-tac, tic-tac, se escuchaba el reloj una vez Coletas le colocó la pila.

—¿Qué es ese ruido?— preguntó Flor.

—Proviene del reloj —contestó Coletas.

—Pues, ese reloj es muy ruidoso —comentó Hijo.

Después de esto, decidieron irse a casa de Coletas a comer algo. Al llegar, pidieron la comida y comieron; luego, se dispusieron a ver una película. Antes de poner la película, Hijo le dijo a Coletas, un poco molesto:

—Amigo… ¿puedes callar ese reloj? Ya lo he escuchado todo el día y no me tiene muy contento. Es más, ya me tiene harto.

—Pues, no creo que ese ruido se pueda apagar —le dijo Coletas, también fastidiado por el ruido del reloj.

—Pues ese ruido no nos va a dejar disfrutar la película.

Aún así, trataron de ver la película, pero en efecto, como Hijo dijo, el ruido del reloj no los dejó disfrutar de la película. Como anocheció, todos se fueron a sus respectivos hogares. Una vez que todos se fueron, Coletas se sentó en su cama y acarició a su perrito, mientras se decía:

—Es un bonito reloj —lo miró—. Y es muy antiguo e Hijo tiene razón, es un poco ruidoso… pero es muy bonito.

Después decidió acostarse y descansar, pero no pudo debido a que escuchaba el ruidoso tic-tac, tic-tac que hacía el reloj. Trató de ignorarlo y volvió a cerrar los ojos. Tic-tac, tic-tac; todavía se escuchaba el sonido, así que agarró el reloj y lo guardó en el cajón de su buró que estaba al lado de su cama, pero aún se escuchaba ese molesto eco; por lo que, se colocó la almohada sobre su cabeza y trató de dormir, sin éxito. Al igual que Coletas, el pobre de Reloj tampoco pudo dormir. Coletas estuvo toda la noche tratando de dormir, pero no lo logró.

A la mañana siguiente, con velocidad asombrosa, se levantó, se vistió y se fue de la casa dirigiéndose al pueblo, Reloj lo estuvo acompañando.


Hijo estaba en su bicicleta, al parecer acababa de hacer unas entregas. Al pasar por la plaza, vio a Coletas sentado en una banca, se acercó a él, se bajó de la bici y notó que su amigo estaba dormido, junto a él su mascota, que también estaba dormido. Asombrado a más no poder, Hijo lo despertó y al hacerlo le preguntó:

—Coletas, ¿desde cuándo imitas al Sr. Reyd? Creo que trabajar con él está haciéndote daño.

—No, no —le contestó muy cansado y soñoliento—. Lo que pasa… es que… ese reloj que les enseñé ayer no me dejó dormir con su molesto tic-tac —imitó el sonido del instrumento.

—Te lo dije, ese reloj es una molestia, ruidoso y además feo.

—Sí… ¡Mira! Ni siquiera Reloj pudo dormir —ambos miraron al perro totalmente dormido.

—Es cierto, pero al menos él puede dormir cuandoquiera y dondequiera, pero tú no Coletas, harías el ridículo. Mejor tira esa cosa ruidosa.

—No sé, lo que pasa… es que… pues… sabe… —no sabía que responder. Deseaba hacer algo al respecto, ¿pero tirar el hermoso reloj? Se le veía imposible.

—¿Acaso quieres vivir con ese reloj toda tu vida? —lo interrumpió Hijo.

—Tienes razón —pensó detenidamente la pregunta de Hijo. Se imaginó vivir su vida con ese molesto sonido, el que ya lo tenía adherido en su cabeza. Negó con la cabeza como si de esta manera el sonido en ella se esfumara —Mejor me voy y me deshago de él.

—Sí, en el basurero debe estar. Toma, te presto mi bicicleta para que vayas a tu casa y tires ese estrepitoso tictac, ¿qué tal? Y yo me llevo a Reloj a mi casa.

—Está bien. Y gracias.

Con esto, Coletas tomó la bici y se dirigió directo a su casa, al llegar, cogió el reloj y sin ninguna demora o remordimiento se fue al pueblo, le quitó las pilas y lo tiró a la basura.


El reloj ya tenía un rato en la basura, solito, hasta que Dulce, quien tarareaba una canción, pasó junto al bote de basura y vio el bonito reloj, lo recogió y lo admiro de cerca.

—¡Qué bonito es! Iré a comprarle una pila.

Con esto Dulce, llegó a la joyería, pidió una pila, pero una pila especial para ese reloj. El Sr. De la joyería le comentó:

—Ese reloj es my especial porque…— Dulce lo interrumpió bruscamente.

—Sí, pero eso no me interesa. Es bonito y eso cuenta.

Y salió de la joyería, cuando llegó a su casa, se sentó y empezó a leer un libro. Como siempre, el reloj hacía, tic-tac, tic-tac. Dulce se desesperó, después de estar escuchado un rato el sonido infernal, pues hasta se tapó los oídos, por lo que, ya cansada del ruido, agarró el reloj, salió de su casa y quitándole las pilas, aventó el reloj al basurero con molestia. Se metió a su casa muy satisfecha y volviendo a tomar asiento, leyó un poco más. Tiempo después, Feliz pasó por la casa de Dulce, quien, al igual que ella, observó el reloj en el basurero y lo tomó.

—¡Oh! Es un lindo reloj, se vería bonito en mi alcoba. Pero necesita pilas. Un reloj sin pilas, no es un reloj.

Se fue y compró unas pilas, el tic-tac, tic-tac, hizo su aparición y así, Feliz se fue a su casa contento. Cuando llegó, iba a tomar una pequeña siesta. Cuando logró dormirse, entre sus sueños escuchó el peculiar sonido de aquel reloj. Se despertó y, todavía con el ruido, trató de dormir, pero esta vez no pudo. Ya un poco molesto Feliz agarró el reloj y lo puso debajo de su almohada, pero ni con esto el reloj se detuvo de hacer el sonido. Sonó y sonó. Más molesto que antes, se levantó, agarró el reloj, le quitó las pilas, se dirigió a su ventana y lo arrojó con todas sus fuerzas.

—Paz al fin —suspiró volviendo a su cama.


Michigan iba caminado por las calles de Sosonia, deseaba hablar con Reyd para así reclamar lo que le pertenecía; los bosques, en eso estaba pensando cuando algo lo interrumpió, golpeándolo en la cabeza.

—¡Auch! —se quejó mientras se sobaba la parte afectada.

Miró eso que lo golpeo, descubriendo que era un reloj, lo tomó y comentó con una sonrisa.

—Un reloj, qué bien, ¿quién lo tiraría? Ah… no importa porque este reloj es mío, mío y sólo mío. Yo me lo encontré.

Con este pensamiento en mente, se fue muy feliz a su casa, claro que antes le compró una pila al reloj. Cuando llegó, pasó un rato y, al igual que sucedió con Coletas, Dulce y Feliz, se deshizo del este en cuestión de minutos. Tiempo después, Mio que pasaba por allí, vio el reloj en la basura, lo recogió.

—Oh, un reloj. Se lo enseñaré a Feliz.

Con eso, se dirigió al restaurante para enseñarle el reloj a Feliz, pues sabía que más o menos a esa hora siempre se encontraba en el restaurante. Cuando llegó, pregunto por Feliz, pero no le dieron informes de él. Sin embargo, se quedó a comer, aprovechando que estaba allí. Como el reloj ya tenía pilas, pues Michigan en ningún momento se las quito, sonó y sonó. Cuando Mio, acabó de comer, se retiró sin darse cuenta que el reloj se le cayó del bolsillo.

Cuando Coo fue a recoger esa mesa, se encontró el reloj, lo tomó, fue a la cocina y se los enseñó a sus compañeros. Al verlo, Jefe dijo:

—¡Que hermoso reloj!

—Es elegante —afirmó Remmy—. ¿Quién lo dejaría aquí?

—No lo sé —les dijo Coo.

—Pues yo no sé, pero yo me lo llevaré a mi casa, mientras alguien viene, lo identifica y se lo lleva —informó Remmy sin dejar de hacer su trabajo.

—Claro que no. Yo me lo llevaré —dijo Coo riéndose.

—Esperen un momento —les pidió Jefe estando en desacuerdo—. Yo me lo llevo a mi casa.

Los tres chefs, iniciaron una discusión, para saber quien se quedaría con el reloj, hasta que Jefe los reprende:

—¡Ya basta! Nuestro deber, antes que nada, es cocinar, así que andando.

Con esto, los tres chefs se pusieron a hacer su trabajo. En todo el tiempo que estuvieron cocinado escucharon el molesto tic-tac, tic-tac del reloj. No mucho después, los tres cansaron de escuchar el molesto sonido, por lo que Remmy les dijo:

—¿Saben? Este… yo les dejo el reloj con mucho gusto.

—No —imploró Coo—, yo te lo dejo, Jefe.

Los tres inician una nueva conversación, para ver quien se quedaría con el reloj que nadie quería.

—¡Ya! ¡Está bien! Sólo hay una manera de solucionar esto —les mencionó Remmy.

Agarró el reloj y salió de la cocina y luego del restaurante. Jefe, que seguía en la cocina, le preguntó a Coo:

—¿A dónde va?

—No lo sé.

Remmy, al salir del restaurante, vio el primer basurero y allí tiró el reloj.

Después de un rato, Hijo y Coletas iban pasando por allí e Hijo mencionó:

—No es por nada Coletas, pero ese reloj dejó una gran marca en mí. Ya lo escucho por todos lados —justo en ese momento pasaban por el basurero y el sonido del reloj les llegó más claramente—.  Un segundo, esto ya no es paranoia mía. Coletas, es en serio, ¿eso que se oye no es el reloj que tiraste en la mañana?

—Sí, también lo oigo —Coletas se dirigió a donde el sonido se hacía más fuerte; el basurero—. Sí, sí es —lo cogió —¿Acaso no puedo deshacerme de esta cosa?

Caminaron un poco, hasta que llegaron a la presidencia y se sentaron en la banqueta. En eso, Reyd salió de la presidencia y alcanzó a escuchar el reloj. Intrigado, se acercó a Hijo y Coletas y les preguntó:

—Ese reloj, ¿de dónde lo sacaron?

—Este reloj —Coletas alzó el aparato para mostrárselo al mayor—, lo encontré en el sótano de mi casa.

—Pues ese reloj es… ¡una maravilla!

—No lo creo, suena horrible —mencionó Hijo, no comprendiendo la reacción de Reyd.

—Oh sí, a ese reloj se le conocía como “reloj minero” —continuó Mandamás—. Se le llamaba así porque ayudaba a los obreros que trabajaban de noche, a que no se quedaran dormidos en su trabajo.

—Sr. Reyd, ¿usted quiere el reloj? —le preguntó Hijo.

— ¡No! ¡Claro que no! —Movió sus manos negativamente —Yo tengo ganas de dormir, no de quedarme despierto.

—¡Pues yo no lo quiero! —gritaron Hijo y Coletas al mismo tiempo.

—Nadie lo quiere es muy ruidoso —concordó Reyd, luego se quedan pensando hasta que al Reyd se le ocurre algo—. ¡Ya sé! Se lo mandaré a mi hermano, después de todo, me debe una.


EL MISTERIOSO 
¿Será real? ¿O un producto de su imaginación?

Una mañana muy alegre, Coletas salió a… ¡un momento! Siempre comenzamos o con una mañana muy alegre o con Coletas, pero ¿qué tal si cambiamos un poco el comienzo de este capítulo?

Era una noche muy tenebrosa y desde hacía unos días, no dejaba de llover. Podían escucharse los truenos tan fuertes que hacían estremecerte hasta los huesos, y los relámpagos podían verse con toda claridad. Sí, era una gran tormenta, muy inusual en Sosonia por cierto, ya que nunca se daban ese tipo de fenómenos naturales.

En casa de Triple, él y sus secuaces estaban aburridos, deseosos de que la lluvia cesara y así poder salir y divertirse.

—¿Por qué no se acaba la tonta lluvia? —preguntó Triple enojado, mientras miraba fuera de su ventana.

—Sí —concordó un secuaz—, que se acabe ya para ir a jugar.

—¡No, idiota! Que se acabe para vengarme de Coletas —le gritó Triple —¿Aquí en la casa cómo lo hare?

—Ah, sí. Para eso también —contestó alejándose el secuaz, pues todos sabían que cuando llovía, Triple se transformaba en un gruñón.

Así que mejor decidió estar alejado de él y esperar a que la lluvia secara y así fue, a la mañana siguiente, y gracias a la lluvia, estaba haciendo mucho pero mucho frío. Triple se sentó en su cama, se estiró un poco y tras dar un gran bostezo se levantó.

—Ah, qué bien, la lluvia se ha acabado y es una mañana perfecta para vengarme de Coletas… Uy… está haciendo mucho frío, ya me congelé.

Él y sus secuaces se fueron al centro de Sosonia y fueron a desayunar al restaurante. Al entrar, Triple observó a Coletas comiendo tamales con un gran vaso de atole. Él y sus secuaces se sentaron, pidieron su orden, esperaron mientras llegaba la orden y al llegar los secuaces empezaron a comer; pero Triple no le quitaba la mirada de encima al que autonombro como su rival. Triple muy enojado porque Coletas ni siquiera le echaba una mirada, agarró el puré de patata y se la arrojó con gran fuerza a Coletas; el moreno, enfadado, fue hacia él, pero antes, tomó el vaso caliente de atole y se lo arrojó en el estómago a Triple, quien  con rapidez se levantó con prisa al sentir el caliente de la bebida, afortunadamente, solo estaba tibio, tampoco era que Coletas quisiera dañarlo.

—¡Falta! Eso está muy caliente… Auch… Auch —a pesar de ello, estaba calientito.

Triple más enfadado que nunca, agarró más puré de patatas y volvió a lanzarlo a Velasco, con esto, como si fuera la trompeta que anunciaba la guerra, empezó una pelea de comida entre los dos. Fue de esta manera, que Jefe salió de la cocina al escuchar tantos gritos, al verlos se sorprendió y alzando la voz, llamó su atención.

—¡Basta ustedes dos! ¡Basta, ya dejen de pelear! ¡Están espantando a toda mi clientela!

Y sin más, aunque los apreciaba mucho, los echó del restaurante por comportarse tan mal.

—Vuelvas cuando termines de reñir.

Una vez afuera, Triple miró a Coletas y estaba dispuesto a continuar con la riña, pero Coletas lo detiene al sugerirle:

—Primero hay que desayunar, ¿no? No termine de comer.

Triple olió algo sabroso provenir del restaurante y estuvo de acuerdo. Entraron, desayunaron, pero al acabar, Coletas se fue y al ver esto Triple dijo:

—Sí, siempre salen corriendo los cobardes —murmuró De Lizaldy siguiendo con los ojos a Coletas.

El joven estaba tan distraído que de la nada —a su parecer —Fea se acercó y lo saludó:

—Hola, Triple.

Al verla, pues su aparición fue repentina, el joven dio un fritó corrió como niña asustada.

Segundos después decidió ir a su cabaña y mientras caminaba se decía a si mismo pensativo.

—Sí, eso fue. Ella salió de repente, ¿quién no se asustaría al…? —se quedó mudo al ver su casa desordenada.

