Sosonia es una historia es mi primera, la que hizo que me sumergiera
en el mundo de la escritura. Nota: Es algo absurda, pero es comedia y para todas
las edades. Además que es cómo una serie, cada capítulo es una historia nueva. Espero sea de su agrado.
EL MAL CASO DE LAS PÍLDORAS PARA EL DOLOR DE CABEZA
Una mañana muy alegre, Coletas Velasco un
joven de 15 años, que posee ojos negros, cabello negro y piel morenita, él
salió a practicar su discurso de entrada para recibir, dentro de una semana, el
premio de: “El mejor atleta de Sosonia”.
Sosonia es de extensión amplia, pero la
mayoría del terreno está ocupado por bosques, a uno de ellos se le conoce como
“el bosque Misterioso”; Sosonia también posee un lago llamado MC, un río que lleva el
nombre del pueblo y dos montañas, una ubicada en el noreste y la otra en el
suroeste. El pueblo más cercano a Sosonia es Krill, que queda a una hora de él.
En cambio, la ciudad más cercana queda a 3 hrs. Aprox. Será un pueblo pequeño,
pero los que viven allí son muy felices.
En eso, llegó Hijo Wills su mejor amigo de
cabello negro, ojos azules y piel blanca, lo saludó e iniciaron una conversación.
Al pasar un rato, llegó Feliz Forever el chico de 16 años que se dice ser el
joven más feliz del pueblo. Llegó muy alegre y comenzó a decir:
—La armonía es…
Fue interrumpido por Flor Remus, la novia de
Hijo, morena, cabello negro semi-largo y que posee unos encantadores ojos
verdes, que muy preocupada, preguntó a los tres jóvenes:
—¿Han visto a Rabitt?
Rabitt era su mascota, un lindo conejo de
color café.
—No, no lo hemos visto— contestaron al
unísono.
Rojita, la mejor amiga de Flor, una joven pelirroja
de un rojo claro, tez blanca, ojos cafés y que está profundamente enamorada de
Coletas, saludó a todos. Su vista se dirigió al joven Wills, quien muy molesto,
debido a que fue interrumpido, decidió marcharse. Tiempo después, los demás
deciden irse también.
Al día siguiente, Coletas se levantó de su
cama y, como todas las mañanas, hizo su rutina diaria. Fue al baño, se lavó la
cara para despertarse, fue a la cocina y le dio de comer a Reloj, un perro de
raza dálmata. Al acabar de atender a su perro, una punzada en la cabeza lo
sorprende. Se dirigió a su botiquín médico a revisar si tenía pastilla para ese
dolor. Sin embargo, se dio cuenta que no tenía. Buscó en todos los rincones de
su hogar, sin éxito. Se dirigió al pueblo a conseguir las susodichas píldoras,
pero no encontró lo que buscaba. Ni siquiera en las tiendas de “Píldoras para
el dolor de cabeza”.
Un poco retirado de allí, atrás de un árbol,
Triple Júnior de Lizaldy, un joven de 17 años, bastante atractivo, alto de tez
blanca, cabello castaño claro y ojos verdes lo observaba con unos binoculares y
estaba burlándose de él, diciendo:
—Pobre de Coletas, sin medicina y con ese
dolor de cabeza— riéndose más—, yo Triple, le ganaré y, otra vez, seré el mejor
en Sosonia.
Triple es un buen deportista, pero no tanto
como Coletas y por eso lo considera su rival y lo que más quiere en el mundo es
vengarse de él. Esto se debe a que él era el mejor del pueblo antes de que
Coletas llegara y ahora no es más que su sombra. También vive lejos del pueblo,
eso sí, no vive solo, mantiene a seis personas a los cuales los hizo sus
secuaces; aunque no les paga nada por trabajar, les da comida, ropa, techo,
etc.
Hijo iba caminado hacía su casa y vio a
Coletas, sentado en una banca de la plaza, agarrándose la cabeza y poniendo
muecas como de dolor. Se acercó a él y le preguntó:
—¿Te sientes mal?
Coletas asintió, porque con el dolor no podía
ni hablar.
—Ah, ¿te duele la cabeza?— Coletas volvió a
asentir—. Vamos a mi casa— continuó Hijo—, le preguntamos a mi papá si tiene
una aspirina.
Así, los dos se marcharon a la casa de hijo.
Llegaron a la tienda de donas, Braket Wills es dueño de un negocio de donas y
vaya qué donas tan ricas vende. Pues a pesar de que Sosonia es un pueblo
pequeño, se venden muy bien y no sólo eso, sino que su negocio ha crecido
mucho, pues un par de veces a la semana transporta gran cantidad de sus ricas
donas a la Ciudad. Su personalidad es la de un niño, pues es muy juguetón. Su mejor
amigo es el padre de Flor.
—Pa, fíjate que a Coletas le duele la cabeza
y nos preguntábamos si tienes algo para el dolor —preguntó ansioso Hijo.
—Claro que sí— contestó Braket a ambos.
Buscó, buscó y buscó… y buscó más pero
encontró de todo, excepto píldoras para el dolor de cabeza.
—Lo siento, hijo. Creo que no tengo— le
contestó Braket a su pobre hijo.
Hijo suspiró y le dijo a Coletas animado:
—No te preocupes, vamos a ayudarte —echó un
vistazo a su papá, para observar que el hombre se encontraba entretenido
mirando todas las cosas que había encontrado—. ¡No! Más bien, yo voy a
ayudarte.
De esa manera salieron de la donería y se
dirigieron a la casa de Gordo Padilla, un joven de complexión rechoncha, es
bastante distraído. Se caracteriza por ser chismoso y el que sabe más que cualquier
persona en el pueblo. Hijo tocó la puerta de los Padilla, ya que Coletas no
podía debido al terrible dolor de cabeza. El joven de 19 años se hizo ver y con
ello la pregunta de Hijo:
—Oye, amigo, ¿no tienes algo para el dolor de
cabeza?
—Oh, sí, claro que sí. Ahorita vengo —entró a
su casa.
Mientras tanto Hijo y Coletas se sentaron en
una roca que estaba por allí.
Se quedaron ahí sentados como cinco minutos,
por lo que el dolor de Coletas incrementó aún más. Gordo por fin salió y
consigo llevaba un gran mazo y estaba a punto de darle con él a Coletas en la
cabeza, cuando Hijo lo detiene asustado.
—¡No Gordo! A eso no me refería con el dolor
de cabeza, sino a pastillas para quitar el dolor, no provocarlo.
—Ah. A eso te referías —comprendió el
adolecente —No, no tengo, lo siento.
Aún con el dolor de cabeza y enfadado,
Coletas estuvo a punto de marcharse e Hijo lo detuvo.
—Espera. No te desanimes, aún hay muchas
personas a quienes podemos pedirles algo para el dolor.
Con eso, los dos se dirigieron al bosque, el
bosque que divide el rio Sosonia y a duras penas llegaron a la morada de los
tres vagabundos; Fea, Payaso y Jumbo. Los tres trabajaban con Triple, pero a
diferencia de los seis que viven con él, ellos no son recompensados con ropa y
esas cosas, debido a que no son secuaces “oficiales”. Trabajan por él por Fea,
quien está profundamente enamorada de Triple.
—¿Ustedes tienen algo para quitar el dolor de
cabeza? Es para Coletas —preguntó Wills, deseoso de que dijeran que dijeran que
sí.
Jumbo Villas, de 19 años, de pelo negro, ojos
negros, tez blanca, el más tonto de los tres, el más flojo de los tres y el que
más se mete en problemas, les dijo:
—Claro que…
No pudo continuar con la oración por que sintió
un pellizco y miró a Fea Mebale, le regresó la mirada enfadada, para luego
contestar:
—No, no tenemos.
—Está bien. Gracias de todos modos —contestó
Hijo empujando a Coletas—. Vámonos ya. Me da mucho miedo estar aquí.
Cuando los invitados no deseados se fueron,
Payaso de cabellos pelirrojos, tez blanca y ojos caoba miró con intriga a su
amigo, para después preguntarle:
—¿Qué pasó? ¿Por qué esa reacción?
—Porque Fea me pellizcó —se quejó mientras se
sobaba la parte afectada.
—Imagínate que el jefe se entera de que ayudamos
a su enemigo —habló la mujer —Ya nos hubiera andado con él.
Ya sin darle mucha importancia a lo sucedido,
los tres hicieron su rutina diaria.
Hijo y Coletas iban saliendo del bosque, para
ir al centro de Sosonia, cuando se topan con Mio Natán Lemurs, de cabello rubio
de tono fuerte, chino y esponjado, piel
güera. El joven más torpe del pueblo. La persona que el 80% de lo que hace le
sale mal y el que es más alérgico de todo en el pueblo, mencionó al ver a
Coletas e Hijo.
—El Sr. Braket me dijo que Coletas necesitaba
una aspirina para el dolor de cabeza. Venía a buscarlo, porque yo tengo una
caja, aquí está —aun algo retirado, les enseña la caja.
Estaba a punto de llegar, tan solo le faltaba
cruzar el puente de madera para cruzar del otro lado del río, cuando, accidentalmente,
tropieza y suelta la caja, la cual cae al agua.
—Ups…— Mio observó la caja de aspirinas
hundirse en el agua, tragó saliva con dificultas y levantando su vista, sus
ojos grises observaron a Hijo y Coletas lo miraron enojados. Sin duda, si las
miradas mataran él ya estaría muerto, así que pidió suplicante, casi llorando—.
No… no me peguen, por favor —sin esperar
a que sus suplicios fueran siquiera escuchados, salió corriendo del susto.
Coletas estaba tan desesperado que gritó, lo
que provocó que Hijo se asustara, pero después le mencionó para calmarlo un
poco.
—Espérame un momentito en tu casa. Es mejor
que vayas a descansar, voy a buscar a Feliz para ver si tiene pastillas o algo
para quitar el dolor.
Sin remedio alguno, Coletas le hizo caso,
porque ya no aguantaba, por lo que se encaminó a su hogar a descansar ya que,
por todo lo que pasó este día, el dolor le era ya insoportable. Sin embargo,
sus planes fueron frustrados al ver a Triple, que estaba enfrente de su casa,
con sus aliados.
—¿Buscabas esto? —le dijo Triple al verlo
mostrándole un frasco pequeño de píldoras.
Coletas, hartó, se fue contra él para tratar
de quitarle el frasco, pero Triple, claro estaba, no se iba a dejar.
Cuando Hijo llegó al centro del pueblo, buscó
a Feliz, porque no lo halló en su casa, lo encontró sentado en la plaza leyendo
un libro. Wills se acercó a él y le dijo algo cansado:
—Feliz, fíjate que a Coletas le duele la
cabeza y me preguntaba si no tenías algo.
—No, no tengo. Pero recuerda que la paciencia
es…
—¡Rayos! —lo interrumpió.
Y como nadie lo escuchaba, Feliz se fue un
poco enojado, pero se repetía una y otra vez:
—Recuerda, la paciencia es fundamental para
la felicidad.
Hijo tuvo la intención de regresar con Coletas
y en el camino se encontró a Rojita y Flor.
—¿Qué sucede, Hijo? ¿Por qué buscabas a
Feliz?— le preguntó Flor al recordar que momentos antes le había preguntado por
él.
Hijo les contó todo lo que pasaba con Coletas
y cuando acabó de contarles, Rojita les dijo:
—¿Qué esperan? Vamos con Coletas.
Con esto, se dirigieron a la casa de Coletas.
Después de caminar un rato, Flor gritó:
—¡Miren!
Ambos voltean e Hijo pregunta:
—¿Qué? ¿Un monstruo?
—No —exclamó Rojita alegre—, es Rabitt.
Hijo furioso les recordó.
—Oigan, chicas. ¿Qué sucede con Coletas?
Flor cogió a su mascota y así, se fueron a
casa de su amigo.
Mientras tanto, Coletas y Triple, se
mantenían entretenidos, peleando. Pues, cuando Coletas tenía el frasco, Triple
se lo quitaba y cuando Triple lo tenía, Coletas se lo quitaba y así
sucesivamente y de esa manera estuvieron un largo rato, hasta que llegaron Hijo,
Flor y Rojita. En ese momento, el turno de tener el frasco fue del mayor.
—Miren quien tiene el frasco —comentó Hijo
apuntando al castaño.
Triple al verlos, les dijo a sus secuaces:
—Atrápenlos.
Ellos muy obedientes, los rodearon incluyendo
a Coletas, quien muy enojado y cansado, le gritó y chifló a Reloj. Cuando el
perro salió de la casa y los secuaces lo vieron no tardaron en salir corriendo,
lo que hizo que Triple muy enojado les gritaran:
—¡No corran, cobardes! ¡Es solo un perrito!
En ese momento, Reloj saltó para
proporcionarle una mordida en el trasero y ese hecho lo obligó a que soltara el
frasco.
—¡Ah! ¡Espérenme!
Y salió corriendo con un dolor terrible, en
la retaguardia.
Coletas tomó el bote, fue a su casa, se tomo
la píldora y dentro de un rato suspiró de alivio al no haber más dolor y muy
agradecido, se dirigió a sus tres mejores amigos.
—Qué a gusto me siento. Gracias amigos,
muchas gracias.
Mientras tanto, Triple en su casa se quejaba
de su gran y terrible dolor, pues el pobre ni podía sentarse, preguntó a sus
secuaces:
EL
TROFEO
Una mañana, cuando el sol entró por la
ventana de la casa de Coletas, él se levantó muy alegre, porque ese mismo día a
las ocho y media de la noche, recibiría su premio de: “El mejor atleta de
Sosonia”, así que comenzó a ensayar su discurso de cinco minutos. En eso,
tocaron la puerta. Coletas se dirigió a abrirla, encontrándose con Hijo.
—Hola Coletas —fue el saludo de Hijo—. Mira,
mi papá te manda estas donas.
—Gracias.
—De nada. ¿Qué estás haciendo?... Ah, ya sé. Ensayas tu discurso. ¡Cielos! Si fuera tú, yo estaría nerviosísimo. ¡Mira! Ni siquiera puedes decirle a Rojita lo que sientes por ella, imagínate ahora, hablar enfrente de todo el pueblo que estará en el auditorio Sonia. ¡Oh! Yo sí que me pondría nervioso. ¿Qué tal si mi discurso no les gusta? ¿Qué sería de mí?... Bueno, sólo vine a entregarte las donas, así que adiós.
Hijo se marchó, mientras tanto, Coletas se
quedó pensando en lo que le dijo preocupándose un poco, ya que, por un lado
tenía razón.
—Es cierto. Si no le puedo declara mi amor a Rojita,
¿cómo diré ese discurso en público?— se dijo Coletas.
A las siete y media de la noche, Coletas
salió directo al auditorio para llegar puntual. Estaba caminado tranquilamente
y cuando acaba de cruzar el puente, escuchó una voz que le habla:
—Hola Coletas.
El chico dirige su vista a donde supo provino
la voz, encontrándose con Dulce Choki, una joven un año mayor que Coletas, dueña
de una cabellera rubia, ojos azul celeste y piel blanca. A pesar de su físico envidiable,
ella no es muy dulce como lo dice su nombre, odia a Rojita porque a ella
también le gusta Coletas. Es muy presumida, solo habla de sí misma y es de
padres separados pero con dinero.
—Hola Dulce… ¿Qué haces aquí? —la saludó extrañado
de verla en ese lugar.
—Pues, obvio,
vine a recogerte.
Coletas movió los ojos de un lado a otro,
tratando de encontrar una salida.
—Lo que pasa es qué… Como ya se me hizo
tarde, tengo que llegar temprano, así que voy a cruzar por el bosque —apuntó
las sombras oscuras que invadían el bosque.
—Oh ya veo —mencionó desilusionada mirando a
esa dirección —Sabes, recuerdo que tengo cosas que hacer. Así que nos vemos en
el auditoria, adiós.
Con ello, la rubia dio media vuelta para
emprender su camino, mientras que Coletas se giraba del otro lado y mirando la
oscuridad del bosque, camino a esa dirección, por otro lado, Triple estaba observando
a su enemigo, escondido desde una gran roca que se encontraba por ahí. Mientras
inhalaba aire, le comentó a sus secuaces:
—¿Huelen
eso?
Sus secuaces, que estaban detrás de él,
comenzaron a olerse para ver si no apestaban, luego Triple siguió hablando:
—Ese es el olor de la derrota. Este día, por
fin podré ganar y vengarme de Coletas. Este es el plan: Haré que llegue tarde.
¡No! Más bien haré que no llegue jamás —una risa malvada salió de su garganta,
luego se dirigió a sus secuaces y les ordenó chasqueando los dedos—. Ustedes,
¿qué hacen aquí? Hagan su trabajo, rápido.
Sus secuaces se fueron a su posición.
Coletas seguía caminado. No sabía con
exactitud dónde estaba el auditorio, pues nunca había ido a éste, y el hecho de
ir a ese lugar de noche, por el bosque —el que nunca había visitado —, no
ayudaba mucho. Curiosamente, Coletas vio unas señales que indicaban hacia dónde
estaba el auditorio, por lo que decidió seguirlas. Sin embargo, las señales lo
condujeron a la espesura del bosque. Confundido, comenzó a caminar, sin saber
muy bien a dónde ir para tratar de encontrar una salida, sin éxito. En eso,
accidentalmente pisa una cuerda, claro que él no la vio, y quedó colgando de un
pie.
Triple salió de detrás de un árbol.
—Vaya, vaya. Que desafortunado encuentro
tuvimos, “amigo mío” —se burló—. No te preocupes, yo personalmente recogeré tu
trofeo.
Y sin dejar de reír, Triple se dirigió al
auditorio Sonia.
Todos en el auditorio esperaban a que
iniciara la ceremonia. Dulce caminaba hacía su asiento. Al pasar junto a Mio,
éste le saludó:
—Hola Dulce, ¿cómo has estado?
Ella ni se molesto en dirigirle la mirada y
siguió su camino.
—¡No puede ser! —se dijo Mio —Dulce me pisó
el pie. ¡Soy tan feliz!
Dulce se topó con Flor, Hijo y Rojita y los
saludó:
—Hola Hijo, hola Flor —miró a Rojita y después
de escudriñarla de pies a cabeza saludó de la misma manera, pero sin ganas—.
Ah, hola Rojita.
Sin más, ella se apartó, pero se encontraba
tan enojada de sólo verle la cara a Rojita que se decía, para tranquilizarse
mientras se sentaba en su lugar:
—Recuerda Dulce, eres dulce y perfecta. Soy
perfecta, muy perfecta.
Delante de ella, se encontraban Fea y Payaso,
el último comentó al notar algo extraño en su jefa:
—¿A quién esperas, Fea? Luces demasiado
ansiosa.
—No, no a nadie —le contestó un poco
distraída y para desviar aquella conversación, preguntó—. ¿Dónde está Jumbo?
—No lo sé, no soy su nana, ni su niñera, él
ya está grandecito o eso parece; así que él debe cuidarse solo.
En eso, cómo si
hubiese sido invocado, Jumbo se acercó y se notaba muy cansado.
—Hola chicos… ¿Qué
hacen?
Payaso preguntó inquisitivo.
—¿En dónde te metiste,
Jumbo?
Antes de que Jumbo
pudiera responder, llegó la policía y los acompañaba Braket, que muy molesto
mencionó a la policía:
—¡Oigan! Allí está el
que trató de robarse mis donas. Atrápenlo.
—¿Te sigue la
policía? —preguntó Fea mirándolo con seriedad.
—Sí. Eso parece, ¿no?
—Ya te he dicho un
billón de veces que hagas ejercicio, gordo, para que puedas correr y escaparte
fácilmente de la policía —le recordó Payaso.
Y con eso, Jumbo
salió corriendo y algunos policías lo siguieron, pero un par de ellos se
detuvieron y uno de ellos le preguntó al otro:
—Oye, amigo. ¿Esos
dos de allí no se querían llevar una caja de fruta de la Sra. Sarah?
—Es verdad, son
ellos. Vamos a atraparlos.
Cuando Fea y Payaso
se dieron cuenta de las intenciones de los uniformados, ambos gritaron:
—¡Espéranos Jumbo!
Y también salieron
corriendo.
Arriba del escenario
y detrás del telón, Reyd Mandamás, el alcalde de Sosonia de 43 años y el que
por ser la máxima autoridad en el pueblo, siempre dirige las ceremonias,
fiestas y demás festividades, estaba observando el alboroto que tenían la policía
y los tres vagabundos.
—Que esto se acabe de
una buena vez —bostezó. A Mandamás le encanta su trabajo, aunque la mayor parte
del tiempo duerme más que un bebé—. Sólo quiero ir a dormir a mi casa, estoy
cansado y más por ese ruido.
Se abrió el telón e
inició la ceremonia:
—Bienvenidos sean al
auditorio Sonia. Cómo saben, hoy les entregare a ciertas personas un trofeo por
aportar algo a Sosonia.
Todos gritaron y
aplaudieron tomando sus lugares. Excepto los tres, los policías y Braket,
quienes todavía estaban en su alboroto.
Mientras tanto,
Triple y sus secuaces entraron al auditorio. Subieron al segundo piso, y se
quedaron cerca de una ventana. Fue cunado Fea lo ve y se detiene provocando que
sus dos amigos también lo hicieran.
—¡Mira!
—¿Qué? ¿Una moneda? —preguntó
Jumbo ilusionado mientras buscaba con su mirada la moneda.
Cómo los tres se
detuvieron, los policías los atraparon y se los llevaron a la cárcel… otra vez.
En tanto, Coletas
trataba de soltarse de la trampa que le puso Triple. Intentó moverse de un lado
a otro para tratar de salir. La rama en la que se encontraba la cuerda
amarrada, se rompió y Coletas cayó al suelo. Se levantó adolorido, sobándose la
cabeza (choya, maseta, cocoyo, etc.).
Mirando su reloj, que
era de lucecita, se dio cuenta que iba a llegar tarde a la ceremonia. Miró a
todos lados hasta que, de lejos, alcanzó a ver unas luces, pequeñas y diminutas
luces, no eran luciérnagas, y se dirigió hacia ellas. (Recuerden, no eran
luciérnagas).
Con Triple, uno de
sus secuaces lo golpeó levemente en el hombro para llamar su atención. Triple
enojado le gritó:
—¡¿Ahora qué?! No vez
que estoy disfrutando esto. Cuando mencionen a Coletas y vean que no ha
llegado, yo Triple, me robaré el trofeo —rió.
El secuaz, sin tener
otra opción, le gritó en el oído dejándolo casi sordo:
—¡El enemigo se
acerca!
Metiendo el dedo en
el oído afectado, Triple le mencionó son voz fuerte.
—¡No grites, que no estoy
sordo! —Luego, reaccionó a las palabras de su secuaz—. ¿Cómo que se acerca?
Triple empujó a su subordinado
y miró por la ventana, gracias a la luz de afuera diviso a Coletas acercándose
al auditorio, además que su semblante no se veía pacifico.
—¿Por qué no me dijiste
antes? —Preguntó Triple a su secuaz—. ¿Qué esperan, holgazanes? Vayan y
deténganlo. Sólo faltan pocos minutos para que lo mencionen.
Y así hicieron, los
seis trataron de detenerlo, plantándose frente a él con los brazos extendidos.
—Felicidades, Coletas
—gritó uno y otro le dio un zape.
—Tonto. Tratamos de
impedir que vaya por el trofeo, no halagarlo para que vaya por el trofeo.
—Ah, de veras.
Sin embargo, Coletas
se abrió paso entre ellos, sin dificultad y siguió. Los secuaces no supieron
qué más hacer para detenerlo.
Triple, observó toda
la escena.
—¡¿Qué tengo que
hacer todo yo?!
Y tuvo que bajar las
escaleras e ir por Coletas y tratar de que no pusiera un pie en el auditorio.
En el escenario había
un baile y cuando terminara, anunciarían a Coletas. Detrás del escenario se
encontraban Reyd, Hijo, Flor y Rojita. El mayor les informó:
—Si su amigo, este…—Reyd
trató de recordar el nombre del muchacho.
Hijo estuvo a punto
de decírselo, pero Reyd lo interrumpió:
—No, no me digas.
Este… Coletas, sí. Coletas. Si Coletas no llega en este momento, para cuando
termine el baile, no podré darle su trofeo. No es que esté en contra de… del
que mencione hace rato, es sólo que así son las reglas.
Hijo trató de
convencerlo:
—Pero, señor, yo
personalmente se lo puedo entregar. A lo mejor y está… no sé… Por algo llegó
tarde.
—Lo siento, chicos.
Pero sí —guardó silenció por unos segundos —Pero si el susodicho sabe que la
puntualidad es muy importante. Además, él prometió llegar a tiempo. Si tuvo
algo urgente que atender debió llamar o avisar para dar el anuncio de que no
podía venir. Pero no lo hizo. Así que prácticamente no se va a presentar.
Sin que nadie
supiera, afuera del auditorio, Triple y Coletas se peleaban a puño cerrado.
Triple lo abrazó por la espalda fuertemente, para que no se le escapara. En ese
momento, una persona pasaba por ahí, seguramente el conserje o algo y los vio
por las farolas que los iluminaban débilmente. Sin embargo, por su mente pasó
cualquier cosa menos que se peleaban, así que los miró extrañamente, casi con
susto. Cuando Triple y Coletas se dieron cuenta de la extraña mirada que les
lanzaba esa persona, inmediatamente Triple soltó a Coletas y éste trató de
tomar el aire que Triple le había sacado por aquel fuerte abrazo. Se hicieron
los inocentes.
La persona, que aún
los veía extraño, se alejó desapareciendo en las penumbras. Triple miró ambos
lados para ver si no había otra persona mal pensada y cuando estuvo seguro de
que no, volvió a abrazar a Coletas con la intención de que se perdiera la
entrega del trofeo. Pero en esta ocasión, Coletas sí se zafó de él y corrió al
auditorio.
Cuando terminó el
baile, Reyd iba a nombrar a Coletas y antes de hacerlo, entra el susodicho, por
la puerta diciendo:
—¡Esperen! Ya llegué,
ya estoy aquí.
Reyd, fastidiado por
querer sólo ir a la cama, dijo:
—Como sea. Le entregó
este trofeo a Coletas Velasco porque se lo merece y yo ya me voy a dormir.
Todos aplaudieron.
Triple, que ya había
entrado al auditorio, vio como el Sr. Reyd le entregaba el trofeo a su enemigo.
Se enojó mucho, se dirigió a Coletas.
—Tú crees que me has
vencido. Pero volveré y me vengaré de ti. Ya lo verás…— se detiene. Pues un
trofeo lo golpea en el rostro. Rojita se lo lanzó. Esto provocó la risa de
todos, mientras Rojita decía:
—¿Querías un trofeo?
Ahí lo tienes.
Con esto, todos
vivieron felices, excepto Triple y sus secuaces, pues Triple se desquitó con
ellos. Tampoco vivieron felices Fea, pues ella vive preocupada por Triple,
Payaso, por estar preocupado por Fea y Jumbo, por no comer esa tarde.
Fin…
—Oigan. Mi discurso
salió genial. No fue tan malo después de todo —comentó Coletas.
EL PRIMER PREMIO
Bien, la historia comienza así:
Estaba Coletas afuera de su casa, sentado en
el porche, almorzando tacos, lo que indicaba que era muy de mañana y ésta era
además muy soleada. Cuando muy concentrado estaba Coletas saboreando sus tacos,
llegó Hijo y le dijo:
—Coletas, ven conmigo. Pasa algo en la plaza
del pueblo, vamos a ver.
—No puedo —respondió Coletas—. ¿No ves que
estoy saboreando estos ricos tacos del restaurante los Mil Gustos?
—Bueno, come rápido —sugirió Hijo.
Así, comió más rápido, lo que hizo que dejara
de saborear sus tacos pues se los comía tan rápido que, en una de esas, se
atragantó y casi se ahoga, pero Hijo le ayudó a recuperar el aire dándole unos
golpecitos en la espalada. Coletas terminó su comida y los dos se dirigieron a
la plaza. Cuando llegaron, Reyd estaba dando un discurso ante el pueblo.
—Gente de Sosonia, hoy, esta mañana, habrá un
concurso cerca del lago MC. Habrá tres pruebas y al ganador se le dará un
premio… y un premio, premio.
Entre el público, se encontraba Triple, que
decía para sí mismo.
—Por fin voy a demostrar mis grandes
habilidades y le ganaré a Coletas y todos dirán: “¡Mira! Coletas es el más
grande bobo”. Ganaré este premio y me vengaré. El otro día no funcionó mi plan,
pero hoy sí.
No muy lejos de Triple, Hijo le dijo a
Coletas:
—Oye amigo, ¿por qué no te metes a la
competencia? Eres muy bueno y seguro le ganaras a cualquier oponente.
Coletas aceptó participar y Reyd mencionó a
la muchedumbre:
—Como vemos, ya tenemos a un participante,
ahora, ¿quiénes serán los otros?
De entre la multitud alguien gritó:
—Yo, yo, yo le entro a la competencia…— el
yo, yo, yo gritó, cuando Triple lo empujó para informar:
—Yo Sr. Reyd, yo acepto competir.
Mientras Coletas y Triple se miraban
enojados, llenos de furia, Reyd comunicó:
—Muy bien, vamos entonces a la primera
prueba.
Reyd condujo a los participantes al lago MC y
detrás de ellos, los del pueblo de Sosonia y, por supuesto, Larry y Harry que
son los comentaristas que harían más emocionantes la competencia.
