sábado, 24 de julio de 2010

VANIDAD



VANIDAD

¿Saben? Yo, una vez, fui como el murciélago. Si, el murciélago. Ese mamífero alado de apariencia… Imagínenselo. A mí en lo personal no me gustaba, me daba hasta horror. Pero, un día, decidí examinarlo en detalle y encontré que es un animal que tiene su propio encanto. Es un animalito que, como saben, se ha hecho muy famoso hasta en Hollywood, pero, nunca le había mostrado aprecio, por que lo que me inspiraba era, como ya dije, horror, hasta un día en que me enseñó una muy importante lección.

Ese día, cómo cualquier otro, llegué a la escuela, cómo siempre, sintiéndome la reina… No, me corrijo, no me sentía la reina… ¡Era la reina del salón! ¡De la escuela misma! Los que no me respetaban, me temían. Yo hacía y deshacía lo que quería. Mis deseos eran órdenes y pobre de aquel que se negara a cumplir con una de mis exigencias. Era bastante popular tanto en mi salón, cómo en el resto de la escuela. Era bonita, tenía un novio… ¡Todas querían andar con él! Así que imagínense qué tipo de chico era ese. Mi círculo de amigos era selecto, sólo lo mejor, según yo. Los maestros me querían, me consentían y hasta me regalaban calificación. En fin, tenía un éxito rotundo, sin embargo, debo aclarar que ese éxito no lo tuve al principio cuando ingresé al instituto de educación secundaria.



No. Era yo una chica muy tímida, seria y con baja estima, por ello, me daba miedo relacionarme con mis otros compañeros. La timidez que sentía era tanta que me apartaba de los demás. No sólo eso, me sentía una chica poco atractiva. Mientras mis ojos apreciaban la belleza de mis compañeras, yo escondía la mía bajo esa falta de estima propia. No obstante, mis compañeros se apiadaron de mí y me buscaron. Se hicieron mis amigos y amigas integrándose poco a poco en mi vida y permitiéndome ser parte de las suyas. Me ayudaron a vencer la timidez, me ayudaron a valorarme como persona y me dieron muchos consejos para superar mi baja estima. Ahora puedo decir que me lo dieron todo… Hasta que mi vanidad, lo echó todo a perder.

Sí, la vanidad que fue cambiando mi personalidad cuando comencé a tener el éxito antes mencionado. Del grupo inicial de amigos, esos que tanto me ayudaron, deseché a la mayoría y me asocié con quien sentía, era digna o digno de mí. Poco a poco, el éxito que tenía, me convirtió en una persona déspota y comencé a gobernar con una sola ley. La mía. Ni siquiera los maestros podían conmigo, por que también había desarrollado un falso encanto, digo falso, por que lo utilizaba para mis propios fines. Tan grande fue mi arrogancia que llegó el día en que incluso mis selectos amigos, me parecieron poca cosa. En la escuela, yo era la única que valía la pena. Todos los demás estaban por debajo de mí.

Fue en este punto, cuando recibí la lección del murciélago. Aún recuerdo cómo me sentí cuando la maestra de literatura terminó de contarnos la “leyenda del murciélago” y preguntó: “¿Alguien aquí se identifica con el murciélago?” ¡Qué bochorno cuando todas las miradas se clavaron en mí! Allí lo comprendí todo. ¡Yo era cómo ese murciélago! Quizás ustedes se sepan esta leyenda, pero para aquellos que no se la sepan, la leyenda dice que cuando Dios hizo a todas las aves, se le terminaron las plumas y uno se quedó sin que fuera cubierto por ellas. El murciélago no alcanzó plumas y quedó desnudo. Eso le convirtió en un tímido animalito y se pasaba la vida muy triste. Las otras aves se condolieron de él y decidieron donar una pluma cada quien, luego se las llevaron a Dios y él se las puso al murciélago. Este quedó tan hermoso que todas las aves se admiraban de él y le hacían saber lo hermoso que era. Poco a poco, la vanidad del murciélago creció a tal grado que comenzó a jactarse de su belleza. Ya no había quien fuera digno de él por que nadie lo igualaba en belleza. Dios se molestó y le quitó las plumas dejándolo para siempre desnudo, ahora vive en las cuevas y sólo sale de noche por que su vergüenza no le permite mostrarse en el día.

Y la pregunta de la maestra volvió a repetirse: “¿Alguien aquí se identifica con el murciélago?” E incluso ella misma me veía con ojos acusadores y pensé: “¿Así miró Dios al vanidoso murciélago?” El murciélago había olvidado que había conseguido su belleza gracias a las otras aves y yo… ¡Yo había olvidado que había conseguido el éxito gracias a mis compañeros! ¡Ellos me lo habían dado todo!

Sintiéndome muy avergonzada, cómo de seguro se sintió el murciélago, me levanté y con lágrimas en los ojos, salí apresuradamente del salón. No pude localizar una cueva que me ocultara para siempre, pero, me fui a casa y me encerré en mi habitación para meditar en mi vanidad. ¿Hasta donde me había cegado? Me había cegado por completo pues no vi que el camino que seguí, me llevó a perder a mis verdaderos amigos.

Aún ahora estoy lamentándome la pérdida de esos amigos, por que yo me encerré en una cueva simbólica y en esa cueva volví a encontrar lo que al principio hubo en mí. Timidez, seriedad y baja estima. Mis compañeros no quieren saber nada de mí por el momento, así que yo continuaré en esta cueva hasta que ellos se apiaden otra vez de mí y decidan darme una segunda oportunidad.

Si es que me la dan…