Las camas por allá y por aquí, hojas por todos lados, bueno, era un caos total y al mirar afuera, vio a una persona vestida totalmente de negro, no lo reconoció, pero el sujeto se dio cuenta que Triple lo vio y el joven dio un par de pasos para preguntarle por qué rayos entró a casa ajena además de estropeársela. Sin embargo, el sujeto extraño, al verlo, corrió dirección contraria.

—Tontos, que no se vaya, atrápenlo —dio la orden a sus secuaces.

No obstante, sus secuaces no hicieron nada porque no vieron a nadie, al contrario, un par ladeo la cabeza y miraron el lugar que su jefe apuntó.

—¿Acaso tengo que hacerlo todo yo? —sin más, el mismo comenzó a seguir al misterioso.

Cómo el sujeto de negro corría rápido, Triple no se le ocurrió nada mejor que lanzarle piedras, pero él misterioso las esquivaba con facilidad, por lo que no podía pegarle. Ambos se adentraron al bosque, en donde —extraño — estaban paseando Coletas, Rojita, Hijo y Flor. Ellos miraron a Triple a lo lejos corriendo y gritando:

—¡Detente! ¡Qué te detengas!

—¿Y ahora qué le picó? —preguntó curioso Hijo persiguiendo al castaño con sus ojos.

—Yo creo que está entrenando su voz, ¿no? —supuso Flor extrañada viéndolo desaparecer entre los árboles.

—No lo sé, pero es mejor irnos, no deseo que me vea y quiera seguir con la pelea de esta mañana —dijo después Coletas.

Después de una hora de estar persiguiendo al tipo loco que invadió propiedad privada, se detuvo al llegar a la plaza y muy cansado, por supuesto, empezó a mirar a su alrededor, por unos momentos se le perdió, pero a los segundos lo volvió a localizar y observó que el misterioso entró al restaurante, así que él se dirigió y también ingresó al restaurante.

—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Dónde se metió? —se preguntaba en voz alta al observas el restaurante y no ver a nadie de negro.

Todos los que estaban allí dejaron de hacer lo que estaban haciendo por ver a Triple, quien estaba bastante raro, él movía las mesas y las sillas y al ver que no había nadie, se preguntó:

—Si yo lo vi entrar, ¡¿Dónde estás?!

Triple miró a sus alrededores y se dio cuenta de que todos lo miraban extrañados.

—Hola —saludó dibujando una sonrisa llena de vergüenza—. Este… no se preocupen, no es nadie —no se le ocurrí algo mejor—, que se coma la comida— con esto, salió del lugar.


—Estoy seguro que yo lo vi entrar, ahora la gente me cree loco. —se decía mientras se dirigía a su hogar —¡Genial! Lo que me faltaba.

Era de noche, todos estaban dormidos, excepto Triple, quien se levantó al escuchar un extraño ruido que provino del baño. Cuidadosamente, se levantó se la cama y se asomó al baño, descubriendo que allí se encontraba el misterioso, que estaba esculcando en su botiquín y al ver a Triple, nuevamente salió corriendo.

—Oh, no —informó Triple—. No vas a huir de nuevo.

Así que iniciaron una nueva persecución. Otra vez entraron al bosque y allí Triple, de nuevo, empezó a arrojarle piedras; mas, al igual que la vez anterior, no logró darle con éstas. Entonces, en una de esas, logró darle en la cabeza, por lo que el sujeto cayó al suelo. Triple sin ninguna demora, se acercó a él, se hincó, lo tomó por el cuello del traje y empezó a preguntarle mientras lo zarandeaba:

—¿Quién rayos eres tú? ¿Qué quieres de mí? Acaso…

Una luz lo encandiló y lo interrumpió. Cuando logró recuperar su vista, vio a Fea, Jumbo y Payaso. Jumbo traía la linterna que lo encegueció momentáneamente y preguntó:

—¿Jefe? ¿Qué está haciendo aquí, a media noche y en medio del bosque?

—Yo sólo estaba…—fijó su vista en la mano que tenía sujeto al misterioso, dándose cuenta que no había nadie, se levantó y miró a todos lados—. ¿Dónde está? ¿Dónde se metió?

Los tres vagabundos se miraron y Payaso preguntó:

—Jefe, ¿de quién está hablando?

—De… de nadie, este… sólo sigan con… con lo que estaban haciendo… eh… eh… adiós.

Cuando Triple se hubo retirado, Fea les dijo a sus compañeros.

—Ya oyeron, vámonos —pero lo mencionó muy extrañada de la actitud del ojiverde.


A la mañana siguiente, Triple caminaba sin rumbo alguno, preguntándose de lo que vio ayer y sin darse cuenta chocó con Coletas, pero no se paró a buscarle pleito, siguió como si nada, es más, hasta se disculpó. Al ver su reacción, Coletas, se detuvo intrigado.

—Y ahora, ¿qué pasó? —se le hizo increíble que no le dijera nada y con la duda, siguió su camino.

Triple seguía caminado. Se detuvo en seco.

—¿Estaré loco? A lo mejor sí —negó rotundamente —¿Pero qué estoy diciendo? ¡Claro que no! Aunque mi papá es un loco, sí pero yo soy yo y él es él. Ya no sé… mejor voy con alguien. Un Psicólogo o algo así.

Se fue y después de mucho preguntar, le recomendaron a alguien que era muy bueno para este tipo de situaciones, por lo que Triple fue con el especialista y al llegar le contó todo. Al terminar el especialista le mencionó:

—Dime, ¿no escondes algo? Algún secreto, un robo o tal vez quieras vengarte o…— Triple lo interrumpió, contestando:

—¡Sí! Me quiero vengar de alguien.

—Pues creo que por eso ves cosas. Porque tú subconsciente te hace ver eso. Lo único que quieres es tener atención.

Al escuchar esto, Triple se levantó y sorprendiendo al señor, gritó:

—¡Tiene razón! Sí. ¡Tiene mucha razón!

Triple se fue de allí, con la meta de vivir sin preocuparse de vengarse de Coletas y una vez sola la persona que lo atendió, susurró al viento:

—Pobre loco.

Al anochecer, Triple se dispuso a dormir y lo hizo, pero sólo fue por unos momentos pues se despertó al escuchar, de nuevo, un ruido cerca de su hogar. Se levantó descubriendo a Coletas.

—¡¿Tú?! ¿Acaso quieres volverme loco? Pues felicidades, ¡ya lo lograste! —le gritó cuando lo vio y se abalanzó contra él. Coletas salió corriendo de la casa, pero Triple lo detuvo y empezó a golpearlo. Coletas se defendió y quiso explicarle por qué estaba en su casa, pero Triple no lo dejaba.


Coletas se encontraba en su casa y se iba a dormir cuando escuchó que tocaron la puerta, se dirigió a ella y la abrió, pero no había nadie. Cerró la puerta, se fue a la cama y cuando por fin iba a quedarse total y completamente dormido, escuchó ladrar a Reloj con inquietud, por lo que, muy asustado, se levantó a ver qué sucedía y observó que alguien corría dentro de su casa y que luego se salió por una ventana. Coletas lo persiguió hasta llegar a la casa de Triple. Vio que el misterioso se dirigía a la casa del castaño. Allí empezó a buscarlo, pero escuchó a alguien detrás de él y al voltear vio que era Triple.


Coletas y Triple aún peleaban, pero se detuvieron al escuchar un ruido dentro de la casa del último.

—Shhhh, ¿qué es ese ruido? —preguntó el dueño.

—Te digo que yo no…—Triple volvió a callar a Coletas y los dos entraron a la casa viendo que todos los secuaces de Triple estaban regados en el suelo.

—¿Qué pasó aquí? —inquirió Triple asombrado.

—No lo sé —contestó Coletas igual que Triple, observando a los seis tirados en el suelo.

El misterioso buscaba algo por todos lados y al parecer era muy importante pues no dejaba de buscar, hasta que escuchó a Triple decir:

—Sí. Yo sabía que eras real, no estoy loco… ¡Hey tú! —señaló al misterioso y éste volvió a correr —¡No huyas, cobarde! —gritó Triple y volvió a seguirlo.

—Si ya no hay más, me voy a casa —mencionó Coletas cansado.

Triple siguió persiguiendo al sujeto y de nuevo entraron al bosque, allí él despertó a Fea, Payaso y Jumbo.

—Ayúdenme —ordenó.

Con esto, los cuatro salieron tras el misterioso, pero no lo atraparon pues de manera misteriosa, igual que él, desapareció. Sin más remedio, todos se fueron a sus casas. Mientras eso, Triple se preguntaba: ¿quién era ese sujeto y que es lo que deseaba? Desde entonces nunca volvieron a ver al misterioso. Hasta que…

¿Quién era él? 
¿Qué quería de Triple? O ¿Con quién trabaja?
Nadie lo sabe.

EL CÍRCULO DEL AMOR

Se supone que esta historia comienza con Coletas e Hijo que están sentados en las escaleras que llevan a la entrada del restaurante Los Mil gustos; pero no, esta vez no comenzará así, sino más bien con una visita que llega inesperadamente a Sosonia. Llegó en el camión de la mañana, que pasa cada de vez en nunca, y es una jovencilla de más o menos la edad de Rojita. Pero llegó tan temprano que sólo sus parientes supieron de su llegada y no es por mucho mencionar que esa jovencilla sorprende a todos después; pero ahora sí ubiquemos  a Coletas e Hijo sentados en las escaleras que llevan al restaurante Los Mil gustos.

—Estoy aburrido —dijo Hijo a Coletas—. Hay que hacer algo, ¡ya sé! Vamos a jugar al básquet para que veas que bueno soy, mejor que tú.

Coletas asintió con la cabeza a la vez que contestó:

—Está bien, pero querrás decir para que yo te derrote.

Haciendo un puchero de incredulidad, Hijo habló:

—¡Claro! ¿Tú? ¡Vamos a ver quién va a perder!

Y los dos se fueron a jugar. Más tardaron en llegar a la cancha pública que en regresar a las escaleras en donde se sentaron justamente en el mismo lugar; sin embargo, Hijo se encontraba muy enojado. Del restaurante, salieron Flor y Rojita y muy sonrientes, saludaron a Coletas e Hijo.

—¿Por qué estás enojado, Hijo? ¿Qué te pasa? —preguntó Flor.

—Por nada— contestó Hijo más enojado.

—Está así porque le gané en el baloncesto— informó Coletas.

— ¡No es cierto!— se defendió Hijo.

— ¡Ah!— exclamó Flor— Pero yo no creo que haya sido por mucho, ¿o sí?

— ¿Por cuánto fue?— interrogó también Rojita, muy curiosa.

—No por mucho— contestó Coletas—, no fue tanto.

— ¿Por cuánto fue?— insistió Rojita.

—Por unas dos a treinta o treinta y dos. Ya por tantas canastas que metí se me fue la cuenta, pero eso fue más o menos.

Todavía no terminaba de hablar cuando a Rojita y a Flor les ganó la risa y tuvieron que taparse la boca para reprimir las carcajadas. Coletas continuó diciendo:

—Y que conste que yo le dejé ganar los dos primeros tiros.

   Hijo parecía un rosal rojo. Con el rostro completamente del color de éste, dijo avergonzado:

—Ya te dije. Me ganaste porque, porque estaba… Ah… estaba… distraído, sí, por eso, ya sabes, por eso y por aquello.

—No, no sé— dijo Coletas divertido como las chicas.

—Sí, sí sabes— terminó Hijo colérico.

Con un supremo esfuerzo, porque se perderían esta divertida charla, Flor dijo:

—Bueno chicos, nosotras ya nos vamos. Tenemos que ir con papá porque nos necesita. Adiós.

Cuando se fueron, Hijo dijo:

—Tú has hecho que me diera vergüenza.

—No te preocupes— contestó Coletas—. Yo también me sentí avergonzado.

Hijo lo miró sorprendido y muy serio, Coletas continuó:

— ¡Pude haber metido cien canastas! ¡O doscientas!

— ¡Tú! ¡Mal amigo!— y se fue contra Coletas enojado, lanzándole golpes a diestra y siniestra.

— ¡Hey! ¡Es una broma!— se defendió Coletas.

Pero Hijo no le hizo caso y pelearon hasta que llegó Todd y trató de separarlos, diciendo:

— ¡Chicos! ¡Chicos! ¡Hey chicos!

Coletas e Hijo detuvieron su pelea para prestarle atención a Todd, quien les dijo:

—No peleen, ustedes son amigos, ah, ¡pero qué chicos! Oigan, ¿han visto a Flor y Rojita?

—Sí— respondió Hijo—. Se acaban de ir, dijeron que las necesitaba.

—Así es— asintió Todd—. Recuerda Hijo, voy a acompañar a tu papá a unas entregas a la ciudad.

— ¡Oh, sí!— exclamó Hijo—. Es que mi papá hace esas donas tan ricas, que todas las ciudades quieren de esas deliciosas y ricas donas… ¡Todo el mundo… no… todo el universo…!

—Ya Hijo— lo calmó Coletas dándole un codazo—. Vas a dejar a tu papá sin trabajo. Si todo el universo comiera de sus donas, se acabaría toda la harina…

—Bueno, bueno— interrumpió Todd— Hijo, tu papá quiere que te quedes a cuidar la tienda mientras él no está.

Haciendo un gesto de inconformidad, Hijo exclamó:

— ¡¿Que me tengo que quedar en la tienda?! ¡Siempre yo! ¡Siempre yo! ¿Por qué yo?— e hizo un berrinche aún sabiendo que era sólo él porque era hijo único—. ¡Ni modo! Vas a tener que apoyarme en esto, Coletas.

—Si— aceptó Coletas.

Así pues, los tres se fueron a la tienda del papá de Hijo. Cuando llegaron, el señor Braket estaba empacando las ricas donas para ir a la ciudad. El señor Todd fue a inspeccionar su negocio de jugos donde ya estaban Flor y Rojita, quienes cuidarían el negocio en ausencia de Todd. De esta manera, los dos papás se fueron a la ciudad.

Después de un rato de cuidar la tienda, ya sumamente aburridos, porque a esa hora del día ni las moscas entraban a la tienda, Hijo le dijo a Coletas, de improvisto:

—Coletas, si a ti te gusta Rojita, ¿por qué no te le declaras?

La granada se vería verde en comparación del rostro de Coletas, quien se permitió no contestar.

—Vamos, Coletas. Contéstame…

—Yo… pues… yo no…— balbuceó Coletas.

—No me digas que no. Estoy al tanto de lo que sientes por ella; además, se nota que te gusta y mucho. ¿Por qué no le dices lo que sientes? ¡Y así serás más feliz!

—Yo…- Coletas, incómodo, inventó—: ¡Mira, un cliente!

Pero Hijo no vio a ningún cliente por lo que dijo:

—No ha entrado ningún cliente…

—Por eso digo que un cliente entró al puesto de jugos.

—Mira, Coletas, no tengas miedo de declararle tu amor a Rojita.

—No sé— habló al fin, Coletas—. ¿Y si me dice que no?

— ¿Cómo crees? Mírame a mí— presumió Hijo— Yo le dije a Flor lo que sentía y mira, ¡ya somos novios! Tengo un plan. Déjame ayudarte a hacerte novio de Rojita. Claro, tú no estás tan guapo como yo, pero sí tienes oportunidad con ella, además, si no le dices lo que sientes, nunca va a saberlo y, etc., etc., ya sabes lo que sigue. Puedes imaginarte el final de la historia.