Llegando al lago MC, Reyd anunció:
—La primera prueba en una carrera, quien
llegué primero a la meta, será el campeón, ya saben cuál es la meta.
Los tres participantes se colocaron en sus
posiciones y al escuchar: “en sus marcas, listos, ya comiencen” empezaron a correr.
Triple tomó la delantera, detrás de él yo…yo y al último Coletas. Triple se
decía:
—Coletas no me va a ganar, necesita más que
correr —y rio tanto, que por tanto reír, perdió energía y sin darse cuenta,
Coletas lo arrebasó y también yo…yo. Triple, perplejo, gritó—: ¡¿Qué?! ¡¿Cómo
es que?!
Así que se esforzó por correr más rápido
hasta que alcanzó a yo…yo y sin misericordia gritó:
—¡Quítate, tonto! ¡Hazte a un lado!
Lo empujó muy enojado. Yo…yo cayó al suelo
rodando y no paró hasta que terminó el vuelo que llevaba con la carrera.
—¿Por qué a mí? —Se preguntó yo…yo, mientras
gemía de dolor—. ¡Creo que se me fracturó el pie! Mugre Triple. Pero esto no se
queda así… ¡Juro que me vengaré de él!
Desde su lugar, Reyd vio todo y este en vez
de amonestar a Triple por tramposo, se dijo:
—Bueno, creo que nada más quedan dos
participantes —bostezó—. Voy a dormir un rato.
—Oye amigo —habló Harry.
—¿Qué pasó? —contestó Larry.
—Mira, Triple lo que quiere es ganar y está
haciendo trampa, ¿cómo ves?— comentó Harry.
—Bien lo que dicen Harry. ¿Para qué competir
si no te divertirás?
—Tienes razón Larry, aunque no lo dijiste
bien, pero tienes razón. Veamos la carrera amigo, nuestros participantes ya
mero llegan al bosque Misterioso.
Mientras tanto, Triple, que no quería que
Coletas le ganara la carrera —otra vez—,
tomó un atajo al bosque misterioso. Ya, en medio de este, lo único que se
escuchó fueron sus gritos y llantos.
Así, Coletas llegó a la meta, ganando la
carrera. Luego, se miró a Triple salir del bosque misterioso y arrastrándose
hacía la meta, musitó todo adolorido y moreteado:
—¡Hay Dios! ¿Qué hay en ese bosque? —cayó
derrotado.
En el interior del bosque misterioso, yo…yo
rió frenético mientras miraba sus herramientas de tortura colocadas
estratégicamente entre los árboles y arbustos. Con su risa, volaron los pájaros
muy asustados, lo que hizo que Reyd despertara de su siesta y todo norteado,
preguntó:
—¿Qué? ¿Qué sucedió? ¿Quién ganó? ¿Ya me
puedo ir a mi casa a dormir? ¡Yo ya me voy a dormir!
De esta manera, Coletas ganó la primera
prueba.
—La segunda prueba consiste en llegar a la
otra orilla del lago MC —informó Harry.
—Pero, ¿crees que Triple haya aprendido la
lección, Harry?— preguntó su colega.
—Eso quien sabe, es muy arrogante.
Para la segunda prueba, le dieron un bote a
cada uno de los participantes, quienes comenzaron a remar. A medio lago, Triple
se aventó al agua para ir nadando al bote de Coletas y hacerle un hoyo para que
se hundiera, bueno, ese era su plan pero se acordó que no sabía nadar y comenzó
a gritar:
—¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Ayúdenme, no sé nadar!
Alguien de la multitud, que observaba la
carrera de botes, se aventó al agua y ayudó a Triple a regresar al bote, pero
mientras eso sucedía, Coletas llegó a la orilla ganado esta vez —otra vez —la
carrera.
En el bote, Triple remó hasta la orilla, pero
antes de llegar a ella, el bote comenzó a hundirse y él volvió al agua. Gritó
otra vez:
—¡Por favor! ¡Ayúdenme! ¡No sé nadar!
Pataleó hasta descubrir que el agua le
llegaba a las piernas. Se puso como jitomate cuando escuchó cómo se reían de
él. Salió todo empapado del agua mientras alguien despertaba a Reyd, quien
dijo:
—Tenemos un ganador, así que le entregó este
premio a…— trató de recordar.
—¡Coletas! —gritó alguien de entre el
público.
—Sí, Coletas. Le entrego este premio a
Coletas porque ganó estas dos carreras.
—¿Pero cómo? —gritó enojado Triple, haciendo
berrinche—. Pero, ¡usted dijo que eran tres!
El Sr. Reyd les mencionó a todos:
—Sí, son tres. Pero la competencia que sigue
es muy especial. Al que gane se le dará el premio, premio. Ganará el que suba a
esa montaña y me traiga una flor de Atikulta, que sólo la pueden encontrar en
ese lugar.
Un comentarista le dijo al otro:
—Oye amigo, crees que con la vergüenza que le
pasó a Triple, ¿aprenda a no vengarse y hacer trampa?
—Eso quien sabe —contestó el otro.
Con esto, los dos corrieron a la montaña.
Triple, como siempre se dijo:
—Esto será muy fácil. Oh, va a ser tan fácil,
cómo quitarle un dulce a un bebé. Está vez ganaré —y volvió a reír.
Nadie vio como del lago, salió yo…yo,
cojeando, con una mueca de dolor en su rostro, pero satisfecho cuando vio el
taladro manual que tenía en las manos. Sin embargo, se puso muy serio, cuando
vio a los dos participantes subir la montaña. Con su pie lastimado no podía
seguirlos, así que debía idear otro plan y rápido.
En la cima de la montaña, Triple se dijo,
tratando de buscar esa extraña y exótica flor de Atikaluta:
—Sí. Pero un bebé muy terco.
Cuando se dio cuenta que Coletas ya tenía esa
flor, así que Coletas comenzó a bajar de la montaña. Muy enojado, Triple, al
descubrir esto, dijo:
—¡¿Qué?! Esa flor es mía. Yo la encontré.
Sin más, se fue tras Coletas para quitarle la
flor. Como Coletas no se iba a dejar quitársela, comenzaron a pelear y, en una
de esas, Coletas soltó la flor, pero Triple saltó para poder tenerla y cuando
la consiguió, dijo:
—¡Sí! ¡Ya la tengo! Como dije: cómo quitarle
un dulce a un bebé.
Luego, de pronto, descubrió que estaba en el
aire y gritó:
—¡Oh, oh, oh!
Así, rodó cayendo hasta abajo y hasta que
llegó abajo, no dejaron de escucharse sus gritos de dolor. Pero eso sí, la flor
lo acompaño, pues en ningún momento la soltó.
Una vez abajo, completamente agotado, Triple
dijo, sin poder levantarse del suelo:
—Miren todos, yo Triple de Lizaldy traje la
flor, no Coletas. Le he ganado a Coletas —y con un gran sacrificio, levantó la
mano para enseñar la flor.
—Sí Triple, ya la vimos —respondió Reyd—.
Traigan el premio. Triple se lo ha ganado.
Triple se levanta muy feliz mientras decía.
—¡Sí! Mi primer premio. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —rio
contento, pero el dolor en todo su cuerpo hizo que dejara de reír.
Alguien se abrió paso por entre la multitud y
yo…yo se acercó apoyándose en una muleta.
—Aquí está el premio —dijo yo…yo entregando
una caja muy adornada a Reyd.
Reyd la tomó y luego se la dio a Triple,
quien muy emocionado, tomó la caja y abrazándola enamorado, mencionó:
—¡Por fin gané! ¡Yo le gané a Coletas!
Triple abrió la caja y se quedó boquiabierto,
tanto así, que la baba resbaló por su barbilla, luego, absorbiéndose la baba,
gritó enojado:
—¡¿Cómo?! ¡¿Qué?! ¡¿Quedé tan molido para
ganar una caja de donas?! —se volvió a Coletas diciéndole—. Tú crees que estoy
vencido… auch… pero no lo estoy… auch… auch… ¡Volveré!... ¡auch!... a vengarme…
auch, auch, auch.
Así, Triple se fue a su casa a descansar.
Viéndolo partir, Coletas le dijo a Hijo:
—¿Qué le sucede? ¿Cuál es su problema?
—No tengo la menor idea —contestó Hijo sin
importarle mucho—. Vámonos.
Y allá, un poco retirado de los espectadores,
yo…yo, miró con triunfo el premio chapado en oro y dijo con júbilo:
—Nadie se burla de mí, Benji Benjino merece
este premio… o sea, yo.
Lo que indica que Benji Benjino no tenía el
pie roto.
EL REINO DEL MAL
Era de noche en Sosonia. Flor se encontraba
en casa de Rojita, porque ella la invitó a una fiesta de pijamas. Hablando de
varios temas, Flor comentó sobre la fiesta que se daría el día siguiente en el
restaurante los Mil Gustos.
—¿Vas a ir a la fiesta? Dicen que va a ser
fabulosa y lo mejor es que las chicas invitan a los chicos. Imagínate, sería tu
oportunidad de invitar a Coletas… yo invitaré a Hijo.
—Hijo y tú son novios —comentó la pelirroja
acompañada de una risita divertida —Pero tienes razón. Mañana lo voy a invitar…
pero como amigos.
El par de amigas cenaron, se pusieron a jugar
un rato y finalmente se fueron a dormir.
A la mañana siguiente, todas las chicas
estaban invitando a los chicos a la fiesta. Cerca del restaurante, estaban Coleta
e Hijo sentados en una de las dos bancas que se encuentran bajo la marquesina
del restaurante. Entonces Hijo le comentó a su amigo.
—Coletas, como ya sabes, hay una fiesta esta
noche y existe la novedad de que las mujeres invitan a los hombres, ¿crees que
Rojita te invite a la fiesta?
—Sí— le contesto Coletas muy confiado.
Sin embargo, la duda lo asaltó y, sonriéndole
a Hijo, le mencionó:
—Ahorita vengo.
Y se fue a buscar a Rojita, para que cuando
lo viera, lo invitara. Rato después de que se fue, llegaron Rojita y Flor a
donde se encontraba Hijo y éste se dirigió a Rojita:
—¡Oh, mira! Qué casualidad. Coletas se acaba
de ir y quién sabe para donde.
—Tú eres su mejor amigo, Hijo. ¿No sabes a
donde se fue? —preguntó Flor.
—Soy su amigo, no su guardaespaldas —contestó
Hijo.
Rojita decidió ir a buscarlo.
—¿Quieres ir conmigo a la fiesta? —preguntó
Flor a su novio cuando Rojita se fue.
—Claro, ¿por qué no? Somos pareja, ¿no?
En tanto, Rojita y Coletas se buscaban
mutuamente y, así estaban las cosas: cuando uno estaba en cierta parte y se
iba, el otro llegaba al mismo lugar. Así se la pasaron un rato, hasta que Dulce
se encontró a Coletas y esta le dijo muy
sensual y dulce:
—Hola Coletas. Estaba pasando por aquí y no sé,
me preguntaba si… ¿quisieras ir a la fiesta de esta noche, conmigo?
Coletas se puso algo nervioso por la
invitación y tratando de buscar una salida, —nuevamente —dijo balbuceando:
—Bueno… yo… no puedo… porque… por… porque… ya
me invitó Rojita.
Al escuchar esta última parte, el aspecto de
Dulce cambió radicalmente a rabia:
—¡¿Qué?! —gritó furiosa—. ¡Rojita! Está bien,
adiós— y se fue.
De camino, Mio N. se ponía enfrente de Dulce,
pues quería llamar su atención, ya que tenía la esperanza de que lo invitara a
la fiesta. Cada vez que ella caminaba un poco él se ponía enfrente y hasta
hacía todo tipo de poses; pero como siempre, lo ignoraba. A pesar de esta
indiferencia por parte de ella, Mio nunca se desanimaba en esas cosas del amor
—y eso que es pesimista en todo —.
Rojita por fin encontró a Coletas, y le
preguntó:
—¿Te gustaría ir…?
—Sí —el moreno contestó antes de que
terminara de formular la pregunta y antes de que hubiera alguna otra
interrupción—. Me gustaría ir a la fiesta contigo.
De detrás de una casa salió Triple con sus
secuaces.
—Conque Coletas irá a la fiesta, ¿eh? Es
perfecto. En esa fiesta, como va a estar todo el mundo, cuando me vengué de él,
sabrán que es un fracasado —y una malévola risa brotó de su garganta.
En la noche, todos se encontraban en la fiesta.
Disfrutaban, comían, bailaban y bebían (refresco, porque no se permitía la
cerveza, ni el vino tinto, ni el blanco, bueno, no permitían nada que tuviera
alcohol). Triple entró por la puerta y sus secuaces también, excepto uno que
entró por la ventana. Cuando Triple lo vio lo regañó:
—¡Hey, tú! Para algo existen las puertas.
Entra como es debido.
Con esto, el secuaz tuvo que saltar de la ventana
y entrar por la puerta —cojeando —. Triple y sus secuaces subieron al segundo
piso del restaurante y, con una especie da caña de pescar iba a pescar a
Coletas, que estaba abajo, Triple explicó:
—Con esta… cosa, sea lo que sea, pescaré a
Coletas y podre vengarme. ¡Oh! Creo que ya pesqué un gran pez gordo y habló
enserio, gordísimo, ¿pues que comió?
Triple trato de subirlo, pero batallando
tanto que, hasta sus secuaces tuvieron que ayudarlo. Cuando lo subió por
completo se dio cuenta de que no era Coletas, se trataba de Rayo Veloz.
—¡Rayos! Es Rayo —se dijo Triple asustado.
Todos conocían al joven de diecinueve años,
un joven de cabello negro con rayos blancos y ojos negros penetrantes. Es el
bravucón de Sosonia. Todos lo respetan y le tienen miedo, aunque, le tiene más
miedo que respeto; no pueden hacerle nada porque se enoja con facilidad. Por
esa razón la intimidación de Triple, quien sonrió, por otro lado, Rayo lo miró
con furia y golpeó a Triple. Después, Triple caminaba, con un ojo morado, hacia
el ponche, en un vaso se sirvió del líquido y le dijo a sus secuaces, quienes
lo seguían de aquí para allá.
—Mi primer plan no funcionó —caminó hacía
donde estaba Coletas—. Pero el segundo si va a funcionar: le echaré encima el
ponche a Coletas y cuando lo moje, irá al baño a limpiarse y yo lo estaré
esperando para así golpearlo y meter su cara en el excusado para que beba del
agua. Después, lo sacaré frente a todos y diré, “aquí está su héroe” —nuevamente
rio como desquiciado.
Antes de llegar con Coletas, se resbaló con una
rebanada de pastel, que estaba en el suelo; cayó de posaderas sobre el pastel
que era de chocolate, y el ponche que tenía le cayó a Rayo. Triple se levantó y
al hacerlo, todos se rieron de él, por la mancha café que estaba en su
retaguardia. Pero a Triple lo único que le importaba en ese momento era salir
vivo de allí, por lo que dijo a Veloz.
—Ah, los accidentes, como ocurren de repente,
¿verdad?... Oh, pero mira qué hora son —miró su muñeca izquierda en la cual no
había reloj alguno—. Yo ya debería de… huir.
Y salió corriendo, pero volvió a resbalar con el pedazo de
pastel. Se levantó rápidamente, sonrió apenado y volvió a salir corriendo.
Afuera del restaurante, el muy solitario
joven se decía:
—Mi plan no funcionó, pero el tercero sí… Un
segundo, no tengo ningún otro plan.
Y cabizbajo se sentó en una banca, tratando
de idear otro plan. Cuando escuchó una peculiar canción:
—Solo, no tengo a nadie…
Triple volteó y vio a uno de sus secuaces y
le indicó enfadado:
—¡Déjame en paz! ¡Estoy tratando de pensar!
El secuaz regresó a la fiesta y Triple siguió
pensando.
—Tal vez…no. Puede ser…
—No, eso tampoco —dijo el secuaz que volvió.
—¿No te dije que te fueras?
El secuaz dejó a su jefe solo y entró al
restaurante, nuevamente.
—¡Ya sé!— gritó Triple jubiloso.
Volvió a entrar a la fiesta y quedándose
junto a la puerta dijo:
—Mi plan es…
Se abrió la puerta de improvisto, aplastando
a Triple, por lo que queda estampado en la pared. Todos los que estaban en la
fiesta, se volvieron a ver a quien había llegado, resultando ser Michigan City
el bien conocido como “el extranjero solitario”, entró a la fiesta y empezó a
bailar.
—Mi venganza queda pospuesta… por ahora —se
dijo Triple sobándose el rostro y llevándose a sus secuaces con él para
descansar a su casa.
Ese día fue muy pesado para él —no tan malo
como aquel día que se lo llevaron a pescar y quiso pescar un pez con sus
propias manos y el muy bobo se aventó al río y la corriente se lo llevó,
enfrente había una cascada y… no quieren saber que pasó después —.
Al día siguiente, los tres chefs del
restaurante, Jefe, Remmy y Coo, hablaban de temas en general, en una de esas
sacaron el tema de la fiesta de la noche anterior; Jefe mencionó pensativo:
—Qué raro…
—Oh, hablas de que Michigan fue a la fiesta.
¡Cielos! Eso sí que fue muy raro —le dijo Coo.
—Y no sólo fue Michigan —comentó Remmy—.
También fueron Rayo y hasta Triple. Ellos nunca van a esa clase de fiestas.
—Bueno, cambiando de tema, ¿a quién le toca
ir a atender a los clientes?— preguntó Jefe.
—Yo no. Yo los atendí todo el día de ayer.
¡Todo! ¿Escuchan? Todo el día de ayer —Mencionó Remmy tratando de defenderse.
—A mí ni me miren —dijo Coo a la defensiva—.
Yo los atendí toda la semana pasada… excepto ayer.
—Pues yo tampoco iré —comentó Jefe decisivo,
luego pensándolo bien siguió—: Pero la gente no tiene la culpa de que no
tengamos mesero. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué tal si vamos a los tres? —sugirió Coo.
—De acuerdo —contestaron los otros dos chefs,
así todos fueron a tender a la clientela. Un cliente poco usual era Ironio
Xocoyote, un chico de tan solo 10 años misterioso, que no saben de dónde vino,
quienes son sus padres o si de verdad es de Sosonia, pues rara vez se lo encuentran
caminando por el pueblo.
—Hola Ironio —saludó Jefe.
—Hola chefs —contestó tan serio como es—. Por
favor, no quiero que me digan Ironio, sólo llámenme Iro.
—De acuerdo —afirmaron los cocineros—. ¿Qué
vas a pedir? ¿Lo de siempre?
—Si, por favor.
Poco después, llegaron Coletas, Rojita, Hijo
y Flor y tomaron asiento.
—Hola chicos, ¿qué van a pedir? —les preguntó
Coo acercándose a su mesa.
Coletas fue el primero en pedir:
—Un caldo de res.
—Tráigame lo mismo por favor —informó Rojita.
—Yo quiero… un famoso Moaito a la fritanga y…
una masacota al cebiche —pidió Hijo.
—Una carne asada —finalizó Flor.
Cuando Coo acabó de apuntar los pedidos y se
fue, Hijo se dirigió a Flor:
—Creí que tú sólo comías frutas y verduras.
—Puedo comer la carne que ¡yo! Quiera y las
veces que ¡yo! Quiera —le contestó Flor un tanto enojada.
Y la pareja inició una discusión sobre la
comida. Concentrados estaban en eso, cuando llegó Remmy y al verlos preguntó:
—¿Otra vez discutiendo?
—Sí, otra vez. Como siempre —le contestaron
Coletas y Rojita al unísono.
Remmy entregó su comida a cada quien y, antes
de irse, les dijo a Flor e Hijo:
—Oigan, chicos. Dejen de pelear. Parecen
marido y mujer —con esto se fue.
—Tiene razón —dijo Flor a Hijo—. No hay por
qué pelear.
Hijo asintió diciendo:
—Es cierto. Lo siento, Flor.
—No, yo lo siento Hijo.
—No, yo tuve la culpa, yo lo siento.
—No, Hijo, yo lo siento.
—Que no, no, no y más no. Que yo lo siento.
Empezaron a discutir de nuevo. Rojita, fastidiada
de ambos, los interrumpió:
—Ya dejen de pelear. Se parecen a sus padres.
—Sí, ya dejen de pelear. Los dos tuvieron la
culpa —afirmó Coletas.
Sabiendo que sus amigos estaban en lo cierto,
dejaron de pelear y empezaron a comer.
La puerta del restaurante se abrió un poco y
Triple asomó la cabeza hacía el interior.
—Allí está mi enemigo —se dijo. Entró y se
quedó a un lado de la puerta —este plan será mucho mejor que los otros. Éste
será el premio gordo. Mírenlo, se ve tan indefenso comiendo… un momento… ¿Por
qué no lo agarro dormido y ya? Ah, como sea. Saltaré, lo tumbaré de la silla y…
y… y luego pensaré en otra cosa. Creo que debo dejar de hablar solo. Parezco
loco. Ah, sigo hablando solo. Ah, olvídenlo.
Los cuatro amigos estaban comiendo, cuando
Hijo habló:
—¿Hey? ¿Dónde está mi vaso? Estaba aquí hace
un segundo, ¿lo han visto?
—No —contestaron los tres al coro.
En eso, Remmy estaba pasando por allí y, como
no vio el vaso que estaba en el suelo, se resbaló con él, e Hijo comentó:
—Ah… ya encontré mi vaso.
Los cuatro, apuradísimos, se levantaron a
ayudar a Remmy. Al momento en el que Coletas se levantó, Triple saltó a donde
estaba sentado.
—Oh, oh…— se lamentó.
Su barbilla pegó en la mesa y ésta se volteó
con todo y su contenido, por ello, la comida le cayó encima al pobre de Lizaldy.
Avergonzado, se levantó, se limpió, se retiro de allí y se sentó en uno en una
mesa mientras, Coletas, Rojita, Hijo y Flor recogían el tiradero que hizo.
Triple, ya sentado, se preguntaba.
—¿Por qué mis planes nunca funcionan? ¿Cuál
es el error?... ¡Ah! Sigo hablando solo. Aparte de que mis planes no funcionan,
¡hablo solo!
En eso, llegó Michigan enojado y mojado, se
sentó en la misma mesa que Triple. Se quedaron un rato en silencio, así que
Triple decidió romper el silencio preguntando:
—¿Qué te pasó?
— ¿Eh? Ah… no sabía que estabas aquí —le
contestó Michigan con su extravagante acento.
—¡Genial! Ahora, aparte de que mis planes no
funcionan y de que hablo solo, también soy invisible.
—Sí, tienes razón.
—¿Qué? ¿Tú también eres invisible?
—¡No! ¿Acaso no me ves? Lo que pasa es que
estoy mojado porque me corrieron de ¡mi bosque! Unos tontos pistoleros.
—Ah caray, ah caray —dijo Triple asustado.
—Espérate —aclaró Michigan—. Unos pistoleros,
pero con unas pistolitas de agua.
—Ah… ¿Con que de tu bosque, eh?
A City se también se le conocía que dice que
es suyo y su refrán es “todo lo que veo es mío”. Es muy posesivo y vive solo
muy alejado de Sosonia.
—Sí, mi bosque. Mío, mío, mío, mío…
En eso llegó Mio quien preguntó:
—¿Me hablaban?
—No. A ti ni quien te pele —dijo Triple.
—Oh… por eso está tan greñudo —apuntó
Michigan, sorprendido.
Y Triple, mirándolo con irritación, informó:
—No me refiero a eso, sino a… ¡Bah! Olvídalo.
Mio se retiró, diciéndose tristemente:
—¿Por qué siempre me pasa eso a mí? Pero, no
importa, esta canción siempre me consuela: “Nadie me quiere, todos me odian,
mejor me como un gusanito. Le quitó la cabeza, le saco lo de adentro. Que rico
gusanito”. Aunque sea alérgico a ellos.
Los dos miraron extrañados a Mio, en eso llegó
Rayo y los ve con una cara de: “qué par de bobos”, por lo que les preguntó:
—¿A ustedes que les pasa? Parece que vieron
un fantasma.
—Oh, no —respondió Michigan—. Era mucho peor
que un fantasma y mucho más greñudo.
Triple le se dirigió a Rayo:
—Ven Rayo. Siéntate en la mesa de los
fracasados.
—¡¿Qué me crees un fracasado?! —gritó Rayo
enfurecido.
—¡No, no, no! Claro que no te creemos eso — respondió
Triple asustado subiendo sus brazos a la altura de su pecho, en manera de
defensa.
Rayo se sentó y volvió a repetirles la
pregunta, un poco más fuerte para que lo escucharan:
—¡¿Y a ustedes que les pasa?!
—A mí me pasa —le respondió Triple—, que no
puedo vengarme de Coletas, porque mis planes no funcionan.
—Y a mí me pasa, que todos me corren de mis
propiedades, ¡que son mías!
Después que Michigan dijo esto, los tres se
quedaron un momento callados, pensando en sus propios problemas. Sumergidos
estaban en sus pensamientos, cuando una voz dijo:
—¿Qué tal si nos unimos?
Rayo y Michigan voltearon a ver a Triple y
Michigan dijo:
—Es la peor idea que he oído en toda mi vida,
greñudo.
—¿Sigues con los greñudos? Greñudo —contestó
Triple algo enojado, no tenía idea de que Michigan fuera tan irritante.
—¡A ver, ya basta, greñudos! —alzo la voz
Rayo, también enojado—. La idea que tuvo Triple no es tan mala. Podemos
unirnos, idear un plan y que el pueblo de Sosonia se dé cuenta que yo, digo, nosotros,
somos los reyes.
—Claro que es una excelente idea —informó
Triple, presumiendo—. Todas mis ideas son buenas, ¡muy buenas!
—¿Ah, sí?— inquirió Rayo sin creer nada—. Son
tan buenas, que tus planes para vengarte funcionan a la perfección, ¿verdad?
Triple lo miró con furia y tratando de
calmarse para no irse contra él —sabiendo de antemano quien sería el vencedor —informó:
—Qué tal si mejor nos vamos a otro lugar a
hablar, sobre —miró ambos lados para ver si nadie los espiaba—, ya saben que.
—¿Qué de qué? —preguntó Michigan sin entender
y también mirando a los lados.
Triple y Rayo le lanzaron una mirada de: “lo
voy a matar por ser tan idiota” y salieron del restaurante.
—¡Hey! ¡Espérenme!— les gritó el extranjero.
Coletas, Rojita, Flor e Hijo, desde donde estaban
sentados, se preguntaron qué tramaban esos tres, pues se les hacía raro que
Triple, Rayo y Michigan, se hablaran, es más, ellos tres eran los más problemáticos
del pueblo que nadie. Por diferentes razones, así que supusieron que no era
para simplemente, “socializar”.
Cuando Triple, Rayo y Michigan, salieron del
restaurante, Triple sugirió:
—¿Vamos a mi casa, chicos?
Rayo y Michigan estuvieron de acuerdo y los
tres, se fueron a la casa de Triple. Rayo no propuso la suya porque no deseaba
molestar a su madre, por otro lado, el hogar del extranjero quedaba muy lejos.
Rato después de que se fueron, salieron
Coletas, Hijo, Rojita y Flor, del restaurante. La última informó:
—Vamos a mi casa. Tengo que darle de comer a
Rabitt.
—Vamos —dijeron Rojita e Hijo.
—No, yo no puedo ir, lo siento —se disculpó
Coletas—. Sucede que tengo que darle de comer a Reloj.
—Está bien, no hay problema —dijeron los
tres.
Con esto, los amigos se despidieron de
Coletas y se fueron a la casa de Flor, cuando llegaron, Braket estaba
platicando con Todd Remus, su mejor amigo, padre de Flor y dueño de la tienda
de jugos frente la tienda de donas.
—Hola papá —saludó Flor a su padre.
—¿Qué onda, pa? —ese fue el saludo de Hijo a
su progenitor.
—Hola, buenas tardes —saludo cortésmente
Rojita a ambos padres.
Todd y Braket saludaron a los chicos, con una
gran sonrisa.
—¿A dónde vas? —preguntó Todd a su hija.
—A darle de comer a Rabitt —contestó ella con
una sonrisa.
—Muy bien, hija.
Flor sonrió a su papá y dirigiéndose a Rojita
e Hijo, les dijo:
—Vengan, entren.
Ellos así lo hicieron, dejado solos a los
padres. Todd le comentó a Braket.
—Ah, los niños, como crecen tan rápido,
¿verdad? Sí. Sin duda, la madurez los está alcanzando y llegará el día en que
no nos necesiten y ellos solos vayan a enfrentarse a la vida.
—Es cierto. Pero es inevitable que la madurez
los alcance por mucho que desees, no puedes evitar que crezcan. Fíjate, a Hijo
ya quiere que le salga bigote... ¿Vamos a jugar un videojuego?
—Ya rugiste león.
Los dos súper papás, acabando de hablar sobre
la madurez, se fueron a jugar un videojuego, a la casa de Wills, donde Hijo
tenía una consola.
Cuando Triple, Rayo y Michigan llegaron a la
casa del primero y entraron, Triple vio el desastre que se observaba por todos
lados y su televisión de pantalla plasma, ¡rota!
—¡¿Qué?! Pero, pero…¡Mi tele!
Sus secuaces dieron un paso atrás con una
sonrisa de culpabilidad adornando sus rostros y, uno de ellos le secreteó a
otro, susurrando:
—Te dije que el jefe se iba a enojar.
—Pero, pero, pero. ¡Mi tele!
