viernes, 11 de abril de 2014

Una Declaración

Era una noche perfecta. La luna llena embellecía mágicamente el cielo nocturno. Las lámparas adornaban el frente de mi casa ambientando mejor la situación. Mi hermosa novia me esperaba afuera pacientemente, crucé la puerta de mi hogar y la miré; su belleza resaltaba más que nunca al usar un vestido negro que combinaba con su larga cabellera.

Observé como sus ojos azules seguían cada movimiento que hacía. Lentamente me acerqué a ella sin dejar de mirar su sereno rostro. Detrás de mí, en mis manos escondía la pequeña cajita que contenía el anillo.

Era todo tal y como imaginé: me quedaría en ver con ella después de que regresara de su viaje de dos meses, le pediría que saliéramos a comer a un restaurante, nos veríamos en mi casa, al salir diría que algo se me había olvidado, ingresaría de nuevo a ella, saldría pero esta vez con una sorpresa. Una noche perfecta para pedirle matrimonio a la mujer que más amo en este mundo, si no fuera porque…



Una hora antes.

Fátima me comunicó que había llegado de sus vacaciones. En su ausencia me armé de valor para pedirle matrimonio, por ende, ahorré para comprarle el anillo que merece. Sin duda alguna se lo diría ese mismo día.

Acababa de ducharme cuando recibí un mensaje de texto de ella: “Deseo verte ahora. Necesito hablar contigo de algo importante” fue su recado. Estuve de acuerdo con ello, así que respondí. Mientras me alistaba para ir al lugar donde ella citó, en mi cabeza rondaba la última palabra de su escrito. Moví bruscamente la cabeza para que los malos pensamientos se fueran.

Crucé la puerta del restaurante favorito de Fátima, el lugar de encuentro, la observé sentada en su lugar preferido, me acerqué a ella notándola distraída, diferente. Nos saludamos con un beso y tomamos asiento. La noté inusual, tomó mis manos transmitiéndome su nerviosismo. Noté que sus radiantes ojos emanaban una expresión que en ese momento no pude descifrar. ¿Qué quería decirme? No pude evitar preocuparme y menos aún al verla batallar en decírmelo, movía nerviosamente su boca.

—Enrique —guardó un incómodo silencio, el cual me pareció eterno. En ningún momento dejé de prestarle atención, mi mirada fija en ella con inquietud. Decidí esperar lo que fuera a decirme a pesar de que eso me estaba sofocando por dentro.

—¿Te quieres casar conmigo?

Su pregunta me tomó por sorpresa. Asentí un par de veces antes de afirmar con palabras.

—Eso iba a pedirte —le dije.

—¿De verdad? —Preguntó sorprendida y con tono aliviado —Acepto —dejó salir entusiasta.

—El anillo, —dije tartamudeando —lo tengo en mi casa.

—Siento mucho haberme adelantado —se disculpó tal vez al observar mi rostro.

—No te preocupes —nunca tuve problema porque las mujeres se declararan, pero en verdad que yo deseaba hacerlo primero. Me tomó de la muñeca y me obligó a levantarme.

—Vamos a tu casa.



…ella minutos antes me propuso matrimonio.

—Fátima, hemos estado saliendo hace dos años y medio y eres la única mujer en mi vida. Te amo —le dije mientras le mostraba la cajita y la abría dejando ver el anillo —¿Te quieres casar conmigo?

—Yo también te amo, Enrique —me abrazó contenta, mostrando una emoción enorme. Casi sentí que me estrujaba —Acepto —me dijo.

En eso escuché un aplauso desde arriba del balcón de la casa continua, mi vecino observó toda la escena.

—Que hermosa declaración —dijo. Me puse colorado ante sus palabras, si supiera que ella fue la primera en declararlo. ¡Maldición! ¡Largo de aquí vecino! Es una escena íntima. Bien, es verdad que dimos un gran paso para el compromiso, pero lo verdaderamente importante es el firmar los papeles.