Coletas iba a responder a eso, pero Hijo no se lo permitió pues continuó diciéndole:

—Déjame ayudarte ya que soy tu amigo. Hagamos un picnic. Tú no vas a hacer más que presentarte al picnic. Yo iré e invitaré a las chicas, es más, voy a invitarlas ahora mismo.

Y sin darle oportunidad de nada, Hijo salió de la tienda y se dirigió al puesto de juegos.

—Mira— dijo Rojita—, allí viene Hijo.

Flor, completamente enamorada, miró acercarse a Hijo y suspiró. Hijo llegó al mostrador y, apoyando los codos en éste, puso su barbilla en las manos y se le quedó mirando a Flor sin decir nada. Ambas aguardaron a que Hijo dijera algo, pero como no lo hizo, Rojita habló:

—Hola, Hijo. ¿Cómo va el negocio?

— ¿Eh? ¡Ah, sí! Coletas y yo queremos invitarlas a un picnic cuando cerremos el negocio. ¿Aceptan?

— ¡Claro que sí!— aceptaron gustosas las chicas.

—Entonces, nos vemos en el parque.

Hijo regresó a la donería Braket y le informó a Coletas:

—Ya estuvo. Ponte guapo porque hoy conquistarás a la segunda chica más bonita de Sosonia. Hay que aprovechar este día. ¿Te has dado cuenta? Hoy no te has encontrado con el molesto de Triple. ¡Por fin un día que te deja en paz!


Pero se equivocaba.

En su cabaña, Triple planeaba (como siempre) un plan que fuera perfecto para vengarse de Coletas. En eso, tocan la puerta. Al abrir, dice:

— ¡Ya era hora de que regresaras! Tardaste tan… to…

Se calló, porque quien tocó no era su secuaz, a quien había mandado a espiar a Coletas, sino Fea, quien con su voz más dulce saludó:

—Hola Triple.

Triple, cerrando un poco la puerta, contestó:

— ¡Ah! Hola… ¿sabes qué? Estoy… este… yo… eh… estoy un… muy… ¡ocupado!...— y cerró más la puerta, sin dejar de excusar—: ¡Sí, eso! ¡Estoy muy ocupado!

Sin embargo, antes de que cerrara por completo la puerta, Fea le informó:

—Te traje unas galletas.

La palabra “galletas” fue mágica. Triple abrió y dijo:

— ¡Ah, bueno! Dámelas pues, si quieres pasa.

Ni tarda ni perezosa, Fea aceptó la invitación y pasó a la caballa. Tomando de la canasta que colgaba de su brazo una caja de galletas, Fea habló:

—Las hice especialmente para ti.

—Sí, como sea.

Triple comió una galleta. Apenas la probó, la escupió poniéndose verde.

— ¿Qué es esto?— preguntó a punto de vomitar—. ¿Me quieres matar? ¡Que asco! ¿Sabes qué? Pensándolo bien, sí estoy muy ocupado, así que vete— Triple la empujó a la puerta sin dejar de decir—: Estas con las galletas más horribles que he probado en mi vida.

Mientras sacaba a Fea, llegaron sus secuaces, quienes al ver la caja de galletas en el suelo comenzaron a comer y todos las escupieron, al igual que Triple, excepto uno que dijo:

—Mmmm… son las galletas más ricas que he probado.

Al escucharlo, Triple y los secuaces, corrieron al baño tapándose la boca, tan verdes como la vegetación del campo cuando llueve.

— ¡Fuera de mi baño!— gritó Triple sufriendo mucho—. ¡Ni se les ocurra entrar a mi baño!

Con esta orden, los secuaces no tuvieron más remedio que salir de la cabaña. Unos por la puerta y otros aventándose por la ventana.

Sin darse cuenta de la conmoción que había dejado, Fea se internó en el bosque llegando a su morada. Sentíase muy triste y sus subordinados, o sea Jumbo y Payaso, se dieron cuenta de eso, por lo que Payaso preguntó:

— ¿Qué pasó, Fea?

Fea suspiró y contestó:

—A Triple no le gustaron mis galletas.

— ¡Ay, Fea! El jefe es un escandaloso. ¿Cómo no le gustaron las galletas que pasaste toda la mañana haciendo? ¿Me das una para que las pruebe yo?

Fea sacó la última caja que le quedaba y se la dio a Payaso. Al probarla, al pobre lo ocurrió lo mismo que a Triple, y a la primera oportunidad que tuvo, las escupió sin que Fea se diera cuenta. Mirando el resto de la galleta con sospecha, dijo:

—No entiendo porque no le gustaron al jefe. Están… bien buenas.

—A ver— pidió Jumbo— déjame probarlas.

Antes de que pudiera apoderase de una, Payaso las escondió entre sus ropas y habló:

— ¡No! Están tan buenas que las quiero sólo para mí.

—Por eso no entiendo por qué no le gustaron a Triple— se preguntó Fea—. A toda mi familia le gustaban.

—Pues yo las quiero probar— reclamó Jumbo emberrinchado—. ¿Tienes la receta, Fea? Me haré unas ya que Payaso no me quiere dar.

—Claro— Fea buscó la receta—, aquí la tienes.

Jumbo comenzó a leer la receta en voz alta:

—Harina… huevos… azúcar… ¿qué?

En esta parte, le mostró la receta a Payaso y éste se estremeció de horror y le preguntó a Fea:

— ¿También le ponen… eso?

—Sí— contestó Fea—. Es el ingrediente secreto.

— ¿Sabes, Fea? Mejor luego me hago las galletas, recordé que ahora tengo que hacer… ¡Tenemos que hacer lo que siempre hacemos!

— ¡Ah, sí! ¡Es cierto!— concordó Payaso y comenzó a caminar, seguido de Fea y Jumbo. Los tres fueron a las hamacas, que amarradas de los árboles, los recibieron para ayudarlos a hacer lo que siempre hacían… es decir, nada.

Mientras tanto, en la cabaña de Triple, por fin llegó el secuaz que había sido mandado a espiar a Coletas y éste informó:

—Jefe, su peor enemigo se va a reunir en el parque con sus amigos. Se van de picnic.

— ¡Ajá! Con que un picnic, ¿y por qué no me invitaron? ¡Ah! Pero me vengaré de esto también. ¡Me vengaré! ¡Y por fin voy a triunfar! Jajaja.

Y rió tanto que por poco se ahoga, pero sus secuaces se le fueron encima manoteándolo en la espalda para ayudarlo a respirar, sin embargo, como todos lo hicieron al mismo tiempo, Triple fue a parar al suelo molido a manotazos. Desde el suelo, miró a sus secuaces y pidió:

—La próxima vez… ¡sólo uno ayúdeme!

Se levantó para irse al parque, donde ya llegaban Coletas e Hijo.

—Mira, Coletas— le explicó Hijo—, el plan es este. Invitaré a Flor a dar un paseo alrededor del lago para que tú te quedes solo con Rojita y así puedas declararle tu amor, ¿ves? Es un plan sin fallas.

En el parque, ya los esperaban Flor y Rojita. Entre los cuatro, extendieron una manta que las chicas habían llevado, así como las cansaste con comida. Flor preguntó:

— ¿Ustedes que trajeron para comer?

Coletas e Hijo se miraron y el ojiazul respondió:

—Trajimos lo más importante. ¡Nuestra presencia!

—Yo traje dos donas— informó Coletas, enseñando una bolsa de papel.

— ¿Dos donas?— inquirió Flor.

—Sí, una para Hijo y otra para mí.

— ¡Uf!— resopló Flor—. ¡Hombres!

Con esto, se sentaron a comer. Cuando terminaron, Hijo le dijo a Flor:

—Flor, vamos a caminar alrededor del lago.

Extrañada, Flor miró a su alrededor y preguntó:

— ¿Cuál lago?

Mirando también su alrededor, Hijo se dio cuenta que el lago quedaba muy lejos de allí, así que corrigió:

—Bueno, vamos a dar un paseo nada más.

Levantándose, Hijo y Flor se fueron a dar el paseo. Una vez solos, Coletas habló:

—Rojita… tú eres mi mejor amiga, pero me gustaría que… es decir… quiero— guardó un instante silencio para tomar el cucharón de la sopa, con el cual empezó a jugar con nerviosismo, dándole vueltas—. Yo quiero… quiero…

Y se distrajo aún más cuando, en el cucharón se reflejó una figura que estaba detrás de él, más la voltear, no vio a nadie.

— ¿Qué ibas a decirme, Coletas?— preguntó Rojita, emocionada.

Coletas ya no dijo nada. Había visto una silueta esconderse detrás de un árbol, así que se levantó para dirigirse al árbol. Cuando estuvo cerca del árbol, Triple lo sorprendió saltando sobre él, pero Coletas lo esquivó echándose a correr. Triple lo siguió, entonces, Coletas se montó en una bicicleta que se encontró apoyada en un árbol y sin preguntar de quién era, pedaleó, alejándose del lugar. Triple detuvo su carrera para quitarle la bici a un niño que paseaba en el parque y sin importarle que el niño se quedara llorando, siguió a Coletas que ya andaba en las calles, fuera del parque.

Llegaron al lago MC y de pronto, Coletas detuvo la bici y tomado por sorpresa, Triple pasó a su lado y aún pedaleando, Triple se volvió para averiguar por qué Coletas se había detenido. Al querer detenerse, descubrió que una gran piedra estaba delante de él y también descubrió que esa bici no tenía frenos, por lo que dijo:

— ¡Oh, no! ¡Esto me va a doler!— y lo peor era que ¡iba de bajada!

Al chocar con la piedra, Triple salió volando y fue a parar dentro del lago MC. Ya en el agua, gritó:

— ¡Me vengaré de ti, Coletas!— seguido de un—: ¡Auxilio! ¡Me ahogo! ¡No sé nadar!— después—: ¡Juro que me vengaré, Coletas!— para después gritar—: ¡Que alguien me ayude! ¡Agh! ¡Socorro! ¡S.O.S.!

Coletas sonrió y se regresó al parque. Cuando llegó, Hijo, Flor y Rojita estaban recogiendo todo para irse. Así que no le quedó más remedio que acompañarlos y cada quien se fue a su casa. Fue de esta manera como concluyó este día.

Al día siguiente, estos cuatro estaban en el restaurante comiendo sus comidas preferidas. Coletas comía pescado; Rojita saboreaba unos ricos mariscos; Hijo, chile, mole y pozole, aunque por lo general pedía una cosa, había ocasiones en que pedía los tres juntos (y no estaba gordo), con un poco de carne de res; Flor por su parte, comía ensalada de verdura y fruta.

Mientras ellos disfrutaban su comida, alguien entró al restaurante, fue a sentarse junto a su mesa, de espalda a ellos. La persona vestía de blanco. Un chef la atendió solicitando su orden. Todos escucharon cuando ella dijo:

—Tráigame pescado con un poco de mariscos, mole y chile con carne de res, un plato chico de pozole y una ensalada de verduras con un poco de fruta, gracias.

— ¿Escucharon lo que pidió? ¿Quién será esa persona?

— ¡Quién sabe!— contentó Hijo sin dejar de comer.

En eso, Rojita se levantó y fue a donde la persona. Rojita y la persona se abrazaron mientras Coletas, Hijo y Flor las miraban sorprendidos.

—Creo que me perdí de algo— dijo Hijo.

—No te preocupes— comentó Coletas—, Flor y yo también estamos perdidos…

—Ella es Lin-Lin, mi prima— les explicó Rojita—. Vino de visita ayer en el camión tempranero. Vive en la ciudad.

Todos saludaron a Lin-Lin y cuando terminaron de comer, los cinco se encaminaron al parque para pasear un rato. Al poco tiempo de llegar al parque, llegan Fea, Payaso y Jumbo. Fea saludó y dijo:

—Hola, ¿cómo están?

Todos contestaron el saludo y añadieron que estaban bien. Luego, Fea se presentó a Lin-Lin.

—Yo soy Fea— y tiende la mano a Lin-Lin, quien la ignora diciendo:

— ¿Eres Fea? ¿Por qué será? ¡Y mira esos trapos!

— ¡Ay, sí! ¡Cómo si tú superas mucho de moda!— contestó Fea, herida y con furia. Así, empezó una discusión de moda entre las dos, por lo que Payaso tiene que intervenir.

—Chicas, dejen de discutir…

No fue necesario que dijera más. Lin-Lin calló de pronto y no prestó atención a nada ni nadie más que a las campanadas de su corazón que parecían decir: “Qué bonita voz”, “Qué bonita voz” y sus ojos miraron a Payaso y su visión le dijo: “Qué hermoso joven”, “Qué hermoso joven”. Después de esto, la voz de Fea rompió el encanto pues dijo:

—Tienes razón, Payaso. No debo discutir con esta sujeta… ¡vámonos!

Se fue, llevando con ella a Payaso y Jumbo. En el camino, Payaso le dijo a Fea:

—Yo no creo que seas fea.

Sin embargo, Fea estaba tan molesta que pareció no escucharlo, tampoco lo que le dijo Jumbo a Payaso en voz baja:

—Tienes razón, Payaso, Fea no está más fea que sus galletas.

En el parque, Lin-Lin les dijo a todos:

—No me cayó muy bien Fea, es muy… mandona…

Y su voz llegó también a Triple que entre los árboles, espiaba a Coletas. Le dijo a uno de sus secuaces que estaba con él.

—Mira a Coletas, lo voy a sorprender, pues ayer él me sorprendió, pero hoy seré yo quien lo sor… prenda…

Pero el sorprendido fue él cuando miró a Lin-Lin que pasó cerca de él.

— ¿Qué es eso que va allí?— se preguntó boquiabierto—. ¿De dónde salió?

—Eso— contestó el secuaz—, es una chica y salió de su mamá…

— ¡Ya sé eso, tonto! Quiero decir, ¿quién es? ¿Por qué no la había visto antes? Me hace sentir raro, es algo que nunca había sentido, algo que no sabía que existía… Creo… ¡Creo que estoy enamorado!

Así, por primera vez en su vida, Triple dejó pasar a Coletas sin buscarle pleito. Al irse alejando, Lin-Lin preguntó:

— ¿Quién es él?

—Él es Triple— respondió Rojita.

—No, ese no. El otro, el que anda con Fea, el guapo.

— ¿El guapo?— repitió Rojita y volteó a ver a Coletas. El más guapo era él.

—Sí, sí. El que anda con Fea.

— ¡Ah, ese! —Rojita dejó de mirar a Coletas— Ese es Payaso.

—Payaso— recalcó Lin-Lin—. Él es tan… tan… tan… ¡wow! No hay palabra para describirlo.

Así, llegaron a una calle donde los amigos se despidieron sin saber que sus sentimientos eran un revoltijo; pues Payaso quiere a Fea; pero Fea quiere a Triple; luego, Triple quiere a Lin-Lin y ésta última, quiere a Payaso.

¡Vaya círculo!

Mientras tanto, en su cabaña, Triple le dijo a uno de sus secuaces:

—Mañana sin falta, quiero que me investigues quien es esa belleza. ¿Cómo se llama? Quiero su nombre… ¡ah! Debe tener un nombre muy bonito, así como ella.

Y transformado por completo, Triple tomó una almohada y la abrazó, luego, mirando a su secuaz, le dijo muy serio:

—¿Qué esperas? ¿Ya me traes su nombre?

