Era una noche perfecta. La luna llena embellecía mágicamente el cielo
nocturno. Las lámparas adornaban el frente de mi casa ambientando mejor
la situación. Mi hermosa novia me esperaba afuera pacientemente, crucé
la puerta de mi hogar y la miré; su belleza resaltaba más que nunca al
usar un vestido negro que combinaba con su larga cabellera.
Observé como sus ojos azules seguían cada movimiento que hacía.
Lentamente me acerqué a ella sin dejar de mirar su sereno rostro. Detrás
de mí, en mis manos escondía la pequeña cajita que contenía el anillo.
Era todo tal y como imaginé: me quedaría en ver con ella después de que
regresara de su viaje de dos meses, le pediría que saliéramos a comer a
un restaurante, nos veríamos en mi casa, al salir diría que algo se me
había olvidado, ingresaría de nuevo a ella, saldría pero esta vez con
una sorpresa. Una noche perfecta para pedirle matrimonio a la mujer que
más amo en este mundo, si no fuera porque…
Una hora antes.
Fátima me comunicó que había llegado de sus vacaciones. En su
ausencia me armé de valor para pedirle matrimonio, por ende, ahorré para
comprarle el anillo que merece. Sin duda alguna se lo diría ese mismo
día.
Acababa de ducharme cuando recibí un mensaje de texto de ella: “Deseo
verte ahora. Necesito hablar contigo de algo importante” fue su recado.
Estuve de acuerdo con ello, así que respondí. Mientras me alistaba para
ir al lugar donde ella citó, en mi cabeza rondaba la última palabra de
su escrito. Moví bruscamente la cabeza para que los malos pensamientos
se fueran.
Crucé la puerta del restaurante favorito de Fátima, el lugar de
encuentro, la observé sentada en su lugar preferido, me acerqué a ella
notándola distraída, diferente. Nos saludamos con un beso y tomamos
asiento. La noté inusual, tomó mis manos transmitiéndome su nerviosismo.
Noté que sus radiantes ojos emanaban una expresión que en ese momento
no pude descifrar. ¿Qué quería decirme? No pude evitar preocuparme y
menos aún al verla batallar en decírmelo, movía nerviosamente su boca.
—Enrique —guardó un incómodo silencio, el cual me pareció eterno. En
ningún momento dejé de prestarle atención, mi mirada fija en ella con
inquietud. Decidí esperar lo que fuera a decirme a pesar de que eso me
estaba sofocando por dentro.
—¿Te quieres casar conmigo?
Su pregunta me tomó por sorpresa. Asentí un par de veces antes de afirmar con palabras.
—Eso iba a pedirte —le dije.
—¿De verdad? —Preguntó sorprendida y con tono aliviado —Acepto —dejó salir entusiasta.
—El anillo, —dije tartamudeando —lo tengo en mi casa.
—Siento mucho haberme adelantado —se disculpó tal vez al observar mi rostro.
—No te preocupes —nunca tuve problema porque las mujeres se
declararan, pero en verdad que yo deseaba hacerlo primero. Me tomó de la
muñeca y me obligó a levantarme.
—Vamos a tu casa.
…ella minutos antes me propuso matrimonio.
—Fátima, hemos estado saliendo hace dos años y medio y eres la única
mujer en mi vida. Te amo —le dije mientras le mostraba la cajita y la
abría dejando ver el anillo —¿Te quieres casar conmigo?
—Yo también te amo, Enrique —me abrazó contenta, mostrando una emoción enorme. Casi sentí que me estrujaba —Acepto —me dijo.
En eso escuché un aplauso desde arriba del balcón de la casa continua, mi vecino observó toda la escena.
—Que hermosa declaración —dijo. Me puse colorado ante sus palabras, si
supiera que ella fue la primera en declararlo. ¡Maldición! ¡Largo de
aquí vecino! Es una escena íntima. Bien, es verdad que dimos un gran
paso para el compromiso, pero lo verdaderamente importante es el firmar
los papeles.