viernes, 11 de abril de 2014

¡Ánimo!

“Lo siento mucho, pero el cáncer se lo detectamos muy tarde, sin embargo, si usted toma tratamiento puede vivir más…”

Esas fueron las palabras que han sido una tortura, mis días estaban contados, pero a pesar de ese daño inmenso de saber que muy pronto dejaré este mundo, no me ha sido tan doloroso como lo que más adelante escucharía.

Yo me encontraba sentado en la sala de espera del hospital de mi ciudad, miraba a la gente caminar y pasar por allí, de por sí que el lugar me enfermaba, más aún ver a tanta gente enferma, no pude evitar ponerme nervioso, así que inconscientemente movía de arriba abajo mi pierna con desesperación, aunque lo intentara no podía tranquilizarme. Giré mi cabeza al percibir como mi hermano Mario, se acercaba.


–¿Qué te dijo el doctor? –Pregunté mientras me levantaba y tragaba saliva con dificultad, también pude sentir cómo mi corazón palpitaba velozmente. Él tan solo me regaló una de sus sonrisas de paz, instándome a tranquilizarme; pero no lo hice, algo dentro de mí leía el ambiente.

–Mi enfermedad, –comenzó a decirme, con esa voz tan serena que por un momento me desesperó –deteriora los órganos, los médicos me dieron ocho meses de vida.


Ante tal aclaración no pude evitar el impulso de abrazarlo, así que lo hice. No me cabía en la cabeza esa idea, solo ocho meses, eran pocos, siempre se es poco. Yo tenía seis meses luchando con mi enfermedad y a él le mencionaron que solo poco viviría. Me dolió. Mario siempre fue el más positivo de ambos y cuando él supo sobre mi enfermedad, siempre me animó ya que había caído en una depresión. Mi ánimo cayó hasta el suelo, la depresión se sentía por toda la casa y quien más sufría era mi madre, yo tenía novia y en esos días le gritaba de todo. El sentimiento de aborrecimiento por todo me invadía. A veces me reusaba a seguir con la terapia, pues pensaba que si mi vida iba a terminar, qué mejor fuera lo más rápido posible.


Pero siempre Mario estuvo a mi lado para animarme y ante mi negación me tomaba de la mano y me obligaba a salir de mi lúgubre alcoba, para poder respirar aire fresco.

“Va” pensaba “él no sabe cómo me siento. Él no sabe lo que es saber”

Cual equivocado estuve; a pesar de que él sabía que esta desahuciado, mostró un optimismo envidiable, no solo animándose el mismo, animándome a mí y a mi madre. Hasta el último día le agradecí, siempre fue un alivio.

Murió ante lo predicho. En una cama del hospital.

Me dejó una carta, la que no quería abrir, pero al pasar una semana de su muerte, me senté en mi cama y decidí abrirla; saque del sobre una nota que comencé a leer:

“Levántate y aprovecha tu tiempo. Mira siempre el lado positivo y antes de partir, por favor has feliz a nuestra madre, ella es quien necesita el mayor de los estímulos.”

Sollocé recordándolo, acordándome que a pesar de que su enfermedad desprendió dolorosamente su vida, Mario siempre dibujaba una sonrisa. Comprendí que debía hacer lo mismo. A pesar de habernos dicho “adiós” para siempre, fue mejor si se despidió con optimismo, ya que con esa cruel realidad no se puede luchar, pero si se puede vivir con entusiasmo. Decidido me levanté y me encaminé a donde mi madre y al llamar su atención la invite a salir.

No defraudaría a mi hermano. ¡Ánimo!