—Mañana, jefe. Ahorita es muy noche— respondió el secuaz, retrocediendo.

—Ah, sí, mañana— dijo Triple, mirando afuera, por la ventana.

Así que, muy temprano, otro día, el secuaz fue al pueblo a investigar sobre Lin-Lin. Afortunadamente, la encontró con sus amigos. Ella les decía:

—Voy a estar una larga temporada en Sosonia, así que necesito encontrar trabajo. Ya sé que contigo, Rojita, no me falta nada, pero tengo que cooperar, ¿no crees?

—No lo creo, pero si quieres trabajar, puedes ir al restaurante, están ocupando una mesera.

—Sí, Lin-Lin— dijo Coletas—, vamos al restaurante.

Y todos se dirigieron a éste, excepto el secuaz que regresó a la cabaña de Triple, anotando en un cuadernillo el nombre de Lin-Lin.

Mientras tanto, los cuatro jóvenes (Coletas, Rojita, Hijo y Flor) esperaban a Lin-Lin afuera del restaurante, pero la muchacha se tardó en salir. Fue mucho, mucho, mucho más tarde que vieron salir a Lin-Lin y fueron con ella, bombardeándola con preguntas:

—¿Qué sucedió? ¿Por qué tardaste tanto? ¿Te dieron el empleo?

—Bueno, primero me hicieron una prueba de chef, luego me pusieron a cantar, después me mandaron a limpiar los baños y de allí me iban a mandar a lavar los platos, pero alguien se acordó que el empleo era de mesera y sí, me lo dieron.

Los amigos, muy contentos, se fueron a festejar a la donería Braket. En tanto, el secuaz llegó a la cabaña de Triple y le enseñó el cuadernillo. Triple leyó el nombre y preguntó sorprendido:

—¿Seguro que así se llama?

—Sí. Yo escuché su nombre— contestó el secuaz.

—Bueno… nadie es perfecto.

Con esto, Triple salió de su cabaña y se dirigió al pueblo. Allí, comenzó a buscar un regalo para la dueña de su corazón, sin embargo, no encontró nada. Se metió en una ferretería con la esperanza de encontrar el regalo “perfecto”. Inseguro, se preguntó que regalarle. El dueño de la ferretería lo miró ir y venir para acá, después de un rato, el señor le preguntó:

—¿Qué busca, joven? ¿Un regalo para su novia?

—Sí, ¿cómo lo supo?

—Porque se ve asustado. Aquí no va a encontrar un regalo para su novia. Vaya a una dulcería y cómprele chocolates o si no, cómprele flores, pero en la florería.

—Tiene razón— respondió Triple y salió de la ferretería para ir a la dulcería y también a la florería para comprarle lo sugerido; luego, fue a buscar a Lin-Lin, a quien encontró caminando sola por allí.

—¡Ay! ¡Que bueno que no anda con sus guardaespaldas!— murmuró Triple contento y, aclarándose la voz, dijo poniéndose a su lado—: Hola, Nin-ning.

Pero Lin-Lin lo ignoró y siguió caminando. Triple volvió a repetir:

—Hola, Nin-ning.

—¿Me hablas a mí?— inquirió ella, deteniéndose.

—Sí.

—Pues yo no me llamo Ninning. Soy Lin-Lin.

—¿Lin-Lin?— repitió Triple—. ¡Lo sabía! ¡Eres perfecta! Mira, te quiero regalar estos chocolates.

—¡Que bonitos!— exclamó Lin-Lin—; pero soy alérgica al coco.

—Son de fresa.

—¡Lástima! No me gusta la fresa.

—Bueno… mira, entonces te regalo estas flores.

—¡Ay! Fíjate que soy alérgica al polen.

Así, con tal rechazo, Lin-Lin siguió con su camino y dejando a un triste Triple. En el camino, la joven se topó con Payaso. Ahora es el turno de ella de detenerlo.

— ¡Payaso!— le habla—. ¿Puedo caminar a tu lado?

—Claro, si quieres…— contestó el pelirrojo encogiéndose de hombros, despreocupado.

Caminaron en silencio por un buen rato, cuando Lin-Lin lo rompió al comentar:

— ¡Mira Payaso! ¡Que bonita puesta de sol! ¡Y mira esas flores! ¡Que bonitas están! A mí me gustan las flores.

Payaso mira las flores de un jardín y dice:

—Ah, sí, las flores… son muy bonitas, pero ¿sabes? Tengo que irme rápido… Por esta calle… ¿Tú vas por aquella?

Y se fugó de Lin-Lin, dejándola triste. Ella siguió su camino sin notar que Payaso fue al jardín que momentos antes contemplaba, para cortar unas flores, mientras se decía con voz alegre:

—Estas flores le van a gustar a Fea… ¡Ah! Fea.

Triple en cambio, corrió a la ferretería. El dueño ya la estaba cerrando, así que le dijo cuando lo vio:

—Ya estoy cerrando, vuelve mañana.

—No quiero comprar nada, pero quiero su consejo.

 —¿Es sobre tu novia? Mira chico, a mí ya se me olvidó todo ese rollo, ¿por qué me molestas? Bueno, mira, llévale serenata. A las mujeres les gusta eso.

—¡Tiene razón!— luego, Triple se fue a la casa de Rojita, que era donde vivía Lin-Lin, mientras se regañaba—: ¿Por qué diantres le pido consejo a ese señor? ¡Ni siquiera lo conozco!

Al llegar a la casa de Rojita, la cual se ubicaba en el segundo piso, pues abajo estaba el puesto de jugos, Triple comenzó a cantar:

Lin-Lin
Bella Lin-Lin
Asómate a la ventana
Olvida que te dije Ninning
Sal a tu balcón
Y mira mi corazón
Ninning…
Que  diga… Lin-Lin
¡Ay! ¡Ya me hice bolas!...

Lin-Lin se asomó al balcón y gritó:

—¡Es horrible! ¡Cállate Triple!

Pero Triple siguió cantando, hasta que Lin-Lin tomó una maseta que adornaba el balcón y se la aventó, pero Triple la esquivó y cantó:

No importa, Lin-Lin
Que quieras matarme
Con una maceta
No importa que hagas
¡Estás en mi cabeza!

Arriba, Lin-Lin murmuró:

—¿Con qué estoy en tu cabeza, eh? Ahora verás lo que va a estar en tu cabeza…

Se metió y volvió a salir, pero con un montón de zapatos, los cuales comenzó a aventárselos a Triple. Pero aún así, el empeño de Triple por darle serenata no paró:

¡Ay, ay, ay, ay!
No importa si quedas descalza
Tus zapatos serán para mí
Prenda que me regalas

—¡Dios! ¿Qué hago para callarlo? —se preguntó Lin-Lin ya muy avergonzada—. ¡Ah, ya sé!

Y vuelve a meterse, regresando nuevamente, pero con un potente juguete parecido a una arma de fuego, pero en vez de balas, arrojaba pintura y lo hace con una extraordinaria velocidad que cuando te toca, duele. Al verla, Triple cantó:

Dispárame si quieres
Dale a mi corazón
Pero no olvides que te quiero
Y acepto todo tu amor.

—Sí, claro— refunfuñó Lin-Lin—. Bueno, no tendrás mi amor, pero si tendrás esto. Toma, toma, ¡ya cállate!

¡Ay, ay, ay!
Me iré ahora
Pero te prometo una cosa
Volveré, volveré, volveré.

Así, bombardeado por fuertes tiros de pintura, Triple se alejó corriendo a la vez que Lin-Lin exclamó:

—¡Qué bárbaro! ¡Qué feo canta!

Ya lejos de la casa de Rojita, Triple se dijo:

—¡Qué bárbara! ¡Qué difícil resultó ser! Pero no le hace, estoy seguro que me quiere… muy, muy, muy en el interior.

No muy lejos de la casa de Rojita, Fea salió de entre unos arbustos. Estaba muy celosa por la serenata y se dijo:

—Sí a mí me llevara serenata, no lo trataría así.

Triple llegó a su cabaña y se pasó el resto de la noche bañándose para quitarse la pintura que lo había pintado por todos lados, pero aún así, muy temprano se dirigió al restaurante porque sabía que allí estaba trabajando Lin-Lin.  Sin embargo, Fea llegó también y estaba tan enojada, que llegó buscándole pleito a Lin-Lin.

—¿Qué te pasa?— le preguntó ella cuando Fea la empujó.

—Tú ya sabes que me pasa— le respondió Fea.

—No, no lo sé— contestó Lin-Lin, enojada también porque Fea podía ver a Payaso todo el día y ella no.

Por lo tanto, ambas se trenzaron en una lucha titanesca. En eso llegaron Coletas, Rojita, Hijo y Flor.

—¿Y éstas? ¿Por qué pelean?

—¡Quien sabe! —contestaron los chefs que habían tratado de separar a las chicas —. Ayúdanos, Coletas, a separarlas —pidió uno de ellos, pues no se animaba muy bien a acercase a la chicas pues ellos les temían a los golpes.

Sin embargo, Coletas lo ignoró porque Triple, al verlo, se le fue encima y ahora también los dos comenzaron a pelear. En eso, hicieron su aparición Jumbo y Payaso, comentado:

—Ya sabemos que Coletas y el jefe siempre se pelean, pero, ¿por qué se están peleando esas dos?

—No sabemos —contestó la morena—. Desde un principio se cayeron mal.

—Pues eso no está bien— dijo Payaso muy decidido, interponiéndose entre Fea y Lin-Lin, esta última dejó de pelear el verlo y se volvió la cosa más linda y dulce. Le dijo a Payaso con entusiasmo:

— ¡Payaso! ¡Aquí estás!

—Sí, aquí estoy —respondió volviéndose a Fea—, Fea, aquí estoy…

—Ya lo noté —respondió ella sarcástica—. Ahora quítate para darle su merecido a esta bruja.

Al escucharla, Triple dejó de pelear con Coletas y dijo:

—¡Fea! No insultes a mí… a Lin-Lin. Además, ¿por qué estás peleando con ella?

Fea se ruborizó y turbada, balbuceó:

—Porque… yo… ella… tú… ¡Ella me dijo fea!

—¿Nada más por eso? —gritó Triple—. ¿Por qué te enojas por la verdad?

Sus palabras pusieron muy triste a Fea. Con voz cansada, les dijo a Payaso y Jumbo:

—Vamos, chicos, vámonos de aquí.

Sus subordinados la siguieron sin entender porque peleaban Fea y Lin-Lin.

Lin-Lin miró irse a Payaso y dio unos pasos como para seguirlo, pero la voz de Triple la detuvo:

—Lin-Lin…

La joven se volvió a verlo y gritó:

—¡Déjame en paz! ¡No te quiero volver a ver! Tu voz me sigue convirtiendo mis sueños en pesadillas….

Lin-Lin se fue a la cocina y Triple gritó con alegría:

—¿Oyeron? Le gustó mi serenata… mi voz la sigue… mi voz la sigue…


Y repitió eso hasta que  todos se fueron. Al fin, él también se fue.
  
LAS VACACIONES


Coletas e Hijo caminaban por las tranquilas calles de Sosonia, muy de mañana. No obstante, los dos chicos mantenían una discusión y no pararon ésta ni siquiera al toparse con Rojita, Flor y Lin-Lin, quienes, obvio, notaron la disputa entre los amigos.

¿Ahora qué sucede? — preguntó Flor.

De seguro otra vez te ganó Coletas en otro juego, ¿verdad, Hijo? —quiso adivinar Rojita.

¡Por supuesto! Otra vez le gané —afirmó Coletas, con tono triunfante.

Hijo se sonrojó notablemente por la vergüenza que nuevamente estaba pasando. Por lo que se defendió diciendo:

Sí, pero como ya te dije, estaba distraído.

Sí, claro —dijo Coletas de manera sarcástica y lanzando una risilla—. Dime Hijo, todas la veces que juguemos a algo, ¿te vas a distraer? —y ante este comentario todos se carcajearon sin poder evitarlo.

Coletas es muy bueno en los deportes, ¿cierto? —le preguntó Lin-Lin a su prima al recordar que algo así le había mencionado ella.

Así es, él practica cualquiera y sabe jugarlos muy bien.

En ese caso —siguió diciendo Lin-Lin, pero esta vez dirigiéndose a Coletas—, hay que jugar baloncesto, ¿te parece?

Claro, ¿por qué no? Pero que el partido dure sólo una hora.

Así, los cinco amigos se dirigieron a la cancha donde Coletas y Lin-Lin iniciarían un juego bastante reñido. Después de la hora transcurrida, el último en meter una canasta fue Coletas y el tiempo se acabó.

Buen juego —lo felicitó Lin-Lin con la respiración entrecortada. El chico asintió agradeciendo sus palabras mientras limpiaba el sudor de su frente.

Pobre de ti, Coletas, jajaja —se burló Hijo de su amigo—. Tú metiste tres canastas y ella cinco jajaja.

¿Qué tal si jugamos tú y yo, Hijo? —preguntó Lin-Lin con maldad, sabiendo de antemano la respuesta.

Ah… no, no lo creo —contestó el chico de manera sonriente haciéndose el desatendido.

¡Lin-Lin! —la llamó Flor muy sorprendida—. ¡Qué buena eres para el baloncesto!

Bueno, en la ciudad practico mucho los deportes. Es mi pasatiempo —le mencionó la joven y de esa manera empezó a nombrar los que practica—. Fútbol soccer, baloncesto, ping-pong, fútbol americano, béisbol, vólibol, tenis y algo de golf… aunque también soy buena en el boxin.

¡Vaya, vaya, vaya! ¡Eso es genial! —exclamó Hijo más que sorprendido, luego se dirigió a su mejor amigo—. Oye, Coletas, deberías intentar practicar el boxin.

¡Oh, no! —se defendió el chico—. Ya tengo suficiente con los golpes que me da Triple —y ante las palabras todos volvieron a lanzar una risa divertida. Hasta que Lin-Lin observó su reloj y comentó preocupada:

Se me va hacer tarde para ir a trabajar. Tengo que irme.

Sin embargo, los cuatro restantes del grupo le dijeron que con gusto la acompañarían a su trabajo y así lo hicieron. Una vez llegaron al restaurante, los amigos decidieron aprovechar el hecho que ya estaban allí y entraron a comer algo; al instante, Lin-Lin pidió su orden y una vez estas estuvieron listas se las llevó. Mientras hacía esto, Triple ingresó al restaurante y tomó asiento. Tres de sus secuaces eran su compañía. En el momento en que Triple vio a Lin-Lin, la saludó con entusiasmo.

¡Ay no! —Respingó la joven mesera con fastidio —Ya llegó la plaga —sin embargo, sabiendo que tenía que ir a atenderlo se dirigió al joven de mirada verde y soltó con dureza—: ¿Qué quieres?

Un beso —contestó con simpleza, ganándose una bofetada por parte de la camarera. Sin embargo, controlándose, la chica volvió a preguntar:

No, de verdad, ¿qué quieres?

Triple pidió lo que deseaba ordenar, mientras se masajeaba la dolorida mejilla. Sus secuaces también pidieron la comida que deseaban. Tiempo después, Lin-Lin recogió los platos de sus amigos, que ya había terminado de degustar sus alimentos, y de Triple, pero éste aún no terminaba.