Triple se encontraba realmente enojado,
furioso, pero tratando de calmarse y controlarse, gritó a sus secuaces:
—¿No ven que tengo invitados? ¡Recojan este
tiradero!
Los secuaces, asustados y apresurados,
empezaron a recoger.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? —preguntó
Michigan desesperado.
—No te desesperes, amigo mío —comenzó Rayo—.
En primer lugar, vamos a…
—¿Cómo? —lo interrumpió Triple—. ¿Qué… qué…?
Tú no eres el jefe, ¿o sí?... No. No eres el jefe, no votamos.
Michigan estuvo de acuerdo, por lo que dijo:
—No, no votamos, por eso yo soy el jefe.
—No. ¡Yo soy el jefe! —mencionó Rayo con
firmeza.
—¿Cómo creen? Sí yo soy el jefe —les informó
Triple a los dos—. ¡Está bien! Vamos a votar y como yo soy el jefe mi voto vale
por seis y el de mis secuaces, otros seis. Ahí lo tienen, doce votos a mi
favor.
—Tus secuaces no cuentan —dijo Rayo serio.
—¿Y por qué no? —preguntó Triple con
inocencia.
—Porque no son mis secuaces —finalizó Rayo.
Los tres empezaron a discutir para saber
quién sería el jefe. Cuando Rayo les gritó:
—¡Miren, yo seré el jefe de este bando, les
guste o no!
Michigan y Triple se miraron, Triple le dijo
a Rayo, con burla:
—¿Tú? No me hagas reír…
Rayo lo miró con una mirada asesina y
tenebrosa. A Triple se le puso la piel de gallina ante tal mirada.
—Está bien —sin más estuvo de acuerdo —Tú vas
a ser el jefe, pero yo voy a ser el segundo al mando.
Michigan sorprendido preguntó, exaltándose:
—¿Tú? No, yo voy a ser el segundo al mando.
Dime, ¿por qué tú?
Triple, acercándose a él, le dice con
arrogancia y enfado:
—Aparte de que soy más inteligente, que tengo
gente que me obedece y tú ¡no!
Michigan asustado, mencionó, en shock:
—A sí… a sí… a sí… a sí…
—Que buena respuesta, Michigan —dijo Rayo con
sorna.
—Está bien, tú será el segundo al mando.
—Muy bien —les informó Rayo a los dos—. El
equipo se llamará “Los rayos destructores”
—¡No! “La venganza de los explosivos”— opinó
Triple.
Michigan, no de acuerdo, los corrigió:
—No. Ninguno. Se llamará “Mi reino”
Rayo y Triple intercambiaron miradas y se
carcajearon. Triple, aún riendo, dijo:
—¿Qué? Es el nombre más ridículo que
escuchado en todo el mundo.
Como nadie estaba de acuerdo en los nombre, empezaron
a discutir, pero ahora por cómo se llamaría su equipo.
—¡Ya basta! —gritó Rayo—. El equipo se
llamará “El reino de los rayos vengadores”, ¿ok?
—Bien —contestaron Triple y Michigan al coro.
Entonces, idearon ahora sí, sin interrupciones,
un plan, Rayo les informó el plan:
—Paso uno: Robar la presidencia. Paso dos:
Declarar nuestras intenciones al pueblo. Paso tres: Hacer de este lugar el
reino de los rayos vengadores —una macabra risa salió de su boca, indicando que
Rayo sería un muy buen villano. Poco después Michigan y Triple lo acompañaron
en la risa.
Primero, obvio, iniciaron con el paso uno: Robar
la presidencia.
Esa noche, los tres entraron a con mucho
sigilo a la casa de Reyd. Gracias a Rayo, que maniobró con destreza un alambre
para forzar la chapa, lograron entrar a la morada del alcalde. Reyd estaba tan
profundamente dormido, que fue fácil atarlo y llevárselo a la casa de Michigan
y esconderlo. ¿Y por qué a la cada de Michigan? Fácil, por ser la más alejada
de Sosonia.
Cuando amaneció, ejecutaron el paso dos: Declarar
sus intenciones al pueblo.
Se dirigieron a la presidencia, pero al desear
entrar, notaron que estaba cerrada.
—Maldición, ¿qué hacemos ahora? —preguntó
Triple desesperado.
—Lo mismo que hicimos en la casa de Reyd —contestó
Rayo—. Busquen un alambre y tráiganmelo.
Al encontrar el necesitado alambre, se lo
dieron a Rayo y trató de abrir la puerta. Pero ésta no cedía y esto se debía a
que había mucha más seguridad en la presidencia. Michigan veía aburrido como
Rayo, con ayuda de Triple, trataba de abrir la puerta. Suspiró y les dijo:
—Yo creo que no se puede abrir con esta
llave, ¿o sí?
Los dos miraron a Michigan sorprendidos. Rayo
le arrebató la llave, la introdujo en la cerradura de la puerta, la giró media
vuelta y la puerta se abrió. Rayo se dirigió a Michigan y le interrogó:
—¡¿De dónde tocayos sacaste esto?!
—Pues de anoche que entramos a la casa de
Reyd —le contestó Michigan—. La tomé de su buró.
Triple y Rayo lo miraron furiosos y le
gritaron:
—¡¿Por qué no nos dijiste?!
—Uy… qué delicados son.
—Bah, como sea —habló Rayo restándole
importancia al asunto—. Hay que seguir con el paso dos, síganme.
Entraron a la presidencia y Rayo tomó un
micrófono, lo encendió. Mientras hacía esto, Triple salió a traer quien sabe
qué cosa (lean para averiguarlo). Rayo comenzó a decir:
—¡Gente de Sosonia! ¡Esta mañana, mi equipo y
yo, estamos aquí para darles un anuncio muy importante! ¡Desde hoy en adelante
nosotros gobernaremos el pueblo!
En todo el pueblo se escuchó un murmuro por
parte de todas las personas. Se escuchaban preguntas como:
—¿Qué dice?
—¿A qué se refiere?
—¿Qué van a qué?
E incluso hubo algunas cómo:
—¿Dónde está mi papá?
Y la pregunta que más interesó al pueblo fue:
—¿Cómo unos jóvenes podrán gobernar?
Al ver la conmoción del pueblo, Rayo volvió a
hablar:
—Ah, algo más. Si alguien se rehúsa a aceptar
nuestro gobierno, destruiremos por completo el pueblo y a todos los que viven
en él.
Las personas no tuvieron más remedio que
obedecer y la primera orden del nuevo gobierno fue, hacer una estatua de Rayo.
Rato después, se escuchó un estruendo y la
tierra empezó a temblar. Todos se preguntaron:
—¿Qué es eso? ¿Qué sucede?
Se escuchó un silbido ensordecedor, parecido
al de un tren. Todos se volvieron a donde venía el silbido y se dieron cuenta
de que Triple conducía una gran máquina que destruía todo a su paso. Triple
detuvo la máquina en la presidencia y gritó:
—¡He aquí la prueba de que quien no obedezca,
será aplastado como una cucaracha! —rio malévolamente.
Triple se bajó de la máquina y Rayo mencionó
a su nuevo equipo.
—Amigos míos, definitivamente este es un
reino del mal. Ahora Michigan, tú tendrás todos los bosques, lagos y ríos de
Sosonia. Tú, Triple, serás respetado y temido por todos y yo, tendré mí reino.
¿Y ven? Todos seremos felices.
—¡Sí! ¡Sí! ¡A festejar a la casa de Michigan!
¡Con pizza y refresco! Yo invito… pero ustedes pagan.
—Con esto —siguió Rayo—, hicimos el paso
tres: Hacer de este lugar el reino de los rayos vengadores.
Con esto, se fueron a la casa de Michigan.
Cuando llegaron, Triple cogió un paquete que estaba junto a la puerta.
—Miren, un paquete.
Michigan, buscando las llaves para abrir su
casa, mencionó:
—¿Un paquete? Qué raro. Yo no recibo
paquetes.
—Pues este paquete es para un tal… Bambi de
parte de mamá —comentó Triple.
—¿Qué? ¿No? ¿O sí? —inquirió Rayo sorprendido.
Triple y Rayo se miraron y luego miraron a
Michigan. Los dos soltaron la carcajada, pero a reventar. Triple comentó, aún
riendo.
—Tú… tú, ¿tú te llamas Bambi? —soltó aún más
la risa.
—Es el nombre más patético que he escuchado en
toda mi vida —informó Rayo.
—Sí —estuvo de acuerdo Triple—. ¿Qué clase de
nombre es ese? No me reía tanto desde que supe que mi oponente tenía nombre de
mujer. Es decir, ¿Coletas? ¿Coletas Velasco? Que por cierto sería más bien
Coletas del asco. Pero, por favor, ¿qué clase de nombre es Hijo, Payaso, Gordo
o Fea? Bueno… en realidad eso si lo entiendo, pero… ¿Bambi?
Michigan estaba molesto y trató de
defenderse.
—Pues…pues… ¿qué clase de nombre es Rayo?
—¡Hey! Me pusieron Rayo por mi padre, abuelo
y así sucesivamente. Es un nombre de familia.
—Bueno —ahora miro al castaño —¿Qué clase de
nombre es Triple?
—Mira, no sé por qué rayos me pusieron
Triple, pero es mejor que ¡Bambi!
—Bueno, ya basta —los reprendió Rayo tratando
de dejar de reír—. Hay que festejar por… ¡El nombre de Bambi!
Entraron a la casa. Claro, aún riendo por lo
sucedido, aunque Michigan era el único que no festejaba, ya que estaba avergonzado,
él no tenía la culpa que su madre fuera amante de esa película.
En el pueblo, todos trataban de construir la
estatua que pidió Rayo cuando Hijo dijo muy enfadado:
—¡No podemos hacer esta estatua!
—¡Claro, amigo! ¡Yo estoy contigo! —dijo
Coletas, apoyándolo.
—Sí —siguió Hijo—. Necesitamos una foto.
Todos lo miraron con irritación.
—¿Qué?— se defendió Hijo.
Coletas, muy decidido, les dijo a todos:
—¡No debemos permitir que nos manipules de
esta manera! ¡Somos libres de decidir!
—Es cierto lo que dices Coletas —afirmó
Rojita.
Entonces, llegaron Feliz, Dulce, Braket,
Todd, Mio y Gordo.
—No sé por qué —comentó Feliz—, pero siento
que uno de ustedes tiene un plan.
Coletas les contó sus planes. Todos
estuvieron de acuerdo, por lo que Gordo informó:
—Hay un problema. Los seis secuaces de Triple
nos están vigilando. ¿Qué vamos a hacer?
Coletas pensó un momento, luego, habló:
—Sí, pero son solo seis, no podrán con todo
el pueblo.
Coletas corrió a la presidencia, tomó el
mismo micrófono que al principio tenía Rayo y empezó a dar un “discurso” en el
cual dijo que no deben permitir que esos tres los manejaran a su antojo y que
el que estuviera a favor de hacer una revuelta gritaran ¡Sí! Todo el pueblo
gritó con un fuerte y rotundo, ¡Sí!
—¡Si, si, si, si, si! —gritaba un secuaz,
cuando otro secuaz le dio un zape en la cabeza y le mencionó:
—Tonto, van a hacer una revuelta. Sí el jefe
se entera, será nuestro fin —y el muy tonto siguió diciendo:—. Ahora ve y dile
al jefe que hay una revuelta.
El secuaz rápidamente obedece a su compañero
y fue y le avisó lo sucedido a Triple.
Mientras tanto, Coletas quien ya había salido
de la presidencia, se acercó a sus amigos y les indicó:
—Miren, Rojita, Hijo, Flor, Feliz y yo,
iremos a detener a los malos; el Sr. Braket, el Sr. Todd, Dulce, Mio y Gordo
irán a buscar al Sr. Reyd, ¿de acuerdo?
Todos asintieron indicando que estaban de
acuerdo. El equipo No.1, fue a la casa de Michigan a detener a los malos para
evitar que siguieran con su reino. El equipo No. 2 fue a buscar al Sr. Reyd a
su casa y luego a la presidencia.
El secuaz, cansado, llegó a la casa de
Michigan, tocó la puerta. Adentro de la casa Triple se dirigió a abrir la puerta,
al ver a su secuaz, preguntó:
—¿No deberías estar vigilando al pueblo?
El secuaz le contestó, entrecortadamente y
tratando de recuperar el aliento:
—Jefe… en el pueblo… hay un… rodeo.
—¿Un rodeo? —preguntó Triple sorprendido.
—Sí, jefe.
—¿Y qué tiene de malo un rodeo?
—Bueno, creí que se iba a enojar.
Rayo y Michigan, que habían escuchado todo, se
acercaron a ellos y Rayo trató de corregir al secuaz:
—¿No querrás decir más bien, una revuelta?
El secuaz se quedó algo pensativo y luego
respondió:
—Ah sí, eso.
—Ah, bueno —habló Triple al entenderlo mejor—,
eso es otra cosa, es decir, un… ¡¿Qué?! ¡¿Por qué no me dijiste antes?!
Los cuatro, presurosos, salieron de la casa
de Michigan con la intención de detener la revuelta. En el camino se
encontraron al esquipo No. 1, dirigido por Coletas.
—Ahí están, jefe. El que inició la revuelta.
Coletas y sus amigos —le informó el secuaz a Triple.
Rayo, enojado, le dijo a Coletas:
—Coletas, tú pagarás por causar la revuelta…
—Alto ahí —lo interrumpió Triple—. Sí alguien
aquí va a vengarse de Coletas, ese voy a ser yo, no tú. Yo.
—Pues si vas a vengarte de él, creo que es el
momento adecuado —comentó Rayo.
Coletas y Triple empezaron a discutir y los
demás observaban como discutían. Aprovechando la situación, Michigan, Rayo y el
secuaz, se fueron de allí y se dirigieron al pueblo donde empezaba la revuelta.
Feliz le mencionó a Coleta:
—Coletas, mira. Esos están escapando.
Coletas tuvo la intención de ir detrás de
ellos, pero Triple lo detuvo, así que los demás tuvieron que ir detrás de
ellos.
El equipo No. 2, buscaba, buscaba y buscaba,
pero no encontraban a Reyd. En ese momento, Mio tuvo una idea de dónde —tal vez
—podría estar.
—Yo… Yo creo que puede estar en la casa de
Michigan. Después de todo, allí fueron a festejar, ¿no? Debió ser por algo.
Todos se detuvieron de buscar y se miraron.
Corriendo, fueron a la casa de Michigan.
El equipo No. 1 se dirigía al pueblo y el No.
2 a la casa de Michigan. Al llegar a ésta, vieron la puerta abierta, pues en
ningún momento Triple, Rayo, Michigan o el secuaz la cerraron. Por este motivo,
entraron sin dificultad y al ver que no había nadie, empezaron a buscar en
todos lados, incluso bajaron al sótano donde, precisamente, se encontraba Reyd
amarrado, boca abajo. Dulce preguntó asustada:
—¿Está muerto?
—No te preocupes. Está soñando muy bonito —la
tranquilizó Todd.
Braket trató de despertarlo, zarandeándolo
con algo de fuerza. Cuando Reyd logró despertar, preguntó, norteado:
—¿Qué? ¿Dónde estoy?
Lo desataron y le contaron todo lo que había
sucedido en su “ausencia”.
El equipo uno trató de detener a Rayo y a Michigan,
pero no podían pues ellos corrían muy rápido. Triple, quien les dio alcance, al
darse cuenta de que todo iba de mal en peor se fue a su colosal máquina y al
subir a ella, gritó:
—¡Esto te pasa pueblito por desobedecer!
Encendió la máquina y barrió con todo lo que
se le puso enfrente. Cundo de repente, Coletas, que logró subir a la máquina
gracias a que se subió con mucho cuidado a una de sus grandes llantas, trató de
apagar la máquina. Claro está, Triple no se iba a dejar, por lo que empezaron
una pelea sobre la máquina, ésta se movía de un lado a otro. Al percatarse de
esto, Rayo gritó furioso:
—¡Triple, no es momento de pelear…!
Y ¡Pum! Feliz le dio un golpe en pleno
rostro.
—Es malo pelear, pero bueno defenderse —se
dijo mientras observaba a Rayo en el suelo.
En eso, llega el equipo dos con el Sr. Reyd y
él preguntó, aún desorientado:
—¿Qué sucede aquí?
Volvieron a explicarle todo.
—Tenemos que detener esa máquina y a los
malos —sugirió Gordo cuando, de la nada, llegó Iro y mencionó:
—Ellos se hacen llamar “El reino de los rayos
vengadores”.
Todos dirigen su atención a la máquina, para
cuidarse de ella y cuando se volvieron a donde estaba Iro, éste ya no estaba.
Hijo comentó:
—Ese chico cómo que me da miedo.
Triple y Coletas estaban bien entretenidos.
Uno al no querer parar la máquina y el otro al sí querer detenerla. Rojita, al
verlos, dijo:
—Tenemos que ayudar a Coletas.
Pero no podían hacerlo porque si se acercaban
mucho podrían ser tragados por esa peligrosa máquina.
Fea y Payaso observaban la escena y la mujer
le mencionó a Payaso:
—Triple necesita ayuda.
—Es cierto, hay que ir a ayudarlo —concordó
Payaso.
—¿Pero dónde está Jumbo? —se inquirió Fea.
—No lo sé, siempre se nos pierde —en eso
llegó Jumbo y Payaso siguió:—. Mira, ya lo encontré.
Jumbo, que no cabía en sí de felicidad, les
comentó, cansado:
—Observen amigos lo que conseguí. Como nadie
está cuidando las tiendas, aproveche para tomar unas cuantas cositas.
Detrás de él había una bolsa tan grande que —sin
duda —, batallaba mucho con ella. Cuando se escuchó un grito proveniente de
Payaso:
—¡La máquina viene hacia nosotros!
Los tres salieron corriendo. Jumbo tuvo que
dejar la bolsa para poder correr, así que al pasar la máquina sobre la bolsa,
arrasó con todo lo que ésta contenía. Jumbo se acercó y llorando se dijo con el
corazón roto:
—¿Por qué? ¿Por qué a mí? Ya tenía todo y...y
ahora es talco. Pobrecitas cosas.
Fea y Payaso se lo tuvieron que llevar
arrastrando porque del berrinche que hizo, no pudo ni caminar.
Triple y Coletas estaban empujándose, que los
muy tontos, se cayeron al suelo. Cuando azotaron en el piso, Triple se levantó
tan enojado que se lanzó contra Coletas y empezaron a pelear, de nuevo.
Gordo gritó despavorido:
—¡La máquina no tiene control!
Tenía razón, la máquina no tenía control.
Todos los del pueblo gritaron. Todos pensaban en sus últimos deseos. Triple se
levantó del suelo y ordenó a sus secuaces:
—¡Vámonos, chicos…! —en eso, Coletas le dio
un fuerte golpe en la quijada y cayó rendido.
—Ni creas que te vas a escapar —le informó Coletas
con la respiración entrecortada.
Rayo se levantó del suelo y preguntó
extrañado:
—¿Qué sucedió? —vio que la máquina estaba
descontrolada, así que salió corriendo.
Todos pensaron que era el fin y, algunos se
lamentaron:
—Ya no tenemos pueblo, ya se acabó. Adiós a
Sosonia.
La máquina se dirigía a donde estaba el restaurante
“Los Mil Gustos” cuando, de nuevo, de la nada Iro se subió a la máquina y
presionó el botón de apagado, por lo qué la máquina se detuvo antes de llegar al
restaurante. Triple se levantó del suelo y, sobándose la barbilla, reprochó:
—¿Por qué no pensaron en eso?
Todos felicitaron a Iro, por su acto heroico
y también felicitaron a los valientes que estuvieron a punto de dar su vida por
Sosonia, bueno, no es para tanto, pero también los felicitaron. En cambio, a lo
villanos los encarcelaron.
Todos los del pueblo, volvieron a sus vidas normales
y ayudaron a reparar lo que quedó destruido del pueblo gracias a “El reino de
los rayos vengadores”. Finalmente, todos volvieron a ser felices.
Los villanos se estaban quejando porque la
celda en donde estaban era del vuelo de una habitación para una persona y allí
estaban nueve personas. Triple dijo, molesto:
—¿Por qué no nos metieron en una celda más
¡grande!?
Michigan “Bambi” se lamentó:
—Es nuestro merecido. Yo sabía que no
teníamos que hacer eso, fue una pésima idea… auch mi pie.
— ¡¡¡Cállate, Bambi!!!— le gritaron Triple y
Rayo enfurecidos.
Dato interesante:
Rayo estaba muy triste, tanto, que casi
lloraba, mientras se decía:
—Feliz me pegó. Nadie antes me había pegado
en mi vida. ¡Y mucho menos un hippie!
EL PAQUETE
Todo comenzó en la donería Braket. Braket
estaba jugando con las figuras de acción de Hijo.
—¡Morirás Doctor Oscuro! ¡Pum! ¡Pach! El que
morirá serás tú Sr. Espacio pues has caído en mi trampa muajajaja.
En eso, escuchó que la puerta se cerraba.
Braket rápidamente escondió los “juguetes” debajo del mostrador e Hijo, quien
bajaba las escaleras, preguntó:
—Oye papá, ¿no has visto mis muñecos de
acción?
—¿Qué? —Balbuceó Braket—. Este ¡No! Son tus
juguetes no míos. Tú deberías saber en donde los guardaste.
—Sí papá, pero ayer los dejé en la vitrina y
ya no están.
—Pues… yo no sé donde están.
—Aunque… sabes que se me hace más raro…— Hijo
miró el reloj ubicado arriba del mostrador—. Ya es tarde. Me tengo que ir.
Hasta luego.
Hijo salió de la donería a prisa, al hacerlo,
Braket suspiró profundamente y, tomando de nuevo los “juguetes”, volvió a jugar
con ellos.
Hijo corría rápidamente por las calles hasta
que se encontró con Coletas, éste, al verlo le preguntó:
—¡Hijo! ¿A dónde vas con tanta prisa?
—Es que iba a buscarte a la presidencia,
Coletas.
—Pero Hijo, hoy es domingo, no trabajo.
—Ah, ya veo… es cierto. Pero bueno, ya te
encontré.
—¿Y para qué me querías?
—Ah, sí, es cierto. Es que te iba a comunicar
sí ya viste el periódico.
—No, ¿por qué?
—Lo que pasa es que ya salió la nueva
película de “Los increiboys: La batalla decisiva”. Dicen que está increíble.
—¿En serio? Pues me gustaría verla.
—Sí, a mi también.
Mientras platicaban, caminaron a la plaza y
después hacia la presidencia. Al llegar a ésta, decidieron descansar un poco.
—Y por eso se quedó sin dedo, ¿cómo ves
Coletas?
—Chido, esa no me la sabía.
Tiempo después, se acercó a ellos una persona
muy seria, traía puesto un smoking color crema, una corbata rayada rojo con
blanco, un sombrero café, y tenía lentes oscuros. En pocas palabras, extraño.
—El Sr. Reyd —dijo en un susurro.
—¿Cómo? —preguntó Coletas al no escuchar bien.
—¿Dónde puedo encontrar al Sr. Reyd? Necesito
entregarle este paquete. Es muy importante.
—Sí, aquí trabaja —le contestó Coletas—. Pero
por ahora no se encuentra. Se fue de vacaciones y llega hasta mañana.
—Entiendo. Pero mañana no podré venir, ¿le
puedes entregar este paquete, chico?
—Claro, está bien. Yo se lo entrego —le dijo Coletas
sin pensarlo.
El extraño señor le entregó el paquete y,
acercándose a él le dijo, amenazante:
—Recuerda, este paquete es muy, pero muy importante
—se alejó de Coletas—. Debes entregárselo directamente al Sr. Reyd y no puede
ser abierto por nadie más, ¿entendido?
Coletas asintió. El señor se fue. Cuando
estuvieron solos, Hijo dijo emocionado:
—Que señor tan más extraño, ¿no crees?— miró
el paquete—. A ver. Vamos a abrirlo.
—¡Oh, no! Me lo encargaron a mí y si es
abierto seguro me echan la culpa solamente a mí, así que ¡no! ¿Acaso no oíste
lo que dijo el señor? Debe ser abierto por el Sr. Reyd, no por otra persona.
—Sí, lo escuché —concordó Hijo—. Pero, debe
ser algo muy importante o misterioso para que sea abierto sólo por el Sr. Reyd.
—Sí.
Después, los dos se fueron a sus respectivas
casas.
Triple, quien se escondía detrás de un
arbusto, escuchó la conversación y le dijo a sus secuaces, que estaban
escondidos junto a él:
—Conque a Coletas le encargaron un paquete...
y por lo visto, es muy importante. Pero, ¿qué tal si mañana no lo entrega? ¡Por
fin! Con esto podré vengarme. Pues si le quito ese paquete nadie volverá a
confiar en él, nunca más.
A la mañana siguiente, Coletas se levantó muy
temprano para entregar el paquete. Salió de su casa y fue directo a la
presidencia, pero no se imaginaba que Triple lo estaría esperándolo para
quitarle ese paquete de sus propias manos.
—Vaya, vaya. Qué… desagradable sorpresa ¿no
crees, mi queridísimo “amigo”, Coletas?— lo saludó Triple muy burlesco.
Coletas, al verlo, rápidamente escondió el
paquete tras de sí y no contestó.
—¿No crees que es una mañana muy bonita para…
no sé, entregar algo importante? —siguió Triple—. Bien, creo que yo ya me voy.
Y como si nada, pasó a un lado de Coletas.
Coletas suspiró y se dirigió a la presidencia. Al estar a punto de abrir la
puerta para entrar, sin darse cuenta, Triple lo sujetó, de espaldas a él, por el
cuello con su brazo, asfixiándolo, moviéndolo de un lado a otro. Coletas no
tuvo más remedió que soltar el paquete para poder liberarse de Triple, éste, al
ver que Coletas soltó el paquete, liberó a su oponente, lo empujó sin
consideración y con velocidad, levantó el paquete y salió corriendo. Coletas
estaba con la respiración entrecortada y algo cansado, pero no se iba a dar por
vencido, corrió detrás de Triple.
Triple, al darse cuenta de que lo seguían,
aumentó la velocidad. Los dos vieron, que más allá, en la distancia, venía Hijo
en su bicicleta, al parecer acababa de hacer una entrega.
—¡No dejes que escape, Hijo! ¡Detenlo! —gritó
Coletas a todo pulmón que, cansado, se detuvo.
—¡¿Qué?! —inquirió Hijo confundido,
deteniéndose.
—¡Que le quites el paquete!
Hijo, presuroso, se montó de nuevo a la bici
y salió detrás de Triple.
—¿Qué no puedo llevarme este paquete
tranquilo? —se preguntó Triple al ver que Hijo estaba detrás de él, ya cansado
de correr tanto.
Hijo pensaba en cómo detener a Triple y lo único
que se le vino a la mente fue bañarlo. Así que destapó una botella, que tenía
guardada para cuando le diera sed, y una vez que estuvo a un lado de Triple, le
echó todo el contenido de la botella encima. Triple se detuvo y soltando el
paquete, se limpió la cara diciendo, asustado:
—Me ahogo, me ahogo.
Hijo frenó al instante, bajó de la bicicleta,
agarró el paquete y corrió a donde estaba Coletas.
—Ya lo tengo —le informó mostrando el
paquete.
—Bien hecho, gracias.
Hijo le entregó el paquete y luego le
mencionó:
—Date prisa, ve a la presidencia antes de que
Triple se recupere de su trauma.
—Sí. A ver si llego antes de que él me lo
vuelva a quitar.
—¡Mira! Te presto mi bici, agárrala.
Coletas asintió, tomó la bici y se puso en
marcha.
Triple se recuperó y cansado, observó a lo
lejos como Coletas se dirigía, de nuevo, a la presidencia, por lo que decidió
tomar un atajo cruzando la plaza.
Faltaba poco para que Coletas llegara cuando
Triple, que había llegado al mismo tiempo, se arrojó sobre él, tumbándolo de la
bici. Cuando los dos cayeron al suelo, Triple se levantó del suelo adolorido y
agotado, así que una vez más, tomó el paquete, se subió a la bici y se dirigió
al parque.
Coletas se levantó y sobándose el brazo
izquierdo observó cómo Triple iba al parque, por lo que corrió detrás de él.
Cuando Triple entró al parque, miró hacia
atrás y vio a Coletas corriendo detrás de él, fatigoso. Se dijo con burla:
—Qué tonto. Nadie volverá a confiar en ti,
Coletas.
Como estaba distraído observando a Coletas,
no se fijó que enfrente de él se encontraba un árbol. Las raíces del árbol
estaban un poco afuera de la tierra, por lo que, cuando fue directo al árbol,
podría decirse que trató de escalarlo. Pero, como es imposible subir un árbol
con una bicicleta, teniendo en cuanta las leyes de la gravedad, Triple cayó al
suelo y la bici cayó arriba de él.
—¡Auxilio! ¡Auch! ¡Quítenme esta bici de
encima! —gritó Triple muy, pero muy adolorido.
En ese momento, Coletas llegó a donde estaba
Triple, tomó el paquete e iba a salir corriendo, pero recordó que la bici no
era suya, era de Hijo, así que sin otra opción le quitó la bici de encima y se
subió a esta, pedaleando con fuerza, yéndose de ese lugar.
Triple se levantó del suelo adolorido y
quejándose, se dijo:
—¡Ay! No funcionó el plan “A”. Vamos al plan “B”.
Sacó un boqui-toqui y llamó a sus secuaces.
