¿Qué ven los demás en mí? ¿Soy realmente como pienso que soy?
Bueno, he descubierto algo muy importante. La mayoría de las veces, no necesitamos que alguien nos engañe por que los seres humanos somos muy buenos en engañarnos a nosotros mismos y no deseamos ver nuestros errores.
¿Cuáles errores? Esos que están a flor de piel y nos cegamos para no verlos. Miren, quiero relatarles cómo los descubrí yo.
Era una tarde como cualquier otra. Me encontraba en mi habitación escuchando música cuando entra mi hermana menor a interrumpir mi sagrado descanso… o mejor dicho, a molestarme con su presencia. Si su presencia me molestaba, no quiero decirles lo que era escucharla y por desgracia, me habló. Me pidió que le ayudara a hacer la tarea de matemáticas. Había un problema que no entendía y…
No la dejé continuar. Sacando los audífonos de mis oídos, le grité que se largara, que me dejara en paz y no fastidiara. Bueno, no sólo le grité, también la tomé por el brazo y sin compasión (¿Y soy compasiva?), la saqué de mi habitación.
La escuché llorar en el pasillo y escuché cuando me gritó que era mala, más no me importó. Lo que sí me importó mucho, por que me irritó más, fue cuando más tarde, mi hermano, ese que está entre mi fastidiosa hermana menor y yo, se asomó por mi habitación para darme un mensaje de mamá. Ella quería que me reuniera en la cocina con ella para ayudarle a preparar la cena. ¡Con un demonio! Exclamé enfadada. ¿Es que esa mujer no puede hacer nada sola? Además, ¿soy la única que cena? ¡No soy cenicienta!
Visiblemente molesta, le grité (Y eso que soy amable) a mi hermano, que él le ayudara, que me dejara en paz por que no tenía tiempo de ayudarla. Mi hermano me miró con las cejas arqueadas, sorprendido de verme acostada en la cama sin hacer nada más. Tal vez pensando que esa noche sí tendría tiempo para irme al antro. Encogiéndose de hombros, se marchó y yo suspiré en paz. Finalmente se me dejaba en paz.
No por mucho tiempo. Papá fue el siguiente que se asomó a verme no más de diez minutos después. Entró a la habitación y acercándose a mi cama, me habló con firmeza, pero con cariño. Yo volví a suspirar fastidiada y le lancé una mirada de casi odio al escucharle decir el mismo rollo de siempre. Que la familia significa unidad, que es un equipo donde todos colaboran, que debería ser trabajadora y estar agradecida por todo lo que tengo, que mi vida era buena, nada me faltaba y que estaba muy bendecida. Cuando terminó con su sermón, lloré, me hice la víctima y le dije que no me comprendían, que no me querían. Que nadie me quería. Que nadie podía ver lo mucho que sufría. ¡Siempre exigiéndome que haga cosas que no quiero hacer! (¿No se supone que soy alegre, risueña y positiva?) En fin, papá me consoló y antes de marcharse, me pidió que si no quería ayudarle a mamá a preparar la cena, de mínimo, limpiara y ordenara mi cuarto que parecía un… muladar. ¡Ahí estaba otra vez! Pidiéndome algo que no deseaba hacer! ¡Qué sufrimiento!
Por supuesto (Aunque soy muy diligente), no le hice caso y no limpié ni ordené mi… muladar. Así, mucho más tarde, me dirigí a la cocina para cenar. Como siempre, iba tarde. No llegué a entrar. La conversación que tenían mis padres, me detuvo en seco. Descubrí algo que me hizo retroceder espantada…
Mi madre tenía una enfermedad mortal ¡Iba a morir! Corrí a mi habitación y allí, en medio de lágrimas, hice un repaso mental de mi vida al lado de mi madre y mi familia, fue cuando descubrí que vivía engañada por mí misma.
No eran ellos los que no me querían. No eran ellos los que me pedían que hiciera cosas que no quería. ¡Era yo la que era como ellos no querían que fuera! ¡Era yo la que no los quería a ellos! ¡Era egoísta, floja, amargada y chantajista!... Y le había provocado mucho sufrimiento a mi familia.
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Espero les haya gustado.
Agradesco a Crucita por a ver aportado esta historia.