¡Hey! ¡Todavía no acabo! —reclamó al ver cómo le retiraban su plato, para después cambiar la conversación y su humor de manera drástica—. ¿Quieres salir conmigo, guapa?

¡No! —gritó Lin-Lin ya molesta.

¡Mujeres! ¿Quién las entiende? —exclamó Triple una vez Lin-Lin se retiró de su mesa. Sin embargo, al poco tiempo, la chica regresó y le habló.

Triple —él se vuelve a verla—, ¿quieres un pastel?

Claro…—y se interrumpió al recibir es su rostro el tan anhelado pastel, sabiendo quién fue el que lo lanzó.

Mientras se limpiaba el rostro con una servilleta, todos los presentes en el restaurante comenzaron a reírse, enfureciéndolo. Así que, levantándose de su silla, dijo iracundo:

Regresaré, Lin-Lin, a conquistar tu corazón; y tú— señaló a Coletas con su dedo índice, provocando que Coletas se sobresaltara—, regresaré a vengarme —con esto, salió por la puerta… más tardó en caminar a ésta que en lo que volvía a entrar y decir: —¡Ah! una cosa más, aquí está el dinero de la comida. Ahora sí, me voy —dio la vuelta y se marchó del lugar para ahora sí no regresar.

El tiempo dentro del restaurante transcurrió hasta que se hizo la hora en que Lin-Lin terminó con su día de trabajo. Al salir del restaurante se dio cuenta de que Coletas, Hijo, Rojita y Flor se encontraban frente a éste, mientras conversaban amenamente de algo. Con curiosidad se acercó a ellos y les preguntó:

¿De qué hablaban? Parase ser algo muy bueno.

Verás, iremos de vacaciones —respondió Hijo.

Así es —confirmó Flor con alegría, para después continuar: —Pensamos ir a Alisa, ¿quieres ir?

¡Claro que sí! —respondió sin bacilar, muy emocionada—. Pero primero tengo que pedirle permiso a los chefs. Dejen voy a preguntarles.

Lin-Lin dirigió sus pasos de nuevo al restaurante, un rato después salió de éste y muy contenta les informa:

¡Sí me dejaron ir!

Pues empaquen todo —recomendó Coletas—, porque mañana mismo nos vamos.

De esta manera, se fueron a sus respectivos hogares a empacar sin saber que uno de los secuaces de Triple había estado escondido por allí escuchado toda la conversación; por lo que cuando tuvo todo lo que, supuso Triple querría, fue corriendo a la cabaña a decírselo:

Jefe, jefe, se va ir de vacaciones.

¿Quién? —inquirió él confundido por un momento.

Coletas y sus amigos.

¡Ah! Conque de vacaciones, ¿eh? Pero, ¿a dónde?

Se van a ir a visitar a —guardó silencio un momento recordando la información, después continuó: —Van a ir a visitar a Alicia y mañana temprano salen —respondió el secuaz.

¿A visitar a una Alicia? —inquirió Triple extrañado mientras se rascaba la cabeza—. ¿Cuál Alicia? Bueno, como sea, mañana salimos de vacaciones también, así que alisten todo.

A la mañana siguiente, todos estaban listos para ir a Alisa, con equipaje en mano y toda la cosa. Quienes irían del grupo de buenos amigos eran Coletas, Rojita, Hijo, Flor, Lin-Lin, Mio Natán., Feliz y por supuesto Gordo, que era el único con la edad suficiente para manjar el auto que el padre de Hijo les había prestado. Todos pusieron sus maletas en la cajuela y se acomodaron en el auto, listos para partir.

Mientras tanto, Triple estaba con un señor viendo unos últimos detalles, ya que habían acordado que a él rentaría su auto. Y quienes acompañarían a Triple en este viaje lleno de aventuras serían tres de sus secuaces, Fea, Payaso y Jumbo.

¿Quién sabe manejar? —inquirió el líder.

¡Yo! —contestaron Jumbo y Payaso al unísono.

¡Pues lástima! Yo voy a manejar. ¡Todos a bordo!

Así, una vez todos subieron al vehículo, Triple siguió el carro que conducía Gordo y que tenía a su peor enemigo a bordo. Después de un poco de trayecto, todos lo que estaban con Triple, excepto él, claro, empezaron a cantar la típica canción de: “Un elefante se columpiaba…”

Setenta y siete elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña. Como veían que resistía, fueron a llamar a otro elefante…

¡Ya cállense! —gritó Triple furioso, teniéndolo ya harto de escuchar la misma letra y números infinitos—. ¡Tontos elefantes! Ya se terminó. Llegó Jumbo y se rompió y fin.

Todos guardaron silencio. Durante toda la mañana Triple estuvo conduciendo. No obstante, un enorme letrero atrajo su atención y comentó:

Coletas va a ir a Alisa, ¡no a visitar a una Alicia!

Siguió el camino adentrándose en una carretera en donde su auto y el de Coletas, eran los únicos que transitaban por allí. En tanto, en el otro carro, Gordo se dio cuanta que un carro los seguía, por lo que preguntó:

¿De quién es ese carro?

Coletas se volvió, en su mismo lugar de asiento y al reconocer al que manejaba suspiró.

Ah… es de Triple.

¡Triple! —Exclamó Lin-Lin con desazón—. ¡Genial! Mis vacaciones están arruinadas.

Las de Coletas, sí —comentó Rojita.

Lo que ninguno de ellos notó fue que Triple estaba deteniéndose poco a poco, pues del cofre comenzó a salir humo. Triple se detuvo por completo y bajó del auto.

¿Qué? ¿Cómo? ¡Ah! —Se emberrinchó todito —¡Rayos! Yo sabía que este pedazo de chatarra nos iba a fallar, ¡genial! —Enojado, pateó el auto, sin embargo, resultó más duro de lo que pensó porque el pie le dolió muchísimo—. ¿Quién sabe reparar motores?... O lo que sea que tengan los carros —preguntó, quejándose por el dolor en el pie evitando apoyarlo completamente.

Pues —comenzó a decir Payaso, pensativo—, en el circo reparé una máquina.

¿Y funcionó? —cuestionó Jumbo al pelirrojo.

Bueno, como a los diez minutos explotó y…todavía no la prendíamos.

Triple dejó de prestar atención a sus acompañantes para dirigirse al cofre, cojeando y molesto mientras replicaba:

Tengo que hacerlo todo yo, ¿verdad? ¡Porque nadie funciona aquí! ¡Nadie!

Triple abrió el cofre y al momento una gran nube de humo lo asaltó, por lo que tosió continuamente. Se retiró y le dijo a Payaso:

Ya sabes lo que dicen, la segunda es la vencida, así que repara el motor.

Claro, pero necesito herramientas.

Triple fue a la parte trasera del auto y trató de abrir la cajuela para ver si de casualidad había alguna caja de herramientas. No obstante, la cajuela no cedió.

Esta chatarra no funciona, ¡porquería! —Gritó el jefe enfadado golpeando la cajuela y, de improviso, ésta se abrió y golpeó a Triple en el mentón tirándolo al suelo—. ¿Por qué veo estrellas?— se preguntó el joven medio noqueado.

¿Estás bien? —preguntó Fea muy preocupada, mientras ella y compañía lo ayudaban a levantarse.

¡Miren! Una caja de herramientas —mencionó Payaso desviando la atención de todos hacia él por lo que soltaron a Triple y el pobre volvió a dar al suelo.

¡Ya basta! —gritó levantándose—. Payaso repara el motor, ¡pero ya!

Asustado de lo que su jefe pudiera hacerle, Payaso corrió al auto y “reparó” el motor. Al terminar sin esperar un segundo más, subieron al auto, excepto Payaso, pues mientras Triple trataba de encender el auto él veía si había alguna falla. No, el auto no se prendió.

Jefe, a ver si yo puedo hacerlo funcionar —pidió el pelirrojo

Triple bajó del auto y entró en su lugar el ex cirquero; al igual que con Triple, sus intentos fueron fallidos.

¿Por qué no va a empujar, jefe? A lo mejor así arranca —sugirió Payaso.

Triple suspiró y caminó a la parte de atrás del auto y comenzó a empujar, cosa que no le resultó nada fácil teniendo en cuenta que todos estaban dentro del carro. Más unos segundos después, el vehículo prendió de la nada tomando por sorpresa a Triple, que cayó al suelo, de nuevo.

¡Espérenme! —gritó y corrió detrás de ellos.

Ya dentro del auto, Triple le pidió a Payaso, que iba en el asiento del copiloto:

Fíjate si hay algún mapa en la guantera.

Payaso hizo lo ordenado y, efectivamente, allí había un mapa; al saberlo, Triple detuvo el automóvil y bajándose usó el cofre como apoyo para ver el mapa y con una pluma marcó la ruta que más conveniente les era tomar. En una de esas, la pluma se le escabulló de las manos y fue a parar entre las bisagras del cofre.

¡Ah! ¡Tonta pluma! ¿Cómo la saco? ¿Cómo abro el cofre? —se preguntó molesto tratando de abrir el cofre, sin éxito. Así que intentó sacarlo metiendo los dedos índices entre la angosta abertura, más no funcionó.

Adentro, Payaso vio una mini palanca. Y una gran curiosidad por saber para qué servía lo incitó a jalar de ella. Miró ambos lados y la jaló, descubriendo así para que funcionaba y después…

¡AAAAAA! —escuchó el grito de Triple.

Triple siguió manejado, más su humor era de los mil demonios. Tenía los dedos índices vendados y Payaso dijo para tratar de animarlo:

Al menos, sacamos la pluma…

¡Cállate! —fue la respuesta del jefe.

Y como había perdido valioso tiempo se les anocheció y por allí encontraron un hotel, se registraron y decidieron descansar. Mañana sería otro día.

Muy temprano se levantaron y nuevamente, volvieron a la carretera; pero lo que no les había pasado el día anterior, hoy sí. Una patrulla los detuvo. El oficial salió de su vehículo y se encaminó al de lo jóvenes.

Me permite su licencia de manejo —no era una pregunta lo que el oficial decía, era una orden.

¿Mi qué? —preguntó Triple, confundido.

No estoy para bromas —dijo el oficial no muy contento—. No tiene licencia, me temo que tendré que multarlo y puede que llevarlo a la comisaría policial y después…

¿Qué? ¿Prisión? —se exaltó el joven imaginando lo que diría el oficial—. Pero yo… este yo…

¡Espere, oficial! —lo interrumpió Jumbo mientras sacaba algo de su pantalón—. Yo le estaba enseñando a manejar. Mire, aquí está mi licencia —se la mostró.

Está bien —siguió el oficial—, sólo los voy a multar, pero que sea la última vez que un menor de edad o una persona sin licencia maneja, ¿ok?

El oficial les estregó la multa y como siempre, Triple sacó su billetera y la pagó. El oficial se marchó y en el auto se cambiaron las posiciones. Jumbo donde Triple, Triple donde Payaso y el último donde estaba Jumbo. Ahora sí, de nuevo al camino.

Mientras, una vez había llegado a Alisa, que era una montaña nevada en donde a sus alrededores había un pueblito, Coletas, Rojita, Hijo, Flor, Lin-Lin, Mio Natán, Feliz y Gordo, estaban muy felices poniéndose el equipo necesario para poder esquiar. El único que no quería ponérselo era Hijo, por lo que, curiosa, Flor preguntó:

¿Por qué no te has puesto tu equipo?

Bueno… yo… este… yo prefiero…—balbuceó el chico, cuando Lin-Lin lo interrumpió:

Hijo, no le hagas al cuento. Ponte tu equipo y vámonos. Se va a derretir la nieve.

Vamos, Hijo —lo animó Flor—, sin ti no voy a poder disfrutar esto.

¡Pues ni modo!... está bien, es que no sé esquiar —admitió apenado.

A ver, Hijo —se metió Coletas en la conversación—. ¿Quién quería venir a Alisa a esquiar? —preguntó sabiendo que fue él el de la idea.

¡Ya basta! —lo interrumpió Hijo con enojo.

Hijo —fue el turno de Rojita hablar—, mira a Mio. Él tampoco sabe andar en esquíes, pero trata.

Y se observa a un Mio muy feliz, diciendo:

¡Yupi! ¡Yupi! Qué divertido… ¡Ay! Me caí.

Tienen razón. Soy valiente. Soy el mejor —se animó a sí mismo, levantándose.

Bueno, pero tampoco exageres —habló Coletas.

Hijo se puso su equipo y junto a los demás, se fue a esquiar. En este caso Flor era su maestra, ya que le enseñaba a andar por la nieve sin caerse. Al lograrlo, Hijo comenzó a deslizarse por la montaña de bajada.

Esto es divertido —admitió contento para después percatarse de algo y gritar—: ¡¿Cómo me detengo?! —y ¡puf!, el pobre de Hijo fue a estrellarse en un árbol.

Jajaja ¡Hijo, al menos te detuviste! Jajaja —gritó Gordo burlesco.

¡Cállate! —lo reprendió Flor—, se pudo lastimar.

No muy lejos de allí, Triple y compañía había arribado, claro que con mucho frío.

¿P-por qué r-rayo-os no t-trajimos e-equipo? —se preguntó Triple titiritando de frío—. ¡Ah, ya sé! P-por-que alguien me dijo q-que iban a visitar a una ¡Alicia! ¡No que iban a venir a las montañas Alisa! —gritó mirando a un secuaz, molesto. Por lo que mejor se fueron a comprar equipo de esquiar.

Todos esquiaban de manera tranquila, cuando de la nada, alguien empujó a Coletas. Todos se asombraron y más cuando descubrieron a Triple. Fue entonces cuando Coletas empezó a esquiar con todo lo que daba, mientras Triple lo perseguía, por lo que los dos dejaron a los demás atrás.

Los dos iban tan rápido, que no se dieron cuanta de un letrero que decía “Peligro, no esquiar aquí”. Triple hizo una maniobra, una vez alcanzó a Coletas, con su palo de esquí hizo que su enemigo perdiera el equilibrio rodando cuesta abajo en la nieve. Al ver esto, Triple rio tanto que perdió el equilibrio y también cayó.

Coletas se levantó muy adolorido y miró a su alrededor, descubriendo que se habían alejado mucho del pueblo de Alisa. Triple se levantó de igual manera y mirando su entorno también, inquirió:

¿Dónde estamos?

No tengo ni la más mínima idea… lo único que sé, es que fue tu culpa.

¿Qué? ¿Mi culpa? —se enfadó Triple—. Sí, claro, échale la culpa al burro. Sí, siempre es mi culpa. La culpa tiene que ser mía y…— se calló cuando vio que Coletas lo ignoró y comenzó a alejarse de allí—. ¡Hey! ¡Espérame!

Los dos habían caminado por largas horas y ya cansados decidieron detenerse a tomar un merecido descanso y Triple rompió el silencio al comentarle a Coletas muy seguro:

Pues yo no sé tú, pero mis compañeros están ahorita llamando a la ambulancia, ¡no! A la guardia, ¡no! Al ejército para venir a buscarme.

En tanto, en un departamento, un secuaz hablaba por teléfono:

Sí… quisiera una pizza de champiñón, queso, salchicha y chispas de chocolate y la otra a la mexicana.