Cuando Coletas estaba por llegar a la
presidencia, de nuevo, se topó con Hijo y éste lo llamó:
—¡Coletas!
Coletas se detuvo.
—No vayas a la presidencia —le advirtió.
—¿Por qué no?
—Fui a la presidencia y el Sr. Reyd todavía
no llega.
—Sí, pero de todos modos tengo que estar allí
antes de que llegue.
—Está bien, pero ¿no podemos ir a comer
primero?
—Hijo, no pienses en comer ahora, esto es muy
importante.
Coletas se bajó de la bici y se dispuso a
entregársela a Hijo, pero éste le dijo:
—No Coletas, la vas a necesitar, ya que
Triple no te va a dejar en paz hasta que tenga ese paquete.
—Sí, pero no creo que esté en condiciones
para perseguirme, no por ahora.
Con esto, los dos se fueron a la presidencia,
pero antes de que llegaran se dieron cuenta de que los secuaces de Triple los
estaban esperando.
—Oh, no —dijo Coletas preocupado.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó Hijo.
—Olvidé por completo que Triple tiene a sus
secuaces. Hijo, vámonos.
Los dos corrieron dirigiéndose a la plaza.
Uno de los secuaces los vio y les gritó a los otros:
—Miren allá. ¡Es Coletas! ¡Vamos!
Los secuaces salieron corriendo tras ellos.
Coletas se detuvo antes de llegar a la plaza pues se dio cuenta de que Triple
venia corriendo de allí y cuando llegó a él, le dijo:
—Coletas, no puedes hacer nada. Estás
acorralado, así que dame el paquete.
Coletas miró a todos lados, no sabía qué
hacer. En ese instante, vio que Hijo se alejó de los secuaces y de Triple.
—¡Rápido, pásame el paquete! —gritó su amigo
del otro lado.
Coletas, sin pensarlo un poco, se lo lanzó e
Hijo lo acachó, como Hijo tenía la bicicletas se subió a ésta y pedaleó
dirigiéndose a la presidencia. Cuando Triple vio lo sucedido, le dijo a sus
secuaces:
—¡Ustedes tres, que Hijo no llegué a la
presidencia! Y ustedes, vengan conmigo.
Así que tres de sus secuaces se fueron detrás
de Hijo y lo otros se fueron con Triple. Coletas se fue detrás de los secuaces
que querían detener a Hijo para tratar de detenerlos.
Hijo estaba a punto de llegar a la
presidencia, pero uno de los secuaces lo tumbó de la bici. Lo primero que Hijo
hizo fue golpearlo y después correr a la presidencia, pero mientras esto
sucedía, Triple y la otra mitad de los secuaces, habían llegado poniéndose
enfrente de la puerta para que no pudieran pasar.
—¡Dame ese paquete! —ordenó el mayor.
—¡Ni de broma!
Hijo no sabía qué hacer, pues detrás de él
estaban otros secuaces. Estaba acorralado, por lo que no pudo hacer más que
subir de nuevo a su bicicleta, esquivarlos a todos y dirigirse de nuevo a la
plaza. Triple vio que uno de sus secuaces estaba a punto de comer un chocolate,
por lo que se lo quitó y lo arrojó con todas sus fuerzas a Hijo, dándole justo
en la cabeza logrando que perdiera el equilibrio y cayera al suelo.
Hijo enojado exclamó:
—¡¿Oye qué te pasa?!... Oh, un chocolate —tomó
la barra y empezó a comerlo.
Uno de los secuaces le quitó el paquete
mientras Hijo estaba distraído disfrutando su chocolate. Coletas se abrió paso
entre los secuaces y le quitó el paquete al subordinado, empujándolo y le dijo
a Hijo, que seguía en el suelo comiendo:
—No cabe duda de que contigo no se puede
contar cuando tienes hambre.
Corrió a la presidencia, pero como Triple
seguía frente a la puerta, no iba a permitir que se lo entregaran a Reyd, así
que agarró tierra de una de las masetas que adornaban el lugar, y se la arrojó
a Coletas. La arena cayó en sus ojos.
—¡Ah! —Gritó Coletas con dolor y llorando —¡Tramposo!
Coletas soltó el paquete para masajear sus
ojos irritados. Triple tomó el paquete y corrió, en dirección a sus secuaces,
al llegar, les dijo enojado:
—¡Ah! Si que en ustedes no se puede confiar.
Vámonos rápido.
Coletas cayó al suelo de rodillas. De rato,
se levantó y con los ojos rojos e irritados, se dispuso a seguir a Triple, pero
Hijo lo detuvo.
—¡Coletas! Corriendo no lo vas a alcanzar.
Sube, yo te llevo. Ahora estamos juntos en esto.
Coletas se subió a los diablos de la bicicleta
y ambos, decididos, fueron a darle alcance a Triple. Como se entretuvieron un
tiempo, Triple les llevaba ventaja, tanto así que alcanzaba a ver el lago MC.
Cansado, se detuvo.
—Tal vez, sólo un descanso —se dijo tratando
de regular su respiración.
Luego se dio cuenta de que detrás de él se
acercaban Hijo y Coletas.
—¡Demonios! Mejor no.
Retomó la corrida, pero como estaba muy
cansado, al igual que sus secuaces, Hijo y Coletas le dieron alcance y en una
de esas, Coletas le quitó el paquete. Sin detenerse, los dos dieron la vuelta y
se alejaron de allí.
Triple, muy enojado, les dijo a sus secuaces,
quienes se encontraban descansando.
—¡No sean flojos! ¡Vayan tras ellos! ¡Rápido!
Haciendo caso a su líder, los secuaces
corrieron tras ellos, después de que se fueron,
a Triple se le ocurrió otra idea, sacó el boqui-toqui y llamó a un
secuaz.
—¡Deténganse! —los secuaces se detuvieron—.
Escuchen, aquí les va el plan “C”. Esperen a Coletas e Hijo afuera de la
donería Braket.
—Pero jefe, ¿cómo sabe que irán a la donería?
—Es una corazonada —les comunicó y luego les
informó el resto del plan.
Al llegar a la donería, Hijo se detuvo y
Coletas le preguntó extrañado por qué se había detenido y éste le contestó:
—Vamos a comer algo primero, ¿sí?
—¡¿Qué?! —inquirió Coletas sorprendido.
—Por favor. Me estoy muriendo de hambre. Creo
que no tengo energías.
Coletas aceptó y los dos entraron a la
donería y sin decir nada agarraron donas e Hijo le dijo a Braket:
—Lo siento papá, pero es una emergencia.
Salieron de la donería, pero al ver la bici
se sorprendieron, pues las llantas estaban ponchadas y descubrieron que fueron
los secuaces de Triple.
—Ay no, ¿qué vamos a hacer, ahora? —inquirió
Coletas pensativo.
—Ven, tengo una idea.
Hijo jaló a su amigo a la parte trasera de la
donería y sacó la motocicleta que usaba su papá para hacer las entregas. Los
dos se montaron en la moto y arrancaron. De rato, Coletas e Hijo llegaron a la
presidencia y, como siempre, Triple los estaba esperando, pues él se imaginó
que sus torpes secuaces no lograrían detenerlos.
—Hijo, bájate de la moto, yo conduzco —dijo
Coletas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó su amigo sin
entender.
—Sólo hazlo y, con cuidado, trata de
colocarte atrás de Triple.
Hijo hizo lo indicado y bajó de la moto.
Triple estaba muy atento mirando a Coletas y cuando vio a Hijo acercarse,
observó que no tenía el paquete, por lo que sin prestarle atención se dijo:
—Coletas, Coletas, sé que Hijo no tiene el
paquete, ¿Querías engañarme?
Coletas se dirigió con la moto a donde estaba
Triple; Triple tenía pensado tumbarlo al igual que lo hizo con la bici, pero antes
de que Triple hiciera eso Coletas le lanzó el paquete a Hijo, Hijo lo acachó y
dijo:
—Sí. ¡Ya lo tengo…! —Triple lo empujó e Hijo
cae al suelo. Triple agarró el paquete y dijo muy feliz:
—Jajaja. Por fin lo tengo, te vencí.
En eso, Coletas agarró un extremo del paquete
y peleándose, empezaron a jalarlo. Coletas ya fastidiado de todo esto, empujó a
Triple con todo lo que pudo y este cayó arriba de Hijo, que todavía no se ponía
de pie. Coletas rápidamente entró a la presidencia, donde por fin encontró al
Sr. Reyd.
—Sr. Reyd, tenga este paquete. Lo cuide con
mi vida.
—Ah, muchas gracias joven… eh… ¿cómo dijo que
se llamaba?
—Coletas.
—Pues gracias, Coletas.
—Fue un placer Sr.
Reyd escudriñó el paquete cuidadosamente.
— ¿De quién podrá ser? Bueno, sólo hay una
forma de saberlo.
Reyd abrió el paquete y ¡pum! Se encontró con
algo inesperado. Un chorro de tinta que le ensució toda la cara. Al momento de
que esto sucedió, entró la misma persona que le había entregado el paquete a
Coletas y, riéndose, dijo:
—Caíste hermanito, fue la mejor broma del
año, ¿no?
—¡Redy! Sabía que esto habría de pasar. Qué
chistoso.
Redy Mandamás, hermano mayor de Reyd, no vive
en Sosonia, su hogar y trabajo está en el pueblo vecino; Krill. Con esto, los
hermanos se ríen sin control, pero Coletas que se quedó con la boca abierta al
ver lo sucedido, furioso, se acercó a Reyd, le quitó el paquete, lo lanzó al
suelo, brincó arriba de él y se fue de la presidencia enfadado y renegando. Al
ver la actitud del chico, Redy le preguntó a Reyd:
—Ah, caray y ahora, ¿qué le pasa?
—No tengo idea.
Y volvieron a reír.
EL PLAN
Era de noche en
Sosonia y Jumbo caminaba tranquilamente hacia su humilde morada. Al llegar vio
a Fea y a Payaso, que se encontraban acostados en las hamacas.
—¿Dónde estabas,
Jumbo? —preguntó Fea.
—Eh… pues… bueno…
estaba… ah… en algún lugar.
—Pero ¿en qué tipo de
lugar?
—Pues por allí, por
allá, tú sabes.
—No, no sé. Payaso,
ayúdame a que Jumbo diga la verdad…
¿Payaso?
Jumbo y Fea se
acercaron a donde estaba Payaso y se dieron cuenta de que estaba dormido.
—Shhh, vamos a dormir
también nosotros —dijo Jumbo en voz muy baja.
—Está bien —concordó
Fea en un susurro—. Pero mañana no te escapas, me dices dónde estabas.
—Sí, está bien, pero
mañana, que ya es muy noche.
Así, se fueron a
dormir y he aquí los seños de cada quien. Primero Fea, que soñaba con su
príncipe azul, Triple, quien la quería mucho y le daba todo lo que pedía y
estas dos personas vivieron felices para siempre; Payaso soñaba que Fea lo
quería mucho e iban muy felices agarrados de la mano por una pradera; y Jumbo
soñaba que era rico y compraba toda clase de comida y así nunca en su vida
volvió a tener hambre y vivió feliz por siempre. Así nuestros amigos vivieron
felices para siempre… claro, en sus sueños.
Al día siguiente se
levantaron y se dieron los buenos días.
—Tuve un sueño muy
bonito —les comentó Jumbo—. Soñé que era rico y comía mucho, ¿ustedes qué
soñaron?
—Yo nada —contestó
Fea indiferente.
—Ni yo —dijo Payaso
mirando a Fea sonrojado.
—Ahora sí Jumbo,
dinos a dónde fuiste ayer —ordenó la joven.
—Bueno, no me creerán,
así que acompáñenme.
Así, los tres se
dirigieron a Sosonia. Al llegar a la plaza, se dieron una gran sorpresa, pues
vieron puestos de comida, bebidas, juegos y de más. Jumbo asintió ante la
perplejidad de sus amigos e informó:
—Sí amigos, la feria
llegó al pueblo.
—¿Sí es la feria? —preguntó
Payaso inseguro.
—Pues vamos a
investigar —ordenó Fea.
Tratan de investigar
qué cosa está pasando y se encuentran con Coletas, Hijo, Rojita y Flor. Así que
la líder, preguntó:
—¿No saben qué van a
hacer aquí?
—¿No lo saben?
—Cuestionó Rojita asombrada.
Los tres negaron con
la cabeza.
—Pues esta noche
habrá una quermés, aquí en la plaza — quien les informó fue Coletas.
—¡Sí! Dicen que va a
ser de lo mejor —agregó Hijo ansioso y emocionado—. Habrá juegos, bebidas y lo
mejor de todo, la comida, mmm. Por cierto, ya me dio hambre.
—¿En serio? —preguntó
Fea pensativa.
—Bueno —comenzó
Jumbo.
—Gracias —terminó
Payaso.
Con esto, se fueron
de allí y Payaso, al notar que Fea estaba un poco extraña le preguntó:
—¿Por qué pones esa
cara?
—Esa cara es de:
“tengo un plan” —comentó Jumbo, ya que la conocía muy bien.
—Así es —concordó
Fea, por lo que, les contó su plan.
Por la noche, los
tres amigos se fueron directo a la plaza, para poner en marcha su astuto plan.
Al llegar Fea preguntó:
—¿Listos para el
plan, chicos?
—Listos jefa —dijeron
Jumbo y Payaso al mismo tiempo.
—Bien, en marcha.
Fea se fue a la
izquierda del puesto de tacos y Jumbo y Payaso se fueron a la derecha.
Jumbo y Payaso iban
caminando, como que buscaban algo. Así estuvieron un buen rato hasta que se
toparon con Triple, quien saboreaba un rico algodón de azúcar, aparte era azul
—claro, por si a alguien le interesa el color —.
—Primera fase del
plan —le indicó Payaso a Jumbo en voz baja.
—¡Jefe, jefe, jefe! —gritaron
asustados acercándose a Triple.
—¿Qué, qué, qué? —los
miró con extrañeza.
—Dennos dinero —hablo
Jumbo sin vergüenza. Payaso le dio un codazo y Jumbo continuó—. Digo, Fea está
en problemas.
—¿Y? —dijo Triple un
poco confundido.
—Déjame hablar a mí —pidió
Payaso a Jumbo—. Lo que sucede es que, la detuvieron y… no piensan soltarla si
no pagamos una fianza.
—¿Y por qué a ustedes
no los detuvieron? —preguntó Triple aún confundido, sabiendo que si a uno lo
atrapan, a los otros dos también, pues siempre estaban juntos.
—Bueno pues, este…—
balbuceó Jumbo.
—Nos alcanzamos a
escapar, pero Fea no —mencionó Payaso muy sonriente.
—De acuerdo —dijo
Triple sacando su cartera—. ¿Cuánto necesitan?
—Mil pesos —dijo
Jumbo.
Payaso le pegó con el
codo en un costado y contestó:
—No se crea, con mil
quinientos tenemos.
Jumbo golpeó a Payaso
en el costado y rebatió:
—Mentira, mentira, con tres mil pesos la
hacemos.
Payaso golpea una vez
más a Jumbo y sonriente le dice a Triple:
—No se crea, es
broma. Unos doscientos pesos y ajustamos.
—¿Seguros? —les preguntó
Triple con cara de “qué locos”.
—Sí, seguros —contestó
Jumbo sobándose el costado y haciendo muecas de dolor. Triple les dio el dinero
y los dos se fueron de allí, siguiendo su camino.
Mientras tanto, Fea
caminaba con una libreta en mano. Ella apuntaba algo al pasar por cualquier
puesto. Cuando terminó de apuntar, se sentó en una banca y empezó a echarle un
vistazo a su libreta. Al terminar se dijo:
—Bueno, la segunda
fase del plan ya está hecha. Espero que a Payaso y a Jumbo no se les complique
la primera fase y puedan conseguir el dinero.
Payaso y Jumbo
buscaban a Fea por todos lados de la quermés, entonces Jumbo le preguntó a
Payaso:
—Payaso, ¿crees que
el plan funcione?
—¿Qué pregunta es
esa? Claro que sí va a funcionar.
—Sí, claro, yo sé que
si va a funcionar el plan, pero…
Jumbo se detuvo y
Payaso también.
—¿Pero qué? —inquirió
el chico desesperado.
—Pero imagínate qué
pasaría si el jefe se entera de que para eso le pedimos el dinero.
—Bueno, pues, ¡no lo
creo! Después de todo hay mucha gente, no creo que se dé cuenta —mencionó
Payaso muy seguro—. Ahora rápido, vamos a buscar a Fea, ya es muy tarde.
Los dos corrieron,
para ir más deprisa.
Fea, que seguía
sentada esperando a Payaso y a Jumbo, comenzaba a aburrirse. Estaba a punto de
marcharse, cuando ve que sus subordinados se dirigían a ella corriendo. Cuando
llegan a su lado, Payaso, algo cansado, le dijo:
—Aquí está, jefa, la
primera fase del plan —le enseñó el dinero.
—Es perfecto. Aquí
está la libreta. Tengo apuntado lo que debemos saber —les comentó Fea.
Jumbo tomó la libreta
y empezó a leerla, una vez terminó, preguntó:
—¿Segura que es todo?
—Sí, es todo —respondió
Fea—. Ahora sí, vamos a hacer lo que siempre hemos querido hacer… ¡vamos de
compras!
Sin más, se fueron a
comprar lo que estaba apuntado en la libreta.
EL RELOJ
Erase una vez un reloj que hacía tic-tac, tic-tac y
nunca, pero nunca, dejaba de hacer tic-tac, tic-tac; ese reloj siempre
despertaba y molestaba a la gente con su tic-tac, tic-tac y para no escuchar
más el tic-tac, le quitaron las pilas y para siempre dejó de hacer tic-tac.
En Sosonia, Rojita
caminaba hacia la plaza encontrándose con Hijo.
—Hola Hijo —saludó
ella con una sonrisa.
—Hola Rojita. Me
dirigía a la casa de Coletas. ¿Quieres venir?
—Vamos.
Así se encaminaron a
la casa de Coletas, primero pasando por el bosque, cruzaron el puente para
pasar el río, caminaron unos metros más y finalmente llegaron. Tocaron la
puerta de la casa de Velasco, pero nadie respondió.
—Qué raro, ¿no está?
—inquirió Hijo extrañado, es poco común que Coletas no estuviese a esa hora en
casa, ya que del trabajo se pasaba a darle de comer a Reloj.
Sin poder hacer más,
los dos se fueron de allí y a medio camino, se encontraron con Flor.
—Hola Flor —la saludó
su novio —¿Venias con Coletas?
—Así es, mi papá lo
busca porque quiere que le haga un favor.
—Acabamos de estar
allí, pero parece que no se encuentra —le informó su mejor amiga.
— ¿A no? Es raro,
¿verdad? Pues vamos a buscarlo —sugirió Flor.
Así, los tres fueron
a buscar a Coletas al centro del pueblo.
Dentro del bosque,
Triple y sus secuaces caminaban hacia la casa de Coletas. El de mayor rango dijo
a sus secuaces:
—He aquí el plan.
Primero, tocamos…
—Oh, genial —lo
interrumpió un secuaz.
Triple, enojado, le
gritó:
—¡Cállate, torpe!
Todavía no acabo… bueno, después de tocar, nos escondemos y cuando salga y no
vea a nadie, podremos burlarnos de él.
Con eso en mente, los
cuatro llegaron a la casa del enemigo y al tocar la puerta, se escondieron
detrás de una hierba alta y esperaron con impaciencia a que el moreno abriera,
pero nadie abrió la puerta.
— ¡Rayos! Mi plan no
funcionó —chenqueó los dedos Triple frustrado.
—Qué novedad —soltó
un secuaz sarcásticamente.
Triple, enfadado, le
dio un zape y regresando al bosque se van a su humilde morada, rendido ya que
de nuevo Coletas pudo escapar a su plan. A decir verdad nunca se le cruzo por
la cabeza la idea de que el no estuviera en su casa.
Por otro lado,
Coletas estaba en una tienda comprando una pila para un extraño reloj que se
había encontrado. Lo había encontrado en su sótano. Cuando tuvo la pila en su
poder, salió de la tienda y se dirigió a la donería Braket. Al llegar le
preguntó Braket:
—¿Se encuentra Hijo?
—No, no está. Dijo
que iba a tu casa.
—Bueno, gracias. Iré
a buscarlo.
Salió de la donería y
se encaminó a la plaza, encontrándose allí, a Rojita y Flor.
—Hola, ¿no han visto
a Hijo?
—Hola Coletas —respondió
Rojita muy feliz de verlo— Sí, ahorita viene, fue a ver al padre de Flor, ya
que quería que le hicieran un favor.
—Estuvimos buscándote
por todos lados, ¿dónde estabas? —preguntó Flor —Mi padre te necesitaba, por
eso tuvo que ir Hijo a ayudarlo.
—Lo lamento, le
estaba comprando una pila a este reloj que me encontré en el sótano —les
informó Coletas enseñando el reloj.
En eso Hijo se
acercó.
—Uy, qué milagro que
te dejas ver —miró el reloj en las manos de su amigo—. Hey, ese es uno de esos
relojes antiguos… qué aburrido.
Tic-tac, tic-tac, se
escuchaba el reloj una vez Coletas le colocó la pila.
—¿Qué es ese ruido?—
preguntó Flor.
—Proviene del reloj —contestó
Coletas.
—Pues, ese reloj es
muy ruidoso —comentó Hijo.
Después de esto, decidieron
irse a casa de Coletas a comer algo. Al llegar, pidieron la comida y comieron;
luego, se dispusieron a ver una película. Antes de poner la película, Hijo le
dijo a Coletas, un poco molesto:
—Amigo… ¿puedes
callar ese reloj? Ya lo he escuchado todo el día y no me tiene muy contento. Es
más, ya me tiene harto.
—Pues, no creo que
ese ruido se pueda apagar —le dijo Coletas, también fastidiado por el ruido del
reloj.
—Pues ese ruido no
nos va a dejar disfrutar la película.
Aún así, trataron de
ver la película, pero en efecto, como Hijo dijo, el ruido del reloj no los dejó
disfrutar de la película. Como anocheció, todos se fueron a sus respectivos
hogares. Una vez que todos se fueron, Coletas se sentó en su cama y acarició a
su perrito, mientras se decía:
—Es un bonito reloj —lo
miró—. Y es muy antiguo e Hijo tiene razón, es un poco ruidoso… pero es muy
bonito.
Después decidió acostarse
y descansar, pero no pudo debido a que escuchaba el ruidoso tic-tac, tic-tac
que hacía el reloj. Trató de ignorarlo y volvió a cerrar los ojos. Tic-tac,
tic-tac; todavía se escuchaba el sonido, así que agarró el reloj y lo guardó en
el cajón de su buró que estaba al lado de su cama, pero aún se escuchaba ese
molesto eco; por lo que, se colocó la almohada sobre su cabeza y trató de
dormir, sin éxito. Al igual que Coletas, el pobre de Reloj tampoco pudo dormir.
Coletas estuvo toda la noche tratando de dormir, pero no lo logró.
A la mañana
siguiente, con velocidad asombrosa, se levantó, se vistió y se fue de la casa
dirigiéndose al pueblo, Reloj lo estuvo acompañando.
Hijo estaba en su
bicicleta, al parecer acababa de hacer unas entregas. Al pasar por la plaza,
vio a Coletas sentado en una banca, se acercó a él, se bajó de la bici y notó
que su amigo estaba dormido, junto a él su mascota, que también estaba dormido.
Asombrado a más no poder, Hijo lo despertó y al hacerlo le preguntó:
—Coletas, ¿desde cuándo
imitas al Sr. Reyd? Creo que trabajar con él está haciéndote daño.
—No, no —le contestó
muy cansado y soñoliento—. Lo que pasa… es que… ese reloj que les enseñé ayer
no me dejó dormir con su molesto tic-tac —imitó el sonido del instrumento.
—Te lo dije, ese
reloj es una molestia, ruidoso y además feo.
—Sí… ¡Mira! Ni
siquiera Reloj pudo dormir —ambos miraron al perro totalmente dormido.
—Es cierto, pero al
menos él puede dormir cuandoquiera y dondequiera, pero tú no Coletas, harías el
ridículo. Mejor tira esa cosa ruidosa.
—No sé, lo que pasa…
es que… pues… sabe… —no sabía que responder. Deseaba hacer algo al respecto,
¿pero tirar el hermoso reloj? Se le veía imposible.
—¿Acaso quieres vivir
con ese reloj toda tu vida? —lo interrumpió Hijo.
—Tienes razón —pensó
detenidamente la pregunta de Hijo. Se imaginó vivir su vida con ese molesto
sonido, el que ya lo tenía adherido en su cabeza. Negó con la cabeza como si de
esta manera el sonido en ella se esfumara —Mejor me voy y me deshago de él.
—Sí, en el basurero
debe estar. Toma, te presto mi bicicleta para que vayas a tu casa y tires ese estrepitoso
tictac, ¿qué tal? Y yo me llevo a Reloj a mi casa.
—Está bien. Y
gracias.
Con esto, Coletas
tomó la bici y se dirigió directo a su casa, al llegar, cogió el reloj y sin
ninguna demora o remordimiento se fue al pueblo, le quitó las pilas y lo tiró a
la basura.
El reloj ya tenía un
rato en la basura, solito, hasta que Dulce, quien tarareaba una canción, pasó
junto al bote de basura y vio el bonito reloj, lo recogió y lo admiro de cerca.
—¡Qué bonito es! Iré
a comprarle una pila.
Con esto Dulce, llegó
a la joyería, pidió una pila, pero una pila especial para ese reloj. El Sr. De
la joyería le comentó:
—Ese reloj es my
especial porque…— Dulce lo interrumpió bruscamente.
—Sí, pero eso no me
interesa. Es bonito y eso cuenta.
Y salió de la
joyería, cuando llegó a su casa, se sentó y empezó a leer un libro. Como
siempre, el reloj hacía, tic-tac, tic-tac. Dulce se desesperó, después de estar
escuchado un rato el sonido infernal, pues hasta se tapó los oídos, por lo que,
ya cansada del ruido, agarró el reloj, salió de su casa y quitándole las pilas,
aventó el reloj al basurero con molestia. Se metió a su casa muy satisfecha y
volviendo a tomar asiento, leyó un poco más. Tiempo después, Feliz pasó por la
casa de Dulce, quien, al igual que ella, observó el reloj en el basurero y lo
tomó.
—¡Oh! Es un lindo
reloj, se vería bonito en mi alcoba. Pero necesita pilas. Un reloj sin pilas,
no es un reloj.
Se fue y compró unas
pilas, el tic-tac, tic-tac, hizo su aparición y así, Feliz se fue a su casa
contento. Cuando llegó, iba a tomar una pequeña siesta. Cuando logró dormirse,
entre sus sueños escuchó el peculiar sonido de aquel reloj. Se despertó y,
todavía con el ruido, trató de dormir, pero esta vez no pudo. Ya un poco
molesto Feliz agarró el reloj y lo puso debajo de su almohada, pero ni con esto
el reloj se detuvo de hacer el sonido. Sonó y sonó. Más molesto que antes, se
levantó, agarró el reloj, le quitó las pilas, se dirigió a su ventana y lo
arrojó con todas sus fuerzas.
—Paz al fin —suspiró
volviendo a su cama.
Michigan iba caminado
por las calles de Sosonia, deseaba hablar con Reyd para así reclamar lo que le
pertenecía; los bosques, en eso estaba pensando cuando algo lo interrumpió,
golpeándolo en la cabeza.
—¡Auch! —se quejó
mientras se sobaba la parte afectada.
Miró eso que lo
golpeo, descubriendo que era un reloj, lo tomó y comentó con una sonrisa.
—Un reloj, qué bien,
¿quién lo tiraría? Ah… no importa porque este reloj es mío, mío y sólo mío. Yo
me lo encontré.
Con este pensamiento
en mente, se fue muy feliz a su casa, claro que antes le compró una pila al
reloj. Cuando llegó, pasó un rato y, al igual que sucedió con Coletas, Dulce y
Feliz, se deshizo del este en cuestión de minutos. Tiempo después, Mio que
pasaba por allí, vio el reloj en la basura, lo recogió.
—Oh, un reloj. Se lo
enseñaré a Feliz.
Con eso, se dirigió
al restaurante para enseñarle el reloj a Feliz, pues sabía que más o menos a
esa hora siempre se encontraba en el restaurante. Cuando llegó, pregunto por
Feliz, pero no le dieron informes de él. Sin embargo, se quedó a comer,
aprovechando que estaba allí. Como el reloj ya tenía pilas, pues Michigan en
ningún momento se las quito, sonó y sonó. Cuando Mio, acabó de comer, se retiró
sin darse cuenta que el reloj se le cayó del bolsillo.
Cuando Coo fue a
recoger esa mesa, se encontró el reloj, lo tomó, fue a la cocina y se los
enseñó a sus compañeros. Al verlo, Jefe dijo:
—¡Que hermoso reloj!
—Es elegante —afirmó
Remmy—. ¿Quién lo dejaría aquí?
—No lo sé —les dijo
Coo.
—Pues yo no sé, pero
yo me lo llevaré a mi casa, mientras alguien viene, lo identifica y se lo lleva
—informó Remmy sin dejar de hacer su trabajo.
—Claro que no. Yo me
lo llevaré —dijo Coo riéndose.
—Esperen un momento —les
pidió Jefe estando en desacuerdo—. Yo me lo llevo a mi casa.
