Era una noche perfecta. La luna llena embellecía mágicamente el cielo
nocturno. Las lámparas adornaban el frente de mi casa ambientando mejor
la situación. Mi hermosa novia me esperaba afuera pacientemente, crucé
la puerta de mi hogar y la miré; su belleza resaltaba más que nunca al
usar un vestido negro que combinaba con su larga cabellera.
Observé como sus ojos azules seguían cada movimiento que hacía.
Lentamente me acerqué a ella sin dejar de mirar su sereno rostro. Detrás
de mí, en mis manos escondía la pequeña cajita que contenía el anillo.
Era todo tal y como imaginé: me quedaría en ver con ella después de que
regresara de su viaje de dos meses, le pediría que saliéramos a comer a
un restaurante, nos veríamos en mi casa, al salir diría que algo se me
había olvidado, ingresaría de nuevo a ella, saldría pero esta vez con
una sorpresa. Una noche perfecta para pedirle matrimonio a la mujer que
más amo en este mundo, si no fuera porque…