Todos los que iban con Triple en el auto estaban en el departamento viendo la televisión, tomando chocolate caliente y siendo cobijados por la calidez que emanaba el fuego de la chimenea. Todos excepto Fea, que miraba por la ventana, diciendo:

Triple no ha llegado. ¿Estará en problemas? Hay que llamar a alguien… ¡es mi programa favorito! —y fue a sentarse y disfrutar junto a los demás.

Triple y Coletas estaban congelados debido a que el frío que hacía era tremendo, un frío ártico. Se frotaban las manos para tratar de calentarlas. En eso Triple se quitó los guantes para hacer un testamento, el cual decía así:

Amo a Lin-Lin.
Les dejo todas mis pertenencias a mis tontos secuaces.
Amo a Lin-Lin.
Le agradezco a Fea por ser tan… tan… ¡ya le encontraré algo!
Le agradezco a Payaso por apoyarme siempre.
Le agradezco a Jumbo por ser tan… tan Jumbo.
P.D. Amo a Lin-Lin.”

Después que terminó de escribirlo arrugó el papel y lo arrojó por allí y le dijo a Coletas:

Yo no sé tú, pero yo me voy a buscar una salida.

Sí yo fuera tú, me quedaba. Es mejor quedarse donde estás cuando te pierdes…Espera —Coletas tuvo una idea—. ¿No tienes un celular o algo? Para llamar a alguien y venga a rescatarnos.

No los traigo y eso que tenía dos…

¿Y qué les pasó?

Uno se me perdió y el otro no lo encuentro. Ahora, si tú quieres quedarte, quédate, pero yo, Triple Júnior de Lizaldy. Buscaré una salida.

¿Junior? ¿Te llamas Júnior?

Sí, ¿por qué?

No, por nada.

Y con esto, Triple va a buscar una salida. Mientras caminaba se volvió a ver a Coletas y con un tono de burla se dijo:

Pobre Coletas, yo me salvaré y él quedará como una paleta humana, jajaja.

Pasó un rato después de que Triple dejó solo a Coletas, llegó un helicóptero en donde estaba el moreno. En éste estaban Rojita, Hijo y Flor, quienes lo había estado buscando sin parar. De esta manera, recogieron a su amigo y se fueron al hotel.

A la mañana siguiente, alguien tocó la puerta del departamento donde se encontraban Fea, Payaso, Jumbo y los secuaces. Abren la puerta y observaron a Triple todo mojado, que gritó:

Estas… ¡fueron las peores vacaciones de toda mi vida!

Una vez en Sosonia, todos contaron sus divertidas experiencias, excepto Triple, quien en su casa se mantenía en la cama con un resfriado.

Me vengaré, achu, de Coletas achu, achu, a como, achu, dé, achu, lugar, achu, achu, achu, achu. Tonta gripa, achu, achu.


EL REGRESO DEL MISTERIOSO

El manto oscuro que se posaba sobre Sosonia indicaba que la noche había llegado al pueblo, y en el bosque misterioso se encontraban un par de sombras cuya negrura era mucho más profunda que la de las mismas tinieblas. Una de las siluetas habló, al parecer la de mayor rango.

—Ve y consígueme eso que necesito; pero esta vez no falles.

La figura a la que fue dirigida la orden acató lo que se le dijo y de manera sorprendente, concisa y veloz llegó a la casa de Triple. Entró a ésta y de manera silenciosa y a la vez con ahínco, comenzó a buscar algo. No obstante, no contó con que el dueño de la choza tendría un sueño sumamente ligero ya que, descuidándose un poco, el intruso hizo un pequeño y casi sordo sonido suficientemente fuerte como para que Triple se levantara de su cama. Atónito, el castaño miró al sujeto frente a él e inquirió, sorprendido:

¿Tú de nuevo?

El misterioso echó a correr apenas escuchó la voz del otro, pero Triple logró detenerlo antes de que saliera por completo de su casa. En una lucha reñida estaban cuando el misterioso dirigió su vista al buró, que se ubicaba a un lado de la cama del ojiverde, y vio que sobre éste, bajo una lámpara de noche, se encontraba la caja de un CD. Presuroso lo tomó y la reacción provocó que la lamparita cayera al suelo. Triple gritó de frustración y decidió despertar a sus secuaces.

¡Oigan, despierten! ¡Atrapen a ese sujeto! —Ordenó molesto.

Los secuaces se levantaron, pero como seguían semidormidos no hicieron más que chocar entre sí. Triple bufó descontento y no habiendo más remedio, salió detrás del misterioso que había raptado su disco.

¿Nada más por un disco entra a mi casa y la destruye? —Se lamentó sin dejar de correr—. Y aparte, ese disco no me gusta nada, no sólo porque mi hermano me lo regalo, sino que la música es aburridísima.

El joven se detuvo al mirar que el misterioso arrojaba la caja del disco. Triple se acercó a ésta y la abrió encontrándola vacía.

Por un disco… ¡Por un maldito disco! Y por si fuera poco era un disco que utilizaba para mantener equilibrada mi lámpara. No entiendo a esta gente loca que sale de noche por un disco de música aburrida.

A la mañana siguiente, Rojita y Lin-Lin caminaba tranquilamente mientras conversaban amenamente, en eso, Lin-Lin divisó a los muchachos y se lo hizo saber a Rojita.

Ahí vienen los chicos… pero están discutiendo de nuevo.

Ay, esos dos siempre están peleando.

Coletas e Hijo notaron la presencia de las primas a pocos pasos de ellos, por lo que detuvieron su andar.

Ustedes siempre están discutiendo —acusó Rojita.

Lo que pasa —comenzó a explicar Hijo—, es que Coletas no quiere admitir que el Señor Espacio es mucho mejor que Dedos de Mantequilla.

¡No! Es mejor Dedos de Mantequilla —lo interrumpió Coletas reanudando la discusión.

¡Ya basta! —Gritó Lin-Lin fastidiada haciendo que los hombres callaran—. ¿Por qué se pelean por juguetes?

Un momento, no son juguetes, son figuras de acción —intentó aclarar Hijo.

Es igual, son juguetes —habló ahora Rojita estando de acuerdo con su prima.

¡Hey! ¿Dónde está Flor? —Inquirió el joven de ojos azules dejando de lado la disputa mientras miraba por todos lados notando la ausencia de su novia.

Flor está enferma —informó Rojita.

¿Qué? ¿Enferma y no lo sabía? ¡Ay, qué clase de novio soy! Soy tan irresponsable…

¿Y apenas te das cuenta? —Lo interrumpió Lin-Lin.

¡Oye! ¿Qué tú no debería estar trabajando o algo así?

Mira, niño genio, los domingos no trabajo.

Ante la respuesta de la mayor del grupo el niño genio se asombró y dijo lo obvio.

¡Órale! Hoy es domingo, con razón Coletas no fue a trabajar —todos lo miraron sintiendo pena ajena—. Wow, el tiempo se pasa volando cuando discutes con tu mejor amigo. Un momento, ¿por qué papá trabaja los domingos?

Ante la pregunta todos le lanzaron una mirada de irritación para comenzar a caminar.

¿Qué? —quiso saber Hijo mientras los seguía—. ¿Qué hora es? Tengo un hambre que me comería una ballena.

Es bastante temprano, son las ocho y cuarto —respondió Rojita mirando su reloj que mantenía atado a su muñeca izquierda.

¿Las ocho y cuarto? Es tardísimo —se quejó mientras sentía que sus tripas hacían una revuelta dentro de él.

¿Pues a qué hora sueles comer? —preguntó Lin-Lin igual de sorprendida que los demás.

Yo como a las ocho y media, ¿por qué? —Hijo no le dio gran importancia a la cuestión.

¿Ocho y media? Eres increíble —argumentó sarcástica la de ropas blancas.

¿Crees que soy increíble?

No te hagas ilusiones, Hijo —sugirió Rojita.

Sin más que agregar a la conversación, los cuatro amigos se dirigieron al restaurante con la intención de comer algo. Cuando hubieron terminado, Coletas sugirió a su amigo que sería una gran idea bajar la comida con un partido.

No sé, quiero ir a ver a Flor, para saber cómo se siente.

De acuerdo, otro día será —comprendió el moreno.

Antes de que Hijo partiera para saber del estado de su novia, le dio a Coletas una palmada en la espalda, éste se volvió a él y observó como señalaba a Rojita mientras movía los labios y aunque sus cuerdas vocales no emitieron sonido alguno, logró entender lo que decía.

Dile, dile que la quieres.

Coletas le lanzó una mirada poco amable que hizo callar sus ideas antes de pronunciarlas.

Está bien —ahora sí habló—; pero estás advertido. ¡Ánimo, hombre!

Una vez su amigo se hubo ido, Coletas se armó de valor y se acercó a Rojita.

Rojita, te quiero decir una cosa.

Rojita y Lin-Lin posaron su completa atención al chico; Coletas no evito ponerse nervioso, más que nada por la presencia de la prima de su amor secreto, ya que si decía lo que tenía que decirle a Rojita, Lin también escucharía y el asunto era muy privado; ahora bien, no podía hacer más, ya había hablado y debía concluir o si no se vería como un tonto. Tragó saliva.

Yo. Lo que yo... te quiero decir es…—comenzó a balbucear incoherencias— Este… Decir que… Yo, tú… ¡Tienes una bonita camisa! —y ante lo declarado echó a correr.

Rojita miró extrañada el camino donde había desaparecido su amigo y luego dirigió su confusa expresión a Lin-Lin.

A mí ni me mires porque yo no sé nada —se defendió ella.

Coletas dejó de correr al percatarse de que había recorrido un buen tramo de camino.

¡Ay, Hijo! ¡Cómo me metes en problemas! —se tranquilizó un poco y después razonó: —Qué cobarde soy.


En casa de Triple, tanto él como sus adeptos se mantenían aún dormidos, sin que nada ni nadie pudiera impedírselos o pudiera interrumpirlos; bueno, eso creían, pues en ese momento se escucharon los toques que alguien daba a la puerta principal. Ni el dueño de la cabaña ni sus fieles tenían la intención de levantarse, más los golpes hacía la puerta eran insistentes. ¡Muy insistentes! Sintiéndose fastidiado de estar escuchando el repetitivo sonido, Triple se levantó como desganado, cansado y somnoliento, se dirigió a abrir la puerta.

¿Quién podrá ser a estas horas? A penas son las 9:30 —se preguntó en el trayecto.

Finalmente abrió la puerta y lo que vio detrás de ésta lo impactó sobremanera, tanto así que sintió la necesidad de retroceder. Una persona, sonriente de cuyos labios salió un animoso:

¡Hola, Triple!

¡¿Fili?! —nombrarlo fue su única reacción en esos momentos. Después, como acto reflejo cerró la puerta en las narices del otro y volvió a su cama en donde se cobijó muy bien mientras se auto convencía a sí mismo—. Una fea y horrible pesadilla.

El supuesto Fili insistió en querer entrar por lo que los golpes en la puerta se volvieron continuos y mucho más molestos.

¿Por qué él? De todas las personas del mundo ¿por qué tuvo que ser precisamente él? —se quejó desde la cama antes de volver a levantarse y abrir la puerta.

En esta ocasión Fili ingresó a la morada de manera veloz. No quería que le volviera a cerrar la puerta en la cara.

¡Hola, hermano! —Volvió a saludarlo —¿Cómo has estado?

¿Qué rayos quieres, Fili? —fue la “cortés” respuesta del castaño, mirándolo con seriedad., pues nunca le agrado él. Fili Luu de Lizaldy era el hermano mayor de Triple por dos años y, al igual que como a Triple no le gustaba que lo llamaran Junior, a Fili no le gusta que le llamen Luu.

Nada realmente…

Triple arqueó una ceja. Dedujo claramente que ese “nada” no era realmente nada.

De acuerdo —continuó su hermano al notar que no logró convencer al menor—. Lo que realmente quiero… ¿Recuerdas el disco de música que te regalé hace unos… tres años?

Ah, sí. ¿Ese disco de los 70’s? ¿Ese disco aburrido que me regalaste a pesar de que sabías que no me gustan esas canciones viejas y tontas?

En efecto, ese mero. ¿Sabes? Necesito que me lo regreses.

Triple tomó asiento en una caja de madera que solía usar como silla. Cruzó las piernas y respondió:

Claro. Dicen que lo que se regala ya no se regresa ni se quita, pero como esa música es por demás horrible, con mucho gusto te lo devuelvo —vio que la expresión de de su hermano irradió de contento; en eso, recordó algo—. ¡Oh, espera! Creo que alguien se lo llevó. Si mal no recuerdo ten…

¿Qué? ¿Quién? ¿Quién fue? —cuestionó Fili sorprendido e interrumpiendo a su hermano mientras lo tomaba del cuello de la playera y lo levantaba de la silla.

¡No me toques! Y sí, se lo llevaron anoche.

¡¿Pero quién fue?! ¡Nadie debía tener ese disco!

¡No lo sé! Fue alguien vestido completamente de negro…

Bat —susurró Fili al escuchar a su pariente.

Sin dar más explicaciones salió de la casa, presuroso.

¡Gracias por agredirme! —soltó Triple a la nada, fúrico. Luego, su expresión se tornó confusa —¿Por qué todos quieren ese disco? —se preguntó de pronto sintiendo curiosidad.

Así, con la duda, volvió a dirigirse a su cama y regresó a acostarse. Bostezó.

Como sea, yo seguiré con mi siesta de belleza.



En la tienda de donas, el dueño de ésta se encontraba limpiando cuando le habló a su hijo, quien se mantenía sentado frente al mostrador comiendo tacos.

Hijo, no seas malo y ayúdame a limpiar.

Pero… Pero… ¿por qué yo? —inquirió mientras hacía pucheros—. Estoy muy ocupado, papá.

¡Hijo! —habló con autoridad y un tanto molesto—. ¡Ayúdame, ahora o…! —el sonido característico que indica que alguien está hablando por teléfono lo interrumpió.

El hombre de la casa se dirigió al aparato para tomar el auricular y escuchar a su emisor, en ese momento hizo su aparición Coletas, quien preguntó sorprendido a Hijo:

¿Todavía estás comiendo?

Sí —respondió lo obvio, con la boca llena de comida.

Hijo, si sigues comiendo así no llegarás a los cuarenta.

Tienes razón, no llegaré a los cuarenta, pero sí a los setenta u ochenta kilos— afirmó con deje de guasa.

Coletas lo miró irritado e intentó cambiar de conversación.

Ya fui a…

Hijo —interrumpió Braket al ojinegro una vez hubo dejado de hablar por teléfono—, necesito que vayas a hacerme una entrega y, Coletas —le miró—, perdón por interrumpirte.

No importa, señor.

Hijo se dio prisa y se comió el último taco que le quedaba y, algo enojado y fastidiado, cogió del mostrador unas cajas para poder ir a hacer la entrega pedida. En tanto, Coletas decidió esperar a su compadre por lo que se prestó a ayudar a Braket a limpiar y sacudir, mientras se pasaba el rato.

En ese momento, Rojita y Lin-Lin se situaron frente a la tienda de donas haciéndole señas a Coletas para que se acercara. El joven notó aquello y salió del local yendo a donde las chicas, saludándolas. Ellas regresaron el saludo y Rojita, cuyas mejillas tomaron el color de su nombre, le dijo al varón presente:

Coletas, te tengo un regalo.