Los tres chefs,
iniciaron una discusión, para saber quien se quedaría con el reloj, hasta que
Jefe los reprende:
—¡Ya basta! Nuestro
deber, antes que nada, es cocinar, así que andando.
Con esto, los tres
chefs se pusieron a hacer su trabajo. En todo el tiempo que estuvieron cocinado
escucharon el molesto tic-tac, tic-tac del reloj. No mucho después, los tres
cansaron de escuchar el molesto sonido, por lo que Remmy les dijo:
—¿Saben? Este… yo les
dejo el reloj con mucho gusto.
—No —imploró Coo—, yo
te lo dejo, Jefe.
Los tres inician una
nueva conversación, para ver quien se quedaría con el reloj que nadie quería.
—¡Ya! ¡Está bien!
Sólo hay una manera de solucionar esto —les mencionó Remmy.
Agarró el reloj y
salió de la cocina y luego del restaurante. Jefe, que seguía en la cocina, le
preguntó a Coo:
—¿A dónde va?
—No lo sé.
Remmy, al salir del
restaurante, vio el primer basurero y allí tiró el reloj.
Después de un rato,
Hijo y Coletas iban pasando por allí e Hijo mencionó:
—No es por nada
Coletas, pero ese reloj dejó una gran marca en mí. Ya lo escucho por todos
lados —justo en ese momento pasaban por el basurero y el sonido del reloj les
llegó más claramente—. Un segundo, esto
ya no es paranoia mía. Coletas, es en serio, ¿eso que se oye no es el reloj que
tiraste en la mañana?
—Sí, también lo oigo
—Coletas se dirigió a donde el sonido se hacía más fuerte; el basurero—. Sí, sí
es —lo cogió —¿Acaso no puedo deshacerme de esta cosa?
Caminaron un poco,
hasta que llegaron a la presidencia y se sentaron en la banqueta. En eso, Reyd
salió de la presidencia y alcanzó a escuchar el reloj. Intrigado, se acercó a
Hijo y Coletas y les preguntó:
—Ese reloj, ¿de dónde
lo sacaron?
—Este reloj —Coletas
alzó el aparato para mostrárselo al mayor—, lo encontré en el sótano de mi
casa.
—Pues ese reloj es… ¡una
maravilla!
—No lo creo, suena
horrible —mencionó Hijo, no comprendiendo la reacción de Reyd.
—Oh sí, a ese reloj
se le conocía como “reloj minero” —continuó Mandamás—. Se le llamaba así porque
ayudaba a los obreros que trabajaban de noche, a que no se quedaran dormidos en
su trabajo.
—Sr. Reyd, ¿usted
quiere el reloj? —le preguntó Hijo.
— ¡No! ¡Claro que no!
—Movió sus manos negativamente —Yo tengo ganas de dormir, no de quedarme
despierto.
—¡Pues yo no lo
quiero! —gritaron Hijo y Coletas al mismo tiempo.
—Nadie lo quiere es
muy ruidoso —concordó Reyd, luego se quedan pensando hasta que al Reyd se le
ocurre algo—. ¡Ya sé! Se lo mandaré a mi hermano, después de todo, me debe una.
EL MISTERIOSO
¿Será real? ¿O un producto de su imaginación?
Una mañana muy
alegre, Coletas salió a… ¡un momento! Siempre comenzamos o con una mañana muy
alegre o con Coletas, pero ¿qué tal si cambiamos un poco el comienzo de este
capítulo?
Era una noche muy
tenebrosa y desde hacía unos días, no dejaba de llover. Podían escucharse los
truenos tan fuertes que hacían estremecerte hasta los huesos, y los relámpagos
podían verse con toda claridad. Sí, era una gran tormenta, muy inusual en
Sosonia por cierto, ya que nunca se daban ese tipo de fenómenos naturales.
En casa de Triple, él
y sus secuaces estaban aburridos, deseosos de que la lluvia cesara y así poder
salir y divertirse.
—¿Por qué no se acaba
la tonta lluvia? —preguntó Triple enojado, mientras miraba fuera de su ventana.
—Sí —concordó un
secuaz—, que se acabe ya para ir a jugar.
—¡No, idiota! Que se
acabe para vengarme de Coletas —le gritó Triple —¿Aquí en la casa cómo lo hare?
—Ah, sí. Para eso
también —contestó alejándose el secuaz, pues todos sabían que cuando llovía,
Triple se transformaba en un gruñón.
Así que mejor decidió
estar alejado de él y esperar a que la lluvia secara y así fue, a la mañana
siguiente, y gracias a la lluvia, estaba haciendo mucho pero mucho frío. Triple
se sentó en su cama, se estiró un poco y tras dar un gran bostezo se levantó.
—Ah, qué bien, la
lluvia se ha acabado y es una mañana perfecta para vengarme de Coletas… Uy…
está haciendo mucho frío, ya me congelé.
Él y sus secuaces se
fueron al centro de Sosonia y fueron a desayunar al restaurante. Al entrar,
Triple observó a Coletas comiendo tamales con un gran vaso de atole. Él y sus
secuaces se sentaron, pidieron su orden, esperaron mientras llegaba la orden y
al llegar los secuaces empezaron a comer; pero Triple no le quitaba la mirada
de encima al que autonombro como su rival. Triple muy enojado porque Coletas ni
siquiera le echaba una mirada, agarró el puré de patata y se la arrojó con gran
fuerza a Coletas; el moreno, enfadado, fue hacia él, pero antes, tomó el vaso
caliente de atole y se lo arrojó en el estómago a Triple, quien con rapidez se levantó con prisa al sentir el
caliente de la bebida, afortunadamente, solo estaba tibio, tampoco era que
Coletas quisiera dañarlo.
—¡Falta! Eso está muy
caliente… Auch… Auch —a pesar de ello, estaba calientito.
Triple más enfadado
que nunca, agarró más puré de patatas y volvió a lanzarlo a Velasco, con esto,
como si fuera la trompeta que anunciaba la guerra, empezó una pelea de comida
entre los dos. Fue de esta manera, que Jefe salió de la cocina al escuchar
tantos gritos, al verlos se sorprendió y alzando la voz, llamó su atención.
—¡Basta ustedes dos!
¡Basta, ya dejen de pelear! ¡Están espantando a toda mi clientela!
Y sin más, aunque los
apreciaba mucho, los echó del restaurante por comportarse tan mal.
—Vuelvas cuando
termines de reñir.
Una vez afuera,
Triple miró a Coletas y estaba dispuesto a continuar con la riña, pero Coletas
lo detiene al sugerirle:
—Primero hay que
desayunar, ¿no? No termine de comer.
Triple olió algo
sabroso provenir del restaurante y estuvo de acuerdo. Entraron, desayunaron,
pero al acabar, Coletas se fue y al ver esto Triple dijo:
—Sí, siempre salen
corriendo los cobardes —murmuró De Lizaldy siguiendo con los ojos a Coletas.
El joven estaba tan
distraído que de la nada —a su parecer —Fea se acercó y lo saludó:
—Hola, Triple.
Al verla, pues su
aparición fue repentina, el joven dio un fritó corrió como niña asustada.
Segundos después
decidió ir a su cabaña y mientras caminaba se decía a si mismo pensativo.
—Sí, eso fue. Ella
salió de repente, ¿quién no se asustaría al…? —se quedó mudo al ver su casa
desordenada.
Las camas por allá y
por aquí, hojas por todos lados, bueno, era un caos total y al mirar afuera,
vio a una persona vestida totalmente de negro, no lo reconoció, pero el sujeto
se dio cuenta que Triple lo vio y el joven dio un par de pasos para preguntarle
por qué rayos entró a casa ajena además de estropeársela. Sin embargo, el
sujeto extraño, al verlo, corrió dirección contraria.
—Tontos, que no se
vaya, atrápenlo —dio la orden a sus secuaces.
No obstante, sus
secuaces no hicieron nada porque no vieron a nadie, al contrario, un par ladeo
la cabeza y miraron el lugar que su jefe apuntó.
—¿Acaso tengo que
hacerlo todo yo? —sin más, el mismo comenzó a seguir al misterioso.
Cómo el sujeto de
negro corría rápido, Triple no se le ocurrió nada mejor que lanzarle piedras, pero
él misterioso las esquivaba con facilidad, por lo que no podía pegarle. Ambos
se adentraron al bosque, en donde —extraño — estaban paseando Coletas, Rojita,
Hijo y Flor. Ellos miraron a Triple a lo lejos corriendo y gritando:
—¡Detente! ¡Qué te
detengas!
—¿Y ahora qué le picó?
—preguntó curioso Hijo persiguiendo al castaño con sus ojos.
—Yo creo que está
entrenando su voz, ¿no? —supuso Flor extrañada viéndolo desaparecer entre los
árboles.
—No lo sé, pero es
mejor irnos, no deseo que me vea y quiera seguir con la pelea de esta mañana —dijo
después Coletas.
Después de una hora de
estar persiguiendo al tipo loco que invadió propiedad privada, se detuvo al
llegar a la plaza y muy cansado, por supuesto, empezó a mirar a su alrededor,
por unos momentos se le perdió, pero a los segundos lo volvió a localizar y
observó que el misterioso entró al restaurante, así que él se dirigió y también
ingresó al restaurante.
—¿Dónde? ¿Dónde está?
¿Dónde se metió? —se preguntaba en voz alta al observas el restaurante y no ver
a nadie de negro.
Todos los que estaban
allí dejaron de hacer lo que estaban haciendo por ver a Triple, quien estaba
bastante raro, él movía las mesas y las sillas y al ver que no había nadie, se
preguntó:
—Si yo lo vi entrar, ¡¿Dónde
estás?!
Triple miró a sus
alrededores y se dio cuenta de que todos lo miraban extrañados.
—Hola —saludó
dibujando una sonrisa llena de vergüenza—. Este… no se preocupen, no es nadie
—no se le ocurrí algo mejor—, que se coma la comida— con esto, salió del lugar.
—Estoy seguro que yo
lo vi entrar, ahora la gente me cree loco. —se decía mientras se dirigía a su
hogar —¡Genial! Lo que me faltaba.
Era de noche, todos
estaban dormidos, excepto Triple, quien se levantó al escuchar un extraño ruido
que provino del baño. Cuidadosamente, se levantó se la cama y se asomó al baño,
descubriendo que allí se encontraba el misterioso, que estaba esculcando en su
botiquín y al ver a Triple, nuevamente salió corriendo.
—Oh, no —informó Triple—.
No vas a huir de nuevo.
Así que iniciaron una
nueva persecución. Otra vez entraron al bosque y allí Triple, de nuevo, empezó
a arrojarle piedras; mas, al igual que la vez anterior, no logró darle con
éstas. Entonces, en una de esas, logró darle en la cabeza, por lo que el sujeto
cayó al suelo. Triple sin ninguna demora, se acercó a él, se hincó, lo tomó por
el cuello del traje y empezó a preguntarle mientras lo zarandeaba:
—¿Quién rayos eres
tú? ¿Qué quieres de mí? Acaso…
Una luz lo encandiló
y lo interrumpió. Cuando logró recuperar su vista, vio a Fea, Jumbo y Payaso.
Jumbo traía la linterna que lo encegueció momentáneamente y preguntó:
—¿Jefe? ¿Qué está
haciendo aquí, a media noche y en medio del bosque?
—Yo sólo estaba…—fijó
su vista en la mano que tenía sujeto al misterioso, dándose cuenta que no había
nadie, se levantó y miró a todos lados—. ¿Dónde está? ¿Dónde se metió?
Los tres vagabundos se
miraron y Payaso preguntó:
—Jefe, ¿de quién está
hablando?
—De… de nadie, este…
sólo sigan con… con lo que estaban haciendo… eh… eh… adiós.
Cuando Triple se hubo
retirado, Fea les dijo a sus compañeros.
—Ya oyeron, vámonos —pero
lo mencionó muy extrañada de la actitud del ojiverde.
A la mañana siguiente,
Triple caminaba sin rumbo alguno, preguntándose de lo que vio ayer y sin darse
cuenta chocó con Coletas, pero no se paró a buscarle pleito, siguió como si
nada, es más, hasta se disculpó. Al ver su reacción, Coletas, se detuvo
intrigado.
—Y ahora, ¿qué pasó?
—se le hizo increíble que no le dijera nada y con la duda, siguió su camino.
Triple seguía
caminado. Se detuvo en seco.
—¿Estaré loco? A lo
mejor sí —negó rotundamente —¿Pero qué estoy diciendo? ¡Claro que no! Aunque mi
papá es un loco, sí pero yo soy yo y él es él. Ya no sé… mejor voy con alguien.
Un Psicólogo o algo así.
Se fue y después de
mucho preguntar, le recomendaron a alguien que era muy bueno para este tipo de
situaciones, por lo que Triple fue con el especialista y al llegar le contó
todo. Al terminar el especialista le mencionó:
—Dime, ¿no escondes
algo? Algún secreto, un robo o tal vez quieras vengarte o…— Triple lo
interrumpió, contestando:
—¡Sí! Me quiero
vengar de alguien.
—Pues creo que por
eso ves cosas. Porque tú subconsciente te hace ver eso. Lo único que quieres es
tener atención.
Al escuchar esto,
Triple se levantó y sorprendiendo al señor, gritó:
—¡Tiene razón! Sí.
¡Tiene mucha razón!
Triple se fue de allí,
con la meta de vivir sin preocuparse de vengarse de Coletas y una vez sola la
persona que lo atendió, susurró al viento:
—Pobre loco.
Al anochecer, Triple
se dispuso a dormir y lo hizo, pero sólo fue por unos momentos pues se despertó
al escuchar, de nuevo, un ruido cerca de su hogar. Se levantó descubriendo a
Coletas.
—¡¿Tú?! ¿Acaso
quieres volverme loco? Pues felicidades, ¡ya lo lograste! —le gritó cuando lo
vio y se abalanzó contra él. Coletas salió corriendo de la casa, pero Triple lo
detuvo y empezó a golpearlo. Coletas se defendió y quiso explicarle por qué
estaba en su casa, pero Triple no lo dejaba.
Coletas se encontraba en su casa y se iba a dormir cuando
escuchó que tocaron la puerta, se dirigió a ella y la abrió, pero no había
nadie. Cerró la puerta, se fue a la cama y cuando por fin iba a quedarse total
y completamente dormido, escuchó ladrar a Reloj con inquietud, por lo que, muy
asustado, se levantó a ver qué sucedía y observó que alguien corría dentro de
su casa y que luego se salió por una ventana. Coletas lo persiguió hasta llegar
a la casa de Triple. Vio que el misterioso se dirigía a la casa del castaño. Allí
empezó a buscarlo, pero escuchó a alguien detrás de él y al voltear vio que era
Triple.
Coletas y Triple aún
peleaban, pero se detuvieron al escuchar un ruido dentro de la casa del último.
—Shhhh, ¿qué es ese
ruido? —preguntó el dueño.
—Te digo que yo no…—Triple
volvió a callar a Coletas y los dos entraron a la casa viendo que todos los
secuaces de Triple estaban regados en el suelo.
—¿Qué pasó aquí? —inquirió
Triple asombrado.
—No lo sé —contestó
Coletas igual que Triple, observando a los seis tirados en el suelo.
El misterioso buscaba
algo por todos lados y al parecer era muy importante pues no dejaba de buscar,
hasta que escuchó a Triple decir:
—Sí. Yo sabía que eras
real, no estoy loco… ¡Hey tú! —señaló al misterioso y éste volvió a correr —¡No
huyas, cobarde! —gritó Triple y volvió a seguirlo.
—Si ya no hay más, me
voy a casa —mencionó Coletas cansado.
Triple siguió persiguiendo
al sujeto y de nuevo entraron al bosque, allí él despertó a Fea, Payaso y Jumbo.
—Ayúdenme —ordenó.
Con esto, los cuatro
salieron tras el misterioso, pero no lo atraparon pues de manera misteriosa,
igual que él, desapareció. Sin más remedio, todos se fueron a sus casas.
Mientras eso, Triple se preguntaba: ¿quién era ese sujeto y que es lo que
deseaba? Desde entonces nunca volvieron a ver al misterioso. Hasta que…
¿Quién era él?
¿Qué quería de Triple? O ¿Con quién
trabaja?
Nadie lo sabe.
EL CÍRCULO DEL AMOR
Se supone que esta historia comienza con
Coletas e Hijo que están sentados en las escaleras que llevan a la entrada del
restaurante Los Mil gustos; pero no, esta vez no comenzará así, sino más bien
con una visita que llega inesperadamente a Sosonia. Llegó en el camión de la
mañana, que pasa cada de vez en nunca, y es una jovencilla de más o menos la
edad de Rojita. Pero llegó tan temprano que sólo sus parientes supieron de su
llegada y no es por mucho mencionar que esa jovencilla sorprende a todos después;
pero ahora sí ubiquemos a Coletas e Hijo
sentados en las escaleras que llevan al restaurante Los Mil gustos.
—Estoy aburrido —dijo Hijo a Coletas—. Hay
que hacer algo, ¡ya sé! Vamos a jugar al básquet para que veas que bueno soy,
mejor que tú.
Coletas asintió con la cabeza a la vez que
contestó:
—Está bien, pero querrás decir para que yo te
derrote.
Haciendo un puchero de incredulidad, Hijo
habló:
—¡Claro! ¿Tú? ¡Vamos a ver quién va a perder!
Y los dos se fueron a jugar. Más tardaron en
llegar a la cancha pública que en regresar a las escaleras en donde se sentaron
justamente en el mismo lugar; sin embargo, Hijo se encontraba muy enojado. Del
restaurante, salieron Flor y Rojita y muy sonrientes, saludaron a Coletas e
Hijo.
—¿Por qué estás enojado, Hijo? ¿Qué te pasa?
—preguntó Flor.
—Por nada— contestó Hijo más enojado.
—Está así porque le gané en el baloncesto—
informó Coletas.
— ¡No es cierto!— se defendió Hijo.
— ¡Ah!— exclamó Flor— Pero yo no creo que
haya sido por mucho, ¿o sí?
— ¿Por cuánto fue?— interrogó también Rojita,
muy curiosa.
—No por mucho— contestó Coletas—, no fue
tanto.
— ¿Por cuánto fue?— insistió Rojita.
—Por unas dos a treinta o treinta y dos. Ya
por tantas canastas que metí se me fue la cuenta, pero eso fue más o menos.
Todavía no terminaba de hablar cuando a
Rojita y a Flor les ganó la risa y tuvieron que taparse la boca para reprimir
las carcajadas. Coletas continuó diciendo:
—Y que conste que yo le dejé ganar los dos
primeros tiros.
Hijo
parecía un rosal rojo. Con el rostro completamente del color de éste, dijo
avergonzado:
—Ya te dije. Me ganaste porque, porque
estaba… Ah… estaba… distraído, sí, por eso, ya sabes, por eso y por aquello.
—No, no sé— dijo Coletas divertido como las
chicas.
—Sí, sí sabes— terminó Hijo colérico.
Con un supremo esfuerzo, porque se perderían
esta divertida charla, Flor dijo:
—Bueno chicos, nosotras ya nos vamos. Tenemos
que ir con papá porque nos necesita. Adiós.
Cuando se fueron, Hijo dijo:
—Tú has hecho que me diera vergüenza.
—No te preocupes— contestó Coletas—. Yo
también me sentí avergonzado.
Hijo lo miró sorprendido y muy serio, Coletas
continuó:
— ¡Pude haber metido cien canastas! ¡O
doscientas!
— ¡Tú! ¡Mal amigo!— y se fue contra Coletas
enojado, lanzándole golpes a diestra y siniestra.
— ¡Hey! ¡Es una broma!— se defendió Coletas.
Pero Hijo no le hizo caso y pelearon hasta
que llegó Todd y trató de separarlos, diciendo:
— ¡Chicos! ¡Chicos! ¡Hey chicos!
Coletas e Hijo detuvieron su pelea para
prestarle atención a Todd, quien les dijo:
—No peleen, ustedes son amigos, ah, ¡pero qué
chicos! Oigan, ¿han visto a Flor y Rojita?
—Sí— respondió Hijo—. Se acaban de ir,
dijeron que las necesitaba.
—Así es— asintió Todd—. Recuerda Hijo, voy a
acompañar a tu papá a unas entregas a la ciudad.
— ¡Oh, sí!— exclamó Hijo—. Es que mi papá
hace esas donas tan ricas, que todas las ciudades quieren de esas deliciosas y
ricas donas… ¡Todo el mundo… no… todo el universo…!
—Ya Hijo— lo calmó Coletas dándole un codazo—.
Vas a dejar a tu papá sin trabajo. Si todo el universo comiera de sus donas, se
acabaría toda la harina…
—Bueno, bueno— interrumpió Todd— Hijo, tu papá
quiere que te quedes a cuidar la tienda mientras él no está.
Haciendo un gesto de inconformidad, Hijo
exclamó:
— ¡¿Que me tengo que quedar en la tienda?!
¡Siempre yo! ¡Siempre yo! ¿Por qué yo?— e hizo un berrinche aún sabiendo que era
sólo él porque era hijo único—. ¡Ni modo! Vas a tener que apoyarme en esto,
Coletas.
—Si— aceptó Coletas.
Así pues, los tres se fueron a la tienda del
papá de Hijo. Cuando llegaron, el señor Braket estaba empacando las ricas donas
para ir a la ciudad. El señor Todd fue a inspeccionar su negocio de jugos donde
ya estaban Flor y Rojita, quienes cuidarían el negocio en ausencia de Todd. De
esta manera, los dos papás se fueron a la ciudad.
Después de un rato de cuidar la tienda, ya
sumamente aburridos, porque a esa hora del día ni las moscas entraban a la
tienda, Hijo le dijo a Coletas, de improvisto:
—Coletas, si a ti te gusta Rojita, ¿por qué
no te le declaras?
La granada se vería verde en comparación del
rostro de Coletas, quien se permitió no contestar.
—Vamos, Coletas. Contéstame…
—Yo… pues… yo no…— balbuceó Coletas.
—No me digas que no. Estoy al tanto de lo que
sientes por ella; además, se nota que te gusta y mucho. ¿Por qué no le dices lo
que sientes? ¡Y así serás más feliz!
—Yo…- Coletas, incómodo, inventó—: ¡Mira, un
cliente!
Pero Hijo no vio a ningún cliente por lo que
dijo:
—No ha entrado ningún cliente…
—Por eso digo que un cliente entró al puesto
de jugos.
—Mira, Coletas, no tengas miedo de declararle
tu amor a Rojita.
—No sé— habló al fin, Coletas—. ¿Y si me dice
que no?
— ¿Cómo crees? Mírame a mí— presumió Hijo— Yo
le dije a Flor lo que sentía y mira, ¡ya somos novios! Tengo un plan. Déjame
ayudarte a hacerte novio de Rojita. Claro, tú no estás tan guapo como yo, pero
sí tienes oportunidad con ella, además, si no le dices lo que sientes, nunca va
a saberlo y, etc., etc., ya sabes lo que sigue. Puedes imaginarte el final de
la historia.
Coletas iba a responder a eso, pero Hijo no
se lo permitió pues continuó diciéndole:
—Déjame ayudarte ya que soy tu amigo. Hagamos
un picnic. Tú no vas a hacer más que presentarte al picnic. Yo iré e invitaré a
las chicas, es más, voy a invitarlas ahora mismo.
Y sin darle oportunidad de nada, Hijo salió
de la tienda y se dirigió al puesto de juegos.
—Mira— dijo Rojita—, allí viene Hijo.
Flor, completamente enamorada, miró acercarse
a Hijo y suspiró. Hijo llegó al mostrador y, apoyando los codos en éste, puso
su barbilla en las manos y se le quedó mirando a Flor sin decir nada. Ambas
aguardaron a que Hijo dijera algo, pero como no lo hizo, Rojita habló:
—Hola, Hijo. ¿Cómo va el negocio?
— ¿Eh? ¡Ah, sí! Coletas y yo queremos
invitarlas a un picnic cuando cerremos el negocio. ¿Aceptan?
— ¡Claro que sí!— aceptaron gustosas las
chicas.
—Entonces, nos vemos en el parque.
Hijo regresó a la donería Braket y le informó
a Coletas:
—Ya estuvo. Ponte guapo porque hoy
conquistarás a la segunda chica más bonita de Sosonia. Hay que aprovechar este
día. ¿Te has dado cuenta? Hoy no te has encontrado con el molesto de Triple.
¡Por fin un día que te deja en paz!
Pero se equivocaba.
En su cabaña, Triple planeaba (como siempre)
un plan que fuera perfecto para vengarse de Coletas. En eso, tocan la puerta.
Al abrir, dice:
— ¡Ya era hora de que regresaras! Tardaste
tan… to…
Se calló, porque quien tocó no era su secuaz,
a quien había mandado a espiar a Coletas, sino Fea, quien con su voz más dulce
saludó:
—Hola Triple.
Triple, cerrando un poco la puerta, contestó:
— ¡Ah! Hola… ¿sabes qué? Estoy… este… yo… eh…
estoy un… muy… ¡ocupado!...— y cerró más la puerta, sin dejar de excusar—: ¡Sí,
eso! ¡Estoy muy ocupado!
Sin embargo, antes de que cerrara por
completo la puerta, Fea le informó:
—Te traje unas galletas.
La palabra “galletas” fue mágica. Triple
abrió y dijo:
— ¡Ah, bueno! Dámelas pues, si quieres pasa.
Ni tarda ni perezosa, Fea aceptó la
invitación y pasó a la caballa. Tomando de la canasta que colgaba de su brazo
una caja de galletas, Fea habló:
—Las hice especialmente para ti.
—Sí, como sea.
Triple comió una galleta. Apenas la probó, la
escupió poniéndose verde.
— ¿Qué es esto?— preguntó a punto de
vomitar—. ¿Me quieres matar? ¡Que asco! ¿Sabes qué? Pensándolo bien, sí estoy
muy ocupado, así que vete— Triple la empujó a la puerta sin dejar de decir—:
Estas con las galletas más horribles que he probado en mi vida.
Mientras sacaba a Fea, llegaron sus secuaces,
quienes al ver la caja de galletas en el suelo comenzaron a comer y todos las
escupieron, al igual que Triple, excepto uno que dijo:
—Mmmm… son las galletas más ricas que he
probado.
Al escucharlo, Triple y los secuaces,
corrieron al baño tapándose la boca, tan verdes como la vegetación del campo
cuando llueve.
— ¡Fuera de mi baño!— gritó Triple sufriendo
mucho—. ¡Ni se les ocurra entrar a mi baño!
Con esta orden, los secuaces no tuvieron más
remedio que salir de la cabaña. Unos por la puerta y otros aventándose por la
ventana.
Sin darse cuenta de la conmoción que había
dejado, Fea se internó en el bosque llegando a su morada. Sentíase muy triste y
sus subordinados, o sea Jumbo y Payaso, se dieron cuenta de eso, por lo que
Payaso preguntó:
— ¿Qué pasó, Fea?
Fea suspiró y contestó:
—A Triple no le gustaron mis galletas.
— ¡Ay, Fea! El jefe es un escandaloso. ¿Cómo
no le gustaron las galletas que pasaste toda la mañana haciendo? ¿Me das una
para que las pruebe yo?
Fea sacó la última caja que le quedaba y se
la dio a Payaso. Al probarla, al pobre lo ocurrió lo mismo que a Triple, y a la
primera oportunidad que tuvo, las escupió sin que Fea se diera cuenta. Mirando
el resto de la galleta con sospecha, dijo:
—No entiendo porque no le gustaron al jefe.
Están… bien buenas.
—A ver— pidió Jumbo— déjame probarlas.
Antes de que pudiera apoderase de una, Payaso
las escondió entre sus ropas y habló:
— ¡No! Están tan buenas que las quiero sólo
para mí.
—Por eso no entiendo por qué no le gustaron a
Triple— se preguntó Fea—. A toda mi familia le gustaban.
—Pues yo las quiero probar— reclamó Jumbo
emberrinchado—. ¿Tienes la receta, Fea? Me haré unas ya que Payaso no me quiere
dar.
—Claro— Fea buscó la receta—, aquí la tienes.
Jumbo comenzó a leer la receta en voz alta:
—Harina… huevos… azúcar… ¿qué?
En esta parte, le mostró la receta a Payaso y
éste se estremeció de horror y le preguntó a Fea:
— ¿También le ponen… eso?
—Sí— contestó Fea—. Es el ingrediente
secreto.
— ¿Sabes, Fea? Mejor luego me hago las
galletas, recordé que ahora tengo que hacer… ¡Tenemos que hacer lo que siempre
hacemos!
— ¡Ah, sí! ¡Es cierto!— concordó Payaso y
comenzó a caminar, seguido de Fea y Jumbo. Los tres fueron a las hamacas, que
amarradas de los árboles, los recibieron para ayudarlos a hacer lo que siempre
hacían… es decir, nada.
Mientras tanto, en la cabaña de Triple, por
fin llegó el secuaz que había sido mandado a espiar a Coletas y éste informó:
—Jefe, su peor enemigo se va a reunir en el
parque con sus amigos. Se van de picnic.
— ¡Ajá! Con que un picnic, ¿y por qué no me
invitaron? ¡Ah! Pero me vengaré de esto también. ¡Me vengaré! ¡Y por fin voy a
triunfar! Jajaja.
Y rió tanto que por poco se ahoga, pero sus
secuaces se le fueron encima manoteándolo en la espalda para ayudarlo a
respirar, sin embargo, como todos lo hicieron al mismo tiempo, Triple fue a
parar al suelo molido a manotazos. Desde el suelo, miró a sus secuaces y pidió:
—La próxima vez… ¡sólo uno ayúdeme!