El aludido sonrió mientras Rojita le entregaba una caja cuidadamente envuelta. En eso, Hijo hizo acto de presencia y al ver lo que estaba pasando entre esos dos, chilló emocionado.

¡Mira! Te regalaron un regalo. Ábrelo, ábrelo. Quiero saber qué es.

¡Hijo! —lo reprendió Lin-Lin poco contenta por la reacción del otro—. ¿A ti qué te importa lo que hay adentro? Eso es entre Coletas y Rojita, no entre Coletas, Rojita y tú.

Pero yo quiero saber…

Ya te dije, sé un lindo niño y lárgate, ¿ok?

Seguidamente de toda la palabrería antes presenciada, Coletas abrió el dichoso obsequio. Sacó un lindo suéter y sintiéndose más contento que antes, brindando una sonrisa mucha más amplia que la anterior, reconoció:

Gracias, Rojita, es un bonito suéter.

¿Un suéter? —inquirió Hijo poniendo una cara de asco—. Es el peor regalo que alguien pude darle a alguien.

Lin-Lin se sintió furiosa ante el comentario del chico, por lo que decidió castigarlo dándole un zape, luego, lo tomó de la oreja y se lo llevó de allí halándolo de esa parte humana.

No es asunto tuyo, Hijo; ciertamente no es tu asunto.

Auch, auch —tan sólo se quejó de dolor.

Una vez solos, que era la intención de Lin, Rojita pudo soltar una risa que había procurado aguantar.

Hijo es algo gracioso, ¿no?

No —Coletas pronunció la palabra prolongadamente mientras doblaba el suéter—. Yo diría que es un atrevido. Un muy irritante chico atrevido.

Un silencio se hizo presente entre los dos, que fue cortado por Rojita.

Bueno, creo que me voy.

Se dio media vuelta para retirarse del lugar, pero Coletas la detuvo al volver a hablar, con más nerviosismo.

¡Espera, Rojita! —ella se volvió y lo encaró—. Verás… yo que-ría decirte… que… bueno… Yo, yo te… te…— la joven se encontraba más y más atenta—. Te… Te quiero invitar a comer a mi casa.

Ante lo oído, Rojita sintió de pronto una decepción e iba a responderle, avergonzada, pero no consiguió hacerlo ya que Hijo apareció de la nada y alegre se acercó a Coletas para afirmar:

¡Claro que sí! Es buena idea que los cuatro vallamos a comer a tu casa.

Lo siento, no pude detenerlo —se disculpó Lin-Lin colocándose tras su prima.

Está bien —soltó Coletas como un suspiro, decepcionado—, vamos todos.

¡Sí! —gritó Hijo contento.

Espera, ¿no acabas de comer tacos?

Sí, pero eso fue hacer rato.

Sin otro remedio, el cuarteto de amigos se encaminó a la casa de Coletas.

¿Tú prepararás la comida? —demandó Hijo mientras pasaban por el puente.

Sí, ¿por qué?

Yo quiero probar la comida preparada por Coletas —murmuró Rojita tenuemente.

¿Qué? —se dirigió a ella Hijo al no comprender lo que dijo.

Nada —se defendió turbada.

Ya estando en casa de Coletas, Rojita, Lin-Lin e Hijo se encontraban esperando al dueño de la cabaña en el pequeño comedor. Desde la cocina no se podía escuchar más que el sonoro ruido de los trastes al impactarse en el suelo o golpeándose entre sí, además de uno que otro grito de Coletas.

Auch —exclamó Lin-Lin al imaginarse el porqué de los gritos y extraños ruidos—. ¿Por qué no lo ayudas, Rojita?

¿Yo?

Sí, quién más —argumentó Hijo—. Ese chaval necesita urgentemente de ayuda y si no queremos que la comida quede salada, es mejor que Lin-Lin no le ayude.

¿Qué acabas de decir? —gritó la nombrada al escuchar al muchacho sentado a un lado de ella mientras lo tomaba del pescuezo y lo ahorcaba—. Retráctate —se dirigió a Rojita—. Anda, ve a ayudarlo.

Rojita se levantó de la silla y se encaminó a la cocina dispuesta a ayudar a su amigo.

Lo siento… Lo siento —se disculpó Hijo sin aire.

Después de un rato, Rojita colocó en la mesa los platos, vasos y cubiertos que pudieran necesitar, mientras Coletas traía las ollas de la comida y la jarra de agua. Una vez todo listo y preparado, los cuatro comenzaron a servirse de lo preparado por dos de ellos. Todos se metieron a la boca el alimento, pero ya dentro de su cavidad escupieron rápidamente el alimento debido al desagradable sabor que éste tenía.

Retiro lo dicho, prefiero la comida salada de Lin —argumentó Hijo asqueado.

Esta cosa es horrible —aceptó Rojita.

Coletas asintió dándole la razón.

¿Y si mejor pedimos algo del restaurante? —sugirió la mayor del grupo.

Sin pensárselo un momento, Coletas tomó el teléfono y marcó al restaurante. Cerca de unos veinte minutos de espera, se escuchó que la puerta era tocada. Coletas se dirigió a abrirla y se sorprendió de ver a Iro, quien, como si nada, le entregó la bolsa con comida, agarró el dinero y desapareció. Coletas se quedó un momento pensando antes de dirigirse a donde estaban los demás.

¿Qué sucedió, Coletas? —preguntó Lin-Lin al notarlo distraído.

Nada, sólo no sabía que Iro era el repartidor.

¿Iro? ¿Ese extraño niño? —Hijo intentó ubicarlo bien en su mente. Lo consiguió—. Ese chico me da miedo… Pero bueno, hay que disfrutar de la comida real.

Así, el grupo disfrutó del manjar aquella bella tarde.


Triple y tres de sus secuaces se habían decidido a dar un paseo por su querido pueblo, pero Triple, en sus pensamientos más profundos, aún podía ver a ese misterioso sujeto que fue varias veces a su cabaña por la noche y aquello lo mantenía intranquilo. Lo que más se preguntaba era si ese sujeto estaba relacionado con el nombre que había mencionado su hermano.

¿Ese Bat era ese sujeto misterioso o sólo era un secuaz?” Sus profundos pensamientos fueron interrumpidos por la voz de uno de sus secuaces.

Mire, jefe, ¿qué es eso?

Triple puso su atención a lo que el otro le indicaba, notando unas huellas.

Es una huella, tonto.

No, es una huella tonta —le corrigió otro de sus secuaces.

No, tonto. Quiero decir que es una huella, coma, tonto.

Ah, es una huella que come tontos.

Triple chocó la palma de su mano derecha con su rostro mientras susurraba, irritado:

Espero que se los coma… Escuchen, lo que trato de decirles es que… ¡Oh, qué rayos! ¡Olvídenlo!

Triple observó detalladamente hacia dónde se dirigían las intrigantes y desconocidas huellas.

Qué raro… Las huellas se encaminan en la dirección donde se encuentra el bosque misterioso —con la curiosidad a flor de piel, Triple ordenó a sus secuaces—. Vamos a seguirlas.
Pero antes de dar el primer paso, unos sonoros gruñidos se hicieron oír, declarándose culpables los estómagos de los cuatro.
Bien… Primero vayamos al restaurante.
  
EL MISTERIOSO 2


En la tienda de jugos, Todd se encontraba sentado esperando que alguien entrara a comprarle algo. En eso, el teléfono se escuchó y contestó. Una vez hubo terminado su charla, cruzó la calle dirigiendo sus pasos al puesto de su amigo y vecino.



Oye, camarada, ¿me acompañas a la ciudad a llevar unos jugos?



Claro, amigo, voy para allá.



Con esto, el par de hombres abandonaron sus puestos, obviamente, no en el sentido estricto de la palabra, ya que dejaron encargados a sus hijos en su ausencia. Como era de esperarse, Coletas le hizo compañía a Hijo en su tarea de vigilar la tienda. Ambos se mantenían muy aburridos, por lo que, no teniendo nada bueno que hacer, empezaron a comer unas donas.



¿Sabes? —habló Hijo después de un rato dirigiéndose a su compañero—. Estas donas están mega deliciosas, pero tarde o temprano debían salir. Voy al baño, ahorita regreso.



Con esto, Hijo subió las escaleras para dirigirse a la oficina; coincidentemente, poco después de que el ojiazul hubiera desaparecido adentrándose en la casa, una persona llegó para comprar una dona y con ésta, muchas otras después, hasta el punto de que todo el local se llenó. Coletas estuvo despachando a toda la clientela, que poco a poco fue retirándose.



Cansado de estar expendiendo a tanta gente, el pobre chico, que para colmo ni empleado era, se sentó en la silla que estaba frente al mostrador preguntándose dónde estaba Hijo. No quería dejar el puesto sin nadie que lo atendiera, pero la tentación pudo más que sus buenas intenciones y comenzó a subir poco a poco y de manera sigilosa las escaleras. Cuando llegó arriba, se dio cuenta que todo estaba tranquilo y calmado. Sin hacer ruido, fue inspeccionando los cuartos uno por una, hasta llegar al baño, mas no encontró a nadie. Se detuvo y se preguntó por qué la casa estaría tan sola.



Se encaminó a las escaleras para seguir atendiendo el negocio, cuando escuchó un ruido proveniente del cuarto de Braket. Sospechando, Coletas volvió sobre sus pasos, un tanto nervioso, y al llegar al cuarto asomó simplemente la cabeza. Al asegurarse de que no había peligro inminente, se adentró a la habitación por completo. Divisó su alrededor mas no encontró nada, por lo que su pensamiento fue el de retirarse; no obstante, antes de hacerlo y para obtener mayor seguridad, decidió asomarse por debajo de la cama. Se hincó y alzó un poco la colcha de la cama para aclarar mejor su visión. No vio nada.



En eso, alguien tuvo el atrevimiento de asustarlo lanzando un “boo” mientras le picaba la espalda. Coletas se amedrentó tanto que saltó del espanto y ante la acción su cabeza golpeó con la base del colchón, pues aún tenía su cabeza bajo la cama. Se masajeó lo afectado intentado aminorar el dolor en éste mientras se ponía de pie. Observó a Hijo, quien no paraba de carcajearse, descubriendo que su asustador fue él.



¿Qué rayos te pasa? —inquirió la víctima con voz iracunda.



Nada realmente. Bueno, es solo que... —su risa no lo dejaba hablar con claridad —Es que… Fue sólo una broma. Lo siento, lo siento —intentó explicar el otro entre risas—. Coletas, amigo mío, hubieras visto tu cara… Bueno, en realidad no la vi tampoco porque estabas debajo de la cama, pero me la imagino.



Eso no es gracioso, Hijo. Eso sí dolió —lo reprendió Coletas—. Pero para la próxima me toca a mí. Vámonos al negocio, no debe estar solo.



Con esto, los dos se dispusieron a regresar al despacho, cuando, al volverse, se toparon la linda sorpresa de que Rojita y Lin-Lin estaban paradas frente a la puerta. Los dos gritaron a más no poder y corrieron a escudarse detrás de su guarida, su refugio, lo primero que se les vino a la mente como escondite: el sillón.



Ya, chicos, no exageren —les pidió Lin-Lin sintiendo vergüenza ajena.



Ah, chicas, son ustedes —habló Coletas aliviado alejándose de su guarida.



Sí, no espanten así, ¿quieren? —mencionó Hijo todavía impresionado por lo sucedido.



¿Ya llegaron el señor Braket y el señor Todd? —preguntó Coletas más calmado.



No, aún no —respondió la pelirroja.



¿Y quién cuida la tienda de jugos? —inquirió Hijo curioso.



Pues Flor —respondió Lin-Lin—. Pero la pregunta aquí debería ser: ¿quién está cuidando la tienda de donas?



¡Oh, sí, la tienda! —ambos chicos se miraron e Hijo continuó: —Sí papá se entera de esto me ahorca.



Los cuatro bajaron al establecimiento y los hombres se quedaron allí mientras las mujeres se dirigían a la tienda de jugos.



Tal y como te lo digo, Coletas, las chicas nomás fueron a asustarnos. No fueron a saludarnos ni nada… Tengo que ir a ver cómo sigue Flor, ahorita vengo.



Coletas asintió comprendiendo a su amigo y le dio la libertad de dejar el lugar unos momentos. El novio estaba por retirarse cuando giró sobre su eje y enfrentó la mirada de Coletas, una vez más, al momento de preguntar:



Amigo, ¿ya le dijiste a Rojita lo de ya sabes qué?



No, no sé de qué me hablas —se hizo el inocente.



Ay, no te hagas.



Hijo se alejó del sitio, pero antes de encaminarse directamente a donde trabajaba su pareja, fue a comprarle flores a ésta. Ahora sí, equipado, se dirigió a la tienda de jugos y saludo a las tres y, aparte, le dijo a la pelirroja:



Oye, Rojita, Coletas te quería decir algo muy importante. Será mejor que vayas.



Extrañada, la aludida hizo caso a su amigo y, atravesando la calle, llegó al local.



Hijo me dijo que tenías que decirme algo.



¿Yo? ¿Hijo?... Él… Yo…—comenzó balbuceado incoherencias, tal y como lo hacía cuando se veía en esa situaciones—. Iba a decir que… que nada. Nada importante, sólo, sólo… Este, ah… Es un bonito día, ¿verdad?



Sí… bueno, si no vas a decirme más, este…me retiro —tan rápido como entró a la instalación, Rojita salió presurosa de allí sintiéndose triste y decepcionada.



¡Qué torpe soy! Era mi oportunidad. ¡Ay! ¿Por qué? ¿Por qué? —se cuestionó haciendo pucheros y un gran berrinche—. Ese Hijo me hizo ver un completo idiota frente a ella.



No dejó de hacer rabietas hasta que lo vio conveniente y se calmó.





Triple estaba muy a gusto sentado en su cabaña, cuando la voz de uno de sus secuaces preguntándole algo irrumpió su paz.



Oiga, jefe, ¿no íbamos a ir al bosque Misterioso?



¡Oh, no! Era broma, yo al bosque Misterioso no entro ni de broma. La última vez —se estremeció al recordar la carrera—, fue algo tan perturbador que nunca olvidaré.



Una vez entrada la noche, todos se fueron a dormir. A la media noche, Triple escuchó un ruido. Se levantó con pesadez de su cama para averiguar de qué se trataba aquello. Descubrió al, ya no tan poco común para él, misterioso, quien al verlo, se echó a correr.



Ah, no. Esta vez no te escapas —levantó a todos sus secuaces y les informó firmemente—: Vamos, vamos a atraparlo.



Triple y compañía siguieron al misterioso, quien intentaba por cualquier medio perderlos, pero no lo logró. El sujeto adentró a sus seguidores al bosque Misterioso llevándolos a lo que parecía ser su guarida “secreta”. Al entrar, los perseguidores notaron que el misterioso se les había perdido de vista.



¿Qué? ¿Dónde está? —inquirió Triple a sus secuaces mirando a ambos lados, luego, fijándose bien en la situación en la que se encontraba, gritó—: ¡¿Dónde estoy?!



¡Aquí! —alzó la voz el misterioso que se encontraba en la parte alta del lugar, arrojándoles una enorme jaula, atrapando a los intrusos.



Sintiéndose mal al verse atrapado como una inocente paloma, el joven de Lizaldy frunció el entrecejo mientras observa abrirse una puerta de donde salió una persona, de un porte elegante, que se acercó a él, mientras le hablaba cosas sin sentido, a su parecer.



¡Tú! ¿Creías que me podrías descubrir? ¡Pues no! Yo te atrapé —y en esta parte una risa malvada brotó de su garganta.



El sujeto extraño se alejó junto con el misterioso dejando solos a los siete encerrados en esa jaula. Los dos hombres se adentraron a una habitación. El que no poseía el traje negro se sentó y miró al otro con furia y explotó.



¡¿Estás loco, Bat?! Dime, ¿por qué rayos dejaste que te siguieran? ¡Por poco nos descubren!



Jefe, yo los quería perder, pero no pude y…



¡No me importa! Te pedí solamente el disco. ¿Pudiste encontrarlo?



No…



¡¿Qué?!



El denominado jefe se alzó de su asiento y se dirigió al cuarto de mando donde había gran cantidad de computadoras y monitores debido a que cada cuarto tenía una cámara. El misterioso lo siguió. Los dos se colocaron frente a la pantalla que dejaba ver a Triple y sus secuaces.



Necesito que investigues sobre los presos —pidió el líder al otro.



Sin vacilar, el misterioso acató lo ordenado e inició la investigación de ellos. Una vez terminada su misión, le entregó los archivos a su jefe, quien al terminar de leerlos, fue con los presos.



Veamos, ¿a quién tenemos aquí? —Preguntó con seriedad para comenzar a llamar a cada uno por su nombre—: Salvador, Chon, Edwin, Luis, Billy, Lorenzo y, por supuesto, Júnior.



¡Uy! ¡Qué no me gusta que me digan así! —se exasperó Triple al escuchar su segundo nombre, y es que realmente lo odiaba.



Entonces, eres el hermano menor de Luu, ¿eh? Es por eso que has venido a mi lugar secreto. Pensabas que podrías detener mis planificados planes, ¿eh? Pero escucha bien esto, mocoso, tu plan fue el que resultó fracasado y ahora no podrás evitar la tragedia reina de todas las tragedias —como broche de oro, su risa malvada se volvió a escuchar.



¿Eh? —Triple puso cara de que no sabía nada de lo que el otro estaba diciendo, porque… Bueno, así era—. ¿De qué estás hablando?



Oh, por favor. No te hagas el desentendido. Tú, al igual que tu hermano, quieres frustrar mi plan.



¿Cuánto tomas? ¿Lo haces seguido?



Eres demasiado listo. Realmente aparentas muy bien el “no saber nada” —halagó el del plan perverso y dada por concluida su plática se retiró de allí.



¡Pero si no sé nada! —gritó por último el ojiverde, confundido.



El cabecilla volvió al cuarto de mando y le dijo al ya famoso Bat, el misterioso.



Ahora sí, ya que tenemos a esos entrometidos aquí, será más fácil para ti encontrar ese disco. La información que hay allí deber ser sólo mía; pero claro, como lo ha probado, el sujeto ese es demasiado inteligente y por eso sacó el disco de la caja, para podernos confundir mientras lo escondía muy bien. Aún así, ya sabemos su plan así que vamos, ¿qué esperas? ¡Ve por él!



Sí, señor —así, se dirigió nuevamente a la cabaña.



En la jaula.



¿Qué está pasando aquí? —preguntó el castaño por enésima vez—. No entiendo nada. ¿Qué tiene que ver Fili conmigo? —Lo meditó bien y el foco se le prendió al no encontrar explicación más lógica—. Ahora entiendo. ¡Es clarísimo! Ese sujeto es un fanático de esa música vieja y quiere conseguir el disco a como dé lugar. ¡Rayos! Es por eso que odio esa música. Te mete en muchas polémicas.



¿Hablando solo de nuevo? —Triple escuchó una voz detrás de él y al virarse para descubrir de quién se trataba, se encontró con Fili.



¡Fili! ¡Sácame de este lugar! —le pidió-ordenó, colérico.



¿Eh? ¿Por qué? Siempre quise verte tras las rejas —y con este comentario se fue.



¿Eh?... ¡Luu!



¡Júnior! —se oyó Fili desde el fondo de otra habitación.



¡Rayos! ¡Me choca ese nombre! Me hubieran puesto Teodoro.



Mi primo se llama Teobaldo —mencionó un secuaz.



¿Quién te preguntó?





Fea se dirigía a la cabaña de su amor platónico. La chica se veía realmente muy contenta y con una canasta en su brazo derecho.



Espero que Triple no se moleste si voy a estar horas de la noche.



Llegó a la humilde morada y descubrió que la puerta se mantenía abierta, mas no le dio demasiada importancia así que saludó contenta.



Hola, Triple…



Al momento se movió a un lado porque un cuaderno salió volando en su dirección, casi golpeándola.



Creo que sí se enojó…



Susurró acongojada ante lo que acababa de ocurrir. Se adentró un poco más a la casa, con miedo.



¿Triple? —se sorprendió al ver a otro destruyendo la choza—. ¿Dónde está Triple?



El misterioso no contestó, pero sus planes de escapar se vieron frustrados al percatarse que Fea bloqueaba la salida.



¿Dónde está Triple? —volvió a preguntar ella, frunciendo más el ceño.



El misterioso corrió hacia la ventana, viendo que era su única ruta de escape posible. Al verlo, Fea corrió a ésta, pero desde la parte de afuera y al momento en que el misterioso estaba a punto de saltar, Fea ya lo esperaba. Lo tomó del cuello de su uniforme y lo arrastró para quedar lejos de la cabaña. Volvió a hacer la pregunta.



¿Dónde está Triple?



No te lo voy a decir —declaró el misterioso pronunciando las palabras tan lentamente que le dio a entender a Fea que era una retrasada.



¿A no?



No te voy a decir nada.



Fea se limitó a sonreír y al hacerlo, le propinó un rodillazo en su parte masculina.



¿Ahora me lo dirás? —mantuvo una sonrisa de niña buena.





En el cuarto de monitoreo, se encontraba el tipo que había enviado al misterioso a casa del joven de Lizaldy. Observaba al dichoso joven desde la pantalla, concentrado, cuando escuchó que alguien tocó la puerta de hierro.



¿Quién podrá ser? —se preguntó mientras se dirigía a ésta para abrirla, al hacerlo se sorprendió de ver al mayor de los Lizaldy.



Hola, “Shark” — saludó Fili con una gran sonrisa levantando su mano derecha a distancia de su mejilla.



¿Luu? ¿Qué estás haciendo aquí? Es más, ¿cómo te enteraste de mi gran fortaleza (escondite)?



Gracias a mi hermanito, lo seguí.



Ya veo. Desde un principio tu plan fue ese.



¿Eh? —no entendió realmente de que hablaba, pero el auto-nombrado “Shark” se le conocía como ser inesperado y extraño —Bien, lo que sea. Detendré tu trágico plan, así que regrésame el disco.



Shark” se sorprendió al escuchar las palabras del otro.



¿De qué hablas? Yo no tengo el disco.



¿No lo tienes? —Fili se extrañó mientras recordaba las palabras que le había dicho Triple: “Creo que alguien se lo llevó”.



No lo tengo —repitió el hombre—. Pero acabo de enviar a Bat para que lo consiguiera y como no está tu hermanito en su casa, le será más fácil encontrarlo —volvió a reír maléficamente.



Ante lo escuchado, Fili salió del lugar, aprisa, para dirigirse a la casa de su hermanito. Al quedar solo nuevamente, “Shark” volvió al monitor a seguir vigilando a los presos.



Es sumamente tarde, Luu. Te llevo mucha ventaja— y, una vez más, la risa malvada —Nunca serás el mejor de la organización. Ellos no debieron enviarte, eres solo un novato.





En la casa de Coletas, el joven estaba profundamente dormido. Entre sueños escuchó toques en la puerta, que se escuchaban desesperados pues sonaban una y otra vez. Abrió los ojos con lentitud y se sentó en su cama. Se levantó de ésta y abrió la puerta de su habitación notando como Reloj se acercó de manera veloz a la puerta principal. Caminó a ésta y la abrió. Vaya sorpresa encontrarse con Bat frente y detrás a Fea, quien lo miró muy ansiosa y preocupada.



Necesito tu ayuda —le informó ella.



Después de que la joven le explicó todo lo que le había sacado al misterioso, Coletas junto a los otros dos se dirigieron al bosque misterioso, pero primero pasaron a casa de Hijo.





Fili arribó a la casa de Triple. Entró cuidadosamente al ver la puerta abierta. Una vez adentro, miró todas las cosas desordenadas. ¡La casa estaba patas arriba! Se adentró aún más a la cabaña y al descubrir que no se encontraba nadie, pensó lo peor.



¡Maldición! —exclamó mientras salía corriendo de la choza.



En la guarida secreta del bosque Misterioso.



¡No empujen! —gritó Triple ya desesperado de estar dentro de la celda y de ser empujado por uno de sus secuaces. Le recordaba a las cárceles de la policía de Sosonia. ¡Pequeñas e incomodas!



Lo siento, jefe; pero no cabemos —le dijo el que lo empujó.



Los siete observaron que la puerta se abría nuevamente y entraba “Shark”.



Por fin mi plan se llevará a cabo. Una vez Bat me entregue ese disco.



¿Aún con ese disco? —inquirió Triple irritado.



Ni tú ni tu hermano lograrán estropear este perfecto plan —rio malvadamente.





Fuera de la guarida “malvada”, Coleta y compañía se encontraban en la entrada principal.



¡Órale! —Hijo se sorprendió al ver la enorme fortaleza—. ¿Esto existe en este bosque? Es por eso que lo llaman “bosque Misterioso”. ¡Es un verdadero misterio!



Sí, lo sé —concordó Coletas—. Hay que entrar para poder ayudar a Triple.



Sí —afirmó Fea. Empujó al misterioso—. Abre la puerta.



Sin tener más remedio, éste abrió la puerta introduciendo un código secreto a la protección de la puerta. De esa manera entraron.


¿Dónde está Triple? —volvió a preguntar Fea.



Por allí —el misterioso señaló una puerta y sin pensárselo dos veces, Fea corrió a ésta dejando de lado a su cautivo. Abrió la puerta y entró gritando el nombre de Triple, pero sin darse cuenta, quedó atrapada en una red.



¡Ayuda! —dijo sorprendida la pobre chica moviéndose dentro de la trampa.



Coletas corrió a ella para ayudara y con esto, Bat aprovechó para escapar.



¡Que no huya! —gritó el moreno a su amigo.



Así, Hijo persiguió al misterioso. Al tenerlo a una considerable distancia, el pelinegro saltó sobre él, cogiéndole de los pies, por lo que los dos se fueron al suelo.



Ni creas que te voy a dejar escapar —mencionó Hijo al levantarse y levantar al otro. El misterioso se quejó de dolor, el golpe había sido muy fuerte.



Mientras tanto, Triple se encontraba más que molesto con su hermano mayor. Estaba fastidiado de estar en aquella celda casi toda la madrugada.



Maldito Fili. ¿Por qué no me sacaste de aquí? —se cuestionó irritado, pero más lo crispaba era el que sus molestos secuaces no hacían más que golpearlo cada vez que se movían.



Escuchó abrirse la puerta nuevamente.



Es el loco ese otra vez —se quejó, pero se sorprendió al ver a Coletas, Hijo, Fea y el misterioso—. ¡Demonios! Prefiero al loco ese. ¿Qué hacen aquí?



¡Triple! —se acercó Fea a la jaula—. ¿Estás bien, jefe?



No. No estoy nada bien —se sentía fastidiado por completo.



Coletas abrió la celda y, sabiéndose libres, los siete salieron con la alegría pintada en su rostro mientras prolongaban un suspiro de alivio.



Ahora, sí; vámonos de aquí —pidió Hijo al ver completado su cometido.



Tienes razón, es mejor irnos de aquí antes de que aparezca el loco —apoyó Triple, pero antes de poderse ir, frente a la puerta apareció “Shark”, quien obviamente ya se había enterado de todo el escándalo que se había formado debido a que vio todo en sus pantallas de monitoreo constante.



Vaya, vaya. Conque tratando de escapar, ¿eh?



Señor, estos tipos me obligaron a decir…



¡Cállate! —lo interrumpió “Shark” realmente furioso con su inútil trabajador —. Tú eres un completo incompetente. De seguro ni siquiera traes el disco.



El misterioso bajó la mirada, avergonzado; Shark negó con la cabeza y continuó:



Ya no se pueden conseguir buenos secuaces.



Dímelo a mí —bramó Triple aún molesto cruzándose de brazos.



Como sea… Debido a que ustedes saben mucho de este lugar, de mi plan y de mí; no me queda más opción que deshacerme de ustedes.



¿Qué? —inquirió Coletas sorprendido—. ¿Deshacerte…?



¿…de nosotros? —finalizó Hijo con la boca abierta.



Así es —avaló Shark.



En eso, metió su mano en el saco del traje negro que ese día usaba y con el acto le indicó a todos que sacaría algo que no sería bueno para ellos; pero antes de hacerlo, un fuerte golpe en la espalda lo desequilibró y lo derribó al suelo.



¿En problemas, hermanito? —preguntó Fili a su pariente al haberle propinado una pata en la espada a su némesis—. ¡Corran, rápido! Este lugar se destruirá en cuestión de minutos —informó mientras señalaba la puerta de salida.



Sin demora alguna, la lozanía comenzó a correr para llegar al exterior. Una vez sanos y salvos fuera del lugar, observaron cómo ese lugar comenzó a desplomarse por completo, como cuando un temblor arrasa con un edificio. Todos mantuvieron la boca abierta, impactados por todo lo que habían vivido esa madrugada. Intercambiaron miradas, sorprendidos.



¿Dónde dejaste el disco? —preguntó Fili a Triple acercándosele.



Ya te dije...— se detuvo por unos momentos y recordó algo—. Ah, ya me acordé. Una vez me diste el disco y me enteré por la portada que era de esa música odiosa, abrí la caja, saqué el disco y lo tiré a la basura. Me quedé con la caja para usarla como soporte de mi lámpara.



Al escucharlo, Fili sonrió con satisfacción y dando un suspiro de alivio, ese disco fue tirado hace mucho tiempo, estaba por retirarse, pero antes de irse le aseguró a su fraterno.



Eres demasiado problemático, Triple —le regaló una de sus más sincerar sonrisas.



¿Problemático yo? Tú lo eres por regalarme esas cosas…



¡Oigan! ¿Y esa otra persona que estaba con nosotros? —indagó Coletas al descubrir que el misterioso no es encontraba entre ellos, ya que, al verlos distraídos a todos, no desaprovechó la oportunidad para escapar.



Eso ya no me importa —se sinceró Triple.



Con esto, el grupo apreció el bello amanecer desde el bosque misterioso.



Ni una palabra de esto a nadie —habló Triple.



Como si alguien fuese a creernos esta aventura —comentó Hijo con un tono sarcástico.



¿Y si nos vamos a casa? Ya está empezando a hacer frío —opinó Fea mientras se abrazaba, al sentir la brisa matutina.



Sí, vamos.



Así, los diez chicos se encaminaron a sus respectivos hogares a descansar un poco, que bien merecido lo tenían ya que esa noche la habían pasado de lo peor. Guardaron todo como un secreto, pues era obvio que nadie les creería si lo contaban.

Dulces Sueños 

La Plaga