Se levantó para irse al parque, donde ya
llegaban Coletas e Hijo.
—Mira, Coletas— le explicó Hijo—, el plan es
este. Invitaré a Flor a dar un paseo alrededor del lago para que tú te quedes
solo con Rojita y así puedas declararle tu amor, ¿ves? Es un plan sin fallas.
En el parque, ya los esperaban Flor y Rojita.
Entre los cuatro, extendieron una manta que las chicas habían llevado, así como
las cansaste con comida. Flor preguntó:
— ¿Ustedes que trajeron para comer?
Coletas e Hijo se miraron y el ojiazul
respondió:
—Trajimos lo más importante. ¡Nuestra
presencia!
—Yo traje dos donas— informó Coletas, enseñando
una bolsa de papel.
— ¿Dos donas?— inquirió Flor.
—Sí, una para Hijo y otra para mí.
— ¡Uf!— resopló Flor—. ¡Hombres!
Con esto, se sentaron a comer. Cuando
terminaron, Hijo le dijo a Flor:
—Flor, vamos a caminar alrededor del lago.
Extrañada, Flor miró a su alrededor y
preguntó:
— ¿Cuál lago?
Mirando también su alrededor, Hijo se dio
cuenta que el lago quedaba muy lejos de allí, así que corrigió:
—Bueno, vamos a dar un paseo nada más.
Levantándose, Hijo y Flor se fueron a dar el
paseo. Una vez solos, Coletas habló:
—Rojita… tú eres mi mejor amiga, pero me
gustaría que… es decir… quiero— guardó un instante silencio para tomar el
cucharón de la sopa, con el cual empezó a jugar con nerviosismo, dándole
vueltas—. Yo quiero… quiero…
Y se distrajo aún más cuando, en el cucharón
se reflejó una figura que estaba detrás de él, más la voltear, no vio a nadie.
— ¿Qué ibas a decirme, Coletas?— preguntó
Rojita, emocionada.
Coletas ya no dijo nada. Había visto una silueta
esconderse detrás de un árbol, así que se levantó para dirigirse al árbol.
Cuando estuvo cerca del árbol, Triple lo sorprendió saltando sobre él, pero
Coletas lo esquivó echándose a correr. Triple lo siguió, entonces, Coletas se
montó en una bicicleta que se encontró apoyada en un árbol y sin preguntar de
quién era, pedaleó, alejándose del lugar. Triple detuvo su carrera para
quitarle la bici a un niño que paseaba en el parque y sin importarle que el
niño se quedara llorando, siguió a Coletas que ya andaba en las calles, fuera
del parque.
Llegaron al lago MC y de pronto, Coletas
detuvo la bici y tomado por sorpresa, Triple pasó a su lado y aún pedaleando,
Triple se volvió para averiguar por qué Coletas se había detenido. Al querer
detenerse, descubrió que una gran piedra estaba delante de él y también
descubrió que esa bici no tenía frenos, por lo que dijo:
— ¡Oh, no! ¡Esto me va a doler!— y lo peor era
que ¡iba de bajada!
Al chocar con la piedra, Triple salió volando
y fue a parar dentro del lago MC. Ya en el agua, gritó:
— ¡Me vengaré de ti, Coletas!— seguido de un—:
¡Auxilio! ¡Me ahogo! ¡No sé nadar!— después—: ¡Juro que me vengaré, Coletas!—
para después gritar—: ¡Que alguien me ayude! ¡Agh! ¡Socorro! ¡S.O.S.!
Coletas sonrió y se regresó al parque. Cuando
llegó, Hijo, Flor y Rojita estaban recogiendo todo para irse. Así que no le
quedó más remedio que acompañarlos y cada quien se fue a su casa. Fue de esta
manera como concluyó este día.
Al día siguiente, estos cuatro estaban en el
restaurante comiendo sus comidas preferidas. Coletas comía pescado; Rojita
saboreaba unos ricos mariscos; Hijo, chile, mole y pozole, aunque por lo
general pedía una cosa, había ocasiones en que pedía los tres juntos (y no
estaba gordo), con un poco de carne de res; Flor por su parte, comía ensalada
de verdura y fruta.
Mientras ellos disfrutaban su comida, alguien
entró al restaurante, fue a sentarse junto a su mesa, de espalda a ellos. La
persona vestía de blanco. Un chef la atendió solicitando su orden. Todos
escucharon cuando ella dijo:
—Tráigame pescado con un poco de mariscos,
mole y chile con carne de res, un plato chico de pozole y una ensalada de
verduras con un poco de fruta, gracias.
— ¿Escucharon lo que pidió? ¿Quién será esa
persona?
— ¡Quién sabe!— contentó Hijo sin dejar de
comer.
En eso, Rojita se levantó y fue a donde la
persona. Rojita y la persona se abrazaron mientras Coletas, Hijo y Flor las
miraban sorprendidos.
—Creo que me perdí de algo— dijo Hijo.
—No te preocupes— comentó Coletas—, Flor y yo
también estamos perdidos…
—Ella es Lin-Lin, mi prima— les explicó
Rojita—. Vino de visita ayer en el camión tempranero. Vive en la ciudad.
Todos saludaron a Lin-Lin y cuando terminaron
de comer, los cinco se encaminaron al parque para pasear un rato. Al poco
tiempo de llegar al parque, llegan Fea, Payaso y Jumbo. Fea saludó y dijo:
—Hola, ¿cómo están?
Todos contestaron el saludo y añadieron que
estaban bien. Luego, Fea se presentó a Lin-Lin.
—Yo soy Fea— y tiende la mano a Lin-Lin,
quien la ignora diciendo:
— ¿Eres Fea? ¿Por qué será? ¡Y mira esos
trapos!
— ¡Ay, sí! ¡Cómo si tú superas mucho de
moda!— contestó Fea, herida y con furia. Así, empezó una discusión de moda
entre las dos, por lo que Payaso tiene que intervenir.
—Chicas, dejen de discutir…
No fue necesario que dijera más. Lin-Lin
calló de pronto y no prestó atención a nada ni nadie más que a las campanadas
de su corazón que parecían decir: “Qué bonita voz”, “Qué bonita voz” y sus ojos
miraron a Payaso y su visión le dijo: “Qué hermoso joven”, “Qué hermoso joven”.
Después de esto, la voz de Fea rompió el encanto pues dijo:
—Tienes razón, Payaso. No debo discutir con
esta sujeta… ¡vámonos!
Se fue, llevando con ella a Payaso y Jumbo.
En el camino, Payaso le dijo a Fea:
—Yo no creo que seas fea.
Sin embargo, Fea estaba tan molesta que
pareció no escucharlo, tampoco lo que le dijo Jumbo a Payaso en voz baja:
—Tienes razón, Payaso, Fea no está más fea
que sus galletas.
En el parque, Lin-Lin les dijo a todos:
—No me cayó muy bien Fea, es muy… mandona…
Y su voz llegó también a Triple que entre los
árboles, espiaba a Coletas. Le dijo a uno de sus secuaces que estaba con él.
—Mira a Coletas, lo voy a sorprender, pues
ayer él me sorprendió, pero hoy seré yo quien lo sor… prenda…
Pero el sorprendido fue él cuando miró a
Lin-Lin que pasó cerca de él.
— ¿Qué es eso que va allí?— se preguntó
boquiabierto—. ¿De dónde salió?
—Eso— contestó el secuaz—, es una chica y
salió de su mamá…
— ¡Ya sé eso, tonto! Quiero decir, ¿quién es?
¿Por qué no la había visto antes? Me hace sentir raro, es algo que nunca había
sentido, algo que no sabía que existía… Creo… ¡Creo que estoy enamorado!
Así, por primera vez en su vida, Triple dejó
pasar a Coletas sin buscarle pleito. Al irse alejando, Lin-Lin preguntó:
— ¿Quién es él?
—Él es Triple— respondió Rojita.
—No, ese no. El otro, el que anda con Fea, el
guapo.
— ¿El guapo?— repitió Rojita y volteó a ver a
Coletas. El más guapo era él.
—Sí, sí. El que anda con Fea.
— ¡Ah, ese! —Rojita dejó de mirar a Coletas—
Ese es Payaso.
—Payaso— recalcó Lin-Lin—. Él es tan… tan…
tan… ¡wow! No hay palabra para describirlo.
Así, llegaron a una calle donde los amigos se
despidieron sin saber que sus sentimientos eran un revoltijo; pues Payaso
quiere a Fea; pero Fea quiere a Triple; luego, Triple quiere a Lin-Lin y ésta
última, quiere a Payaso.
¡Vaya círculo!
Mientras tanto, en su cabaña, Triple le dijo
a uno de sus secuaces:
—Mañana sin falta, quiero que me investigues
quien es esa belleza. ¿Cómo se llama? Quiero su nombre… ¡ah! Debe tener un
nombre muy bonito, así como ella.
Y transformado por completo, Triple tomó una
almohada y la abrazó, luego, mirando a su secuaz, le dijo muy serio:
—¿Qué esperas? ¿Ya me traes su nombre?
—Mañana, jefe. Ahorita es muy noche—
respondió el secuaz, retrocediendo.
—Ah, sí, mañana— dijo Triple, mirando afuera,
por la ventana.
Así que, muy temprano, otro día, el secuaz
fue al pueblo a investigar sobre Lin-Lin. Afortunadamente, la encontró con sus amigos.
Ella les decía:
—Voy a estar una larga temporada en Sosonia,
así que necesito encontrar trabajo. Ya sé que contigo, Rojita, no me falta
nada, pero tengo que cooperar, ¿no crees?
—No lo creo, pero si quieres trabajar, puedes
ir al restaurante, están ocupando una mesera.
—Sí, Lin-Lin— dijo Coletas—, vamos al
restaurante.
Y todos se dirigieron a éste, excepto el
secuaz que regresó a la cabaña de Triple, anotando en un cuadernillo el nombre
de Lin-Lin.
Mientras tanto, los cuatro jóvenes (Coletas,
Rojita, Hijo y Flor) esperaban a Lin-Lin afuera del restaurante, pero la
muchacha se tardó en salir. Fue mucho, mucho, mucho más tarde que vieron salir
a Lin-Lin y fueron con ella, bombardeándola con preguntas:
—¿Qué sucedió? ¿Por qué tardaste tanto? ¿Te dieron
el empleo?
—Bueno, primero me hicieron una prueba de
chef, luego me pusieron a cantar, después me mandaron a limpiar los baños y de allí
me iban a mandar a lavar los platos, pero alguien se acordó que el empleo era
de mesera y sí, me lo dieron.
Los amigos, muy contentos, se fueron a
festejar a la donería Braket. En tanto, el secuaz llegó a la cabaña de Triple y
le enseñó el cuadernillo. Triple leyó el nombre y preguntó sorprendido:
—¿Seguro que así se llama?
—Sí. Yo escuché su nombre— contestó el
secuaz.
—Bueno… nadie es perfecto.
Con esto, Triple salió de su cabaña y se
dirigió al pueblo. Allí, comenzó a buscar un regalo para la dueña de su
corazón, sin embargo, no encontró nada. Se metió en una ferretería con la
esperanza de encontrar el regalo “perfecto”. Inseguro, se preguntó que
regalarle. El dueño de la ferretería lo miró ir y venir para acá, después de un
rato, el señor le preguntó:
—¿Qué busca, joven? ¿Un regalo para su
novia?
—Sí, ¿cómo lo supo?
—Porque se ve asustado. Aquí no va a encontrar
un regalo para su novia. Vaya a una dulcería y cómprele chocolates o si no,
cómprele flores, pero en la florería.
—Tiene razón— respondió Triple y salió de la
ferretería para ir a la dulcería y también a la florería para comprarle lo
sugerido; luego, fue a buscar a Lin-Lin, a quien encontró caminando sola por
allí.
—¡Ay! ¡Que bueno que no anda con sus
guardaespaldas!— murmuró Triple contento y, aclarándose la voz, dijo poniéndose
a su lado—: Hola, Nin-ning.
Pero Lin-Lin lo ignoró y siguió caminando.
Triple volvió a repetir:
—Hola, Nin-ning.
—¿Me hablas a mí?— inquirió ella,
deteniéndose.
—Sí.
—Pues yo no me llamo Ninning. Soy Lin-Lin.
—¿Lin-Lin?— repitió Triple—. ¡Lo sabía!
¡Eres perfecta! Mira, te quiero regalar estos chocolates.
—¡Que bonitos!— exclamó Lin-Lin—; pero soy
alérgica al coco.
—Son de fresa.
—¡Lástima! No me gusta la fresa.
—Bueno… mira, entonces te regalo estas
flores.
—¡Ay! Fíjate que soy alérgica al polen.
Así, con tal rechazo, Lin-Lin siguió con su
camino y dejando a un triste Triple. En el camino, la joven se topó con Payaso.
Ahora es el turno de ella de detenerlo.
— ¡Payaso!— le habla—. ¿Puedo caminar a tu
lado?
—Claro, si quieres…— contestó el pelirrojo
encogiéndose de hombros, despreocupado.
Caminaron en silencio por un buen rato,
cuando Lin-Lin lo rompió al comentar:
— ¡Mira Payaso! ¡Que bonita puesta de sol! ¡Y
mira esas flores! ¡Que bonitas están! A mí me gustan las flores.
Payaso mira las flores de un jardín y dice:
—Ah, sí, las flores… son muy bonitas, pero
¿sabes? Tengo que irme rápido… Por esta calle… ¿Tú vas por aquella?
Y se fugó de Lin-Lin, dejándola triste. Ella
siguió su camino sin notar que Payaso fue al jardín que momentos antes
contemplaba, para cortar unas flores, mientras se decía con voz alegre:
—Estas flores le van a gustar a Fea… ¡Ah!
Fea.
Triple en cambio, corrió a la ferretería. El
dueño ya la estaba cerrando, así que le dijo cuando lo vio:
—Ya estoy cerrando, vuelve mañana.
—No quiero comprar nada, pero quiero su
consejo.
—¿Es
sobre tu novia? Mira chico, a mí ya se me olvidó todo ese rollo, ¿por qué me
molestas? Bueno, mira, llévale serenata. A las mujeres les gusta eso.
—¡Tiene razón!— luego, Triple se fue a la
casa de Rojita, que era donde vivía Lin-Lin, mientras se regañaba—: ¿Por qué
diantres le pido consejo a ese señor? ¡Ni siquiera lo conozco!
Al llegar a la casa de Rojita, la cual se
ubicaba en el segundo piso, pues abajo estaba el puesto de jugos, Triple
comenzó a cantar:
Lin-Lin
Bella Lin-Lin
Asómate a la ventana
Olvida que te dije
Ninning
Sal a tu balcón
Y mira mi corazón
Ninning…
Que diga… Lin-Lin
¡Ay! ¡Ya me hice
bolas!...
Lin-Lin se asomó al balcón y gritó:
—¡Es horrible! ¡Cállate Triple!
Pero Triple siguió cantando, hasta que
Lin-Lin tomó una maseta que adornaba el balcón y se la aventó, pero Triple la
esquivó y cantó:
No importa, Lin-Lin
Que quieras matarme
Con una maceta
No importa que hagas
¡Estás en mi cabeza!
Arriba, Lin-Lin murmuró:
—¿Con qué estoy en tu cabeza, eh? Ahora
verás lo que va a estar en tu cabeza…
Se metió y volvió a salir, pero con un montón
de zapatos, los cuales comenzó a aventárselos a Triple. Pero aún así, el empeño
de Triple por darle serenata no paró:
¡Ay, ay, ay, ay!
No importa si quedas
descalza
Tus zapatos serán para
mí
Prenda que me regalas
—¡Dios! ¿Qué hago para callarlo? —se
preguntó Lin-Lin ya muy avergonzada—. ¡Ah, ya sé!
Y vuelve a meterse, regresando nuevamente,
pero con un potente juguete parecido a una arma de fuego, pero en vez de balas,
arrojaba pintura y lo hace con una extraordinaria velocidad que cuando te toca,
duele. Al verla, Triple cantó:
Dispárame si quieres
Dale a mi corazón
Pero no olvides que
te quiero
Y acepto todo tu
amor.
—Sí, claro— refunfuñó Lin-Lin—. Bueno, no
tendrás mi amor, pero si tendrás esto. Toma, toma, ¡ya cállate!
¡Ay, ay, ay!
Me iré ahora
Pero te prometo una
cosa
Volveré, volveré,
volveré.
Así, bombardeado por fuertes tiros de
pintura, Triple se alejó corriendo a la vez que Lin-Lin exclamó:
—¡Qué bárbaro! ¡Qué feo canta!
Ya lejos de la casa de Rojita, Triple se
dijo:
—¡Qué bárbara! ¡Qué difícil resultó ser!
Pero no le hace, estoy seguro que me quiere… muy, muy, muy en el interior.
No muy lejos de la casa de Rojita, Fea salió
de entre unos arbustos. Estaba muy celosa por la serenata y se dijo:
—Sí a mí me llevara serenata, no lo trataría
así.
Triple llegó a su cabaña y se pasó el resto
de la noche bañándose para quitarse la pintura que lo había pintado por todos
lados, pero aún así, muy temprano se dirigió al restaurante porque sabía que
allí estaba trabajando Lin-Lin. Sin
embargo, Fea llegó también y estaba tan enojada, que llegó buscándole pleito a
Lin-Lin.
—¿Qué te pasa?— le preguntó ella cuando Fea
la empujó.
—Tú ya sabes que me pasa— le respondió Fea.
—No, no lo sé— contestó Lin-Lin, enojada
también porque Fea podía ver a Payaso todo el día y ella no.
Por lo tanto, ambas se trenzaron en una lucha
titanesca. En eso llegaron Coletas, Rojita, Hijo y Flor.
—¿Y éstas? ¿Por qué pelean?
—¡Quien sabe! —contestaron los chefs que
habían tratado de separar a las chicas —. Ayúdanos, Coletas, a separarlas —pidió uno de ellos, pues no se animaba muy bien a acercase a la chicas pues
ellos les temían a los golpes.
Sin embargo, Coletas lo ignoró porque Triple,
al verlo, se le fue encima y ahora también los dos comenzaron a pelear. En eso,
hicieron su aparición Jumbo y Payaso, comentado:
—Ya sabemos que Coletas y el jefe siempre se
pelean, pero, ¿por qué se están peleando esas dos?
—No sabemos —contestó la morena—. Desde un
principio se cayeron mal.
—Pues eso no está bien— dijo Payaso muy
decidido, interponiéndose entre Fea y Lin-Lin, esta última dejó de pelear el
verlo y se volvió la cosa más linda y dulce. Le dijo a Payaso con entusiasmo:
— ¡Payaso! ¡Aquí estás!
—Sí, aquí estoy —respondió volviéndose a
Fea—, Fea, aquí estoy…
—Ya lo noté —respondió ella sarcástica—.
Ahora quítate para darle su merecido a esta bruja.
Al escucharla, Triple dejó de pelear con
Coletas y dijo:
—¡Fea! No insultes a mí… a Lin-Lin. Además, ¿por
qué estás peleando con ella?
Fea se ruborizó y turbada, balbuceó:
—Porque… yo… ella… tú… ¡Ella me dijo fea!
—¿Nada más por eso? —gritó Triple—. ¿Por qué
te enojas por la verdad?
Sus palabras pusieron muy triste a Fea. Con
voz cansada, les dijo a Payaso y Jumbo:
—Vamos, chicos, vámonos de aquí.
Sus subordinados la siguieron sin entender
porque peleaban Fea y Lin-Lin.
Lin-Lin miró irse a Payaso y dio unos pasos
como para seguirlo, pero la voz de Triple la detuvo:
—Lin-Lin…
La joven se volvió a verlo y gritó:
—¡Déjame en paz! ¡No te quiero volver a ver!
Tu voz me sigue convirtiendo mis sueños en pesadillas….
Lin-Lin se fue a la cocina y Triple gritó con
alegría:
—¿Oyeron? Le gustó mi serenata… mi voz la
sigue… mi voz la sigue…
Y
repitió eso hasta que todos se fueron.
Al fin, él también se fue.
LAS
VACACIONES
Coletas
e Hijo caminaban por las tranquilas calles de Sosonia, muy de mañana.
No obstante, los dos chicos mantenían una discusión y no pararon
ésta ni siquiera al toparse con Rojita, Flor y Lin-Lin, quienes,
obvio, notaron la disputa entre los amigos.
—¿Ahora
qué sucede? — preguntó Flor.
—De
seguro otra vez te ganó Coletas en otro juego, ¿verdad, Hijo?
—quiso adivinar Rojita.
—¡Por
supuesto! Otra vez le gané —afirmó Coletas, con tono triunfante.
Hijo
se sonrojó notablemente por la vergüenza que nuevamente estaba
pasando. Por lo que se defendió diciendo:
—Sí,
pero como ya te dije, estaba distraído.
—Sí,
claro —dijo Coletas de manera sarcástica y lanzando una risilla—.
Dime Hijo, todas la veces que juguemos a algo, ¿te vas a distraer?
—y ante este comentario todos se carcajearon sin poder evitarlo.
—Coletas
es muy bueno en los deportes, ¿cierto? —le preguntó Lin-Lin a su
prima al recordar que algo así le había mencionado ella.
—Así
es, él practica cualquiera y sabe jugarlos muy bien.
—En
ese caso —siguió diciendo Lin-Lin, pero esta vez dirigiéndose a
Coletas—, hay que jugar baloncesto, ¿te parece?
—Claro,
¿por qué no? Pero que el partido dure sólo una hora.
Así,
los cinco amigos se dirigieron a la cancha donde Coletas y Lin-Lin
iniciarían un juego bastante reñido. Después de la hora
transcurrida, el último en meter una canasta fue Coletas y el tiempo
se acabó.
—Buen
juego —lo felicitó Lin-Lin con la respiración entrecortada. El
chico asintió agradeciendo sus palabras mientras limpiaba el sudor
de su frente.
—Pobre
de ti, Coletas, jajaja —se burló Hijo de su amigo—. Tú metiste
tres canastas y ella cinco jajaja.
—¿Qué
tal si jugamos tú y yo, Hijo? —preguntó Lin-Lin con maldad,
sabiendo de antemano la respuesta.
—Ah…
no, no lo creo —contestó el chico de manera sonriente haciéndose
el desatendido.
—¡Lin-Lin!
—la llamó Flor muy sorprendida—. ¡Qué buena eres para el
baloncesto!
—Bueno,
en la ciudad practico mucho los deportes. Es mi pasatiempo —le
mencionó la joven y de esa manera empezó a nombrar los que
practica—. Fútbol soccer, baloncesto, ping-pong, fútbol
americano, béisbol, vólibol, tenis y algo de golf… aunque también
soy buena en el boxin.
—¡Vaya,
vaya, vaya! ¡Eso es genial! —exclamó Hijo más que sorprendido,
luego se dirigió a su mejor amigo—. Oye, Coletas, deberías
intentar practicar el boxin.
—¡Oh,
no! —se defendió el chico—. Ya tengo suficiente con los golpes
que me da Triple —y ante las palabras todos volvieron a lanzar una
risa divertida. Hasta que Lin-Lin observó su reloj y comentó
preocupada:
—Se
me va hacer tarde para ir a trabajar. Tengo que irme.
Sin
embargo, los cuatro restantes del grupo le dijeron que con gusto la
acompañarían a su trabajo y así lo hicieron. Una vez llegaron al
restaurante, los amigos decidieron aprovechar el hecho que ya estaban
allí y entraron a comer algo; al instante, Lin-Lin pidió su orden y
una vez estas estuvieron listas se las llevó. Mientras hacía esto,
Triple ingresó al restaurante y tomó asiento. Tres de sus secuaces
eran su compañía. En el momento en que Triple vio a Lin-Lin, la
saludó con entusiasmo.
—¡Ay
no! —Respingó la joven mesera con fastidio —Ya llegó la plaga
—sin embargo, sabiendo que tenía que ir a atenderlo se dirigió al
joven de mirada verde y soltó con dureza—: ¿Qué quieres?
—Un
beso —contestó con simpleza, ganándose una bofetada por parte de
la camarera. Sin embargo, controlándose, la chica volvió a
preguntar:
—No,
de verdad, ¿qué quieres?
Triple
pidió lo que deseaba ordenar, mientras se masajeaba la dolorida
mejilla. Sus secuaces también pidieron la comida que deseaban.
Tiempo después, Lin-Lin recogió los platos de sus amigos, que ya
había terminado de degustar sus alimentos, y de Triple, pero éste
aún no terminaba.
—¡Hey!
¡Todavía no acabo! —reclamó al ver cómo le retiraban su plato,
para después cambiar la conversación y su humor de manera
drástica—. ¿Quieres salir conmigo, guapa?
—¡No!
—gritó Lin-Lin ya molesta.
—¡Mujeres!
¿Quién las entiende? —exclamó Triple una vez Lin-Lin se retiró
de su mesa. Sin embargo, al poco tiempo, la chica regresó y le
habló.
—Triple
—él se vuelve a verla—, ¿quieres un pastel?
—Claro…—y
se interrumpió al recibir es su rostro el tan anhelado pastel,
sabiendo quién fue el que lo lanzó.
Mientras
se limpiaba el rostro con una servilleta, todos los presentes en el
restaurante comenzaron a reírse, enfureciéndolo. Así que,
levantándose de su silla, dijo iracundo:
—Regresaré,
Lin-Lin, a conquistar tu corazón; y tú— señaló a Coletas con su
dedo índice, provocando que Coletas se sobresaltara—, regresaré a
vengarme —con esto, salió por la puerta… más tardó en caminar
a ésta que en lo que volvía a entrar y decir: —¡Ah! una cosa
más, aquí está el dinero de la comida. Ahora sí, me voy —dio la
vuelta y se marchó del lugar para ahora sí no regresar.
El
tiempo dentro del restaurante transcurrió hasta que se hizo la hora
en que Lin-Lin terminó con su día de trabajo. Al salir del
restaurante se dio cuenta de que Coletas, Hijo, Rojita y Flor se
encontraban frente a éste, mientras conversaban amenamente de algo.
Con curiosidad se acercó a ellos y les preguntó:
—¿De
qué hablaban? Parase ser algo muy bueno.
—Verás,
iremos de vacaciones —respondió Hijo.
—Así
es —confirmó Flor con alegría, para después continuar: —Pensamos
ir a Alisa, ¿quieres ir?
—¡Claro
que sí! —respondió sin bacilar, muy emocionada—. Pero primero
tengo que pedirle permiso a los chefs. Dejen voy a preguntarles.
Lin-Lin
dirigió sus pasos de nuevo al restaurante, un rato después salió
de éste y muy contenta les informa:
—¡Sí
me dejaron ir!
—Pues
empaquen todo —recomendó Coletas—, porque mañana mismo nos
vamos.
De
esta manera, se fueron a sus respectivos hogares a empacar sin saber
que uno de los secuaces de Triple había estado escondido por allí
escuchado toda la conversación; por lo que cuando tuvo todo lo que,
supuso Triple querría, fue corriendo a la cabaña a decírselo:
—Jefe,
jefe, se va ir de vacaciones.
—¿Quién?
—inquirió él confundido por un momento.
—Coletas
y sus amigos.
—¡Ah!
Conque de vacaciones, ¿eh? Pero, ¿a dónde?
—Se
van a ir a visitar a —guardó silencio un momento recordando la
información, después continuó: —Van a ir a visitar a Alicia y
mañana temprano salen —respondió el secuaz.
—¿A
visitar a una Alicia? —inquirió Triple extrañado mientras se
rascaba la cabeza—. ¿Cuál Alicia? Bueno, como sea, mañana
salimos de vacaciones también, así que alisten todo.
A
la mañana siguiente, todos estaban listos para ir a Alisa, con
equipaje en mano y toda la cosa. Quienes irían del grupo de buenos
amigos eran Coletas, Rojita, Hijo, Flor, Lin-Lin, Mio Natán., Feliz
y por supuesto Gordo, que era el único con la edad suficiente para
manjar el auto que el padre de Hijo les había prestado. Todos
pusieron sus maletas en la cajuela y se acomodaron en el auto, listos
para partir.
Mientras
tanto, Triple estaba con un señor viendo unos últimos detalles, ya
que habían acordado que a él rentaría su auto. Y quienes
acompañarían a Triple en este viaje lleno de aventuras serían tres
de sus secuaces, Fea, Payaso y Jumbo.
—¿Quién
sabe manejar? —inquirió el líder.
—¡Yo!
—contestaron Jumbo y Payaso al unísono.
—¡Pues
lástima! Yo voy a manejar. ¡Todos a bordo!
Así,
una vez todos subieron al vehículo, Triple siguió el carro que
conducía Gordo y que tenía a su peor enemigo a bordo. Después de
un poco de trayecto, todos lo que estaban con Triple, excepto él,
claro, empezaron a cantar la típica canción de: “Un elefante se
columpiaba…”
—Setenta
y siete elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña. Como
veían que resistía, fueron a llamar a otro elefante…
—¡Ya
cállense! —gritó Triple furioso, teniéndolo ya harto de escuchar
la misma letra y números infinitos—. ¡Tontos elefantes! Ya se
terminó. Llegó Jumbo y se rompió y fin.
Todos
guardaron silencio. Durante toda la mañana Triple estuvo
conduciendo. No obstante, un enorme letrero atrajo su atención y
comentó:
—Coletas
va a ir a Alisa, ¡no a visitar a una Alicia!
Siguió
el camino adentrándose en una carretera en donde su auto y el de
Coletas, eran los únicos que transitaban por allí. En tanto, en el
otro carro, Gordo se dio cuanta que un carro los seguía, por lo que
preguntó:
—¿De
quién es ese carro?
Coletas
se volvió, en su mismo lugar de asiento y al reconocer al que
manejaba suspiró.
—Ah…
es de Triple.
—¡Triple!
—Exclamó Lin-Lin con desazón—. ¡Genial! Mis vacaciones están
arruinadas.
—Las
de Coletas, sí —comentó Rojita.
Lo
que ninguno de ellos notó fue que Triple estaba deteniéndose poco a
poco, pues del cofre comenzó a salir humo. Triple se detuvo por
completo y bajó del auto.
—¿Qué?
¿Cómo? ¡Ah! —Se emberrinchó todito —¡Rayos! Yo sabía que
este pedazo de chatarra nos iba a fallar, ¡genial! —Enojado, pateó
el auto, sin embargo, resultó más duro de lo que pensó porque el
pie le dolió muchísimo—. ¿Quién sabe reparar motores?... O lo
que sea que tengan los carros —preguntó, quejándose por el dolor
en el pie evitando apoyarlo completamente.
—Pues
—comenzó a decir Payaso, pensativo—, en el circo reparé una
máquina.
—¿Y
funcionó? —cuestionó Jumbo al pelirrojo.
—Bueno,
como a los diez minutos explotó y…todavía no la prendíamos.
Triple
dejó de prestar atención a sus acompañantes para dirigirse al
cofre, cojeando y molesto mientras replicaba:
—Tengo
que hacerlo todo yo, ¿verdad? ¡Porque nadie funciona aquí! ¡Nadie!
Triple
abrió el cofre y al momento una gran nube de humo lo asaltó, por lo
que tosió continuamente. Se retiró y le dijo a Payaso:
—Ya
sabes lo que dicen, la segunda es la vencida, así que repara el
motor.
—Claro,
pero necesito herramientas.
Triple
fue a la parte trasera del auto y trató de abrir la cajuela para ver
si de casualidad había alguna caja de herramientas. No obstante, la
cajuela no cedió.
—Esta
chatarra no funciona, ¡porquería! —Gritó el jefe enfadado
golpeando la cajuela y, de improviso, ésta se abrió y golpeó a
Triple en el mentón tirándolo al suelo—. ¿Por qué veo
estrellas?— se preguntó el joven medio noqueado.
—¿Estás
bien? —preguntó Fea muy preocupada, mientras ella y compañía lo
ayudaban a levantarse.
—¡Miren!
Una caja de herramientas —mencionó Payaso desviando la atención
de todos hacia él por lo que soltaron a Triple y el pobre volvió a
dar al suelo.
—¡Ya
basta! —gritó levantándose—. Payaso repara el motor, ¡pero ya!
Asustado
de lo que su jefe pudiera hacerle, Payaso corrió al auto y “reparó”
el motor. Al terminar sin esperar un segundo más, subieron al auto,
excepto Payaso, pues mientras Triple trataba de encender el auto él
veía si había alguna falla. No, el auto no se prendió.
—Jefe,
a ver si yo puedo hacerlo funcionar —pidió el pelirrojo
Triple
bajó del auto y entró en su lugar el ex cirquero; al igual que con
Triple, sus intentos fueron fallidos.
—¿Por
qué no va a empujar, jefe? A lo mejor así arranca —sugirió
Payaso.
Triple
suspiró y caminó a la parte de atrás del auto y comenzó a
empujar, cosa que no le resultó nada fácil teniendo en cuenta que
todos estaban dentro del carro. Más unos segundos después, el
vehículo prendió de la nada tomando por sorpresa a Triple, que cayó
al suelo, de nuevo.
—¡Espérenme!
—gritó y corrió detrás de ellos.
Ya
dentro del auto, Triple le pidió a Payaso, que iba en el asiento del
copiloto:
—Fíjate
si hay algún mapa en la guantera.
Payaso
hizo lo ordenado y, efectivamente, allí había un mapa; al saberlo,
Triple detuvo el automóvil y bajándose usó el cofre como apoyo
para ver el mapa y con una pluma marcó la ruta que más conveniente
les era tomar. En una de esas, la pluma se le escabulló de las manos
y fue a parar entre las bisagras del cofre.
—¡Ah!
¡Tonta pluma! ¿Cómo la saco? ¿Cómo abro el cofre? —se preguntó
molesto tratando de abrir el cofre, sin éxito. Así que intentó
sacarlo metiendo los dedos índices entre la angosta abertura, más
no funcionó.
Adentro,
Payaso vio una mini palanca. Y una gran curiosidad por saber para qué
servía lo incitó a jalar de ella. Miró ambos lados y la jaló,
descubriendo así para que funcionaba y después…
—¡AAAAAA!
—escuchó el grito de Triple.
Triple
siguió manejado, más su humor era de los mil demonios. Tenía los
dedos índices vendados y Payaso dijo para tratar de animarlo:
—Al
menos, sacamos la pluma…
—¡Cállate!
—fue la respuesta del jefe.
Y
como había perdido valioso tiempo se les anocheció y por allí
encontraron un hotel, se registraron y decidieron descansar. Mañana
sería otro día.
Muy
temprano se levantaron y nuevamente, volvieron a la carretera; pero
lo que no les había pasado el día anterior, hoy sí. Una patrulla
los detuvo. El oficial salió de su vehículo y se encaminó al de lo
jóvenes.
—Me
permite su licencia de manejo —no era una pregunta lo que el
oficial decía, era una orden.
—¿Mi
qué? —preguntó Triple, confundido.
—No
estoy para bromas —dijo el oficial no muy contento—. No tiene
licencia, me temo que tendré que multarlo y puede que llevarlo a la
comisaría policial y después…
—¿Qué?
¿Prisión? —se exaltó el joven imaginando lo que diría el
oficial—. Pero yo… este yo…
—¡Espere,
oficial! —lo interrumpió Jumbo mientras sacaba algo de su
pantalón—. Yo le estaba enseñando a manejar. Mire, aquí está mi
licencia —se la mostró.
—Está
bien —siguió el oficial—, sólo los voy a multar, pero que sea
la última vez que un menor de edad o una persona sin licencia
maneja, ¿ok?
El
oficial les estregó la multa y como siempre, Triple sacó su
billetera y la pagó. El oficial se marchó y en el auto se cambiaron
las posiciones. Jumbo donde Triple, Triple donde Payaso y el último
donde estaba Jumbo. Ahora sí, de nuevo al camino.
Mientras,
una vez había llegado a Alisa, que era una montaña nevada en donde
a sus alrededores había un pueblito, Coletas, Rojita, Hijo, Flor,
Lin-Lin, Mio Natán, Feliz y Gordo, estaban muy felices poniéndose
el equipo necesario para poder esquiar. El único que no quería
ponérselo era Hijo, por lo que, curiosa, Flor preguntó:
—¿Por
qué no te has puesto tu equipo?
—Bueno…
yo… este… yo prefiero…—balbuceó el chico, cuando Lin-Lin lo
interrumpió:
—Hijo,
no le hagas al cuento. Ponte tu equipo y vámonos. Se va a derretir
la nieve.
—Vamos,
Hijo —lo animó Flor—, sin ti no voy a poder disfrutar esto.
—¡Pues
ni modo!... está bien, es que no sé esquiar —admitió apenado.
—A
ver, Hijo —se metió Coletas en la conversación—. ¿Quién
quería venir a Alisa a esquiar? —preguntó sabiendo que fue él el
de la idea.
—¡Ya
basta! —lo interrumpió Hijo con enojo.
—Hijo
—fue el turno de Rojita hablar—, mira a Mio. Él tampoco sabe
andar en esquíes, pero trata.
Y
se observa a un Mio muy feliz, diciendo:
—¡Yupi!
¡Yupi! Qué divertido… ¡Ay! Me caí.
—Tienen
razón. Soy valiente. Soy el mejor —se animó a sí mismo,
levantándose.
—Bueno,
pero tampoco exageres —habló Coletas.
Hijo
se puso su equipo y junto a los demás, se fue a esquiar. En este
caso Flor era su maestra, ya que le enseñaba a andar por la nieve
sin caerse. Al lograrlo, Hijo comenzó a deslizarse por la montaña
de bajada.
—Esto
es divertido —admitió contento para después percatarse de algo y
gritar—: ¡¿Cómo me detengo?! —y ¡puf!, el pobre de Hijo fue a
estrellarse en un árbol.
—Jajaja
¡Hijo, al menos te detuviste! Jajaja —gritó Gordo burlesco.
—¡Cállate!
—lo reprendió Flor—, se pudo lastimar.
No
muy lejos de allí, Triple y compañía había arribado, claro que
con mucho frío.
—¿P-por
qué r-rayo-os no t-trajimos e-equipo? —se preguntó Triple
titiritando de frío—. ¡Ah, ya sé! P-por-que alguien me dijo
q-que iban a visitar a una ¡Alicia! ¡No que iban a venir a las
montañas Alisa! —gritó mirando a un secuaz, molesto. Por lo que
mejor se fueron a comprar equipo de esquiar.
Todos
esquiaban de manera tranquila, cuando de la nada, alguien empujó a
Coletas. Todos se asombraron y más cuando descubrieron a Triple. Fue
entonces cuando Coletas empezó a esquiar con todo lo que daba,
mientras Triple lo perseguía, por lo que los dos dejaron a los demás
atrás.
Los
dos iban tan rápido, que no se dieron cuanta de un letrero que decía
“Peligro, no esquiar aquí”. Triple hizo una maniobra, una vez
alcanzó a Coletas, con su palo de esquí hizo que su enemigo
perdiera el equilibrio rodando cuesta abajo en la nieve. Al ver esto,
Triple rio tanto que perdió el equilibrio y también cayó.
Coletas
se levantó muy adolorido y miró a su alrededor, descubriendo que se
habían alejado mucho del pueblo de Alisa. Triple se levantó de
igual manera y mirando su entorno también, inquirió:
—¿Dónde
estamos?
—No
tengo ni la más mínima idea… lo único que sé, es que fue tu
culpa.
—¿Qué?
¿Mi culpa? —se enfadó Triple—. Sí, claro, échale la culpa al
burro. Sí, siempre es mi culpa. La culpa tiene que ser mía y…—
se calló cuando vio que Coletas lo ignoró y comenzó a alejarse de
allí—. ¡Hey! ¡Espérame!
Los
dos habían caminado por largas horas y ya cansados decidieron
detenerse a tomar un merecido descanso y Triple rompió el silencio
al comentarle a Coletas muy seguro:
—Pues
yo no sé tú, pero mis compañeros están ahorita llamando a la
ambulancia, ¡no! A la guardia, ¡no! Al ejército para venir a
buscarme.
En
tanto, en un departamento, un secuaz hablaba por teléfono:
—Sí…
quisiera una pizza de champiñón, queso, salchicha y chispas de
chocolate y la otra a la mexicana.
Todos
los que iban con Triple en el auto estaban en el departamento viendo
la televisión, tomando chocolate caliente y siendo cobijados por la
calidez que emanaba el fuego de la chimenea. Todos excepto Fea, que
miraba por la ventana, diciendo:
—Triple
no ha llegado. ¿Estará en problemas? Hay que llamar a alguien…
¡es mi programa favorito! —y fue a sentarse y disfrutar junto a
los demás.
Triple
y Coletas estaban congelados debido a que el frío que hacía era
tremendo, un frío ártico. Se frotaban las manos para tratar de
calentarlas. En eso Triple se quitó los guantes para hacer un
testamento, el cual decía así:
“Amo
a Lin-Lin.
Les
dejo todas mis pertenencias a mis tontos secuaces.
Amo
a Lin-Lin.
Le
agradezco a Fea por ser tan… tan… ¡ya le encontraré algo!
Le
agradezco a Payaso por apoyarme siempre.
Le
agradezco a Jumbo por ser tan… tan Jumbo.
P.D.
Amo a Lin-Lin.”
Después
que terminó de escribirlo arrugó el papel y lo arrojó por allí y
le dijo a Coletas:
—Yo
no sé tú, pero yo me voy a buscar una salida.
—Sí
yo fuera tú, me quedaba. Es mejor quedarse donde estás cuando te
pierdes…Espera —Coletas tuvo una idea—. ¿No tienes un celular
o algo? Para llamar a alguien y venga a rescatarnos.
—No
los traigo y eso que tenía dos…
—¿Y
qué les pasó?
—Uno
se me perdió y el otro no lo encuentro. Ahora, si tú quieres
quedarte, quédate, pero yo, Triple Júnior de Lizaldy. Buscaré una
salida.
—Sí,
¿por qué?
—No,
por nada.
Y
con esto, Triple va a buscar una salida. Mientras caminaba se volvió
a ver a Coletas y con un tono de burla se dijo:
—Pobre
Coletas, yo me salvaré y él quedará como una paleta humana,
jajaja.
Pasó
un rato después de que Triple dejó solo a Coletas, llegó un
helicóptero en donde estaba el moreno. En éste estaban Rojita, Hijo
y Flor, quienes lo había estado buscando sin parar. De esta manera,
recogieron a su amigo y se fueron al hotel.
A
la mañana siguiente, alguien tocó la puerta del departamento donde
se encontraban Fea, Payaso, Jumbo y los secuaces. Abren la puerta y
observaron a Triple todo mojado, que gritó:
—Estas…
¡fueron las peores vacaciones de toda mi vida!
Una
vez en Sosonia, todos contaron sus divertidas experiencias, excepto
Triple, quien en su casa se mantenía en la cama con un resfriado.
—Me
vengaré, achu, de Coletas achu, achu, a como, achu, dé, achu,
lugar, achu, achu, achu, achu. Tonta gripa, achu, achu.
EL
REGRESO DEL MISTERIOSO
El
manto oscuro que se posaba sobre Sosonia indicaba que la noche había
llegado al pueblo, y en el bosque misterioso se encontraban un par de
sombras cuya negrura era mucho más profunda que la de las mismas
tinieblas. Una de las siluetas habló, al parecer la de mayor rango.
—Ve
y consígueme eso que necesito; pero esta vez no falles.
La
figura a la que fue dirigida la orden acató lo que se le dijo y de
manera sorprendente, concisa y veloz llegó a la casa de Triple.
Entró a ésta y de manera silenciosa y a la vez con ahínco, comenzó
a buscar algo. No obstante, no contó con que el dueño de la choza
tendría un sueño sumamente ligero ya que, descuidándose un poco,
el intruso hizo un pequeño y casi sordo sonido suficientemente
fuerte como para que Triple se levantara de su cama. Atónito, el
castaño miró al sujeto frente a él e inquirió, sorprendido:
—¿Tú
de nuevo?
El
misterioso echó a correr apenas escuchó la voz del otro, pero
Triple logró detenerlo antes de que saliera por completo de su casa.
En una lucha reñida estaban cuando el misterioso dirigió su vista
al buró, que se ubicaba a un lado de la cama del ojiverde, y vio que
sobre éste, bajo una lámpara de noche, se encontraba la caja de un
CD. Presuroso lo tomó y la reacción provocó que la lamparita
cayera al suelo. Triple gritó de frustración y decidió despertar a
sus secuaces.
—¡Oigan,
despierten! ¡Atrapen a ese sujeto! —Ordenó molesto.
Los
secuaces se levantaron, pero como seguían semidormidos no hicieron
más que chocar entre sí. Triple bufó descontento y no habiendo más
remedio, salió detrás del misterioso que había raptado su disco.
—¿Nada
más por un disco entra a mi casa y la destruye? —Se lamentó sin
dejar de correr—. Y aparte, ese disco no me gusta nada, no sólo
porque mi hermano me lo regalo, sino que la música es aburridísima.
El
joven se detuvo al mirar que el misterioso arrojaba la caja del
disco. Triple se acercó a ésta y la abrió encontrándola vacía.
—Por
un disco… ¡Por un maldito disco! Y por si fuera poco era un disco
que utilizaba para mantener equilibrada mi lámpara. No entiendo a
esta gente loca que sale de noche por un disco de música aburrida.
A
la mañana siguiente, Rojita y Lin-Lin caminaba tranquilamente
mientras conversaban amenamente, en eso, Lin-Lin divisó a los
muchachos y se lo hizo saber a Rojita.
—Ahí
vienen los chicos… pero están discutiendo de nuevo.
—Ay,
esos dos siempre están peleando.
Coletas
e Hijo notaron la presencia de las primas a pocos pasos de ellos, por
lo que detuvieron su andar.
—Ustedes
siempre están discutiendo —acusó Rojita.
—Lo
que pasa —comenzó a explicar Hijo—, es que Coletas no quiere
admitir que el Señor Espacio es mucho mejor que Dedos de
Mantequilla.
—¡No!
Es mejor Dedos de Mantequilla —lo interrumpió Coletas reanudando
la discusión.
—¡Ya
basta! —Gritó Lin-Lin fastidiada haciendo que los hombres
callaran—. ¿Por qué se pelean por juguetes?
—Un
momento, no son juguetes, son figuras de acción —intentó aclarar
Hijo.
—Es
igual, son juguetes —habló ahora Rojita estando de acuerdo con su
prima.
—¡Hey!
¿Dónde está Flor? —Inquirió el joven de ojos azules dejando de
lado la disputa mientras miraba por todos lados notando la ausencia
de su novia.
—Flor
está enferma —informó Rojita.
—¿Qué?
¿Enferma y no lo sabía? ¡Ay, qué clase de novio soy! Soy tan
irresponsable…
—¿Y
apenas te das cuenta? —Lo interrumpió Lin-Lin.
—¡Oye!
¿Qué tú no debería estar trabajando o algo así?
—Mira,
niño genio, los domingos no trabajo.
Ante
la respuesta de la mayor del grupo el niño genio se asombró y dijo
lo obvio.
—¡Órale!
Hoy es domingo, con razón Coletas no fue a trabajar —todos lo
miraron sintiendo pena ajena—. Wow, el tiempo se pasa volando
cuando discutes con tu mejor amigo. Un momento, ¿por qué papá
trabaja los domingos?
Ante
la pregunta todos le lanzaron una mirada de irritación para comenzar
a caminar.
—¿Qué?
—quiso saber Hijo mientras los seguía—. ¿Qué hora es? Tengo un
hambre que me comería una ballena.
—Es
bastante temprano, son las ocho y cuarto —respondió Rojita mirando
su reloj que mantenía atado a su muñeca izquierda.
—¿Las
ocho y cuarto? Es tardísimo —se quejó mientras sentía que sus
tripas hacían una revuelta dentro de él.
—¿Pues
a qué hora sueles comer? —preguntó Lin-Lin igual de sorprendida
que los demás.
—Yo
como a las ocho y media, ¿por qué? —Hijo no le dio gran
importancia a la cuestión.
—¿Ocho
y media? Eres increíble —argumentó sarcástica la de ropas
blancas.
—¿Crees
que soy increíble?
—No
te hagas ilusiones, Hijo —sugirió Rojita.
Sin
más que agregar a la conversación, los cuatro amigos se dirigieron
al restaurante con la intención de comer algo. Cuando hubieron
terminado, Coletas sugirió a su amigo que sería una gran idea bajar
la comida con un partido.
—No
sé, quiero ir a ver a Flor, para saber cómo se siente.
—De
acuerdo, otro día será —comprendió el moreno.
Antes
de que Hijo partiera para saber del estado de su novia, le dio a
Coletas una palmada en la espalda, éste se volvió a él y observó
como señalaba a Rojita mientras movía los labios y aunque sus
cuerdas vocales no emitieron sonido alguno, logró entender lo que
decía.
—Dile,
dile que la quieres.
Coletas
le lanzó una mirada poco amable que hizo callar sus ideas antes de
pronunciarlas.
—Está
bien —ahora sí habló—; pero estás advertido. ¡Ánimo, hombre!
Una
vez su amigo se hubo ido, Coletas se armó de valor y se acercó a
Rojita.
—Rojita,
te quiero decir una cosa.
Rojita
y Lin-Lin posaron su completa atención al chico; Coletas no evito
ponerse nervioso, más que nada por la presencia de la prima de su
amor secreto, ya que si decía lo que tenía que decirle a Rojita,
Lin también escucharía y el asunto era muy privado; ahora bien, no
podía hacer más, ya había hablado y debía concluir o si no se
vería como un tonto. Tragó saliva.
—Yo.
Lo que yo... te quiero decir es…—comenzó a balbucear
incoherencias— Este… Decir que… Yo, tú… ¡Tienes una bonita
camisa! —y ante lo declarado echó a correr.
Rojita
miró extrañada el camino donde había desaparecido su amigo y luego
dirigió su confusa expresión a Lin-Lin.
—A
mí ni me mires porque yo no sé nada —se defendió ella.
Coletas
dejó de correr al percatarse de que había recorrido un buen tramo
de camino.
—¡Ay,
Hijo! ¡Cómo me metes en problemas! —se tranquilizó un poco y
después razonó: —Qué cobarde soy.
En
casa de Triple, tanto él como sus adeptos se mantenían aún
dormidos, sin que nada ni nadie pudiera impedírselos o pudiera
interrumpirlos; bueno, eso creían, pues en ese momento se escucharon
los toques que alguien daba a la puerta principal. Ni el dueño de la
cabaña ni sus fieles tenían la intención de levantarse, más los
golpes hacía la puerta eran insistentes. ¡Muy insistentes!
Sintiéndose fastidiado de estar escuchando el repetitivo sonido,
Triple se levantó como desganado, cansado y somnoliento, se dirigió
a abrir la puerta.
—¿Quién
podrá ser a estas horas? A penas son las 9:30 —se preguntó en el
trayecto.
Finalmente
abrió la puerta y lo que vio detrás de ésta lo impactó
sobremanera, tanto así que sintió la necesidad de retroceder. Una
persona, sonriente de cuyos labios salió un animoso:
—¡Hola,
Triple!
—¡¿Fili?!
—nombrarlo fue su única reacción en esos momentos. Después, como
acto reflejo cerró la puerta en las narices del otro y volvió a su
cama en donde se cobijó muy bien mientras se auto convencía a sí
mismo—. Una fea y horrible pesadilla.
El
supuesto Fili insistió en querer entrar por lo que los golpes en la
puerta se volvieron continuos y mucho más molestos.
—¿Por
qué él? De todas las personas del mundo ¿por qué tuvo que ser
precisamente él? —se quejó desde la cama antes de volver a
levantarse y abrir la puerta.
En
esta ocasión Fili ingresó a la morada de manera veloz. No quería
que le volviera a cerrar la puerta en la cara.
—¡Hola,
hermano! —Volvió a saludarlo —¿Cómo has estado?
—¿Qué
rayos quieres, Fili? —fue la “cortés” respuesta del castaño,
mirándolo con seriedad., pues nunca le agrado él. Fili Luu de
Lizaldy era el hermano mayor de Triple por dos años y, al igual que
como a Triple no le gustaba que lo llamaran Junior, a Fili no le
gusta que le llamen Luu.
—Nada
realmente…
Triple
arqueó una ceja. Dedujo claramente que ese “nada”
no era realmente nada.
—De
acuerdo —continuó su hermano al notar que no logró convencer al
menor—. Lo que realmente quiero… ¿Recuerdas el disco de música
que te regalé hace unos… tres años?
—Ah,
sí. ¿Ese disco de los 70’s? ¿Ese disco aburrido que me regalaste
a pesar de que sabías que no me gustan esas canciones viejas y
tontas?
—En
efecto, ese mero. ¿Sabes? Necesito que me lo regreses.
Triple
tomó asiento en una caja de madera que solía usar como silla. Cruzó
las piernas y respondió:
—Claro.
Dicen que lo que se regala ya no se regresa ni se quita, pero como
esa música es por demás horrible, con mucho gusto te lo devuelvo
—vio que la expresión de de su hermano irradió de contento; en
eso, recordó algo—. ¡Oh, espera! Creo que alguien se lo llevó.
Si mal no recuerdo ten…
—¿Qué?
¿Quién? ¿Quién fue? —cuestionó Fili sorprendido e
interrumpiendo a su hermano mientras lo tomaba del cuello de la
playera y lo levantaba de la silla.
—¡No
me toques! Y sí, se lo llevaron anoche.
—¡¿Pero
quién fue?! ¡Nadie debía tener ese disco!
—¡No
lo sé! Fue alguien vestido completamente de negro…
—Bat
—susurró Fili al escuchar a su pariente.
Sin
dar más explicaciones salió de la casa, presuroso.
—¡Gracias
por agredirme! —soltó Triple a la nada, fúrico. Luego, su
expresión se tornó confusa —¿Por qué todos quieren ese disco?
—se preguntó de pronto sintiendo curiosidad.
Así,
con la duda, volvió a dirigirse a su cama y regresó a acostarse.
Bostezó.
—Como
sea, yo seguiré con mi siesta de belleza.
En
la tienda de donas, el dueño de ésta se encontraba limpiando cuando
le habló a su hijo, quien se mantenía sentado frente al mostrador
comiendo tacos.
—Hijo,
no seas malo y ayúdame a limpiar.
—Pero…
Pero… ¿por qué yo? —inquirió mientras hacía pucheros—.
Estoy muy ocupado, papá.
—¡Hijo!
—habló con autoridad y un tanto molesto—. ¡Ayúdame, ahora o…!
—el sonido característico que indica que alguien está hablando
por teléfono lo interrumpió.
El
hombre de la casa se dirigió al aparato para tomar el auricular y
escuchar a su emisor, en ese momento hizo su aparición Coletas,
quien preguntó sorprendido a Hijo:
—¿Todavía
estás comiendo?
—Sí
—respondió lo obvio, con la boca llena de comida.
—Hijo,
si sigues comiendo así no llegarás a los cuarenta.
—Tienes
razón, no llegaré a los cuarenta, pero sí a los setenta u ochenta
kilos— afirmó con deje de guasa.
Coletas
lo miró irritado e intentó cambiar de conversación.
—Ya
fui a…
—Hijo
—interrumpió Braket al ojinegro una vez hubo dejado de hablar por
teléfono—, necesito que vayas a hacerme una entrega y, Coletas —le
miró—, perdón por interrumpirte.
—No
importa, señor.
Hijo
se dio prisa y se comió el último taco que le quedaba y, algo
enojado y fastidiado, cogió del mostrador unas cajas para poder ir a
hacer la entrega pedida. En tanto, Coletas decidió esperar a su
compadre por lo que se prestó a ayudar a Braket a limpiar y sacudir,
mientras se pasaba el rato.
En
ese momento, Rojita y Lin-Lin se situaron frente a la tienda de donas
haciéndole señas a Coletas para que se acercara. El joven notó
aquello y salió del local yendo a donde las chicas, saludándolas.
Ellas regresaron el saludo y Rojita, cuyas mejillas tomaron el color
de su nombre, le dijo al varón presente:
—Coletas,
te tengo un regalo.
El
aludido sonrió mientras Rojita le entregaba una caja cuidadamente
envuelta. En eso, Hijo hizo acto de presencia y al ver lo que estaba
pasando entre esos dos, chilló emocionado.
—¡Mira!
Te regalaron un regalo. Ábrelo, ábrelo. Quiero saber qué es.
—¡Hijo!
—lo reprendió Lin-Lin poco contenta por la reacción del otro—.
¿A ti qué te importa lo que hay adentro? Eso es entre Coletas y
Rojita, no entre Coletas, Rojita y tú.
—Pero
yo quiero saber…
—Ya
te dije, sé un lindo niño y lárgate, ¿ok?
Seguidamente
de toda la palabrería antes presenciada, Coletas abrió el dichoso
obsequio. Sacó un lindo suéter y sintiéndose más contento que
antes, brindando una sonrisa mucha más amplia que la anterior,
reconoció:
—Gracias,
Rojita, es un bonito suéter.
—¿Un
suéter? —inquirió Hijo poniendo una cara de asco—. Es el peor
regalo que alguien pude darle a alguien.
Lin-Lin
se sintió furiosa ante el comentario del chico, por lo que decidió
castigarlo dándole un zape, luego, lo tomó de la oreja y se lo
llevó de allí halándolo de esa parte humana.
—No
es asunto tuyo, Hijo; ciertamente no es tu asunto.
—Auch,
auch —tan sólo se quejó de dolor.
Una
vez solos, que era la intención de Lin, Rojita pudo soltar una risa
que había procurado aguantar.
—Hijo
es algo gracioso, ¿no?
—No
—Coletas pronunció la palabra prolongadamente mientras doblaba el
suéter—. Yo diría que es un atrevido. Un muy irritante chico
atrevido.
Un
silencio se hizo presente entre los dos, que fue cortado por Rojita.
—Bueno,
creo que me voy.
Se
dio media vuelta para retirarse del lugar, pero Coletas la detuvo al
volver a hablar, con más nerviosismo.
—¡Espera,
Rojita! —ella se volvió y lo encaró—. Verás… yo que-ría
decirte… que… bueno… Yo, yo te… te…— la joven se
encontraba más y más atenta—. Te… Te quiero invitar a comer a
mi casa.
Ante
lo oído, Rojita sintió de pronto una decepción e iba a
responderle, avergonzada, pero no consiguió hacerlo ya que Hijo
apareció de la nada y alegre se acercó a Coletas para afirmar:
—¡Claro
que sí! Es buena idea que los cuatro vallamos a comer a tu casa.
—Lo
siento, no pude detenerlo —se disculpó Lin-Lin colocándose tras
su prima.
—Está
bien —soltó Coletas como un suspiro, decepcionado—, vamos todos.
—¡Sí!
—gritó Hijo contento.
—Espera,
¿no acabas de comer tacos?
—Sí,
pero eso fue hacer rato.
Sin
otro remedio, el cuarteto de amigos se encaminó a la casa de
Coletas.
—¿Tú
prepararás la comida? —demandó Hijo mientras pasaban por el
puente.
—Sí,
¿por qué?
—Yo
quiero probar la comida preparada por Coletas —murmuró Rojita
tenuemente.
—¿Qué?
—se dirigió a ella Hijo al no comprender lo que dijo.
—Nada
—se defendió turbada.
Ya
estando en casa de Coletas, Rojita, Lin-Lin e Hijo se encontraban
esperando al dueño de la cabaña en el pequeño comedor. Desde la
cocina no se podía escuchar más que el sonoro ruido de los trastes
al impactarse en el suelo o golpeándose entre sí, además de uno
que otro grito de Coletas.
—Auch
—exclamó Lin-Lin al imaginarse el porqué de los gritos y extraños
ruidos—. ¿Por qué no lo ayudas, Rojita?
—¿Yo?
—Sí,
quién más —argumentó Hijo—. Ese chaval necesita urgentemente
de ayuda y si no queremos que la comida quede salada, es mejor que
Lin-Lin no le ayude.
—¿Qué
acabas de decir? —gritó la nombrada al escuchar al muchacho
sentado a un lado de ella mientras lo tomaba del pescuezo y lo
ahorcaba—. Retráctate —se dirigió a Rojita—. Anda, ve a
ayudarlo.
Rojita
se levantó de la silla y se encaminó a la cocina dispuesta a ayudar
a su amigo.
—Lo
siento… Lo siento —se disculpó Hijo sin aire.
Después
de un rato, Rojita colocó en la mesa los platos, vasos y cubiertos
que pudieran necesitar, mientras Coletas traía las ollas de la
comida y la jarra de agua. Una vez todo listo y preparado, los cuatro
comenzaron a servirse de lo preparado por dos de ellos. Todos se
metieron a la boca el alimento, pero ya dentro de su cavidad
escupieron rápidamente el alimento debido al desagradable sabor que
éste tenía.
—Retiro
lo dicho, prefiero la comida salada de Lin —argumentó Hijo
asqueado.
—Esta
cosa es horrible —aceptó Rojita.
Coletas
asintió dándole la razón.
—¿Y
si mejor pedimos algo del restaurante? —sugirió la mayor del
grupo.
Sin
pensárselo un momento, Coletas tomó el teléfono y marcó al
restaurante. Cerca de unos veinte minutos de espera, se escuchó que
la puerta era tocada. Coletas se dirigió a abrirla y se sorprendió
de ver a Iro, quien, como si nada, le entregó la bolsa con comida,
agarró el dinero y desapareció. Coletas se quedó un momento
pensando antes de dirigirse a donde estaban los demás.
—¿Qué
sucedió, Coletas? —preguntó Lin-Lin al notarlo distraído.
—Nada,
sólo no sabía que Iro era el repartidor.
—¿Iro?
¿Ese extraño niño? —Hijo intentó ubicarlo bien en su mente. Lo
consiguió—. Ese chico me da miedo… Pero bueno, hay que disfrutar
de la comida real.
Así,
el grupo disfrutó del manjar aquella bella tarde.
Triple
y tres de sus secuaces se habían decidido a dar un paseo por su
querido pueblo, pero Triple, en sus pensamientos más profundos, aún
podía ver a ese misterioso sujeto que fue varias veces a su cabaña
por la noche y aquello lo mantenía intranquilo. Lo que más se
preguntaba era si ese sujeto estaba relacionado con el nombre que
había mencionado su hermano.
“¿Ese
Bat era ese sujeto misterioso o sólo era un secuaz?”
Sus profundos pensamientos fueron interrumpidos por la voz de uno de
sus secuaces.
—Mire,
jefe, ¿qué es eso?
Triple
puso su atención a lo que el otro le indicaba, notando unas huellas.
—Es
una huella, tonto.
—No,
es una huella tonta —le corrigió otro de sus secuaces.
—No,
tonto. Quiero decir que es una huella, coma, tonto.
—Ah,
es una huella que come tontos.
Triple
chocó la palma de su mano derecha con su rostro mientras susurraba,
irritado:
—Espero
que se los coma… Escuchen, lo que trato de decirles es que… ¡Oh,
qué rayos! ¡Olvídenlo!
Triple
observó detalladamente hacia dónde se dirigían las intrigantes y
desconocidas huellas.
—Qué
raro… Las huellas se encaminan en la dirección donde se encuentra
el bosque misterioso —con la curiosidad a flor de piel, Triple
ordenó a sus secuaces—. Vamos a seguirlas.
Pero
antes de dar el primer paso, unos sonoros gruñidos se hicieron oír,
declarándose culpables los estómagos de los cuatro.
—Bien…
Primero vayamos al restaurante.
EL
MISTERIOSO 2
En
la tienda de jugos, Todd se encontraba sentado esperando que alguien
entrara a comprarle algo. En eso, el teléfono se escuchó y
contestó. Una vez hubo terminado su charla, cruzó la calle
dirigiendo sus pasos al puesto de su amigo y vecino.
—Oye,
camarada, ¿me acompañas a la ciudad a llevar unos jugos?
—Claro,
amigo, voy para allá.
Con
esto, el par de hombres abandonaron sus puestos, obviamente, no en el
sentido estricto de la palabra, ya que dejaron encargados a sus hijos
en su ausencia. Como era de esperarse, Coletas le hizo compañía a
Hijo en su tarea de vigilar la tienda. Ambos se mantenían muy
aburridos, por lo que, no teniendo nada bueno que hacer, empezaron a
comer unas donas.
—¿Sabes?
—habló Hijo después de un rato dirigiéndose a su compañero—.
Estas donas están mega deliciosas, pero tarde o temprano debían
salir. Voy al baño, ahorita regreso.
Con
esto, Hijo subió las escaleras para dirigirse a la oficina;
coincidentemente, poco después de que el ojiazul hubiera
desaparecido adentrándose en la casa, una persona llegó para
comprar una dona y con ésta, muchas otras después, hasta el punto
de que todo el local se llenó. Coletas estuvo despachando a toda la
clientela, que poco a poco fue retirándose.
Cansado
de estar expendiendo a tanta gente, el pobre chico, que para colmo ni
empleado era, se sentó en la silla que estaba frente al mostrador
preguntándose dónde estaba Hijo. No quería dejar el puesto sin
nadie que lo atendiera, pero la tentación pudo más que sus buenas
intenciones y comenzó a subir poco a poco y de manera sigilosa las
escaleras. Cuando llegó arriba, se dio cuenta que todo estaba
tranquilo y calmado. Sin hacer ruido, fue inspeccionando los cuartos
uno por una, hasta llegar al baño, mas no encontró a nadie. Se
detuvo y se preguntó por qué la casa estaría tan sola.
Se
encaminó a las escaleras para seguir atendiendo el negocio, cuando
escuchó un ruido proveniente del cuarto de Braket. Sospechando,
Coletas volvió sobre sus pasos, un tanto nervioso, y al llegar al
cuarto asomó simplemente la cabeza. Al asegurarse de que no había
peligro inminente, se adentró a la habitación por completo. Divisó
su alrededor mas no encontró nada, por lo que su pensamiento fue el
de retirarse; no obstante, antes de hacerlo y para obtener mayor
seguridad, decidió asomarse por debajo de la cama. Se hincó y alzó
un poco la colcha de la cama para aclarar mejor su visión. No vio
nada.
En
eso, alguien tuvo el atrevimiento de asustarlo lanzando un “boo”
mientras le picaba la espalda. Coletas se amedrentó tanto que saltó
del espanto y ante la acción su cabeza golpeó con la base del
colchón, pues aún tenía su cabeza bajo la cama. Se masajeó lo
afectado intentado aminorar el dolor en éste mientras se ponía de
pie. Observó a Hijo, quien no paraba de carcajearse, descubriendo
que su asustador fue él.
—¿Qué
rayos te pasa? —inquirió la víctima con voz iracunda.
—Nada
realmente. Bueno, es solo que... —su risa no lo dejaba hablar con
claridad —Es que… Fue sólo una broma. Lo siento, lo siento
—intentó explicar el otro entre risas—. Coletas, amigo mío,
hubieras visto tu cara… Bueno, en realidad no la vi tampoco porque
estabas debajo de la cama, pero me la imagino.
—Eso
no es gracioso, Hijo. Eso sí dolió —lo reprendió Coletas—.
Pero para la próxima me toca a mí. Vámonos al negocio, no debe
estar solo.
Con
esto, los dos se dispusieron a regresar al despacho, cuando, al
volverse, se toparon la linda sorpresa de que Rojita y Lin-Lin
estaban paradas frente a la puerta. Los dos gritaron a más no poder
y corrieron a escudarse detrás de su guarida, su refugio, lo primero
que se les vino a la mente como escondite: el sillón.
—Ya,
chicos, no exageren —les pidió Lin-Lin sintiendo vergüenza ajena.
—Ah,
chicas, son ustedes —habló Coletas aliviado alejándose de su
guarida.
—Sí,
no espanten así, ¿quieren? —mencionó Hijo todavía impresionado
por lo sucedido.
—¿Ya
llegaron el señor Braket y el señor Todd? —preguntó Coletas más
calmado.
—No,
aún no —respondió la pelirroja.
—¿Y
quién cuida la tienda de jugos? —inquirió Hijo curioso.
—Pues
Flor —respondió Lin-Lin—. Pero la pregunta aquí debería ser:
¿quién está cuidando la tienda de donas?
—¡Oh,
sí, la tienda! —ambos chicos se miraron e Hijo continuó: —Sí
papá se entera de esto me ahorca.
Los
cuatro bajaron al establecimiento y los hombres se quedaron allí
mientras las mujeres se dirigían a la tienda de jugos.
—Tal
y como te lo digo, Coletas, las chicas nomás fueron a asustarnos. No
fueron a saludarnos ni nada… Tengo que ir a ver cómo sigue Flor,
ahorita vengo.
Coletas
asintió comprendiendo a su amigo y le dio la libertad de dejar el
lugar unos momentos. El novio estaba por retirarse cuando giró sobre
su eje y enfrentó la mirada de Coletas, una vez más, al momento de
preguntar:
—Amigo,
¿ya le dijiste a Rojita lo de ya sabes qué?
—No,
no sé de qué me hablas —se hizo el inocente.
—Ay,
no te hagas.
Hijo
se alejó del sitio, pero antes de encaminarse directamente a donde
trabajaba su pareja, fue a comprarle flores a ésta. Ahora sí,
equipado, se dirigió a la tienda de jugos y saludo a las tres y,
aparte, le dijo a la pelirroja:
—Oye,
Rojita, Coletas te quería decir algo muy importante. Será mejor que
vayas.
Extrañada,
la aludida hizo caso a su amigo y, atravesando la calle, llegó al
local.
—Hijo
me dijo que tenías que decirme algo.
—¿Yo?
¿Hijo?... Él… Yo…—comenzó balbuceado incoherencias, tal y
como lo hacía cuando se veía en esa situaciones—. Iba a decir
que… que nada. Nada importante, sólo, sólo… Este, ah… Es un
bonito día, ¿verdad?
—Sí…
bueno, si no vas a decirme más, este…me retiro —tan rápido como
entró a la instalación, Rojita salió presurosa de allí
sintiéndose triste y decepcionada.
—¡Qué
torpe soy! Era mi oportunidad. ¡Ay! ¿Por qué? ¿Por qué? —se
cuestionó haciendo pucheros y un gran berrinche—. Ese Hijo me hizo
ver un completo idiota frente a ella.
No
dejó de hacer rabietas hasta que lo vio conveniente y se calmó.
Triple
estaba muy a gusto sentado en su cabaña, cuando la voz de uno de sus
secuaces preguntándole algo irrumpió su paz.
—Oiga,
jefe, ¿no íbamos a ir al bosque Misterioso?
—¡Oh,
no! Era broma, yo al bosque Misterioso no entro ni de broma. La
última vez —se estremeció al recordar la carrera—, fue algo tan
perturbador que nunca olvidaré.
Una
vez entrada la noche, todos se fueron a dormir. A la media noche,
Triple escuchó un ruido. Se levantó con pesadez de su cama para
averiguar de qué se trataba aquello. Descubrió al, ya no tan poco
común para él, misterioso, quien al verlo, se echó a correr.
—Ah,
no. Esta vez no te escapas —levantó a todos sus secuaces y les
informó firmemente—: Vamos, vamos a atraparlo.
Triple
y compañía siguieron al misterioso, quien intentaba por cualquier
medio perderlos, pero no lo logró. El sujeto adentró a sus
seguidores al bosque Misterioso llevándolos a lo que parecía ser su
guarida “secreta”. Al entrar, los perseguidores notaron que el
misterioso se les había perdido de vista.
—¿Qué?
¿Dónde está? —inquirió Triple a sus secuaces mirando a ambos
lados, luego, fijándose bien en la situación en la que se
encontraba, gritó—: ¡¿Dónde estoy?!
—¡Aquí!
—alzó la voz el misterioso que se encontraba en la parte alta del
lugar, arrojándoles una enorme jaula, atrapando a los intrusos.
Sintiéndose
mal al verse atrapado como una inocente paloma, el joven de Lizaldy
frunció el entrecejo mientras observa abrirse una puerta de donde
salió una persona, de un porte elegante, que se acercó a él,
mientras le hablaba cosas sin sentido, a su parecer.
—¡Tú!
¿Creías que me podrías descubrir? ¡Pues no! Yo te atrapé —y en
esta parte una risa malvada brotó de su garganta.
El
sujeto extraño se alejó junto con el misterioso dejando solos a los
siete encerrados en esa jaula. Los dos hombres se adentraron a una
habitación. El que no poseía el traje negro se sentó y miró al
otro con furia y explotó.
—¡¿Estás
loco, Bat?! Dime, ¿por qué rayos dejaste que te siguieran? ¡Por
poco nos descubren!
—Jefe,
yo los quería perder, pero no pude y…
—¡No
me importa! Te pedí solamente el disco. ¿Pudiste encontrarlo?
—No…
—¡¿Qué?!
El
denominado jefe se alzó de su asiento y se dirigió al cuarto de
mando donde había gran cantidad de computadoras y monitores debido a
que cada cuarto tenía una cámara. El misterioso lo siguió. Los dos
se colocaron frente a la pantalla que dejaba ver a Triple y sus
secuaces.
—Necesito
que investigues sobre los presos —pidió el líder al otro.
Sin
vacilar, el misterioso acató lo ordenado e inició la investigación
de ellos. Una vez terminada su misión, le entregó los archivos a su
jefe, quien al terminar de leerlos, fue con los presos.
—Veamos,
¿a quién tenemos aquí? —Preguntó con seriedad para comenzar a
llamar a cada uno por su nombre—: Salvador, Chon, Edwin, Luis,
Billy, Lorenzo y, por supuesto, Júnior.
—¡Uy!
¡Qué no me gusta que me digan así! —se exasperó Triple al
escuchar su segundo nombre, y es que realmente lo odiaba.
—Entonces,
eres el hermano menor de Luu, ¿eh? Es por eso que has venido a mi
lugar secreto. Pensabas que podrías detener mis planificados planes,
¿eh? Pero escucha bien esto, mocoso, tu plan fue el que resultó
fracasado y ahora no podrás evitar la tragedia reina de todas las
tragedias —como broche de oro, su risa malvada se volvió a
escuchar.
—¿Eh?
—Triple puso cara de que no sabía nada de lo que el otro estaba
diciendo, porque… Bueno, así era—. ¿De qué estás hablando?
—Oh,
por favor. No te hagas el desentendido. Tú, al igual que tu hermano,
quieres frustrar mi plan.
—¿Cuánto
tomas? ¿Lo haces seguido?
—Eres
demasiado listo. Realmente aparentas muy bien el “no saber nada”
—halagó el del plan perverso y dada por concluida su plática se
retiró de allí.
—¡Pero
si no sé nada! —gritó por último el ojiverde, confundido.
El
cabecilla volvió al cuarto de mando y le dijo al ya famoso Bat, el
misterioso.
—Ahora
sí, ya que tenemos a esos entrometidos aquí, será más fácil para
ti encontrar ese disco. La información que hay allí deber ser sólo
mía; pero claro, como lo ha probado, el sujeto ese es demasiado
inteligente y por eso sacó el disco de la caja, para podernos
confundir mientras lo escondía muy bien. Aún así, ya sabemos su
plan así que vamos, ¿qué esperas? ¡Ve por él!
—Sí,
señor —así, se dirigió nuevamente a la cabaña.
En
la jaula.
—¿Qué
está pasando aquí? —preguntó el castaño por enésima vez—. No
entiendo nada. ¿Qué tiene que ver Fili conmigo? —Lo meditó bien
y el foco se le prendió al no encontrar explicación más lógica—.
Ahora entiendo. ¡Es clarísimo! Ese sujeto es un fanático de esa
música vieja y quiere conseguir el disco a como dé lugar. ¡Rayos!
Es por eso que odio esa música. Te mete en muchas polémicas.
—¿Hablando
solo de nuevo? —Triple escuchó una voz detrás de él y al virarse
para descubrir de quién se trataba, se encontró con Fili.
—¡Fili!
¡Sácame de este lugar! —le pidió-ordenó, colérico.
—¿Eh?
¿Por qué? Siempre quise verte tras las rejas —y con este
comentario se fue.
—¿Eh?...
¡Luu!
—
¡Júnior!
—se oyó Fili desde el fondo de otra habitación.
—¡Rayos!
¡Me choca ese nombre! Me hubieran puesto Teodoro.
—Mi
primo se llama Teobaldo —mencionó un secuaz.
—¿Quién
te preguntó?
Fea
se dirigía a la cabaña de su amor platónico. La chica se veía
realmente muy contenta y con una canasta en su brazo derecho.
—Espero
que Triple no se moleste si voy a estar horas de la noche.
Llegó
a la humilde morada y descubrió que la puerta se mantenía abierta,
mas no le dio demasiada importancia así que saludó contenta.
—Hola,
Triple…
Al
momento se movió a un lado porque un cuaderno salió volando en su
dirección, casi golpeándola.
—Creo
que sí se enojó…
Susurró
acongojada ante lo que acababa de ocurrir. Se adentró un poco más a
la casa, con miedo.
—¿Triple?
—se sorprendió al ver a otro destruyendo la choza—. ¿Dónde
está Triple?
El
misterioso no contestó, pero sus planes de escapar se vieron
frustrados al percatarse que Fea bloqueaba la salida.
—¿Dónde
está Triple? —volvió a preguntar ella, frunciendo más el ceño.
El
misterioso corrió hacia la ventana, viendo que era su única ruta de
escape posible. Al verlo, Fea corrió a ésta, pero desde la parte de
afuera y al momento en que el misterioso estaba a punto de saltar,
Fea ya lo esperaba. Lo tomó del cuello de su uniforme y lo arrastró
para quedar lejos de la cabaña. Volvió a hacer la pregunta.
—¿Dónde
está Triple?
—No
te lo voy a decir —declaró el misterioso pronunciando las palabras
tan lentamente que le dio a entender a Fea que era una retrasada.
—¿A
no?
—No
te voy a decir nada.
Fea
se limitó a sonreír y al hacerlo, le propinó un rodillazo en su
parte masculina.
—¿Ahora
me lo dirás? —mantuvo una sonrisa de niña buena.
En
el cuarto de monitoreo, se encontraba el tipo que había enviado al
misterioso a casa del joven de Lizaldy. Observaba al dichoso joven
desde la pantalla, concentrado, cuando escuchó que alguien tocó la
puerta de hierro.
—¿Quién
podrá ser? —se preguntó mientras se dirigía a ésta para
abrirla, al hacerlo se sorprendió de ver al mayor de los Lizaldy.
—Hola,
“Shark” — saludó Fili con una gran sonrisa levantando su mano
derecha a distancia de su mejilla.
—¿Luu?
¿Qué estás haciendo aquí? Es más, ¿cómo te enteraste de mi
gran fortaleza (escondite)?
—Gracias
a mi hermanito, lo seguí.
—Ya
veo. Desde un principio tu plan fue ese.
—¿Eh?
—no entendió realmente de que hablaba, pero el auto-nombrado
“Shark” se le conocía como ser inesperado y extraño —Bien, lo
que sea. Detendré tu trágico plan, así que regrésame el disco.
“Shark”
se sorprendió al escuchar las palabras del otro.
—¿De
qué hablas? Yo no tengo el disco.
—¿No
lo tienes? —Fili se extrañó mientras recordaba las palabras que
le había dicho Triple: “Creo que alguien se lo llevó”.
—No
lo tengo —repitió el hombre—. Pero acabo de enviar a Bat para
que lo consiguiera y como no está tu hermanito en su casa, le será
más fácil encontrarlo —volvió a reír maléficamente.
Ante
lo escuchado, Fili salió del lugar, aprisa, para dirigirse a la casa
de su hermanito. Al quedar solo nuevamente, “Shark” volvió al
monitor a seguir vigilando a los presos.
—Es
sumamente tarde, Luu. Te llevo mucha ventaja— y, una vez más, la
risa malvada —Nunca serás el mejor de la organización. Ellos no
debieron enviarte, eres solo un novato.
En
la casa de Coletas, el joven estaba profundamente dormido. Entre
sueños escuchó toques en la puerta, que se escuchaban desesperados
pues sonaban una y otra vez. Abrió los ojos con lentitud y se sentó
en su cama. Se levantó de ésta y abrió la puerta de su habitación
notando como Reloj se acercó de manera veloz a la puerta principal.
Caminó a ésta y la abrió. Vaya sorpresa encontrarse con Bat frente
y detrás a Fea, quien lo miró muy ansiosa y preocupada.
—Necesito
tu ayuda —le informó ella.
Después
de que la joven le explicó todo lo que le había sacado al
misterioso, Coletas junto a los otros dos se dirigieron al bosque
misterioso, pero primero pasaron a casa de Hijo.
Fili
arribó a la casa de Triple. Entró cuidadosamente al ver la puerta
abierta. Una vez adentro, miró todas las cosas desordenadas. ¡La
casa estaba patas arriba! Se adentró aún más a la cabaña y al
descubrir que no se encontraba nadie, pensó lo peor.
—¡Maldición!
—exclamó mientras salía corriendo de la choza.
En
la guarida secreta del bosque Misterioso.
—¡No
empujen! —gritó Triple ya desesperado de estar dentro de la celda
y de ser empujado por uno de sus secuaces. Le recordaba a las
cárceles de la policía de Sosonia. ¡Pequeñas e incomodas!
—Lo
siento, jefe; pero no cabemos —le dijo el que lo empujó.
Los
siete observaron que la puerta se abría nuevamente y entraba
“Shark”.
—Por
fin mi plan se llevará a cabo. Una vez Bat me entregue ese disco.
—¿Aún
con ese disco? —inquirió Triple irritado.
—Ni
tú ni tu hermano lograrán estropear este perfecto plan —rio
malvadamente.
Fuera
de la guarida “malvada”, Coleta y compañía se encontraban en la
entrada principal.
—¡Órale!
—Hijo se sorprendió al ver la enorme fortaleza—. ¿Esto existe
en este bosque? Es por eso que lo llaman “bosque Misterioso”. ¡Es
un verdadero misterio!
—Sí,
lo sé —concordó Coletas—. Hay que entrar para poder ayudar a
Triple.
—Sí
—afirmó Fea. Empujó al misterioso—. Abre la puerta.
Sin
tener más remedio, éste abrió la puerta introduciendo un código
secreto a la protección de la puerta. De esa manera entraron.
—¿Dónde
está Triple? —volvió a preguntar Fea.
—Por
allí —el misterioso señaló una puerta y sin pensárselo dos
veces, Fea corrió a ésta dejando de lado a su cautivo. Abrió la
puerta y entró gritando el nombre de Triple, pero sin darse cuenta,
quedó atrapada en una red.
—¡Ayuda!
—dijo sorprendida la pobre chica moviéndose dentro de la trampa.
Coletas
corrió a ella para ayudara y con esto, Bat aprovechó para escapar.
—¡Que
no huya! —gritó el moreno a su amigo.
Así,
Hijo persiguió al misterioso. Al tenerlo a una considerable
distancia, el pelinegro saltó sobre él, cogiéndole de los pies,
por lo que los dos se fueron al suelo.
—Ni
creas que te voy a dejar escapar —mencionó Hijo al levantarse y
levantar al otro. El misterioso se quejó de dolor, el golpe había
sido muy fuerte.
Mientras
tanto, Triple se encontraba más que molesto con su hermano mayor.
Estaba fastidiado de estar en aquella celda casi toda la madrugada.
—Maldito
Fili. ¿Por qué no me sacaste de aquí? —se cuestionó irritado,
pero más lo crispaba era el que sus molestos secuaces no hacían más
que golpearlo cada vez que se movían.
Escuchó
abrirse la puerta nuevamente.
—Es
el loco ese otra vez —se quejó, pero se sorprendió al ver a
Coletas, Hijo, Fea y el misterioso—. ¡Demonios! Prefiero al loco
ese. ¿Qué hacen aquí?
—¡Triple!
—se acercó Fea a la jaula—. ¿Estás bien, jefe?
—No.
No estoy nada bien —se sentía fastidiado por completo.
Coletas
abrió la celda y, sabiéndose libres, los siete salieron con la
alegría pintada en su rostro mientras prolongaban un suspiro de
alivio.
—Ahora,
sí; vámonos de aquí —pidió Hijo al ver completado su cometido.
—Tienes
razón, es mejor irnos de aquí antes de que aparezca el loco —apoyó
Triple, pero antes de poderse ir, frente a la puerta apareció
“Shark”, quien obviamente ya se había enterado de todo el
escándalo que se había formado debido a que vio todo en sus
pantallas de monitoreo constante.
—Vaya,
vaya. Conque tratando de escapar, ¿eh?
—Señor,
estos tipos me obligaron a decir…
—¡Cállate!
—lo interrumpió “Shark” realmente furioso con su inútil
trabajador —. Tú eres un completo incompetente. De seguro ni
siquiera traes el disco.
El
misterioso bajó la mirada, avergonzado; Shark negó con la cabeza y
continuó:
—Ya
no se pueden conseguir buenos secuaces.
—Dímelo
a mí —bramó Triple aún molesto cruzándose de brazos.
—Como
sea… Debido a que ustedes saben mucho de este lugar, de mi plan y
de mí; no me queda más opción que deshacerme de ustedes.
—¿Qué?
—inquirió Coletas sorprendido—. ¿Deshacerte…?
—¿…de
nosotros? —finalizó Hijo con la boca abierta.
—Así
es —avaló Shark.
En
eso, metió su mano en el saco del traje negro que ese día usaba y
con el acto le indicó a todos que sacaría algo que no sería bueno
para ellos; pero antes de hacerlo, un fuerte golpe en la espalda lo
desequilibró y lo derribó al suelo.
—¿En
problemas, hermanito? —preguntó Fili a su pariente al haberle
propinado una pata en la espada a su némesis—. ¡Corran, rápido!
Este lugar se destruirá en cuestión de minutos —informó mientras
señalaba la puerta de salida.
Sin
demora alguna, la lozanía comenzó a correr para llegar al exterior.
Una vez sanos y salvos fuera del lugar, observaron cómo ese lugar
comenzó a desplomarse por completo, como cuando un temblor arrasa
con un edificio. Todos mantuvieron la boca abierta, impactados por
todo lo que habían vivido esa madrugada. Intercambiaron miradas,
sorprendidos.
—¿Dónde
dejaste el disco? —preguntó Fili a Triple acercándosele.
—Ya
te dije...— se detuvo por unos momentos y recordó algo—. Ah, ya
me acordé. Una vez me diste el disco y me enteré por la portada que
era de esa música odiosa, abrí la caja, saqué el disco y lo tiré
a la basura. Me quedé con la caja para usarla como soporte de mi
lámpara.
Al
escucharlo, Fili sonrió con satisfacción y dando un suspiro de
alivio, ese disco fue tirado hace mucho tiempo, estaba por retirarse,
pero antes de irse le aseguró a su fraterno.
—Eres
demasiado problemático, Triple —le regaló una de sus más
sincerar sonrisas.
—¿Problemático
yo? Tú lo eres por regalarme esas cosas…
—¡Oigan!
¿Y esa otra persona que estaba con nosotros? —indagó Coletas al
descubrir que el misterioso no es encontraba entre ellos, ya que, al
verlos distraídos a todos, no desaprovechó la oportunidad para
escapar.
—Eso
ya no me importa —se sinceró Triple.
Con
esto, el grupo apreció el bello amanecer desde el bosque misterioso.
—Ni
una palabra de esto a nadie —habló Triple.
—Como
si alguien fuese a creernos esta aventura —comentó Hijo con un
tono sarcástico.
—¿Y
si nos vamos a casa? Ya está empezando a hacer frío —opinó Fea
mientras se abrazaba, al sentir la brisa matutina.
—Sí,
vamos.
Así,
los diez chicos se encaminaron a sus respectivos hogares a descansar
un poco, que bien merecido lo tenían ya que esa noche la habían
pasado de lo peor. Guardaron todo como un secreto, pues era obvio que
nadie les creería si lo contaban.
Dulces Sueños
La Plaga
Dulces Sueños
La Plaga